Epílogo
Mi abuela subió a la sala de arriba veinte minutos antes que nadie, con un cojín de ganchillo en la mano, y lo puso encima de la silla de la presidenta.
Peladilla llegó a las diez menos cinco, se subió de un salto y se instaló en el cojín como quien encuentra su nombre en una lista. Mi abuela arrastró la silla de al lado y se sentó ahí, y abrió desde el segundo sitio de la mesa el consejo ordinario del viernes dieciocho de diciembre.
El año pasado, en esa misma sala, bajó a esa gata al suelo con el dorso de la mano.
—Que empiece la de marketing —dijo—, que luego se hace tarde.
La dirección de marketing depende de este consejo desde el veinticuatro de diciembre del año pasado, o sea que quien le da la palabra es la presidencia y no yo.
Lo pone en un acta de cinco renglones con la hora estampada.
Llevamos doce meses y no se ha caído ningún lunes.
Ni siquiera el de marzo, cuando le corregí un titular y me contestó delante de cuatro personas que el mensaje lo veta marketing.
Ciento sesenta y ocho mil cajas. Un dieciocho por ciento más que el año pasado, que ya había sido un treinta y uno más que el anterior.
Nueve mil cuatrocientos pedidos servidos por la tienda.
Hay almacén propio desde marzo, en la nave de al lado, y lo montó mi primo Marc con un plano hecho a mano y un carretillero de Agost. En el acta consta como «propuesta de la dirección de expansión».
Nadie lee esas actas enteras, empezando por mí .
Nuria Pastor presentó los números de la tienda de pie y sin papeles. Su contrato lo firmó la presidencia el veinte de enero. Desde septiembre tiene a una chica de Torrellano trabajando con ella, y así es como se sabe si un puesto es de verdad.
—¿Y esto quién lo revisa? —dijo mi tía.
—Yo.
—Ah. —Apuntó algo en la carpeta azul—. Pues está bien hecho.
Es lo más largo que le he oído decir a mi tía sobre el trabajo de otro en veintiocho años.
Mi tía cobró en septiembre la primera de las tres entregas de lo suyo. Al día siguiente fue a ver otra casa en Jávea. Para mirar.
Mi tío Toni votó desde Valencia sin un segundo de retraso, cosa a la que no me acostumbro.
En el punto cuarto votó también Candela Ruiz, que tiene el cuatro por ciento de Turrones Llorca desde el ocho de junio. Levanta la mano media cuarta menos alto que los demás, como si pidiera permiso. Eso se le va a pasar. Yo tardé dos años.
El anuncio nuevo de «Volver» se rodó en octubre, tres días, con la plantilla y sin modelos. Se emite desde el uno de noviembre en el mismo bloque de tarde que el del año pasado.
Salen los dos. Ella despachando en el portalón con el papel de estraza y el rotulador, yo pesando, y ninguno de los dos mira a la cámara. Al final hay una mano que escribe un nombre en la tira de papel donde pone «Para quién». La realizadora es la misma y la silla plegable también.
A Candela le costaron nueve tomas. A ella, que se gana la vida explicándole a la gente cómo hay que ponerse delante de una cámara.
A mí, el año pasado, me hizo falta que bajara mi abuela.
Eso no se lo he dicho y no se lo pienso decir.
Desde el uno de abril vivimos en Alicante, en un segundo con ascensor de la calle Pardo Gimeno, encima de una panadería que enciende el horno a las cuatro de la mañana.
Salgo a las cinco y cinco. Cuarenta minutos de curvas y a las seis menos diez estoy en el patio, porque la ronda no la ha hecho nunca nadie por mí y no va a empezar ahora.
Mi abuela dijo tres cosas cuando se lo conté. Que ya era hora. Que ella no pensaba ir a cenar todas las semanas. Y que el cuarto de la plancha se queda como está.
Cena todos los jueves.
Bajé al comedor a por agua a la una y cuarto. La pizarra vieja sigue como estaba. La línea de tiza de mi abuela, el folio de Álex en su funda y las casillas muertas del año pasado tachadas con dos rayas.
En la nueva, debajo de «¿CUÁNDO?», que lleva doce meses abierto y va por noventa tabletas sin que nadie haya explicado todavía cuándo qué, alguien había escrito con la tiza gorda de Vicent:
«¿CUÁNTO DURA LA DE BARCELONA?»
Hasta las Hogueras, diez. Hasta Reyes, quince. «Ya no se va — 25. A. Llorca.» Y debajo, cinco tabletas sin firmar.
En esta casa las apuestas sin firmar tienen dueño desde el diciembre pasado. El dueño tiene treinta y seis años y redacta contratos para que los lea la persona que los firma.
—Vicent.
—Dime.
—¿Esa casilla quién la ha abierto?
—Yo no he sido.
Y se fue silbando, exactamente igual que se va desde hace treinta años.
No dije nada más. Me llevé el agua.
El veintiuno de enero fuimos a una notaría de Maisonnave a que Reme y Toni dijeran por escrito que no querían comprarlo ellos. Tardaron cuatro minutos y Reme me dio dos besos en la puerta.
La firma de verdad fue el ocho de junio, cuando el señor de Alicante de la calculadora terminó de contar.
Dolçamar pagaba por un nombre pintado a mano en una fachada.
El señor de la calculadora paga por una nave, unas máquinas y lo que se cobra en enero, que es bastante menos y es lo que vale de verdad.
El cuatro por ciento me salió por doscientos setenta y seis mil euros y lo estoy pagando a quince años, como un piso, solo que en este no me puedo meter dentro cuando llueve.
Mi madre, cuando se lo conté por teléfono, estuvo callada seis segundos.
—¿Y eso es mucho?
—Es todo lo que tengo, mamá.
—Ah. Bueno… —Y después—: Pues eso ya lo hice yo una vez.
Llega el veintitrés en el tren de las diez, que el autobús dice que no lo coge más. Se queda hasta Reyes. Duerme en el cuarto de la plancha, que sigue como está.
La tapa del estuche de este año se puede escribir con bolígrafo.
Lo defendí en el comité de enero, el quinto punto, con un folio que llevaba seis cosas apuntadas por detrás con letra de imprenta. Cartón sin plastificar en la cara de arriba, cuatro céntimos más caro, y una línea de puntos donde antes no había nada.
El trece de diciembre, Nuria subió cuarenta y un segundos del mostrador de la caseta 31: catorce manos escribiendo catorce nombres, sin caras, sin música y sin una sola palabra encima.
Dos millones ochocientos mil en cuatro días.
La tienda no se cayó, porque desde marzo hay almacén, transportista y una persona.
Era el cuarto vídeo suyo en dos años y el primero que no tuve que autorizar.
—¿Y si sale mal? —me dijo a las nueve menos cuarto, con el móvil en la mano—. Es que… es el primero que subo sin que me lo firme nadie.
—Es tuyo, Nuria. Súbelo.
Lo subió.
El lunes veintiuno de diciembre llegué a la fábrica a las ocho menos diez.
Los mismos cuarenta minutos de curvas, con él al volante. Yo con el café de la panadería de abajo, que abre a las cinco y que desde marzo me lo pone en un vaso mío.
En la sala de la cata hay azulejo hasta media pared, ocho sillas descabaladas y un ventilador de pie que no enciende nadie. Es de Tere. Esa historia sigue sin contármela nadie, y llevo quince meses preguntándola educadamente.
Sobre la mesa, la bandeja con seis cuadraditos numerados, un vaso de agua por cabeza y el cuaderno de tapas de hule.
—Del uno al seis —dijo Vicent—. Sin mirar la etiqueta.
Los probé los seis. El dos se deshacía antes de tiempo. El seis dejaba un azúcar pegado que no se iba ni con agua. El cuarto tenía la almendra entera dentro y no la idea de una almendra, y lo supe en la boca antes de saberlo en la cabeza.
—El cuatro.
—El cuatro —dijo Vicent, y se rio con la boca cerrada.
Maribel se subió las gafas del cuello a la nariz. Rafa dijo que el cuatro se notaba desde la puerta y que no tenía ningún mérito. Tere lo apuntó todo y no tapó el cuaderno con el codo.
Hace quince meses entré en esta sala con una americana planchada a las seis y media. Llamé velatorio a una caja delante de la gente que se pasa el otoño llenándola. Este año la caja se abre por el lado corto, lleva el año 1924 en la tapa y se puede escribir encima.
Mi bata cuelga del tercer gancho, con el nombre escrito en un trozo de esparadrapo, porque Maribel dice que si no la marcas te la pone cualquiera y luego hay disgustos.
—¿Cuánto tarda esto en hacerse? —preguntó la chica nueva de marketing, que era su primer día y que había venido con hambre porque yo se lo había puesto en el mensaje.
—La masa, cuatro horas en el boixet —dijo Rafa—. Y después lo que haga falta.
—¡Hombre, eso siempre! —dijo Maribel .
Estaba yo abriendo la boca para explicarle lo de las cuatro horas. En el marco de la puerta se paró un hombre con mono azul y botas de seguridad, con los antebrazos blancos de polvo de almendra hasta el codo.
—Perdone que me meta.
—Métase.