Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 30 · Jaume
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30 · Jaume

—¿Se puede arreglar?

—No.

Vicent Soler dice «no» dos o tres veces por campaña y nunca lo alarga. Estábamos los tres debajo del boixet grande, con la linterna del móvil de Rafa apuntando al eje, y el eje tenía un juego que se veía a simple vista.

—La pieza existe —dije—. La tienen en Elda.

—La pieza no es el problema.

—La traen el lunes a mediodía.

—Cuatro días de desmontaje. —Rafa bajó la linterna—. El lunes a mediodía más cuatro días es el veintiséis, y el veintiséis esto ya da igual. Y que conste que…

—Consta, Rafa. Consta desde marzo y lo firmé yo.

Salí al patio a las ocho menos cuarto con dos mil trescientos euros de retraso encima y ningún sitio donde ponerlos. Había helado otra vez en el alto. Del portalón hacia dentro se oía un ruido que en esta casa no se ha oído nunca en diciembre, que es el de la gente hablando.

El coche azul entró en la báscula a las ocho y cinco, aparcó torcido y de él salió una mujer con el abrigo mal abrochado.

—Veinticuatro mil cuatrocientas —dijo, sin saludar.

—Ya me lo ha contado Vicent.

—¿Y?

—Y no tenemos máquina.

Se quedó mirando la nave. Después hizo una cosa muy suya: en lugar de discutir, preguntó por el producto.

—Jaume. Antes de que existiera esa máquina, ¿cómo se hacía?

—A mano.

—Pues a mano.

—Candela, en 1924 esta casa hacía cuatro mil cajas al año.

—En 1924 esta casa tenía a tu bisabuela y a dos cuñadas. —Se abrochó por fin el abrigo—. Hoy tienes sesenta personas y cinco días.

Mi abuela bajó de la casa a las ocho y veinte con el abrigo encima del delantal. No preguntó qué había pasado. Fue derecha al fondo de la nave, a la columna de detrás de la que no entra la limpieza, y apartó las dos cajas de obleas con el antebrazo.

—Baja el banco —me dijo—. Y trae la maza, que pesa.

El boixet de piedra de mi bisabuela es de una pieza, tiene setenta centímetros y llegó a esta casa en un carro en 1924.

La maza de olivo pesa cuatro kilos ciento cincuenta gramos y tiene el mango rebajado por cien años de manos.

La última vez que se usó fue un jueves de noviembre a las seis de la tarde, y lo fregó Vicent por su cuenta y dejó la maza envuelta en un paño limpio.

Lo subimos entre Ximo y yo hasta la mesa de cortar y lo pusimos en el centro de la nave, debajo del fluorescente que parpadea desde marzo.

Se hace así: la miel se cuece hasta que hila, se le suma el azúcar y encima va la marcona molida.

Después, abajo, fuera, giro. Un movimiento cada segundo y medio, ni más rápido ni más suave, hasta que la pasta se oscurece, suelta el aceite y deja de pelear.

El punto son cuarenta y cuatro grados y se comprueba con el dorso de la muñeca.

Fría chasca. En su punto no se oye. Pasada silba por los lados.

Lo expliqué encima del banco, a voces, delante de sesenta personas que llevan toda la vida oyendo esa máquina y no la habían hecho nunca con las manos. Vicent me corrigió una vez, públicamente, y sin ninguna delicadeza.

—Antes de moler, el perol un punto más alto. Que hace dos grados fuera.

—El perol un punto más alto —repetí.

La primera pella salió a las diez y cuarenta. Se turnaron tres: Rafa, Maribel y mi abuela, que se puso el delantal a la vista y cogió la maza sin que nadie le dijera nada.

—Ese es el de los martes —dijo Maribel.

—Es viernes. —Mi abuela no levantó la cabeza de la piedra—. No me acordaba de lo que pesa.

—¿Usted ha hecho esto?

—Yo envolvía. —Dio la vuelta por donde la daba su madre, que era zurda—. Pero miraba.

A las once y diez cogí un albarán viejo y me puse a hacer números encima de la báscula, que es donde hago los números que no quiero que vea nadie.

Un boixet de piedra, con tres personas turnándose, hace en un día largo lo que el grande hacía en hora y cuarto.

Veinticuatro mil cuatrocientas cajas son ochenta y cuatro horas de grande.

Teníamos cinco días, sesenta personas, la miel dentro, la almendra en el patio y el cartón de Novelda servido, y teníamos exactamente una piedra de setenta centímetros traída en un carro por una señora que se murió en 1971.

Salían sesenta y siete días.

Hice la cuenta dos veces por si me había equivocado. No me había equivocado.

—Joder.

Lo dije en voz alta, encima de una báscula de camiones, delante de mi maestro turronero, de mi abuela, de Maribel, de Tere y de un chico de envasado que lleva aquí desde noviembre y al que todavía le estoy aprendiendo el nombre.

La nave se paró. No la máquina, que ya estaba parada: la nave.

—¡Ay, la Virgen! —dijo Maribel.

Tere abrió el cuaderno de tapas de hule, buscó la página del día y apuntó algo con la letra minúscula esa suya. No pienso preguntarle nunca qué puso.

—Les pido disculpas —dije—. Ha sido impropio.

—Cállate —dijo mi abuela.

—Iaia…

—Que te calles, nano, que llevo diez años esperando eso. —Dejó la maza encima del banco—. ¿Cuántos morteros de piedra crees tú que hay en esta calle?

Me quedé con el albarán en la mano.

—No lo sé.

—Catorce. Y en la de arriba, nueve. —Se limpió las manos en el delantal de los martes—. En este pueblo se hacía turrón en las casas hasta el setenta y tantos, hijo. Esas piedras no las tira nadie, que abultan mucho y son de la madre de alguien.

Al que mandamos a buscarlas fue a mi primo .

Marc Llorca tiene treinta años, mil doscientos seguidores y una tarjeta que se hizo él, y yo llevaba desde septiembre contando lo que graba y no lo que hace.

Se fue a las doce menos cuarto en su coche y volvió a las cuatro y veinte con diecinueve morteros de piedra en el maletero y en el asiento de atrás, envueltos de dos en dos con mantas.

Traía cada uno numerado con un trozo de cinta de carrocero y una lista escrita a mano: número, casa, calle y, en tres de ellos, una advertencia. «El nueve tiene una grieta, no darle fuerte. Señora Puri, calle San Antonio.»

—Para devolverlos —dijo, y se metió las llaves en el bolsillo—. Si devuelves veintidós piedras y le das a alguien la de otro, en este pueblo eso no se arregla ya.

—Marc.

—¿Qué?

—Nada. —Cogí la lista—. Que está bien hecho.

Se encogió de hombros y se fue a descargar. No se grabó ni una vez en toda la tarde, y eso en mi primo es una noticia mayor que la máquina.

Los otros tres llegaron solos. Dos los trajo a las cinco el chico de Turrones Bonastre, el de la caseta de cinco puestos más allá, cuyo padre le vendió largueta a esta casa durante cuarenta años y se murió el invierno pasado.

—Eran de mi padre —dijo, sin bajarse del todo de la furgoneta—. Están mejor que los vuestros.

—¿Cuánto le debo?

—Nada. ¡Y como me lo vuelvas a preguntar, me los llevo!

El veintidós lo bajó mi abuela de su propia cocina, y ese no lo numeró nadie .

Veintidós piedras convierten sesenta y siete días en tres. Lo comprobé en el mismo albarán y con el mismo bolígrafo, y aquella vez me salió bien.

Del comedor sacamos las seis mesas de formica y dejamos cuatro, y encima de esas cuatro se instaló lo que en esta casa se llama la oficina.

Nuria puso el portátil al lado del microondas.

Álex montó en una esquina la mesa de las autorizaciones de imagen, con sus cuatro modelos de 2019, un bolígrafo atado con un cordel y la cara de un hombre que por fin ha encontrado una emergencia de su tamaño.

Y Candela se puso delante de la pizarra verde con la tiza fina.

Vicent la paró antes de que escribiera.

—Ahí no se borra nada.

—No pensaba borrar nada.

Entonces él cogió la tiza gorda, trazó una raya vertical de arriba abajo por la mitad de la pizarra y escribió encima de la mitad derecha, en letras de un palmo, «ESTO NO SE TOCA».

Debajo quedaron las setenta y nueve tabletas de la casilla que abrió Tere el uno de noviembre y las cuatro de la casilla que abrió no se sabe quién el jueves.

En la mitad izquierda, Candela escribió tres columnas de nombres.

Turnos de cuatro horas, veintidós piedras, tres personas por piedra.

Comidas a las dos, a las ocho y a las dos de la madrugada, encargadas al bar de la plaza y pagadas por la casa.

Una hoja pegada con celo en la puerta del comedor con el teléfono de la mutua, el de la farmacia de guardia y el de mi abuela.

Y en la esquina de abajo, una raya y dos palabras: «hoy no se sube nada».

La barra prensada un día no se corta hasta cuarenta y ocho horas después.

Lo que saliera de aquellas piedras el viernes se cortaba el domingo por la tarde y lo del sábado, el lunes.

El último molde que podíamos prensar, cortar, envasar y subir a un camión antes del martes por la noche era el del lunes a las once.

A partir de ahí, lo que hiciéramos sobraba.

Eso no lo puse en la pizarra. Lo puse en la libreta y se lo enseñé a dos personas.

—¿Y las cámaras? —preguntó Nuria.

—Grabas todo lo que quieras, con papel firmado y sin poner una cara que no haya dicho que sí. —Candela tapó la tiza—. Y hoy no sube nada. Hoy esto no es una campaña. Hoy es un viernes.

Peladilla apareció a las seis y se subió de un salto al boixet grande. Se sentó en el bloque del eje, encima de la máquina muerta y en el único sitio caliente que quedaba en toda la nave, y allí se quedó.

—De ahí no la bajo yo —dijo Rafa—. Que esa hoy ya ha hecho bastante.

Ferrer llamó a las ocho y diez. Salí a cogerlo al patio, al lado del bidón azul.

—Tengo dos líneas paradas hasta el siete de enero en una planta del grupo en Alzira —dijo, sin preámbulo—. Hora y media de aquí. Mezclado y prensado. Sin contrato, sin nota de prensa y sin que conste en ningún papel. Vuestro maestro dirige y nosotros ponemos manos .

—¿Por qué?

—Porque conozco a Chelo Carrasco desde hace nueve años y sé lo que es quedarse sin mueble el veintidós. —Una pausa corta—. Y no te confundas: el veinticuatro sigo queriendo comprarte.

Yo creo que lo decía en serio las dos veces, y eso es lo complicado de ese hombre.

—Se lo agradezco de verdad. Y no.

—Dame el motivo, que lo voy a respetar igual.

—El veinticuatro por la noche, en el comedor de mi abuela, se vota si esta nave sirve. Si el turrón de esta semana sale de la suya, la respuesta se la he dado yo antes de que nadie levante la mano. —Miré hacia el portalón—. Y hay once líneas que mandaron ustedes el martes.

—Ya veo que has leído el anexo.

—Me lo leyeron en voz alta.

Ferrer se rió una sílaba, igual que me río yo.

—Está bien. —Y antes de colgar—: Suerte, Llorca. Y si el lunes a las seis de la mañana cambias de idea, el teléfono es el mismo.

Se lo conté a Candela en la mesa de cortar, mientras ella marcaba turnos y se comía medio bocadillo de pie.

—¿Le has dicho que no?

—Le he dicho que no.

—Yo habría tardado un poco más. —Tachó un nombre y puso otro—. Un poco más… Y le habría dicho que no.

A las once de la noche entré por el portalón y me paré tres pasos dentro, cosa que no hago desde los siete años .

Esta nave tiene su olor desde 1924 y yo dejé de notarlo hacia los nueve, igual que uno no nota su casa.

Aquella noche lo noté desde la puerta. Había madera mojada de los moldes, piedra caliente, azúcar quemado en el fondo de un perol que nadie había fregado todavía, café de máquina y ropa de sesenta personas que llevaban catorce horas trabajando a cuarenta y cinco grados con las manos metidas en la masa.

Una máquina no da eso. Una máquina da almendra y miel, y las da siempre iguales, y por eso uno acaba sin enterarse.

Aquello se notaba persona por persona.

Veintidós piedras en fila desde la mesa de cortar hasta el muelle, cada una con su ladrillo debajo si cojeaba.

Mi tía Reme con las mangas subidas en la número catorce, sin decirle una palabra a nadie y sin irse.

Álex contando gente con el dedo. Pepe el Rulo, que no estaba apuntado en ningún turno, llevando garrafas de agua.

Mi abuela sentada en un taburete al lado de su piedra, marcando el compás con los nudillos en la madera del banco porque a las once de la noche ya no tenía brazos para la maza.

Abajo, fuera, giro. Sesenta personas dando el mismo golpe cada segundo y medio.

Sonaba exactamente igual que la máquina.