31 · Candela
En la mitad izquierda de la pizarra, encima de las tres columnas de nombres, escribí el viernes a las once de la noche un número de dos cifras. Setenta y dos.
Lo tachaba el que entraba de turno. El sábado a mediodía íbamos por el cincuenta y nueve, y yo ya no sabía si eso era mucho o poco, porque llevaba veintiocho horas levantada y había empezado a contar las cosas dos veces para asegurarme de que las había contado.
Abajo, fuera, giro.
A las once de la mañana de aquel sábado el movimiento no lo hacían solo las manos que tenían una maza.
Lo hacía Pepe el Rulo con una garrafa de ocho litros en el pasillo del muelle.
Lo hacía Tere fregando moldes. Maribel lo hacía con la cabeza, un cabeceo seco cada segundo y medio, mientras le ponía la redecilla a todo el que cruzaba la puerta. Una nave entera con el mismo tic.
—Usted a la piedra no.
—Vicent, llevo tres horas dándole.
—Y por eso se lo digo.
Me enseñó las palmas. Un hombre que lleva cuarenta años en esto tiene ahí una cosa que no es piel ni es callo. Yo tenía dos ampollas en la base de los dedos y una tercera abierta, y al cerrar la mano ponía una cara que en un mostrador me habría costado dinero.
Maribel me trajo esparadrapo de la caja verde y no preguntó nada. Me vendó los dos dedos malos, me giró la mano para mirarla bien y me mandó al cartón.
—Usted monte caja, reina. Que monta muy deprisa.
Montar caja es coger un troquel plano, doblarlo por sus cuatro pliegues, meter la lengüeta y dejarlo en la torre. Yo hacía sesenta y dos a la hora. Ximo hacía noventa y no se le notaba en la cara.
A las dos de la tarde, Jaume se subió al banco de envolver.
—Tres cosas —dijo—. Una: los moldes del turno de noche se marcan con la hora y no con el nombre, que anoche hubo dos iguales. Dos: el que no haya dormido cuatro horas seguidas desde el viernes se va a dormir ahora, y conmigo no discute nadie, porque no pienso discutir.
Sesenta personas esperaron el tres.
—Tres…
Ahí se quedó, de pie encima de un banco, con un albarán doblado en la mano. La tercera se le había ido por un desagüe.
—Que gracias —dijo Amparo desde su piedra.
—Eso. —Se bajó—. Gracias.
Aplaudió Rafa, que aplaude fatal, y detrás aplaudieron todos, y él se metió en el muelle a mirar unos palés que no hacía ninguna falta mirar.
A las siete menos cuarto, Peladilla saltó a la mesa de cortar.
Lo hizo desde el carro de las bandejas, con sus seis kilos, exactamente igual que el uno de noviembre. Aquella noche yo tenía la barbilla levantada y encima del acero no había nada. Aquel sábado había ciento veinte barras cortadas esperando envasado.
—Superficie de contacto con alimento —dijo Álex desde la puerta, con una voz que le salió de muy abajo .
Veinte minutos de fregado con la línea parada y ciento veinte barras al contenedor. Álex Ferrándiz abrió la segunda incidencia de su vida a las siete y cuarto de la tarde. En la casilla del responsable escribió otra vez «Peladilla (gata)» y detrás, entre paréntesis, «reincidente».
En esos veinte minutos se sentó todo el mundo, y llevábamos desde el viernes sin sentarnos. Amparo mandó sacar la olla del bar de la plaza y que comiera hasta el que decía que no tenía hambre.
A las ocho menos veinte entraron once coches en la báscula.
No lo había puesto nadie en internet. Lo puso Fina, la de la caseta treinta, en un grupo de WhatsApp de treinta y ocho casetas que se llama «Explanada» y que se usa para preguntar quién tiene un alargador.
De ahí bajó a la calle Castaños, que un sábado de diciembre a las siete de la tarde está a reventar.
El tardeo de Alicante empieza cuando se acaba el almuerzo y se termina cuando alguien dice «¿y si cenamos?». Aquel sábado, en una bodega de seis mesas de barril, alguien dijo otra cosa.
Sergio, el del Bancal, apareció con dos cajas de vasos y el mandil todavía puesto. Detrás venía Quico, el de las figuras de belén de la caseta treinta y dos, con su rollo de hilo de bridar. Y un matrimonio de Elda que se llevó un lote de tres en noviembre y que se sabía el nombre de la gata.
Y la señora de Villena, con abrigo de paño y una bolsa de tela.
—Yo el lote lo devolví —me dijo.
—Me acuerdo. Le devolví veintiún euros.
—Pues ya está. —Dejó la bolsa encima de una mesa de formica—. ¿Dónde me pongo?
Álex tardó cincuenta minutos en meterlos en la nave y fue la hora más feliz de su vida.
Formulario de visita de terceros, nombre completo, documento encima de la mesa y firma.
Treinta y cuatro papeles. Redecilla, y tuvo que subir dos paquetes del almacén porque las suyas se acabaron en el veintiuno.
Ni relojes ni anillos ni pulseras: todo en una caja de zapatos, cada cosa con su nombre en un pósit.
—¿Y esto luego se guarda? —preguntó Sergio.
—Esto se archiva por fecha.
—Ah… Pues qué bien.
—Es que sí —dijo Álex—. ¡Es que se archiva por fecha!
Vicent puso la única norma que hacía falta, en el pasillo y sin subirse a ningún sitio.
—De la piedra para dentro, gente de la casa.
Funcionó. Los de fuera montaron cartón, precintaron, hicieron palés, fregaron moldes, bajaron ladrillos del patio para calzar las piedras que cojeaban y subieron café cada media hora. Los de dentro no soltaron la maza.
Jaume intentó mandarlos a su casa a las nueve. Lo intentó bien, con argumentos, empezando por el seguro.
—Nano —dijo Amparo, sin levantar la cabeza.
—Iaia, es que hay un asunto de responsabilidad civil que…
—Nano .
Se calló. Después cogió la libreta y estuvo hora y media preguntándole el nombre y el apellido a treinta y cuatro personas, apuntándolos de uno en uno con esa letra suya de mayúsculas de plano, porque el lunes había que pagarles algo y a la gente se le paga con nombre y apellido.
Ninguno quiso cobrar. Él los apuntó igual.
Yo estuve mirándolo desde la torre del cartón, seguramente bastante más rato del que puedo justificar en una nómina.
En la mitad derecha de la pizarra, la que no se toca, Fina escribió con la tiza fina un cinco debajo de «SE QUEDA» y al lado, «Fina, caseta 30».
Vicent se plantó delante. En esa pared hay un renglón suyo del doce de diciembre que dice «DE FUERA DE LA CASA NO SE APUESTA — V.». Lo leyó como si no lo hubiera escrito él, cogió la tiza gorda y puso encima, en letras de un palmo: «HOY ESTA GENTE ES DE LA CASA».
Ochenta y cuatro tabletas. Trescientos sesenta y nueve euros con sesenta, de gente que cobra por horas.
Nuria me lo pidió el domingo por la mañana, con las dos manos ocupadas y el pelo hecho un nido.
—Un directo.
—¿Un directo de qué?
—De esto. —Señaló la fila de piedras—. Sin cortar, sin música y sin poner nada encima. Lo dejo puesto y ya está.
El viernes le había dicho que no y el viernes tenía razón yo, porque aquello era un problema y no una campaña. El domingo a las once, con cuarenta y ocho horas de gente dándole a una piedra, seguía sin ser una campaña. Ahí estaba lo nuevo.
Llevo doce años cobrando por hacer que las cosas parezcan verdad. Aquel domingo no me hacía falta y me costó reconocerlo.
—Trípode fijo, no mueves el plano. Y si entra en cuadro alguien que no ha firmado, cortas.
—¡Sí!
—Nuria.
—Que sí, que sí.
Puso el móvil en el trípode con la goma puesta, encima de una caja de obleas, a la altura del pecho y a cuatro metros de la primera piedra.
Se veían once de las veintidós, el fluorescente que parpadea desde marzo, la espalda de Rafa, las manos de Maribel y, al fondo y de perfil, un taburete con una mujer encima marcando el compás con los nudillos.
Título: «Llorca a mano». Tres palabras.
Empezó a las doce y cuarenta y estuvo puesto tres horas y veinte minutos. Lo cortamos a las cuatro, cuando la batería se puso en el cuatro por ciento, y no porque quisiéramos.
A las tres y diez había cuarenta y cuatro mil personas mirando a la vez.
Ese número yo lo he comprado. Sé lo que cuesta en esa franja, sé lo que hay que firmar para tenerlo y sé lo que dura. Aquel no lo había pagado nadie y no se iba.
Los comentarios tampoco eran de campaña.
«Llevo cincuenta minutos viendo a gente dar golpes a una piedra y no pienso irme.»
«La señora del fondo es la del anuncio.»
«Mi abuela hacía esto en Callosa y yo no me acordaba.»
«¿Esto es un directo o es mil novecientos cincuenta?»
A las dos y media se cayó la tienda web.
La montó en 2019 un sobrino de Reme por trescientos euros y un jamón, y aguanta cuarenta y tres pedidos a la vez.
El sobrino se llama Dani, tiene veintisiete años y estaba a nueve metros montando cartón.
Se sentó en el comedor con el portátil al lado del microondas y la levantó en cuarenta minutos, tranquilamente y sin quitarse la redecilla.
Y a las cinco y veinte la cerré yo.
—¿Que la cierras? —dijo Nuria.
—Setecientos cuarenta pedidos. Cuatro personas y una agencia que pasa a las nueve y media. No servimos ni la mitad.
—Candela, eso es dinero.
—Eso es dinero que no puedo entregar. —Escribí la línea de pie, delante de ella—. «Volvemos a abrir el dos de enero. Hoy no podemos.»
En doce años he escrito cosas mucho peores por mucho menos.
A las seis de la tarde había catorce coches parados en la carretera de Busot y gente asomándose a la báscula a preguntar si se podía comprar allí.
No se podía. No hay tienda, no hay caja y no queda un metro libre.
Amparo salió al portalón, se puso debajo de la placa de 1924 y lo arregló en una frase.
—El veintitrés por la tarde. Díselo así: el veintitrés, por la tarde, en esta puerta.
«Volver» son treinta segundos que terminan con una caja, un hueco para escribir un nombre y dos palabras impresas en gris.
Yo defendí esa idea en septiembre delante de una mesa llena de gente que no me conocía.
Aquel domingo, a las siete, había cuatro personas de Elda sentadas en el comedor escribiendo nombres en las tapas con un bolígrafo prestado.
Taché con dos rayas el renglón del viernes, el de «hoy no se sube nada», que en esa pared es como se hace.
El teléfono de trabajar de Nuria sonó a las nueve y cuarenta de la noche.
Era Lorena, redactora de «Buenos días, Levante».
Habían visto el directo a las tres de la tarde en una redacción abierta en domingo, porque el lunes arranca la semana de Navidad y no tienen nada.
Querían al señor formal del turrón. En directo, lunes, ocho minutos.
Coche a las ocho y veinte en la báscula.
Lo apunté todo en la trasera de un albarán: nombre, teléfono, hora, dirección del estudio y las cuatro preguntas, que me las leyó sin que se las pidiera porque estaba encantada.
Bajé a la nave. Eran las diez y diez y en la pizarra quedaban veinticinco horas.
Jaume estaba en la piedra siete con Toñi y con el chico de envasado cuyo nombre yo tampoco me sabía hasta el sábado. Le hice una seña, salió, y nos quedamos en la báscula con el frío que hace ahí a las diez de la noche en diciembre y que no arregla ningún chaquetón .
Le di el albarán. Lo leyó entero, las dos caras, y tardó lo que tarda él.
—¿Usted qué opina?
—Ah, no.
—Le estoy preguntando.
—Ya. —Me apoyé en la báscula—. Y yo te estoy diciendo que no. En septiembre te habría montado una escaleta en once minutos y habría tenido razón. Esto no es de marketing, Jaume. Esto es tuyo.
—Es de la empresa.
—A la empresa la sacas tú, con tu cara y tu apellido. —Se me fue un poco la voz, y fue por las horas—. Si yo te empujo a ese plató y mañana sales mal, eso no te lo arregla nadie. Y si te empujo y sales bien, tampoco va a ser tuyo.
Se quedó mirando la fila de piedras por el portalón abierto.
—El quince de diciembre, en esta báscula, un señor dijo delante de un tercero que mi carrera era mía y mi vida era mía y que nadie de esta casa tenía que decidirlo por mí —dije—. Lo dijo muy bien.
—Me acuerdo perfectamente de lo que dije.
—Pues eso.
Entré en el comedor, cogí una de las sillas descabaladas de la sala de cata y se la saqué. Se la puse detrás de las corvas, en mitad de la báscula, a las diez y veinte de la noche, y no lo comenté.
Él la miró. Se sentó.
—El veintidós de noviembre usted no se sentó —dijo.
—Es que yo estaba trabajando.
—Y yo.
—Tú llevas de pie desde el viernes.
Dobló el albarán en cuatro, como dobla su abuela las listas de la compra, y se lo guardó en el bolsillo de dentro.
—A las seis se lo digo.
—A las seis estaré dormida.
—Entonces se lo digo a las seis y se lo repito a las ocho.