Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 29 · Candela
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29 · Candela

Nuria subió los cincuenta y cuatro escalones con dos bolsas, una tortilla de su madre en un táper y esa cara de funeral de pueblo que se le pone cuando trae cariño y no sabe dónde dejarlo.

—No te he avisado porque me dices que no —anunció desde el rellano.

—No te iba a decir que no.

—Me ibas a decir que estabas cansada, que es lo mismo pero más largo.

Dejó las bolsas encima de las tres cajas que llevan sin abrir desde septiembre, abrió mi nevera, la cerró sin comentarios y se plantó delante del horno.

—¿Esto funciona?

—Ni idea.

—Candela, llevas aquí tres meses.

—Cuatro.

Encendió un horno que yo no había tocado desde que firmé el contrato de alquiler. Tardó nueve segundos y un botón. Después se sentó en el suelo, con la espalda contra el sofá de dos plazas, y esperó.

Yo se lo conté entero.

Lo de la azotea del ocho de diciembre. Lo del artículo doce y los siete días que se cumplieron el lunes a las doce.

La adenda de once líneas y el azucarero encima para que no volara.

La dimisión de once líneas encima de una mesa de nogal, al lado de una carta mía que empieza por «Estimado Sr. Ferrer» y que sigue ahí, en Xixona, debajo de dos fotografías .

Tardé doce minutos. Nuria no me interrumpió ni una vez, cosa que en ella, sinceramente, no tiene precio.

—Ya lo sabía —dijo al final.

—Lo suponías.

—Lo sabía, tía. —Se apoyó en las rodillas—. Lo que quería era que me lo dijeras tú.

—Te pedí perdón por eso hace un mes.

—Y yo te dije que prefería no saberlo, que era mentira. —Se rascó la ceja—. Una tiene veintiséis años y dice muchas tonterías.

La tortilla salió del horno a las diez menos veinte y la partimos con un cuchillo de sierra de tres euros veinte que compré en el bazar de mi calle el seis de diciembre para hacer veinticuatro bocadillos.

—Las tres tabletas son de Álex —soltó con la boca llena.

—¿Qué tres tabletas?

—Las del «sí» de la casilla nueva. Las tres, sin firmar. —Levantó el tenedor—. Se lo vio Tere. Tiza fina en la manga de la americana, a las doce y cuarto, y él salió del comedor andando de lado como un cangrejo.

Me quedé con el trozo a medio camino.

Álex Ferrándiz ha apostado dos veces en su vida y las dos a favor del reglamento.

Una tableta a que Candela Ruiz se iba con ninguno de los dos.

Tres a que su amigo no invitaba a nadie a cenar antes del puente.

Aquel jueves puso tres a que el director general de Turrones Llorca presentaba la dimisión, y esta vez no quiso que se supiera que eran suyas.

—Esas tres no son una apuesta —dije.

—Ya. —Nuria dejó el tenedor—. Esas tres son un hombre diciendo que le parece bien.

Recogimos el táper y estuvimos un rato con la televisión puesta sin sonido, costumbre que le he cogido a esta ciudad y que en Madrid me habría parecido una enfermedad.

—Ahora te digo yo una cosa mía, que si no reviento —dijo Nuria desde el suelo—.

Si te vas en enero, aquí me quedo yo. Veintiséis años, un contrato que pone «asistente de marketing» y un vídeo que grabé desde la mesa del comedor y que ha visto más gente de la que compra turrón en esta provincia.

Llevo las redes. Llevo las fotos. Contesto a los clientes que escriben a las once de la noche y llamo a la imprenta cuando se equivoca en una factura.

Y no te lo digo para darte pena: te lo digo porque eres la única de esa casa que lo ha escrito en algún sitio, y si te vas, ese papel se va contigo.

Se lo apunté en la cabeza el cuatro de octubre, en una bodega de la calle Castaños, con un vermut de grifo de dos ochenta delante y un plato de altramuces sin tocar. Seguramente ese es el problema de apuntar las cosas en la cabeza.

—El lunes lo pongo por escrito y se lo doy a quien haya que dárselo —dije—. Me quede o no me quede.

—¡Pues por fin! —Se levantó a por el abrigo—. Y no pienso grabar nada de todo esto. Que lo sepas.

A las once y veinte me llamó Vicent Soler.

Vicent no me ha llamado nunca. En cuatro meses hemos hablado por teléfono una vez y la llamada la hice yo, un lunes de diciembre a las siete menos doce, y de aquello todavía estamos pagando plazos.

—Xiqueta .

—Vicent. ¿Pasa algo?

—No. —Silencio de los suyos, los que duran lo que una bandeja debajo del grifo—. Bueno… Que estoy en la nave. Yo me voy a las ocho y cuarto siempre, y hoy me he vuelto.

Me lo imaginé sin esfuerzo: la nave parada, el fluorescente del fondo dando sus dos parpadeos y un hombre de sesenta y un años subiendo otra vez la cuesta de Busot a las diez de la noche porque le ha parecido que hacía falta.

—¿Está con él?

—He estado dos horas. Ahora está en el patio. —Tosió—. No lo llame usted ahora, que no se lo coge.

—Ya me lo figuraba.

—Yo no le voy a contar lo que hemos hablado, que eso no se hace. Solo una cosa, y porque la tiene que saber alguien que no sea yo. —Bajó la voz, y Vicent no baja la voz jamás—. Me ha preguntado cuántos años me faltan para jubilarme.

Me senté en el borde del sofá.

—¿Y usted qué le ha dicho?

—Los que hagan falta. —Carraspeó—. Xiqueta, yo en esta casa me he callado una vez. Ya está bien.

No le pregunté cuándo. En aquella nave hay cosas que se saben por el sitio que ocupan en el aire de un pasillo y no por lo que cuenta la gente.

—Vicent, ¿usted cree que se va a ir?

—Yo creo que ese chico ha escrito un papel a las nueve de la mañana y a las nueve y cuarto ya sabía que el papel no arregla nada. —Se oyó una puerta de metal—. Y usted lo sabe igual que yo, porque si no, no me lo estaría preguntando a mí.

—Buenas noches, Vicent .

—Buenas noches, xiqueta. —Y colgó, porque Vicent Soler cuelga cuando ha terminado, no cuando termina la conversación.

Le escribí a las doce y ocho. Tres palabras: «¿Estás despierto?».

No contestó por escrito. Me llamó.

Aquello, en nosotros, es un cambio de idioma. Esta historia empezó en un buzón a las dos y cuarenta y siete de la madrugada con catorce puntos numerados y sangría francesa, y llevamos tres meses arreglándolo todo por escrito porque por escrito él es mejor persona y yo soy más rápida.

—No he mandado nada —dijo.

—Yo tampoco.

—Ya lo sé. Están los dos papeles donde los dejamos, y he entrado dos veces a mirarlos como un idiota.

—¿Y?

—Y siguen ahí, que es lo que hacen los papeles.

Me reí un poco. Él no.

—Jaume, esta tarde tenías razón en una cosa y no te la he dado.

—Deme la otra primero, que la otra es más barata.

—No hay otra. —Me puse de pie porque esto no se dice sentada—.

Tu papel y el mío sirven para lo mismo: para que nadie tenga que enterarse.

El tuyo borra el artículo doce. El mío me borra a mí.

Y en los dos casos el veinticuatro tu familia se sienta a votar sin saber una cosa que sabe media provincia.

—Eso lo dijo usted esta tarde.

—Lo dije y no lo terminé. —Cogí aire—. Lo terminaría así: que se lo contemos nosotros. Los dos, juntos, delante de todos, antes de que tu abuela vote.

Tardó. Cuando este hombre tarda no es que dude: es que está poniendo las cosas en columnas.

—El veinticuatro, antes del punto del orden del día.

—Antes de todo.

—Hay que decírselo también a Álex, y por escrito, que para eso escribimos el doce tres. —Hizo una pausa—. Con nueve días de retraso y el retraso lleva mi nombre.

—El retraso lleva los dos nombres.

—Eso es mentira, pero se lo acepto hoy.

—Conforme.

Nos quedamos callados los dos, cada uno en una punta de veintiséis kilómetros de carretera.

Yo oía el reloj de pared de la entrada de esa casa, que atrasa cuatro minutos desde antes de que yo llegara a la provincia y que no ha tocado nadie.

Él oiría el contenedor de vidrio de mi esquina, lo único que suena en Benalúa a esa hora.

—¿Y los papeles? —preguntó.

—Los papeles esperan. El mío tiene fecha del seis de enero y es mío. El tuyo tiene fecha del veinticinco y es tuyo. Ninguno de los dos se manda para tapar al otro.

—Dilo entero, que te conozco.

—Ninguno de los dos se manda para tapar al otro. —Y añadió, con la voz de las once y media—: Candela. Lo de esta tarde…

—Ya está.

—No está. Le he gritado en mi propia casa.

—Jaume, llevo desde septiembre esperando a que algo de esto te importe lo bastante como para hacerlo mal. —Miré por la persiana la raya de farola de siempre—. Duerme algo.

—Voy a ir a la nave a las cinco.

—Duerme algo igual.

Colgamos a las doce y treinta y uno. Me dormí sin pastilla, sin película de fondo y sin la conversación puesta en bucle, y eso, en una mujer que lleva desde junio de 2019 despertándose a las tres y cuarenta, es un titular.

A las seis y media de aquella mañana yo estaba en la autovía.

No aguanté en la cama. Salí de Benalúa a las seis y veinte con el café en un vaso de papel de la gasolinera y la calefacción a tope, y a la altura del desvío de la Sarga entró un mensaje de Chelo Carrasco.

Las seis y treinta y una. Esa mujer madruga porque su plataforma descarga de seis a doce y porque no ha aprendido a esperar a nadie desde 2011.

Aparqué en el arcén para leerlo, cosa que no había hecho nunca.

La cabecera del 4 al 14 se le había vaciado en cuarenta y una tiendas.

No rota: vacía. El mueble de Navidad de sus supermercados grandes se había quedado sin nuestra caja el mismo fin de semana en que a nosotros nos llamaban mentirosos en internet.

Este oficio gasta esas bromas. Quería reposición inmediata, en dos camiones, el veintidós y el veintitrés.

Quería veinticuatro mil cuatrocientas cajas .

Leí la cifra tres veces con el intermitente puesto.

Nos faltaban doce mil cuatrocientas para las ciento treinta mil ochocientas de la condición de una señora de Xixona, y aquella mujer acababa de pedirnos casi el doble justo de lo que nos faltaba, a las seis y media de la mañana, desde el coche, con dos frases y sin un solo adjetivo.

Una reposición de diciembre no es un pedido más: es el último tren.

La cadena se queda sin producto en el mueble de Navidad, el jefe de sección ve el hueco desde la caja y quien lo tape se lleva también el mueble de enero.

Esa cabecera se cayó de las manos de alguien el uno de diciembre y aterrizó en las mías en once minutos.

Esta vez no se le había caído a nadie: la habíamos vaciado nosotros.

Llamé a Jaume. Comunicaba. Llamé otra vez a los cuarenta segundos y volvió a comunicar, y me acordé exactamente de la última vez que ese hombre no me cogió el teléfono y de lo que costó.

Volví a la autovía en tercera y con la cabeza haciendo columnas, que se me pega de él.

Veinticuatro mil cuatrocientas cajas son seis días de nave con el grande a catorce horas, y yo tenía cinco.

Con el sábado dentro y el domingo a precio de domingo, cabían.

La miel había entrado el jueves a las siete.

La almendra llevaba en el patio desde septiembre.

El troquel de Novelda, servido. Cuatro días hasta que salieran los camiones y cinco hasta que su abuela votara en su comedor.

Cuatro y cinco.

Salía apretado, con la nómina de diciembre hecha un solar y con Rafa gritando, pero salía. Por primera vez desde el quince de septiembre, las cuentas de esta casa me salían.

Vicent me llamó a las seis y cuarenta.

—Xiqueta.

—Vicent, siéntese, que le traigo una noticia buenísima.

—Se ha roto.

Frené sin darme cuenta y el coche de detrás me pitó a fondo, con toda la razón del mundo.

Hay una manera de decir «se ha roto» que no admite preguntas de seguimiento. Vicent Soler la tiene desde hace cuarenta años y la usó igual que se usa una llave inglesa: una vez, en el sitio justo y sin apretar de más.

—¿Qué se ha roto?

—El grande. —Se oía la nave entera detrás y no se oía la nave: se oía un sitio en el que no había ningún golpe cada segundo y medio—. A las seis y treinta y ocho, arrancando. La chumacera del eje. Ha soltado un ruido que no se lo puedo explicar a usted por teléfono.

—¿Y se arregla?

—Elda no abre hasta el lunes… y con desmontaje son cuatro días de máquina parada. —Silencio—. Aquí Rafa quiere decirle una cosa.

Se oyó el roce del teléfono al cambiar de mano y después, a dos metros del micrófono y con una serenidad que le había costado nueve meses cobrarse, la voz de un hombre con las gafas de soldar subidas en la frente.

—¡Que conste!

Aquel boixet lo montaron en esta nave en 1968 y desde entonces daba un golpe cada segundo y medio, once horas al día, cuarenta y cinco días al año. Es lo que se oye en el comedor, en la báscula y en la carretera. Es lo que no se oía aquella mañana .

Cinco días de nave contando aquel viernes. El doble de turrón del que nos faltaba. Y en esa nave, a las seis y cuarenta y un minutos del diecinueve de diciembre, no quedaba una sola máquina capaz de hacerlo.

—Vicent. Dígame que él ya lo sabe.

—Está debajo de la máquina.

—Voy para allá. Estoy en la Sarga.

—Corra un poco, xiqueta. —Y aquel hombre me dijo por fin una cosa que no era del trabajo ni del tiempo ni de su mujer—. Que hoy hace falta todo el mundo.