35 · Candela
El veinticinco por la mañana en Alicante no abre nada.
La panadería de enfrente, que enciende el horno a las cuatro los trescientos sesenta y cuatro días restantes, tenía la persiana echada y un cartelito escrito con rotulador.
El bar de mi esquina, cerrado. El quiosco de la plaza, cerrado.
Bajé a por leche a las nueve y volví a subir los cincuenta y cuatro escalones con las manos igual de vacías que cuando los bajé, y me hice un café solo con lo que quedaba en el bote.
Había dormido cuatro horas. No tenía prisa, no tenía a nadie esperándome y tenía hasta el seis de enero.
Así que hice lo que sé hacer, que es sentarme en un sofá de dos plazas comprado por internet con un folio y un bolígrafo y ponerme a trabajar.
Dos columnas. Izquierda, Madrid.
Nueve personas. Cuatro marcas, dos de ellas buenas.
Sede en un edificio con torno de entrada.
Incorporación el doce de enero. Un número en la primera página que era el que yo habría pedido si hubiera tenido el valor de pedirlo.
Mi madre a seis kilómetros. Una ciudad que me sé de memoria, incluidos los sitios donde me duele.
Derecha, esto.
Un contrato que se acaba en agosto. Una empresa de otros que anoche decidió no venderse por cincuenta y un votos contra cuarenta.
Unas oficinas de los sesenta con un ascensor de 1971 y un teléfono que cruza líneas desde 2016.
Y una lista de cosas por hacer que me salió sola y que tuve que seguir por detrás del folio.
Una: la tapa del estuche del año que viene se va a poder escribir con bolígrafo. Eso lo digo en enero y lo defiendo con lo que vi en un mostrador de la Explanada.
Dos: la reposición de después de Reyes. Todo el mueble de enero colgando de una señora llamada Chelo Carrasco que decía que lo decidiría cuando supiera de quién éramos. Ya lo sabe. Eso se llama el dos de enero a las nueve y dos.
Tres: la tienda. Setecientos cuarenta pedidos devueltos en una tarde porque somos cuatro personas y una agencia de mensajería que pasa una vez al día. O se monta de verdad o se cierra, y montarla de verdad es almacén, transportista y una persona.
Cuatro: el contrato de Nuria. Eso no es ningún favor. Es un descosido y lo llevo cosiendo mal desde octubre.
Cinco: la puerta del veintitrés por la tarde.
Ayer había cola desde la báscula hasta la curva de la carretera de Busot para comprar turrón envuelto en papel de estraza con el peso puesto a rotulador.
Eso no lo tiene ninguna de las cuatro marcas de la columna de la izquierda, y ninguna lo va a tener nunca.
La sexta me hizo dejar el bolígrafo encima de la rodilla un rato largo.
En Madrid yo dirijo cuatro marcas y no puedo tocar ninguna.
Puedo tocar lo que se dice de ellas. La fábrica está a trescientos kilómetros, la receta la decide un comité, el envase lo decide compras y a mí me pagan por ponerle una historia a lo que otros ya han decidido.
Doce años así, y se me daba bien, y no se me ocurrió nunca que se pudiera hacer de otra manera hasta el lunes quince de septiembre, cuando un señor cubierto de polvo de almendra me contestó que una caja que abre por el lado corto no aguanta doce alturas de palé.
Aquí puedo tocarlo todo. La caja, el precio, la barra, la puerta.
Escribí a Jaume en esa lista, porque no ponerlo habría sido mentirme. Lo puse en la columna de la derecha. El noveno.
A las once y cuarto doblé el folio, me metí en la ducha y estuve allí hasta que se acabó el agua caliente, que en mi piso son seis minutos.
La cocina de Amparo tiene un fogón de gas de cuatro bocas con la tercera estropeada y un calendario de una ferretería de Xixona parado en agosto de 2011.
Ella estaba de pie partiendo almendra con el mismo martillo con el que la parte todo el mundo en ese pueblo, encima de un trapo doblado para que no salte. Comían a las tres. Eran las doce y media.
Peladilla dormía en la silla de la cabecera. Amparo arrastró otra, se sentó al lado y no la bajó, y eso, en esa cocina, es una noticia.
—Vengo a decirle una cosa.
—Pues dila.
—No me voy.
Dejó el martillo encima del trapo. No dijo «bien», no dijo «ya lo sabía» y no me miró con cara de haber ganado nada.
—¿Por qué?
Y esa es la pregunta que yo llevaba desde las nueve de la mañana preparándome, porque era la única que importaba y porque la respuesta fácil estaba a cuarenta metros metido debajo de una máquina rota.
—Porque en Madrid me dan cuatro marcas para contarlas y aquí tengo una para hacerla. —Saqué el folio y lo dejé encima del hule, doblado—. Tengo seis cosas apuntadas. Cinco son de enero y una es de dentro de tres años.
—¿Y la del chico?
—La novena.
Se rio. Se ríe poco y se le acaba enseguida, como si le costara dinero.
—Siéntate.
Me senté enfrente. Ella se quedó un rato mirando el trapo con la almendra partida, y cuando volvió a hablar lo hizo con el tono con el que en esa casa se dan las instrucciones de un turno.
—Yo tengo el cincuenta y uno. Con el cuarenta y siete mando exactamente igual y duermo lo mismo. Lo que sobra de ahí es tuyo si lo compras.
Tardé en contestar más de lo que he tardado en contestar nada en mi vida profesional.
—¿Me está…? —Me oí a mí misma y paré a mitad—. ¿Me está ofreciendo entrar?
—Te estoy ofreciendo comprar. Regalado no vale nada y encima luego se echa en cara.
—Es que… yo no tengo ese dinero, Amparo. Ni de lejos.
—Nadie lo tiene. —Cogió otra almendra—. Se paga a plazos, como se paga aquí todo desde el noventa y ocho.
Lo que valga lo dirá un señor de Alicante con una calculadora, y no lo dirás tú ni lo diré yo.
Y hay que pasarlo por el consejo y por un notario, y mis hijos pueden ponerse delante y comprarlo ellos, que están en su derecho.
Llamé a Ona desde el patio, un veinticinco de diciembre a la una menos veinte, y aquella mujer me contestó al segundo tono.
—El derecho de adquisición preferente de tus tíos es real y hay que respetarlo, y tú necesitas un abogado que sea tuyo y no mío. —Se oía una televisión de fondo—. Y yo no te he dicho eso.
—Ona.
—Feliz Navidad, Candela.
Volví a entrar. Amparo había puesto dos vasos y una botella de agua del grifo, que es como se cierran los tratos en esa cocina.
—¿Y por qué yo?
—Porque en esta casa todo lo que se ha roto se ha roto entre gente que se apellida igual. —Llenó los dos vasos hasta arriba—. Y yo me quiero morir sabiendo que ahí dentro hay una firma que no se apellida Llorca.
—Eso es un argumento de usted, no mío.
—Pues aquí va el tuyo: cuando esto te salga mal, y te va a salir mal alguna vez, quiero que te duela el dinero. La gente cuida lo que ha pagado.
—Eso es bastante frío.
—Yo he pagado una nave dos veces, hija.
El despacho de marketing estaba a doce grados y con la persiana a media asta. Encima de la mesa de nogal seguían los dos papeles del jueves, uno al lado del otro, debajo de las dos fotografías: el suyo, once líneas; el mío, con el encabezado que le escribí a Rodrigo Ferrer y que nunca mandé.
Cogí el mío. Le di la vuelta y copié detrás, con letra de imprenta y numeradas, las seis cosas del folio. El de él lo dejé donde estaba, porque no es mío.
Después bajé al comedor con la tiza gorda de Vicent.
En esa pared no se borra nada. Lo que ya ha pasado se tacha con dos rayas, y llevo desde septiembre viendo a gente tachar casillas con una ceremonia que en Madrid se pagaría a precio de consultoría.
La casilla decía «SE QUEDA» y tenía ochenta y cuatro tabletas, la mayoría de gente que cobra por horas.
Al lado, con tiza fina y con la letra de una mujer de cincuenta y ocho años que quería vender: «Se va — 5.
R. Llorca.», y debajo, «Y no es un reproche».
Tracé las dos rayas. Primero en la mía, que en esa pared no se cobra hasta que se tacha, y después en la de Reme, que había perdido y tenía derecho a que se lo tacharan igual de recto.
Dejé la tiza en su repisa.
Lo encontré en la báscula, con el chaquetón encima del jersey de Nochebuena y un albarán en la mano, contando los sacos que se mojaron el treinta de septiembre y que siguen apartados desde entonces.
—Me debes dos palabras.
Levantó la cabeza.
—¿Ya lo tiene decidido?
—Desde las once y cuarto.
—¿Y por qué?
—Por seis razones escritas por detrás de un papel. Tú eres la novena .
Se quedó quieto tres segundos largos, que en él es una eternidad, y después dijo sus dos palabras exactamente como me las había prometido el dieciséis a las dos de la mañana.
—Pues quédese.
—¿Usted?
—Perdón. —Dejó el albarán encima del hierro de la báscula, y le pesaba tan poco que se lo llevaba el aire y lo sujetó con la mano—. Quédate.
—¿Quieres ver la lista?
—Sí.
—Pues te la enseño en el comité de enero.
No dijo «si estás». No hizo falta, y ninguno de los dos lo comentó, y a mí me dieron ganas de sentarme en el suelo del patio.
Mi madre me había llamado a las once y cuarenta, cuando yo iba subiendo la Carrasqueta detrás del camión de áridos de siempre.
—Estoy en un autobús.
—¿Cómo que estás en un autobús?
—Pues eso. Que salí a las once de Méndez Álvaro. Llego a las cinco y veinte y me vuelvo el domingo, que tengo la revisión.
—¡Mamá!
—Candela, no te pongas… que ya está hecho y todavía vamos por Villaverde.
Mi madre lleva seis años contestándome por teléfono que no hace falta. Aquel jueves no lo dijo: se subió a un autobús de seis horas y pico con una bolsa de tela y una fuente de croquetas congeladas que había frito a las cinco de la mañana.
En la estación de Alicante, un veinticinco de diciembre a las cinco y media, hay ocho personas y un hombre que vende agua.
Mi madre bajó la tercera, con el abrigo de paño y la fuente en alto para que no se la golpearan, y lo primero que me dijo fue que qué delgada estaba y lo segundo que si aquí siempre hacía ese aire.
En el coche, subiendo la Carrasqueta, me preguntó qué era exactamente lo que vendía yo.
—Turrón.
—Eso ya lo sé. Digo qué vendes.
Le conté lo de la tapa. Que la caja se abre por el lado corto, que lleva una tira de papel cruzada con una línea en blanco y dos palabras impresas en gris, «Para quién», y que hay señoras que escriben ahí el nombre de un hijo con el bolígrafo del mostrador y te piden perdón por gastarte la tinta.
—¿Y el anuncio cómo se llama?
—«Volver».
—Ah.
Mi madre miró por la ventanilla los bancales de almendros pelados que hay en esa carretera durante catorce kilómetros.
—A mí lo que me dio pena no fue el bar.
No le pregunté qué fue. Lo dijo mirando por la ventanilla, con las manos encima de la fuente, y después me preguntó si en esa casa había horno de gas o de los otros.
A las siete de la tarde, en la cocina de Amparo, mi madre llevaba puesto un delantal que no era suyo y tenía la sartén cogida por el mango.
—¡De seis en seis! —le decía a una señora de Xixona—. Si metes doce, eso ya no fríe. Eso cuece.
Marc había traído sillas otra vez. Nuria estaba sentada encima de la lavadora con un plato en las rodillas. Vicent y su mujer se habían asomado a dejar una bandeja de rollos de anís y llevaban cuarenta minutos sin irse.
—Tu madre duerme en el cuarto de la plancha, que tiene la cama buena —dijo Amparo.
—¿Y yo?
—Tú eres mayor de edad.
Mi madre, con la bayeta en la mano, contestó que ya le gustaría a ella tener esa edad, y las dos se rieron a la vez, cada una de una cosa distinta.