37 · Candela
El sobre de Dolçamar llevaba diecinueve días en el cajón de abajo del todo, que en ese despacho es donde van las cosas que no se miran.
Lo saqué el cinco de enero a las diez menos cuarto. Estaba templado y tenía el pico doblado. En aquella mesa hay una gata con un talento exacto para elegir el papel que una preferiría no volver a tocar.
Dentro venían dos páginas grapadas, un plazo y mi nombre escrito entero tres veces.
—¿Eso qué es? —dijo Nuria desde la puerta.
—Madrid.
—Ah. —No se movió del marco—. ¿Y lo vas a contestar?
—Vence mañana.
—Ya. Pero ¿lo vas a contestar?
Las cosas que me dan pereza las hago por escrito. Llevo doce años haciéndolo y me ha ido bien. Cuatro líneas a las diez de la mañana, acuse de recibo y a otra cosa.
Abrí el portátil y escribí la dirección. Después me quedé mirando el cursor el rato que tarda una en entender que eso no lo va a escribir.
El viernes, a las nueve y dos, Chelo Carrasco me había cogido el teléfono. En once minutos cerramos la reposición de enero con dos referencias más de las que yo pensaba pedirle. Once minutos. Hay conversaciones que solo salen con alguien respirando al otro lado.
Cerré el portátil.
Lo volví a meter todo en el sobre y el sobre en su cajón, porque tirarlo me parecía una cursilada y quemarlo, una película de las malas.
Que se quede ahí.
Abajo, en la nave, el boixet grande llevaba diez días desmontado y en el suelo había piezas numeradas con esparadrapo, cada una en su cuadro de tiza, como un crimen bien organizado.
—¿A qué hora desmontan la caseta?
—Mañana a las ocho. Hoy es el último día —dijo Nuria—. Dice Fina que la víspera de Reyes se vende más que el veintitrés, y que eso lo cuenta en todas partes menos en la hoja de Hacienda.
—Bájame a la Explanada.
La caseta 31 es de madera verde y mide dos metros ochenta de frente. Lleva puesta desde el veintiuno de noviembre entre la de Fina, que vende garrapiñada, y una de miel de romero que atiende un señor de Alcoy. Ese señor no le ha dirigido la palabra a nadie en cuarenta y cinco días.
A las cinco de la tarde había doce personas esperando encima del mosaico de la Explanada. A las seis había veintidós, y Fina había cerrado la suya y se había venido a ayudarnos.
—Fina, que te vas a quedar sin vender lo tuyo.
—Si a mí ya no me queda… Desde las cuatro tengo las cajas vacías puestas de adorno.
Maribel cobraba. Tere envolvía. Yo cortaba y cantaba los precios, que es lo único de aquel invierno que me salió sin pensarlo.
Rodrigo hizo la cola entera, sus catorce minutos. Los conté exactamente, uno por uno, mientras cortaba barras de duro de a kilo para una señora de Elche que se llevaba nueve y que me contó, sin venir al caso y con el turno de detrás esperando, que las nueve eran para su hermana.
Traía abrigo de ciudad y los zapatos que se traen aquí los de Barcelona en enero. Cuando le llegó el turno pidió un estuche del grande y pagó en efectivo. Esperó a que Tere se lo envolviera, con las dos manos por delante, mirando el mostrador.
Después señaló con la barbilla la barandilla del paseo, y salí yo sola.
Enfrente estaba el puerto, con los barcos quietos y las luces encendidas desde las seis menos diez.
—El treinta cerraron el expediente en Barcelona —dijo—. Se vota en el comité de inversiones y se archiva. El siete estoy en la oficina y en marzo tengo otra cosa en Galicia.
—¿Lácteos?
—Lácteos.
—Pues vas a echar de menos la almendra.
—Voy a echar de menos otras cosas. —Se apoyó en el hierro—. Cande, yo… —Paró ahí y miró el agua—. Nada. Mañana vence lo tuyo. He venido a que me lo digas tú y no a que me lo diga un correo. Un correo me lo pueden reenviar catorce personas y prefiero ahorrármelo.
—No voy.
—Vale.
Lo dijo en el tono en que se dice «vale» cuando uno lo lleva sabiendo desde Nochebuena y ha hecho cuatrocientos kilómetros igual.
—¿Puedo decirte una cosa profesional?
—Puedes .
—En marzo, cuando negocies el acuerdo anual, Hiperlevante te va a apretar con el mueble de después de verano y te lo va a meter en el mismo papel que la Navidad.
Pide la reposición aparte y pídela por escrito antes de sentarte.
—Se encogió de hombros—. Eso no te lo digo como comprador. Ya no soy comprador de nada tuyo.
—Gracias.
—De nada. —Miró el estuche que llevaba en la mano—. Yo te pregunté delante de nueve personas de quién era «Vuelve a casa». Delante de nueve. Y tú dijiste «¿y qué más da?», y yo me fui a comer contentísimo.
—Me acuerdo.
—Llevo siete años acordándome de aquella comida.
—Levantó la vista—. Eras mejor que yo. Sigues siéndolo.
No te lo digo para arreglar nada, porque esto no se arregla.
Te lo digo porque mañana a las doce se me acaba el único papel que me daba derecho a hablar contigo de trabajo, y no pienso quedarme sin decirlo.
No contesté. Nunca le había oído una frase que no le conviniera.
—Y el anexo lo escribí yo —añadió—. Tu nombre en la página tres lo puse yo, sabiendo perfectamente lo que hacía y queriendo las dos cosas a la vez. Eso tampoco lo voy a disfrazar hoy.
—Ya lo sabía.
—Ya. Pero no te lo había dicho yo.
Se apartó del hierro y le dio la vuelta al estuche. Sacó la tira de papel verjurado, la de la línea en blanco y las dos palabras impresas en gris.
—¿Me dejas el boli del mostrador ?
Se lo di. Escribió un nombre tapándolo con la mano, como se tapan los exámenes, y no era el mío.
Me pareció bien.
Me pareció lo mejor que le he visto hacer a ese hombre en siete años.
—Que vaya bien, Cande.
—Que vaya bien.
Se fue andando hacia el aparcamiento del puerto y no se volvió. Yo estuve dos minutos mirando el agua antes de entrar a cortar otra vez.
La Cabalgata baja por la Rambla y termina en el Ayuntamiento. Hay que estar a las cinco y media si quieres sitio en la acera de la sombra, que a esas horas ya es toda.
Marc había traído sillas. Ya van tres veces en doce días y ha dejado de sorprenderme.
Mi jefa —palabra que desde Nochebuena se ha vuelto exacta, porque mi contrato lo firma la presidencia y no la dirección general— se sentó en una de tijera con una manta de cuadros encima de las rodillas.
Entre los pies tenía una bolsa de caramelos de dos kilos, para repartirlos ella a los niños de al lado.
Según Amparo, los pajes tiran con muy poca puntería y las madres no se atreven a decirlo.
—¿Está cómoda ahí?
—Estoy sentada, hija.
—Digo que si le cambio la silla por la otra.
—Yo he visto esta cabalgata de pie con tu edad, de pie con la edad de mi hija y de pie con un nieto encima del hombro. —Se ajustó la manta—. Ahora la veo sentada y me parece estupendo.
—¡Que vienen! —dijo Maribel.
Vinieron los tambores. Detrás, la carroza del pastor. Detrás, una de una peña de Benalúa con un árbol de escayola de cuatro metros y una bombilla fundida.
Nuria estuvo hora y media sin sacar el móvil del bolsillo. Se lo dije. Me contestó que en Reyes no se trabaja, que eso lo pone en el convenio y que ella lo ha buscado.
Álex apareció a las siete con dos sobrinos y una bolsa de caramelos de tres kilos. Llevaba puesto un chaleco reflectante de obra, de los de cinta plateada, que allí no hacía ninguna falta.
Detrás de él venía Ona, con el abrigo de él doblado en el brazo y la carpeta de gomas azules debajo.
—¿Tú no te ibas el dos? —dije.
—Me quedo unos días más.
—Ah.
—Lo de mi madre necesita papeles. Los tres años esos hay que ponerlos en algún sitio que no sea una cena de Nochebuena. —Se subió la bufanda—. Y el notario de tu asunto cae el veintiuno. Yo no soy tu abogada, pero alguien tendrá que decirte qué día es.
—Ona.
—¿Qué?
—Nada.
—No lo pongas en ninguna pizarra, Candela.
Álex se giró desde el bordillo con un sobrino de cada mano. Preguntó a gritos, por encima de la charanga, si le guardaba el abrigo o se lo ponía, porque él con todo no podía .
—¡Póntelo, que te vas a quedar helado!
—¡Es que llevo el chaleco!
—¡El chaleco no abriga, Álex!
—Bueno, si tú lo dices…
Y se lo puso.
Vicent se rio con la boca cerrada y se lo tuvo que contar a su mujer al oído.
A mi lado, Jaume miraba la carroza del árbol de escayola con esa manera suya de mirar las cosas por el peso.
—Esa bombilla lleva fundida desde la plaza —dijo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque he contado las que le quedan encendidas. Cuarenta y una.
—Eres un hombre divertidísimo.
—Me lo dicen mucho.
El seis por la mañana la fábrica estaba cerrada con la cadena puesta. Mi coche seguía donde lo dejo desde el quince de diciembre, encima de la báscula de camiones.
Peladilla estaba sentada en el capó.
Muy derecha, con las cuatro patas juntas y la cola alrededor, mirando el portalón como quien vigila una obra.
En seis años esa gata ha dormido en la silla del que manda, encima de un palé de mil ochocientas cajas y encima de un reglamento de cuarenta y una páginas.
Aquella mañana había elegido un Ibiza gris de segunda mano con matrícula de Madrid.
—Ya te vale —le dije .
No se bajó.
Nos fuimos en el Land Rover. Para subir esa carretera hace falta eso; con el mío me quedaría seguramente sin embrague antes del kilómetro nueve.
Catorce kilómetros de Carrasqueta detrás del camión de áridos de siempre, media hora larga y todas las curvas.
El bancal de Paco Sempere estaba igual que en octubre y sin una hoja: nueve hectáreas de palos grises en terrazas, la casilla de piedra, el tractor del ochenta y nueve.
Onza salió a ladrarle al coche con la voluntad intacta y las patas ya no.
—Esto en octubre era otra cosa —dije.
—Esto en febrero es otra cosa. —Paco le puso la mano encima al primer palo, como se le pone la mano a un animal—. Ahora duerme, xiqueta. Ahora lo que hace es aguantar.
—Me dijeron en el pueblo que os vendíais —añadió, sin mirar a Jaume.
—Le dijeron mal.
—Ya. —Escupió una cáscara—. Eso les dije yo.
Bajé del coche la caja. Llevaba desde el ocho de diciembre en el altillo del armario de Benalúa, con el papel de seda por encima y sin abrir del todo.
Unas botas de monte del treinta y ocho, de piel, con la suela cosida y no pegada. Lo de la suela cosida fue lo primero que me explicó él cuando me las dio, de noche y encima de una azotea, como si yo hubiera preguntado algo.
Desde el poyo de la casilla se ven los nueve bancales de golpe, uno encima de otro, sujetos por unos muros de piedra seca que levantó el abuelo de Paco cuando aquí todavía se pagaba a jornal y se contaban las horas de sol, y en enero aquello es gris entero y no parece que vaya a pasar nada nunca.
Hacía un frío de campo.
Me senté en el poyo y me las puse. Me estaban bien.
Claro que me estaban bien. A ese hombre le pregunté yo el número en un ascensor parado, y él lo apuntó.
Anduve por el bancal de arriba y por el de abajo. Pisé tierra floja y una piedra suelta y no me torcí, y a la tercera terraza ya no miraba dónde ponía el pie.
—A mediados de febrero esto se abre en cuatro días —dijo Paco—. Primero el de la esquina, que es viejo y tiene poca paciencia. En una semana, los nueve bancales. Y dura poco. Si vienes tarde, vienes a ver hojas.
—¿Y cuándo es tarde?
—El uno de marzo.
A las doce de la noche del seis de enero venció el plazo de Madrid. No lo nombró ninguno de los dos. Yo porque lo había dicho el lunes encima del mosaico de la Explanada; él porque no pregunta lo que ya está contestado.
Sacó la libreta y el lápiz plano que lleva en el bolsillo del pecho desde octubre.
—El catorce —dijo—. A las ocho y media, que a las diez pega el sol de plano y no se ve igual.
—¿El catorce de qué?
—De febrero. Es sábado; lo he mirado.
Escribió la fecha, la hora y el nombre de Paco Sempere. Debajo, sin levantar el lápiz del papel, una palabra sola: « Botas».