Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 33 · Candela
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33 · Candela

Los camiones, cuando dan marcha atrás, pitan cada segundo y medio.

Cada segundo y medio exactamente. Abajo, fuera, giro. El martes, veinte minutos antes de las seis de la mañana, en el muelle de una fábrica de Xixona, aquel pitido nos pareció a los que quedábamos de pie una broma preparada con mucho tiempo.

—Es el de las seis —dijo Vicent—. Y viene veinte minutos antes, cosa que no hace nadie.

Chelo Carrasco había movido al martes el camión del lunes el domingo por la noche, en dos líneas y sin discutir ni una, con una condición: los dos tenían que entrar en la plataforma de Elche antes de las doce.

Esa plataforma descarga de seis a doce en once muelles numerados con pintura amarilla.

A las doce y cinco el palé se queda durmiendo en el aparcamiento hasta después de Reyes.

Veinticuatro mil cuatrocientas cajas. Veintiséis palés por camión. Seis horas de margen y sesenta personas que llevaban tres días sin dormir seguido.

El primero se cargó en una hora y cuarenta y salió a las seis y dos. Pepe el Rulo le cerró la puerta de una patada, como cierra él las puertas desde 2011, y se quedó en mitad de la báscula mirando cómo bajaba la cuesta.

—¡A ese le meto yo dos cajas más! —dijo.

—A ese no le cabe ni un paquete de servilletas, Pepe.

—Ya… Pero se las meto.

El segundo llegó a las ocho con un chófer nuevo y una caja más alta.

Nuestro muelle mide un metro veinte. Aquel camión cargaba a un metro treinta y cinco y esos quince centímetros nos costaron cuarenta minutos, dos pasarelas y un toro haciendo maniobras que Álex miró desde una distancia prudente con la mano en la boca.

—¿Esto está previsto en algún sitio? —preguntó.

—En ninguno.

—Es que si se cae un palé…

—Álex.

—Que sí. Que no digo nada.

No se cayó ninguno. La flejadora, que se encalla desde septiembre y que Jaume arregló en noviembre con un destornillador de estrella, aguantó los veintiséis. El albarán cuadró a la primera, y eso en esa casa prácticamente no pasa.

Salió a las nueve y cincuenta. Entró en el muelle siete de Elche a las once y cinco.

A las once y veinte, Chelo me mandó cuatro palabras desde el coche: «Los dos dentro. Gracias».

Nadie aplaudió. Yo esperaba que alguien aplaudiera y no aplaudió nadie, porque a esas alturas la mitad de la nave estaba sentada en el suelo con la espalda contra los palés vacíos y la otra mitad fregando moldes para poder devolverlos.

Joaquín, el chico de envasado que entró en noviembre y cuyo nombre yo aprendí el sábado, se quedó dormido de pie, apoyado en la columna del fondo, con un rollo de precinto en la mano.

Maribel le puso una manta por encima sin despertarlo y siguió a lo suyo.

A mediodía saqué del bolso un folio doblado que llevaba conmigo desde el cinco de octubre.

Arriba del todo, escrito con rotulador, un número: ciento treinta mil ochocientas. Debajo, veintidós líneas de cosas que había que hacer para llegar. En la tercera ponía «el nieto», y aquella línea a mí en octubre me pareció una idea y en diciembre me parece otra cosa.

Hice la cuenta en el comedor, con la calculadora del móvil y a mano, dos veces.

Ciento dieciocho mil cuatrocientas cajas cerradas el quince de diciembre. Veinticuatro mil cuatrocientas servidas aquel martes en dos camiones. Ciento cuarenta y dos mil ochocientas.

El año pasado, ciento nueve mil.

Treinta y uno por ciento.

La condición que una señora me dijo en su cocina el dos de octubre partiendo almendra era un veinte, y un veinte eran ciento treinta mil ochocientas. Nos sobraban doce mil.

Escribí el número debajo de las veintidós líneas y me quedé un rato mirándolo, porque llevo doce años presentando crecimientos en salas con proyector y ninguno se parecía a aquella hoja llena de tachones con letra mía de octubre.

Amparo estaba en el portalón, sentada en una de las sillas de la sala de cata que alguien le había sacado al sol.

Le di el folio. No lo cogió.

—Léemelo tú.

—Ciento cuarenta y dos mil ochocientas cajas. Contra ciento nueve mil del año pasado. Un treinta y uno por ciento .

—Un treinta y uno. —Se lo repitió a sí misma una vez, muy bajito, y después me miró—. ¿Y de esas, cuántas se han hecho con las manos?

—Veinticuatro mil cuatrocientas.

—Pues eso es lo que le voy a decir a mi hijo mañana por el ordenador. Lo otro lo entiende cualquiera.

Dobló el folio en cuatro, como dobla ella todos los papeles de esta vida, y se lo guardó en el delantal.

—Mañana a las nueve, en mi comedor. Y no vengas con hambre, que de eso ya me ocupo yo.

Reme pasó por detrás justo entonces con la carpeta azul y las gafas de sol puestas otra vez, y me dijo una cosa que no era fea.

—Enhorabuena, Candela. De verdad. Y…

No terminó. Se llevó la carpeta al pecho y siguió pasillo adelante, y aquella conjunción sin final me estuvo molestando hasta las cinco y veinte de la tarde.

A las dos me llamó mi madre.

—¿Ahí hace frío?

—Aquí hace doce grados, mamá.

—¿Y tú llevas el abrigo ese?

—Llevo el abrigo ese.

—¿Y qué haces tú en Nochebuena?

—Trabajar.

—Ah. —Y se puso a contarme lo del vecino del cuarto durante seis minutos.

Loli lleva desde 2019 haciéndome por teléfono tres preguntas que no son la que quiere hacerme.

La puerta grande se abrió a las cuatro de la tarde .

En esta casa se abre el veintitrés por la tarde, con la nave barrida y el turno cobrado, porque siempre llega alguien tarde. La bisabuela apartaba doce cajas para eso. Amparo aparta catorce. Jaume aparta dieciocho y hay años en que le sobran cuatro.

Aquel martes había gente desde la báscula hasta la curva de la carretera de Busot.

Nos sobraban cuatrocientas once cajas contadas: lo que pasó del pedido cuando se cerró el segundo albarán y los dos camiones ya iban llenos. A las cuatro y media no quedaba ninguna.

—¡Que se ha acabado el estuche! —gritó Tere desde la puerta.

—Pues barra —dijo Amparo, sin levantarse de la silla—. Y papel.

A las cinco, Vicent y Rafa estaban cortando barra de la cámara y envolviéndola en papel de estraza con un rotulador para poner el peso, y Nuria cobraba en efectivo dentro de una caja de zapatos porque allí tampoco hay datáfono.

Jaume se quedó en el portalón dando la mano y diciendo nombres.

Las dieciocho de siempre las tenía apartadas detrás de la puerta, y las dieciocho salieron: un señor de Alcoy que viene desde hace once años, una chica que se bajó del tren de las siete, la peluquera de Villena que en internet había ofrecido diez tabletas y un corte de pelo.

Peladilla se sentó en el escalón de la puerta grande, debajo de la placa de 1924, mirando a la calle. Esa gata elige sitio como quien firma un papel. Aquel día lo que mandaba era la puerta .

Rodrigo Ferrer se puso en la cola a las cinco menos veinte, el penúltimo de una fila de treinta y algo, y esperó cuarenta minutos.

Lo vi desde dentro y no salí. Compró dos lotes de tres, pagó en efectivo sin que nadie le dijera que no había datáfono y le dio las gracias a Tere. Después se apartó, se puso al lado del bidón azul y esperó a que yo terminara de contar un cambio.

—Enhorabuena por lo de esta mañana —dijo—. Los dos camiones dentro antes de las doce. Eso en diciembre lo hace muy poca gente.

—¿Y tú cómo sabes lo de los camiones?

—Cande, llevo catorce años en esto.

No le corregí el nombre. Estaba demasiado cansada y, sinceramente, ya no me hacía el efecto de antes, que es la manera más aburrida de curarse de un hombre.

Sacó del abrigo una carpeta de gomas con tres hojas dentro.

—Esto entró a las nueve de esta mañana en la asesoría de su tía. Yo prefiero que lo leas conmigo delante.

—Dime qué es.

—Oferta mejorada. El número es el mismo.

—Se adelantó a lo que yo iba a preguntar—.

Después de lo que dijo tu jefe ayer en un plató, subir el precio sería pagar por un ruido, y yo no pago por ruidos.

Lo que sube es todo lo demás: los veintiocho contratos pasan de tres años a cinco y la elaboración en Xixona, también.

—Eso es mejor.

—Eso es mucho mejor y no es por caridad. —Me dio la carpeta—. Página tres .

Anexo III. Dirección de marca. Cerrada la operación, la dirección de marca de Turrones Llorca se integrará en la dirección de marca de dulce navideño del grupo, que asumirá doña Candela Ruiz, con sede en Madrid y con efectos desde el 12 de enero.

El comprador mantendrá la elaboración en Xixona durante cinco años en los términos previstos en el Anexo II.

Lo leí de pie, con la hoja apoyada en el antebrazo, y esta vez no busqué los adverbios.

Busqué mi nombre, que estaba escrito entero y con letra de imprenta en un documento que a las nueve de la mañana había leído la tía de Jaume, y a las nueve y cuarto la abogada, y a las nueve y media un señor de Valencia por videollamada y con el sonido tres segundos por detrás.

Las siete últimas palabras remiten al Anexo II, que es el que mantiene esa marca viva mientras un Llorca ponga la cara delante de una cámara.

—Rodrigo.

—Dime.

—Mañana por la noche, en ese comedor, hay cuatro personas votando. Dos quieren vender. —Le devolví la carpeta y él no la cogió—. Y ahora las dos que quieren vender acaban de leer que a la de Madrid la venta le sube el sueldo.

—Sí.

—¿«Sí»?

—Sí. —No se movió ni se puso a explicarse, y ahí está lo que tiene ese hombre de insoportable—. Yo no he escrito tu nombre ahí para hacerte daño. Lo he escrito porque te quiero en ese puesto desde noviembre y porque sé lo que hace tu nombre dentro de ese sobre .

—Ya. Que las dos cosas te caben en el mismo sobre. Me lo dijiste el miércoles, en una terraza, con un azucarero encima de la carpeta.

—Y hoy tampoco te lo voy a negar. —Ahí sí se movió—. Puedes decir que no. Lo que no puedes es hacer que no esté escrito.

Se subió el cuello del abrigo y se fue andando hasta el coche entre gente que salía de la fábrica con paquetes de papel de estraza debajo del brazo.

Lo encontré a las seis y diez en el despacho de arriba, con las dos fotografías enfrente y una barra de la cámara sin envolver encima de la mesa.

No me senté, no busqué la manera y no esperé a la noche. Le puse las tres hojas delante, abiertas por la página tres, y me quedé de pie al otro lado del nogal.

—Esto ha entrado en la asesoría de tu tía a las nueve de la mañana. Yo lo he leído hace media hora en la báscula.

Lo leyó entero, las tres hojas, sin saltarse un renglón. Después volvió a la página tres y se quedó ahí.

—Cinco años para los veintiocho.

—Sí.

—Eso es mejor que lo que teníamos.

—Es mejor. Y mi apellido está en la página tres.

Levantó la vista.

—El dieciocho tardaste un día en enseñarme un papel —dijo.

—El dieciocho tardé un día. Hoy he tardado media hora, y me he venido andando desde el bidón azul. —Me temblaba la voz de cansancio y no de otra cosa—. Que conste.

—Consta.

Se rio una vez, y yo me reí también, y estuvimos así unos segundos en una habitación en la que hace dieciocho años no entraba nadie.

Después cogió un bolígrafo, tachó las siete últimas palabras de la página tres y las copió en un papel aparte.

—Mi abuela no me ha hablado desde ayer a las siete de la mañana —dijo.

—Ya lo sé.

—Mañana a las nueve tenemos que contarle a esa mesa lo nuestro, antes del punto del orden del día. —Dejó el bolígrafo perfectamente paralelo al borde—. Y ahora tenemos que contarles esto también.

—Esto no es lo nuestro. Esto es una cláusula.

—Usted sabe cómo se lee esa cláusula en una mesa con dos personas que quieren vender, con una que ha salido en la televisión diciendo que no y con otra que lleva tres días sin abrir la boca.

Lo sabía. Lo supe en la báscula, con la hoja apoyada en el antebrazo y con treinta personas saliendo por esa puerta con turrón de contrabando envuelto en papel de estraza.

En la pizarra del comedor, esa misma tarde, alguien había abierto por fin la columna que faltaba desde el uno de noviembre. Al lado de las ochenta y cuatro tabletas de «SE QUEDA», con tiza fina y con una letra que yo conozco de firmar nóminas:

«Se va — 5. R. Llorca.»

Y debajo, en renglón aparte: «Y no es un reproche».