Me llamo Candela Ruiz y tengo un plan: una campaña de Navidad perfecta, cero líos y en enero me vuelvo a Madrid.
Llego a Turrones Llorca (cien años de historia, una fábrica en Xixona y una abuela que manda más que el consejo) con un contrato de un año y una idea que vale una empresa.
Lo que no tengo es el permiso del director general.
Él lo deja claro a las 9:04 de mi primer día, por escrito: «Estimada Sra. Ruiz: le comunico que su incorporación no fue solicitada por Dirección General. Atentamente, J. Llorca».
Jaume Llorca. Ingeniero, heredero, incapaz de ser maleducado aunque esté furioso.
Contesta mis propuestas con correos de catorce puntos a las tres de la mañana, considera que el marketing es humo y se ha pasado diez años salvando esta fábrica con una hoja de cálculo.
Y el código de conducta que él mismo escribió prohíbe exactamente lo que el comedor de la fábrica ya está apostando.









