Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 34 · Jaume
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34 · Jaume

Llevé yo las sillas.

Nueve viajes desde el comedor de la fábrica a la casa de mi abuela, cuarenta metros de patio con la silla en alto para no rozarle la pared al pasillo. En el séptimo me descubrí contando pasos: ciento cuatro, y ciento cuatro los nueve viajes. Aquella tarde eso me pareció buena noticia.

En esa mesa caben diez y aquella noche éramos ocho, pero en esa casa las sillas se cuentan antes de que llegue nadie. Pregunté por la novena y me contestó que era para el ordenador de mi tío.

Mi tío Toni vota desde Valencia desde el noventa y cuatro, y desde entonces se le oye tarde.

Marc apareció a las ocho, media hora antes que todo el mundo, con tres metros de cable enrollados en la mano y sin aclarar para qué.

Lo enchufó a la roseta de detrás del aparador, cambió dos ajustes en una pantalla y le pidió a su padre que contase hasta tres.

—Uno. Dos. Tres —dijo Valencia.

A la vez. Mi tío y su voz entraron juntos en esa casa por primera vez desde que yo tengo memoria. Marc no se hizo ninguna fotografía. Yo lo apunté.

Mi abuela pone la mesa de Nochebuena como monta un turno: por orden y sin adorno.

Mantel encima del hule de cuadros rojos, la vajilla de diario, la fuente de almendras saladas en el centro, un plato de dátiles y otro de mandarinas.

El geranio de la lata de aceite lo había subido al alféizar para despejar sitio.

En el pasillo siguen las nueve fotografías enmarcadas y a una le sigue faltando el cristal.

El asado entró en el horno a las siete y veinte y con eso quedó fijado el orden del día sin que ella abriera la boca. Después lo dijo igual.

—A las diez menos veinte sale eso del horno. Lo que no esté hablado para entonces se habla el veintiséis.

Mi tía llegó a las nueve menos cinco con la carpeta azul y con su hija detrás.

Ona traía la bolsa de tela de un congreso, su botella de agua y un cuaderno sin estrenar; se descalzó en el recibidor sin que se lo pidiera nadie y le soltó a mi abuela cuatro palabras en valenciano que no me tocaba oír.

Álex se presentó puntual, de corbata y en Nochebuena, apretando contra el costado su carpeta de gomas azules, y avisó desde el felpudo de que él venía a trabajar un rato.

Candela subió sola y dejó el coche en la báscula, donde lo deja desde el quince. Entró por la puerta de mi abuela, que no tiene timbre, y detrás entró la gata.

Peladilla cruzó la mesa entera por encima del mantel y se sentó en el teclado del portátil.

Durante once minutos, el veinte por ciento de Turrones Llorca participó en el consejo a través de una gata blanca y redonda.

Cuando Marc la levantó, se instaló en la cabecera, la silla que no reparte nadie, y de esa no la bajó nadie.

En septiembre mi abuela la echó de una silla con el dorso de la mano.

—Antes del punto hay una cosa —dijo mi abuela—. Y la cuentan ellos.

Me levanté, y como en esa casa el que se levanta de la mesa es que se va, me senté otra vez .

Lo llevaba escrito en la libreta, del uno al cinco, con una nota al margen del tres. No abrí la libreta.

—Candela Ruiz y yo estamos juntos desde la noche del ocho de diciembre. El artículo doce me obligaba a comunicárselo por escrito a Álex en siete días naturales. Se cumplieron el lunes quince y no lo comuniqué. El retraso es mío: ese reglamento lo escribí yo y lo firmé el primero de veintiocho.

Nadie respondió durante un rato considerable. La que menos, mi abuela, que se miraba las manos.

Marc hizo la cuenta que lleva haciendo medio pueblo desde el viernes, le salió mal por cuatro días y no supo tragársela. Su prima lo paró con una sílaba.

Álex sacó un folio y lo dejó al lado de la fuente. Tres líneas mecanografiadas, la fecha de hoy, los nueve días de retraso y sitio para dos firmas.

Habló sin mirar ninguna ficha, que en él es señal de gravedad. Lo registraba esa misma noche y por la mañana abría expediente, porque así lo manda el reglamento que redactamos él y yo en tres tardes de agosto. Y el reglamento sigue con un renglón que ninguno quiso pronunciar delante del asado.

Ona levantó el bolígrafo dos centímetros y avisó de con qué gorra hablaba: abogada de la parte que vende, sin sueldo de esta casa y sin ninguna gana de discutirlo en Nochebuena.

—El doce cuatro, en un juzgado, dura lo que tarda el juez en leerlo. En noviembre no dije cuál era; ya lo he dicho.

—Falta lo mío —dijo Candela .

Ella sí se levantó, y a ella no la sentó nadie, porque no es de la casa.

—Tres cosas y me callo. La primera, que yo aquí ni voto ni tengo participaciones y que mi contrato vence en agosto.

La segunda… —Sacó una carpeta de gomas y la dejó cerrada—.

Esto entró ayer a las nueve en la asesoría de Reme.

En la página tres está mi nombre escrito entero.

No lo he pedido, no lo he negociado y no lo puedo borrar.

Mi tía avisó de que aquello ya lo habían leído todos.

—Por eso lo pongo yo encima de esta mesa y no vosotros.

—¿Y la tercera? —preguntó mi abuela.

—Que lo mío no lo he decidido y no lo voy a decidir aquí. —Miró a mi tía, no a mí—. Si preferís que me salga mientras votáis, me salgo.

—Tú te quedas. Si te sales, mañana dice alguien que te saliste.

Mi tía dejó la carpeta azul encima de las rodillas y se quitó las gafas de sol, que en un comedor y a esas horas ya no tenían justificación. Lleva veintiocho años leyendo documentos que redacta otro y distingue de una ojeada los firmados de los escritos contra alguien.

—A mí ese anexo no me lo has escrito tú. —Se tomó su tiempo—. Si mañana yo vendo y tú te llevas ese puesto, ¿tú te ibas a sentir mal?

—Un rato. Y después me pondría a trabajar.

—Pues eso es lo primero verdad que oigo esta noche.

Mi tía quiso saber, sin cambiar de tono, por qué no dimitía yo y se zanjaba el asunto.

Le contesté la verdad entera: mi renuncia llevaba escrita desde el jueves, once líneas, arriba encima de una mesa de nogal y al lado de otro papel; la redacté para ahorrarles esa conversación, y la conversación la habíamos tenido igual.

Abrí la libreta, que sin la libreta no me sale.

—Uno: la dirección de marketing deja de depender de la dirección general y pasa a depender de este consejo.

Dos: su presupuesto, su evaluación y su contrato los firma la presidencia, no yo.

Tres: fábrica veta producto, marketing veta mensaje y ninguna manda sobre la otra, ni delante de terceros ni detrás.

Cuatro: consta en acta con fecha de hoy.

—El dos así no vale —dijo Ona.

—¿Por qué no?

—Porque en un juzgado «depender» significa exactamente una cosa: quién la puede echar a la calle. Si no lo escribes tú, lo escribe el juez.

—Pues escríbelo. La puede echar el consejo. Yo no.

Apuntó eso y añadió otra objeción, seca: el tres se cae el lunes que yo le corrija un titular, porque un organigrama es lo que hace la gente y no lo que pone en el papel.

Álex tenía la mano levantada como en el colegio, y en un hombre de treinta y cinco años con corbata en Nochebuena eso hay que mirarlo.

—Yo ese artículo lo escribí para que el que no tiene el apellido en la fachada pueda decir que no y no le pase nada. Y ahora movemos un organigrama entero por dos personas concretas: el director general y una directiva.

Le concedí que era verdad.

—Es que no lo digo por fastidiar, Jaume.

—Lo sé.

—Entonces falta un punto .

—Ponlo tú.

Lo añadió él debajo, con su letra de mayúsculas pequeñas: cualquiera de los veintiocho puede pedir por escrito el mismo trato y se le contesta por escrito en siete días.

Hace seis años yo redacté un punto quinto solo, una tarde de agosto, para que aquel reglamento le aplicara también al que manda. El quinto de aquella noche no fue mío.

—¿Y esto no es un apaño para vosotros dos? —dijo mi tía.

—Es un apaño y es mejor que lo que había. Las dos cosas a la vez.

—Y además es correcto —contestó Ona sin levantar la cabeza—, cosa que a mí personalmente me sorprende bastante.

Lo redactó en cinco renglones, lo leyó en voz alta y le estampó la fecha y la hora.

—¿Lo votamos? —dijo mi abuela.

—Esto es gestión, mamá, no es junta, y en puridad…

—Igual, hija. Lo votamos.

Se alzaron cuatro manos. La de mi tío llegó a tiempo y a nadie le extrañó, que era justamente lo extraño.

—Punto del orden del día —dijo mi abuela—. Lo de esa gente de Barcelona. Toni.

Mi tío tardó, y con el sonido arreglado se le oyó tardar.

—Yo… Reme, ¿tú estás bien?

—Yo estoy cansada.

—Ya. —Nada durante cuatro segundos—. Pues lo que diga Reme.

Mi abuela pronunció el nombre de su hija.

—Sí. Yo vendo. —Puso las dos manos abiertas encima de la carpeta azul—. Y lo digo con el asado en el horno. Tengo cincuenta y ocho años, no he salido de esa silla desde el noventa y siete y quiero cobrar lo mío mientras me sirva para algo.

Dijo el mío. Contesté que no y no añadí nada, porque llevo tres meses añadiendo cosas.

—Y yo tengo el cincuenta y uno. Yo no vendo.

En agosto ella dio su palabra por un veinte por ciento. Le han traído un treinta y uno, y de esas cajas hay veinticuatro mil cuatrocientas que salieron de una piedra. Lo dijo en ese orden y cerró el punto. Nadie aplaudió y mi tía no se levantó de la silla, y eso se lo agradecí en silencio.

—Reme. Lo tuyo lo cobras.

—Mamá…

—De lo que sobre cada año, lo primero que sale de esta casa es para ti. —Miró a la abogada, no a mi tía—. Y si dentro de tres años no ha cobrado la mitad de lo suyo, firmo yo lo que haya que firmar y aquí no discute nadie.

—Eso lo tengo que poder pagar yo.

—Pues págalo.

—¡Yo no quiero un homenaje! —dijo mi tía—. Quiero cobrar.

—Por eso te he puesto fecha.

Pedí una línea más para el acta. En 2009 mi tía pagó dos nóminas de su bolsillo; me enteré seis años más tarde y no por ella. Eso no consta en ningún rincón de esta casa y quería que constara ahí .

—No hace falta.

—Hace falta.

Ona lo anotó sin comentarlo. Escribir el nombre de tu madre en un acta debe de ser rarísimo.

A las diez menos veinte se puso el guante del horno y sacó el asado, y la reunión terminó, porque en esa casa terminan así.

Cenamos. Mi tía criticó la sal del cordero como la critica siempre, apenas probó el postre y no se marchó.

Al café sacó del bolsillo del delantal un folio doblado en cuatro, el que le dio Candela ayer en el portalón, y le dio la vuelta. Por detrás lo tenía copiado todo a lápiz, casilla por casilla, con su letra de mayúsculas de plano.

—Esto se reparte el veintiséis a las nueve, que abrimos para lo del eje. «¿Se vende?». No: cuarenta y siete tabletas, diecinueve personas. Sí: cinco, R. Llorca. Paga el sí.

—Las pago yo.

—Ya lo sé. Si no, no lo leo.

Pasó al renglón siguiente sin mirar a nadie.

—«Jaume dimite». Sí: tres, sin firmar. No: una, firmada erre. Paga el sí, y Rafa cobra cuatro tabletas por una. —Bajó el folio—. Y el que puso tres sin firmar, que pague y que siga sin firmar, que aquí eso también es una manera de decir las cosas.

—¡Yo no he dicho nada! —dijo Álex.

Nadie le había preguntado.

—Queda una —dijo Marc.

—«Se queda»: ochenta y cuatro. Y al lado, en la columna nueva, «se va»: cinco. —Dobló el folio otra vez en cuatro—. Esa no se paga hoy.

—¿Por qué no?

—Porque esa no la decido yo.

Mi tía se marchó la primera. La acompañé hasta la puerta, que cierra con vuelta y media.

—Tres años —dijo.

—Tres años.

—Que los he contado yo, Jaume. No tu abuela.

Candela se fue a las doce y veinte, con el abrigo puesto encima de todo. No le pregunté nada.

Cuando cerré, mi abuela estaba de pie delante del fregadero con el grifo abierto y las manos vacías.

—Mañana quiero a esa mujer en mi cocina.

—¿A qué hora?

—Cuando haya decidido lo suyo.

—¿Y si decide que se va?

—Pues en mi cocina igual.

Cerró el grifo. El reloj de la entrada atrasa cuatro minutos desde siempre, así que cuando subí la escalera eran las doce y media en aquel pasillo y las doce y treinta y cuatro en el resto del mundo.