32 · Jaume
Gemma Bou me llamó a las seis menos veinte de la mañana.
No habíamos hablado desde octubre. Dirige, gasta unas botas de seguridad mucho mejores que las mías y aquel jueves de nueve horas y media me aguantó veintiuna tomas sin decirme una sola palabra fea.
—Anoche me pidió una redactora imágenes del rodaje —dijo—. Le he dicho que no. Son tuyas y son de tu gente, y yo eso no lo doy sin un papel firmado.
—Se lo agradezco.
—No me lo agradezcas, que te llamo por otra cosa. ¿Vas a ir?
—Voy a ir.
—Vale. —Se oía una cafetera al fondo—. Pues escúchame una cosa y cuelgo. En directo no hay toma veintiuna.
Lo había decidido en la piedra siete, a las cuatro y diez, contando el compás para no pensar. Ella me lo dejó el domingo en la báscula en tres palabras: «Esto es tuyo». Tardé seis horas en darle la razón y ninguna de las seis me sirvió para nada.
A las siete se lo dije a Vicent en el muelle.
—Voy a la televisión.
Vicent dice tres cosas todos los días: una del trabajo, otra del tiempo y otra de su mujer.
Aquella mañana dijo la del trabajo (la pieza de Elda llegaba a mediodía y no la tocaba nadie hasta enero), la del tiempo (dos grados y el perol un punto más alto) y la de su mujer (la freidora nueva ya tenía nombre en esa casa, «la del huevo»). Después dijo una cuarta.
—Póngase la camisa azul, que las otras tres son iguales pero esa es la buena.
Mi abuela estaba en su piedra. Le habían puesto un taburete y una manta doblada debajo del delantal de los martes, y llevaba desde el viernes bajando a esa nave a horas a las que una mujer de su edad tendría que estar en su casa.
—¿A qué hora?
—A las nueve y cuarenta.
Dejó la maza. Fue al carro de las bandejas, cogió una barra sin envolver de las de la noche del sábado, de las que llevan una etiqueta a mano donde solo va la fecha, y me la puso encima del antebrazo.
—Llévate esta.
Y no dijo nada más, y yo tampoco.
El coche llegó a la báscula a las ocho y veinte. Lo conducía un chico de veintipocos años que puso la radio, la quitó a los cuarenta metros y no volvió a intentarlo.
El estudio está en un polígono de San Vicente, en una nave con la puerta de chapa, un cartel de metacrilato atornillado encima del timbre y siete coches aparcados en fila.
Dentro hay una moqueta gris, un sofá naranja, una barra de desayuno de mentira con tres taburetes y una pared de ladrillo que está pintada.
Lorena, la redactora, tiene veintiséis años, la misma edad que Nuria y la misma manera de andar deprisa con dos teléfonos.
—¿Tú eres el del turrón?
—Soy el director general de Turrones Llorca.
—Eso… —Se rio—. Perdona, es que aquí todo el mundo te llama así.
Le pedí las preguntas por escrito. No por desconfianza: porque a mí una cosa escrita me cabe en la cabeza y una cosa hablada se me desordena. Me imprimió la escaleta en un folio y me la dio doblada.
Cuatro preguntas.
Las numeré en el margen con el bolígrafo y me preparé las cuatro contestaciones en la sala de espera, que es una habitación con una máquina de café, tres sillas y un calendario de una empresa de sonido.
Un rodaje se para. Eso lo aprendí el dieciséis de octubre, a base de veintiuna tomas y de nueve horas y media. Un directo no. Un directo es una báscula: lo que pesa, pesa, y lo que dices ya está pesado.
La maquilladora se llama Rocío y me pasó una brocha por la frente y por las orejas.
Le di las gracias nueve veces en cuatro minutos. Lo sé porque las conté, cosa que hago cuando no tengo nada que ordenar.
—¡Ay, qué manos más frías! —dijo—. ¿Nervioso?
—Estoy perfectamente.
—Ya… —Me bajó el cuello de la camisa por detrás—. Pues respira, majo.
El cámara mayor tendrá sesenta y tantos y unos tirantes que no son un adorno. Me colocó en la marca del suelo, una cruz de cinta gris, y me miró desde detrás del visor más rato del que hacía falta.
—Yo trabajé con tu padre en el noventa y cuatro. En la puerta de la fábrica.
Lo que hice fue mirar la etiqueta de la barra que llevaba en la mano, comprobar que ponía la fecha del sábado y devolvérsela a la mesa.
—Pues muchas gracias por decírmelo —dije.
—De nada, hombre.
Me pusieron el pinganillo. Por el pinganillo habla un realizador al que no se le ve la cara y que cuenta hacia atrás con una calma que es la de un hombre que lleva mil quinientas mañanas haciendo eso.
Antes de entrar, Lorena me enseñó el rótulo que iban a poner debajo de mi nombre. Decía «EL SEÑOR FORMAL DEL TURRÓN».
—¿Se puede cambiar?
—¡Es que funciona muy bien!
—Ya lo sé. Lo inventó mi directora de marketing en octubre y funciona. —Le devolví el folio de la escaleta—. Pero ahí abajo yo prefiero que ponga Turrones Llorca, Xixona. Si no se puede, tampoco pasa nada.
Se puso el dedo en el pinganillo, dijo dos frases y me hizo que sí con la cabeza.
Sonia Bataller presenta ese programa desde 2019 y tiene un oficio que se nota en los cuatro segundos que tarda en hacerte sentir que estás en tu casa. Eso, cuando te estás sentando en un taburete alto, es un servicio y también es un aviso.
Pregunta uno, la del escaparate: qué es exactamente eso de hacer turrón a mano.
La miel se cuece hasta el punto de hilo, encima va el azúcar y encima la almendra marcona molida, y a partir de ahí es un movimiento cada segundo y medio: abajo, fuera, giro.
El punto son cuarenta y cuatro grados y se comprueba con el dorso de la muñeca.
Eso lo puedo explicar dormido y aquella mañana llevaba dormidas cinco horas en tres días.
Pregunta dos: cuánta gente.
—Veintidós morteros de piedra. Diecinueve los trajo mi primo Marc en su coche, de casa en casa, el viernes por la tarde, y los trajo numerados y con una lista para devolverlos sin equivocarse. El nueve tiene una grieta y hay que darle flojo. Es de la señora Puri, de la calle San Antonio.
—¿Y usted se sabe de quién es cada uno?
—Me sé la lista. La escribió él.
Pregunta tres: la familia, cuatro generaciones, desde 1924. Ahí no me metí en el pasillo. Dije lo de mi bisabuela y el carro, dije el año, y a la mesa de delante le puse la barra que me había dado mi abuela.
—Esto salió de una piedra el sábado a las dos y diez de la madrugada —dije—. Lo hicieron Paqui, Ximo y una señora de Villena que en noviembre nos devolvió un lote de tres porque leyó en internet que éramos unos mentirosos.
—¿Y ahora está en su fábrica?
—Está montando cajas desde el sábado a las ocho y media. Y no ha querido cobrar, cosa que yo ya veré cómo se la arreglo.
Sonia Bataller se rio de verdad y después bajó la voz medio tono, que en televisión es lo que hacen antes de las que no están escritas .
—Una cosa que se dice mucho estos días. Se comenta que un grupo grande les quiere comprar. ¿Ustedes venden?
En el pinganillo, el realizador dijo «noventa segundos».
Yo tengo el nueve por ciento de esa casa. Mi tía tiene el veinte, mi tío otro veinte y mi abuela el cincuenta y uno, y el veinticuatro por la noche, en un comedor con un hule de cuadros rojos, se vota. Todo eso lo sabía yo perfectamente sentado en aquel taburete y con una barra de turrón delante.
—No vendemos.
—¿Eso es oficial?
—Eso es lo que hay en mi muelle. —No me temblaba nada y ese fue el problema—. En esa nave hay sesenta personas dándole a una piedra desde el viernes a las diez de la mañana para servirle a una cadena veinticuatro mil cuatrocientas cajas. Eso no lo hace una empresa que se vende.
—Pues ahí queda dicho. Jaume Llorca, muchísimas gracias.
—A usted. Y muy amable.
Ocho minutos y cuarenta segundos. Cuando me quitaron el micro de la solapa le pedí a Lorena una cosa más: que mandaran la grabación aquella misma mañana a la asesoría de mi tía Reme, por escrito y con la hora puesta.
—¿Eso lo pides tú? —dijo.
—Eso lo pido yo. Y apúntalo, por favor, que lo he pedido yo.
En la báscula había cuatro coches a las diez y veinte y uno era el de mi tía.
Reme me esperó al lado del bidón azul, con las gafas de sol puestas y en diciembre. Cuarenta años de nóminas, un flexo y una silla en la que se le quedó su padre un miércoles a las nueve menos cuarto.
—¿Tú sabes lo que acabas de hacer?
—Sí.
—No, no lo sabes. —Y no levantó la voz, que habría sido más fácil—. Acabas de decirle a esta provincia que Llorca no se vende. Mañana, en Villajoyosa, en Ibi y en el mercado, la que vende soy yo. Yo sola. Con nombre y apellido, que es el mismo tuyo.
—Eso es verdad.
—Y ahora ese señor de Barcelona me lee a mí un papel y me dice que su oferta tiene un riesgo nuevo, y el riesgo se lo has puesto tú en directo a las nueve y cuarenta y cinco.
—Se quitó las gafas—. Tú tienes un nueve por ciento y treinta y siete años.
Yo tengo cincuenta y ocho y no he salido de esa silla desde el noventa y siete.
—Tía…
—Y encima vas a tener razón, que es lo que más rabia me da.
Le dije lo único que tenía y no era gran cosa: que la grabación estaba camino de su asesoría desde las diez menos veinte, mandada por mí, y que el veinticuatro yo pensaba decir delante de todos lo mismo que había dicho en un taburete, con ella sentada enfrente.
Ona me llamó a las once y cuarto, en dos minutos y sin preámbulos, y me dijo una sola cosa como abogada de la otra mitad de mi familia: que un director general diciendo eso en directo, dos días antes de un consejo, es un problema, y que lo era aunque tuviera razón.
Le contesté que lo sabía. Ella dijo «bueno» y colgó.
Candela me esperaba en la puerta del comedor con los dos teléfonos y ninguno en la mano.
—Lo hemos visto en el móvil de Nuria, doce personas alrededor y sin sonido —dijo—. Y no me hacía ninguna falta el sonido.
—¿Y?
—Y que yo eso no te lo habría escrito nunca.
—Ya lo sé.
—No me has entendido. —Se apoyó en el marco—. No te lo habría escrito porque no se me habría ocurrido. Eso no lo firma una agencia. Eso lo firma un señor con nombre.
Después se volvió a los turnos, porque en la pizarra quedaban doce horas.
La pieza de la chumacera llegó a mediodía en una furgoneta de Elda, dentro de una caja de cartón con dos flejes y el albarán grapado por fuera. Rafa la dejó encima de la báscula, la miró un rato y no la abrió, porque hasta el veintiséis esa pieza no es más que una caja.
Peladilla se bajó del bloque del eje, donde llevaba instalada desde el viernes, cruzó la nave y se subió encima del cartón.
—Ya está —dijo Rafa—. Ya sabe ella que eso vale dos mil trescientos euros.
En el comedor, a la una, la casilla que abrió Pepe el Rulo el diecisiete había cambiado.
Debajo de «¿SE VENDE?», la columna del «NO» tenía cuarenta y siete tabletas repartidas entre diecinueve personas, y a la izquierda seguía, sin tachar, la línea de tiza fina de mi tía: «Sí — 5.
R. Llorca.», y debajo, «Y que conste que yo quiero a mi madre».
Nadie la había tocado. En esa pared no se borra nada y aquello, de pronto, me pareció una crueldad y una decencia al mismo tiempo.
Mi abuela no me dijo nada en todo el día.
No me preguntó qué había dicho, ni cómo había salido, ni si había ido bien, y en esa casa la televisión del comedor se enciende dos veces al año y una de ellas es el veintidós de diciembre por la mañana.
Estaba encendida cuando llegué y estaba apagada a la una.
Ella siguió en su piedra, marcando el compás con los nudillos cuando ya no le daban los brazos para la maza, y a mí me dejó pasar por su lado catorce veces.
El último molde que servía para algo entró en la prensa a las once menos cinco de la noche del lunes. Lo prensamos entre Ximo, Toñi y yo, y encima le pusimos la etiqueta a mano con la fecha.
A las once en punto, mi abuela cogió la tiza gorda de la repisa, tachó el último número de la mitad izquierda de la pizarra, dejó la tiza donde estaba y se fue a su casa a dormir.
Seguía sin decirme nada.