Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 36 · Jaume
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36 · Jaume

—Esa mujer le ha echado laurel a mi caldo.

—Y falta le hacía, Amparo.

Llevaban así desde las siete y cuarto. A las diez y media, la madre de Candela había reorganizado los dos cajones de abajo de la cocina de mi abuela, y mi abuela la dejaba hacer, cosa que en cuarenta años no le he visto permitir ni a una inspectora de sanidad.

Conté a la gente porque no sabía qué otra cosa hacer con las manos.

Once en una casa donde se cena de siete.

Vicent y su mujer, que vinieron a dejar una bandeja de rollos de anís y llevaban desde las ocho sin encontrar el momento de irse.

Marc, con el móvil boca abajo en la mesa.

Nuria sentada encima de la lavadora. Mi prima Ona, que subió de Alicante y que discutía de plazos con nadie, porque discutir es su manera de estar cómoda.

Mi tía no vino, y el veinticinco eso en esta casa es casi normal.

Loli Ruiz mide metro cincuenta y algo y tiene la misma manera que su hija de cantar en voz alta lo que está haciendo. A mí me colocó delante de la sartén a las nueve menos cuarto y me hizo el interrogatorio entero mientras escurría croquetas.

—¿Y tú de qué trabajas exactamente?

—Soy el director general.

—Eso no es un trabajo, hijo. ¿Tú qué haces?

—Compro almendra, monto los turnos y firmo lo que hay que pagar.

—Ah. —Sacó seis más con la espumadera—. Pues eso sí es un trabajo.

Después me miró de frente, con la espumadera todavía en alto, y dijo lo que llevaba tres horas sin decir.

—Tú eres el del anuncio.

—Ese soy yo.

—Ya me parecía. En el anuncio sales más simpático.

Vicent se puso de cara a la pared un minuto largo, se lo tuvo que contar a su mujer al oído, y su mujer se rio otro minuto.

Mi abuela y ella tardaron dos horas en ponerse de acuerdo sobre el aceite y cuarenta segundos en ponerse de acuerdo sobre nosotros.

El acuerdo consistió en no decir nada delante y en mirarse cada vez que su hija salía de la cocina.

Yo eso lo vi perfectamente, y las dos sabían que yo lo estaba viendo.

—¿Y tú cuántos años tienes? —me preguntó Loli.

—Treinta y siete.

—¿Y vives aquí?

—Vivo aquí.

—Con tu abuela.

—Con mi abuela.

—Bueno… —Escurrió otras seis—. Peor sería lo contrario.

Mi prima preguntó dos veces, con mucha naturalidad y sin mirar a nadie, si venía alguien más.

—¿Álex? —dijo Nuria desde la lavadora—. Álex cena con su madre en Muchamiel el veinticinco.

—Yo no he preguntado por Álex.

—Ya, ya.

Marc levantó la vista del móvil, miró a una y miró a la otra, y no abrió la boca. Ese chico se calla cosas desde los quince años.

A las once y veinte, Candela recogió dos platos que no había que recoger y los llevó a la pila.

—Voy a por una manta —dije.

Nadie levantó la cabeza. Mi abuela estaba explicándole a Loli que el guirlache se corta en caliente y en diagonal, y mi prima le estaba explicando a Marc que las actas se firman antes de que se enfríen.

En esta casa la escalera tiene doce peldaños de madera y el cuarto y el noveno suenan, cosa que aprendí a los diecisiete años y que llevaba veinte sin usar para nada.

Mi habitación está encima de la cocina.

Eso, que en treinta y siete años nunca me había parecido un dato relevante, resultó ser aquella noche el dato principal.

Debajo de la tarima hay una bovedilla y cuatro vigas, y por una de ellas sube todo: la voz de mi abuela, el agua de la pila, la risa de Vicent y, si uno se queda quieto, hasta el gas del fogón.

La puerta no cierra desde que la pintaron. Hay que empujarla y después levantarla un poco por el pomo, y aun así queda un dedo.

En el suelo, la tercera baldosa hidráulica contando desde la ventana lleva suelta desde 1996 y hace un ruido seco, como un interruptor viejo.

Peladilla estaba en mitad de la cama, redonda, con las cuatro patas recogidas.

Bajar de una cama a una gata de seis kilos sin hacer ruido es imposible.

Lo intenté con las dos manos, por debajo, como se levanta una barra de blando, y aquel animal protestó con una nota larga que se oyó en toda la provincia.

Abajo se calló todo el mundo a la vez. Nos quedamos los dos de pie en mitad de la habitación, ella con la gata en brazos y yo con la manta, esperando.

—¡Es la gata! —gritó Nuria desde la lavadora.

Siguieron a lo suyo.

Candela dejó a Peladilla en el pasillo, cerró la puerta lo que se puede cerrar y se apoyó de espaldas en ella.

Yo abrí la boca para preguntar una cosa y ella me puso dos dedos en los labios antes de que me saliera la primera sílaba, y negó con la cabeza muy despacio, señalando el suelo.

La libreta estaba en la mesilla, donde está siempre.

Escribí: ¿Me permites?

Se tapó la cara con el antebrazo y le salió un ruido que tuvo que ahogar contra mi hombro. Me quitó el lápiz. Escribió debajo, con letra grande y un poco torcida: NO PREGUNTES MÁS. Y después, porque es quien es, le puso un número: (19 de diciembre, primera vez que te lo digo).

Escribí: Es que quiero estar seguro.

Escribió: ¿Puedo?

Debajo, ella sola, tres veces y cada vez más grande: SÍ. SÍ. SÍ.

Arrancó la hoja, la dobló en cuatro y se la quedó.

Lo que pasó a partir de ahí fue la cosa más ridícula y más seria de mi vida.

Nos movíamos como se mueve un turno de noche cuando duerme alguien en la casa de al lado: por tramos, parándonos a escuchar, calculando dónde pisar.

Le quité el jersey por la cabeza y se le quedó enganchado en un pendiente, y estuvimos cuarenta segundos parados, ella con los brazos en alto y yo desenredando un aro de plata a oscuras, los dos temblando de la risa sin sacar aire.

La tercera baldosa sonó una vez. Una sola, y no volvimos a pisar ese cuadrado en toda la noche.

A las doce menos algo sonó el cuarto peldaño. Y después el noveno. Y después unas zapatillas por el pasillo, a un metro y medio de una puerta que no cierra.

—¿Y el baño, hija?

El mundo se acabó ahí. Candela contestó desde dos palmos de mi oreja con la voz más normal que yo le he oído poner a un ser humano.

—¡Al fondo, mamá! ¡La segunda puerta!

—Gracias, cielo. Ay… hola, gata.

Se oyó a Loli mantener una conversación completa con Peladilla, un pestillo, una cisterna que en esta casa suena como un camión, los doce peldaños otra vez y, abajo, a mi abuela preguntándole si quería una manzanilla.

Volvieron a lo suyo: la una le contaba a la otra lo del primer camión de 1961 y la otra le contaba a la una lo de un cartel pintado a mano encima de una puerta de Vallecas, las dos hablando a la vez y ninguna escuchando, y así siguieron hasta pasada la una.

Callado, uno se entera de otras cosas. De cuándo alguien deja de respirar un segundo.

Hay un sitio dos dedos por debajo de la clavícula que le hace cerrar los ojos, y cuando quiere que sigas no lo dice: te agarra la muñeca y no la suelta.

Aprendí más de aquella mujer en hora y media sin hablar que en tres meses de correos numerados, y eso a un hombre que se gana la vida escribiendo le tendría que dar seriamente que pensar .

Me mordió el hombro para no hacer ruido. Yo le tapé la boca con la mano y ella me mordió la mano, y en algún momento de todo aquello dejé de saber qué hora era, cosa que a mí no me pasa.

Hubo una vez, hacia el final, en que se me escapó el nombre entero.

Lo dije contra su pelo y sonó a nada, pero ella se paró en seco, se incorporó sobre un codo y me buscó la cara a oscuras para comprobar si lo había dicho yo o me lo había imaginado ella.

Le hice que sí con la cabeza. No escribió nada. Volvió a bajar.

Después estuvimos mucho rato quietos y de lado, con la manta que había subido a por ella puesta por fin encima de los dos.

Buscó el lápiz en la mesilla sin levantar la cabeza y escribió en el margen: ¿Y la cuenta?

Escribí: No hay.

Lo leyó dos veces. Después escribió, muy despacio, una cosa que no era una pregunta: En esta cama no ha dormido nadie contigo nunca.

No era una pregunta y aun así contesté, con el lápiz, porque hablar seguía sin poder ser.

Dieciocho años. Esta casa es de mi abuela y yo aquí soy el nieto.

Me quitó el lápiz, tachó «el nieto» con dos rayas y no escribió nada encima.

A la una y media ya no quedaba nadie. Vicent se fue el último, como se va él, anunciándolo tres veces desde la puerta. Loli dormía en el cuarto de la plancha. Marc había bajado a Nuria y a mi prima a Alicante .

Bajamos a por agua y la puerta de la calle estaba abierta.

Mi abuela cruzaba el patio con el abrigo encima de la bata y las zapatillas de andar por casa metidas en unas botas de agua. Iba a la fábrica, cuarenta metros, a las dos menos veinte de la madrugada del veintiséis de diciembre.

La seguimos sin preguntar nada, que es como se la sigue.

Encendió el fluorescente del comedor, el que parpadea tres veces antes de decidirse. La mitad derecha de la pizarra sigue con la raya vertical que pintó Vicent y con las casillas tachadas de arriba abajo. La mitad izquierda está limpia desde que salieron los camiones.

Cogió la tiza gorda de la repisa. Escribió una línea con letras de un palmo, de mayúsculas de plano, con esa ortografía suya que se salta los acentos y no se salta ni una coma:

«EL DOCE VALE. LO DE QUE SE VAYA UNO, NO. A. LLORCA.»

Dejó la tiza y se limpió los dedos en el abrigo.

—Iaia, son las dos de la mañana.

—¿Y qué? Si lo escribo mañana con gente delante, mañana hay que explicarlo. Así ya está escrito y nadie ha visto quién lo escribía.

—Mañana el chico de recursos humanos va a querer esto en un papel.

—Pues que lo redacte él, que escribe mejor que yo, y que lo ponga debajo. —Se limpió otra vez—. Firmado está. Explicado no hace falta.

Candela se había quedado tres pasos detrás, con el abrigo cruzado por delante y sin abrochar, mirando la pared de una manera que yo no le había visto todavía.

—Amparo.

—Dime.

—Eso ahí no lo puede tachar nadie.

—Claro que no. —Se subió el cuello—. Por eso lo escribo ahí y no en un papel.

Se fue a dormir sin dar las buenas noches, que es lo que hace desde 1991.

Yo cogí la tiza. La otra vez que la tuve en la mano fue hace nueve días, delante de esta misma pared, y la devolví a su sitio sin escribir nada.

Debajo de la línea de mi abuela puse una palabra sola.

«CONFORME»

Candela leyó las ocho letras. Después leyó las otras, las de arriba, y después se rio por la nariz, que es como se ríe ella cuando algo le llega y no quiere que se le note.

—Esa palabra es mía.

—Ya lo sé.

—La usé en octubre por teléfono y en diciembre por escrito.

—A las diez y cuarenta y una de la mañana.

—Serás…

Se quedó un rato más delante de la pared, y me di cuenta de que ya no estaba leyendo las palabras. Estaba mirando la mitad derecha, la de las casillas muertas, donde había dos rayas nuevas encima de ochenta y cuatro tabletas y otras dos encima de cinco.

—Eso lo taché yo esta tarde.

—Lo he visto.

—¿Y no dices nada?

—Estaba esperando a que lo dijeras tú .

Dejé la tiza en su repisa, en su sitio, y Peladilla, que había bajado detrás de nosotros por donde baja ella y no por la puerta, se subió de un salto y se sentó encima, tapando media palabra con la barriga.

Apagué el fluorescente, que tarda en irse lo mismo que tarda en venir.

Volvimos a cruzar los cuarenta metros de patio con el abrigo puesto encima de nada, muertos de frío y sin hablar, y yo no conté los pasos.