38 · Jaume
Un golpe seco cada segundo y medio.
Lo oí desde el patio, antes de abrir la puerta de la nave, y me quedé parado con la mano en el hierro helado como un pasmarote. El boixet grande llevaba veinticinco días sin sonar.
Rafa lo había puesto en marcha en vacío a las cinco y veinte para oírlo él primero. Eje nuevo, chumacera nueva y dos mil trescientos euros que yo tenía apuntados desde marzo en una lista mía que se llama «enero» y que este año, por una vez, se llamó enero de verdad.
—¿Suena igual? —dije.
—Suena mejor. —Rafa no levantó la vista del cárter—. Y eso me tiene preocupadísimo.
A las seis menos diez empecé la ronda. Patio, sacos, caldera, boixet, envasado, cámara, muelle. Llevo diez años haciéndola en ese orden y hasta aquel martes la había hecho solo.
Candela había subido de Alicante a las cinco y media, con la bata puesta encima del abrigo y un gorro de lana que no le he visto a nadie en esta provincia.
—¿Puedo ir detrás y callarme?
—Puedes ir detrás.
—Vale.
En diez años han ido detrás de mí por ese recorrido tres personas. Un inspector de sanidad en 2019, un chico de prácticas de la politécnica que aguantó dos semanas y mi madre, un agosto, con zapato de tacón bajo y el bolso en el brazo.
Aguantó hasta los sacos .
Quedaban cuarenta y dos sacos de marcona tapados con la lona, y aparte, en la fila de abajo y contra la pared, los once que se mojaron el treinta de septiembre.
—¿Y estos por qué están aparte?
—Porque llegaron mojados y había que gastarlos antes que los otros.
—¿Y los gastasteis?
Me paré.
Llevaba catorce semanas pasando por delante de esa lona dos veces al día. Nadie me había hecho esa pregunta, empezando por mí.
—No.
—Ah.
En enero esta casa se queda en veintiocho personas y en la caldera no hay nada que ver, porque no se tuesta hasta septiembre.
Un turno de mañana, la reposición de las tiendas, el inventario y los tres meses en que hay que cobrar todo lo que se sirvió en diciembre.
La fábrica en enero es una oficina con las paredes muy altas.
Facturamos el sesenta y uno por ciento del año en siete semanas y nos pasamos las cuarenta y cinco restantes cobrándolo, pagándolo y comprando la almendra del siguiente.
Dicho así suena a queja y no lo es. Es el único negocio que conozco en el que uno sabe desde enero cuántos días le quedan para el veinticuatro de diciembre.
En el boixet, el golpe y Rafa. En envasado, doce palés del cartón nuevo y el pedido de Chelo Carrasco montado y flejado desde el viernes.
—Ese mortero de ahí…
—¡Boixet! —dijo Rafa sin levantar la cabeza.
—Ese boixet de ahí, ¿cuánto pesa ?
—Mil ochocientos kilos.
—Perdón por preguntar.
En cámara hacen doce grados. Se lo advertí antes de abrir, para que no se le ocurriera quedarse dentro con esa bata, y se quedó dentro con esa bata contando bandejas de obleas de cincuenta con el dedo en alto, igual que se cuenta la gente en un autobús.
—Aquí dentro se piensa muy bien —dijo.
—Aquí dentro se coge una bronquitis.
En el muelle, Pepe el Rulo cargaba el reparto de Villajoyosa. La radio, a la altura de siempre, o sea a la altura a la que se pone la radio cuando uno lleva desde 2011 sin que nadie le diga nada.
—Buenos días, Pepe.
—Buenas. Oye, ¿es verdad que la de Madrid ha comprado un cacho de la casa?
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie.
—Ya.
—Mi cuñada, que limpia la oficina de Alicante. —Cerró el furgón de una patada—. Dice que ha llamado un notario a pedir hora para el veintiuno.
Arrancó puntualmente y se fue cuesta abajo. A Pepe no le gusta saber las cosas: le gusta que sepamos los dos que él las sabe y que yo no.
—Oye —dijo ella cuando el furgón dobló la báscula—. ¿Esto lo haces todos los días?
—Todos.
—¿Y por qué a las seis menos diez?
—Porque a las seis menos diez se ve la correa floja y a las diez se ve la correa rota.
—Eso es una frase muy buena.
—No era un cumplido.
—Ya lo sé. Por eso la apunto.
En mitad de la nave, debajo del fluorescente que parpadea desde marzo, seguía el boixet de piedra de mi bisabuela.
Nadie lo había devuelto detrás de la columna.
Llevaba tres semanas en medio del paso, obligando a sesenta personas primero y a veintiocho después a dar un rodeo de dos metros, y el rodeo lo daba todo el mundo sin decir palabra.
Peladilla estaba encima, hecha una bola, metida en el hueco que le han hecho a esa piedra cien años de manos.
—Eso no lo mováis —dijo Candela.
—Estorba.
—Ya.
Lo dejé donde estaba. En la libreta puse: «Piedra: se queda. Pedir presupuesto de un fluorescente nuevo». Y a las seis y veinte, cruzando el patio, mi primo Marc tenía el maletero abierto y dos piedras envueltas en mantas de mudanza.
—Me quedan estas dos —dijo—. La de la señora de la calle del Convento tenía el mango rajado y se lo ha encolado un hombre de Busot. No se lo digas, que ella cree que llegó así.
—¿Y la lista?
—La lista la tengo yo.
A las nueve mandé abrir los once. Son doscientos setenta y cinco kilos y mil ciento cincuenta y cinco euros de septiembre. Siete estaban perfectos y cuatro no, y los cuatro se pagan igual .
Debajo de la lona apareció también el cubo de fregar que Tere le sacó del almacén a un señor de Barcelona el treinta de septiembre para que dejara el paraguas en algún sitio. Se lo llevó a la cocina exactamente igual que se lo había traído.
A las ocho y cuarenta subí a escribir el primer correo del año.
El comité de enero decide lo que se hace los doce meses siguientes y nunca ha pasado de hora y media, porque los puntos son siempre los mismos cuatro: la almendra, el seguro de la flota, las tiendas y la caja del año que viene.
Este año hay un quinto que trae ella. Lo lleva escrito por detrás de un papel desde el veinticinco de diciembre y no me lo ha enseñado.
Le he mandado a esa mujer cuatrocientos ocho correos desde el quince de septiembre. Los tengo contados. En septiembre empecé por «Estimada Sra. Ruiz» y le adjunté un protocolo con dos puntos señalados; desde el nueve de diciembre le escribo el nombre y nada más.
Aquel martes puse el cursor en la primera línea y lo dejé donde estaba.
Tardé cuatro minutos en no escribir una palabra. Cuatro, y los sé porque me vi hacerlo, que es lo peor de tener treinta y siete años y un reloj en la pantalla.
Comité de enero, el jueves 15 a las diez, en la sala de arriba.
He puesto tu punto el primero: lo del seguro de la flota dura cuarenta minutos y no me parece bien que te toque después.
Paco Sempere llamó ayer y dice que este año la flor se le adelanta una semana.
Lo pongo aquí para que quede por escrito.
Salió a las nueve y cuatro.
Mi primer correo a Candela Ruiz salió un lunes de septiembre a las nueve y cuatro. No lo hice a propósito y no espero que me crea nadie, empezando por ella.
Estábamos a doce metros. Ella en el despacho de la placa torcida, yo en el mío, con el pasillo por medio y una mesa auxiliar que no cabe y que sigue puesta.
Tardó seis minutos en aparecer en la puerta con el portátil abierto en las dos manos.
—No has puesto nada arriba.
—No.
—¿Se te ha olvidado?
—No.
Dejó el portátil encima de las facturas de diciembre y no se sentó. Estuvo un rato mirando la pantalla como se mira el parte de una avería.
—Vale —dijo.
—Vale.
—El troquel de Novelda… ¿lo tenemos cerrado para marzo o hay que llamar?
—Hay que llamar.
—Pues llamo yo.
Se fue por el pasillo cantando en voz alta lo que iba a hacer, cosa que no se aprende en ninguna multinacional.
Mi abuela llegó a las once, como todos los martes, con el cuentahílos en el bolso.
Detrás venía Pepe el Rulo con una pizarra verde de colegio atada con dos pulpos, sacada de una escuela que cerraron hace años en la Torre de les Maçanes. Rafa y Vicent la atornillaron encima del microondas, en la pared de enfrente, y quedó tres dedos más baja por el lado derecho.
—Está torcida —dijo Maribel.
—Como el rótulo de arriba —dijo Tere, y lo apuntó.
La vieja no se toca. En la mitad izquierda sigue la línea de tiza de la madrugada del veintiséis y, debajo, en una funda de plástico, un folio de seis renglones con dos firmas que redactó Álex y que no ha vuelto a leer nadie.
La mitad derecha sigue con la raya de Vicent y las casillas tachadas de arriba abajo.
Mi abuela cogió la tiza gorda, se puso de puntillas lo justo y escribió en la pizarra nueva, con letras de un palmo:
«¿CUÁNDO?»
Debajo abrió tres casillas y puso ella la primera cuota, que es lo que hace desde 1996 para que nadie se quede mirando una pizarra vacía.
—¿Cuándo qué, iaia?
—Tú apunta el turno de envasado, nano.
—Es que si no sé lo que se apuesta…
—Pues no apuestes.
A la una y media había veinticinco tabletas en «Antes de las Hogueras», quince en «Antes de agosto» y cinco en una tercera casilla que escribió Pepe el Rulo y que dice «Ya está hecho».
Se apuesta de cinco en cinco desde diciembre.
Rafa protestó a gritos, como protesta él, porque lleva apostando de una en una desde el noventa y seis y dice que eso suyo son principios.
—¡Que yo no tengo cinco tabletas, Amparo!
—Pues ahorra.
La tableta de trescientos gramos sale a cuatro con cuarenta para los de dentro, o sea que a la una y media aquella pizarra nueva llevaba encima ciento noventa y ocho euros de gente que cobra por horas, apostados sobre un asunto que no le ha explicado nadie.
Vicent puso cinco y firmó con una uve. La primera vez que apostó, en septiembre, dio una explicación de tres palabras; esta vez no dio ninguna.
Me fui a comer sin apostar. El que pregunta no apuesta, y yo había preguntado.
A las dos y diez, en el portalón, Álex y mi prima Ona discutían un contrato.
Llevaban así desde la una. Ona se vuelve a Barcelona desde el dos de enero, y aquel martes hacía once días que se volvía. Sigue con la bolsa de tela del congreso, la botella de agua y, desde la semana pasada, un juego de llaves del piso de su madre.
El contrato de Nuria Pastor lo pidió Candela por escrito el veintinueve de diciembre y lo firma la presidencia, porque desde Nochebuena esa firma ya no es mía.
Nuria entró aquí hace tres años para hacer fotos de producto durante un mes.
Desde entonces lleva las redes, las fotos, los mensajes de los clientes, las facturas de la imprenta y, desde el veintiuno de diciembre, setecientos cuarenta pedidos devueltos uno a uno con su nombre debajo.
Álex tenía el borrador apoyado en la pared y cogido por las gomas .
—Ese cargo no significa nada —decía ella—. «Responsable de contenidos y tienda» en un juzgado no es nada. Lo que vale es la categoría profesional, el salario y las funciones. Está en la página dos y es lo único que hay que discutir aquí.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Que yo no lo escribo para un juzgado. —Álex se ajustó las gomas—. Lo escribo para que lo lea ella. Lleva tres años diciendo que aquí no es nada. Cuando abra ese papel, lo primero que va a leer es lo que sí es.
Mi prima se quedó callada bastante más tiempo del que se queda callada mi prima.
—Vale —dijo—. Pero la página dos la miro yo.
—La página dos la mira usted.
—Ona.
—La página dos la mira Ona.
Nuria pasó por delante de los dos con dos cafés de máquina y una caja de folios apoyada en la cadera, y no se enteró de nada.
Yo tampoco dije nada. Dos adultos discutiendo un papel en una puerta, y ninguno de los dos con la menor prisa por entrar: di la vuelta por el muelle.
A las ocho de la tarde bajé al comedor a por agua y encendí el fluorescente.
A esa hora ahí no hay nadie. El microondas apagado, las seis mesas de formica con las sillas encajadas y el salero en la tercera, donde lo deja Maribel desde que yo llevo pantalón largo.
En la pizarra nueva había una cuarta línea que a la una y media no estaba. Letra de Madrid, con las erres muy grandes, escrita a la altura a la que se escribe para que se lea desde la puerta:
«CUANDO YO QUIERA — TODAS.»
Conté las tabletas de las tres casillas de arriba. Cuarenta y cinco. Después miré la línea nueva, que no llevaba número ninguno.
—Eso no es una cuota —dije.
—Es una intención.
Estaba detrás de mí, con el abrigo puesto y las llaves del coche en la mano, calculando seguramente cuánto tardaba yo en levantar la cabeza.
—En esta pared las intenciones no se cobran.
—Pues que espere la pared.