28 · Jaume
La dimisión de un director general cabe en once líneas. Lo sé porque escribí cuatro y la buena fue la cuarta.
La cuarta la escribí de pie, con la libreta cerrada.
Once líneas y ninguna mentira. No están todas las verdades, pero eso a un papel firmado no se lo exige nadie.
El camión de la miel entró a las siete, con cuatro garrafas de más para compensar las que faltaron la semana pasada. El chófer bajó preguntando si era cierto lo que se cuenta por la carretera. Le dije que por la carretera se cuenta todo y que descargara por el lado del bidón.
Después hice la ronda en el orden de siempre. Doce grados en cámara, la caldera limpia, un albarán de obleas y el fluorescente del fondo parpadeando desde marzo.
A las ocho menos cuarto subí a la oficina pequeña.
La impresora saca doce páginas por minuto y se atasca en la diecinueve desde el día que la compramos. Con una hoja no se atasca. Salió recta, templada y a la primera, y hasta eso me pareció mal.
Álex Ferrándiz apareció a las nueve y diez con la carpeta de gomas azules. El 18 era el día que él mismo se había fijado para cerrar los cuatro cuestionarios que le faltaban, y cumple sus plazos aunque no se los reclame nadie.
—Una pregunta de procedimiento —dije—. Una renuncia al cargo de director general, ¿se presenta al consejo o a la presidencia?
Dejó la carpeta encima de la mesa. La dejó, no la soltó, y ahí hay una diferencia que él marcó perfectamente.
—A la presidencia, que después lo lleva al consejo. —Tardó cuatro segundos—. ¿Esto es hipotético?
—No.
Lleva nueve años trabajando para que aquí no ocurra nada, y se le puso la cara de haberlo conseguido todo al revés.
Peladilla dormía encima de su carpeta, en mitad de la mesa, con las patas recogidas y la media oreja apuntando a la puerta.
Tiró dos veces de una esquina, midió el asunto y lo dejó estar.
—Ahí dentro llevo los cuestionarios.
—Pues hoy se quedan dentro .
Se quedó de pie, sin carpeta y sin sitio donde poner las manos, e hizo lo que no le había visto hacer en nueve años de formularios: hablar sin papel delante.
—Si dejas de ser su jefe, el artículo doce no aplica. Eso lo sabes mejor que yo, porque el doce cinco lo escribiste solo una tarde de agosto mientras yo contaba plazos. —Se cruzó de brazos—. Y esta casa se queda sin director general el veinticinco de diciembre.
—El veinticinco mi abuela ya ha votado.
—Ya. Y según lo que vote pasa una cosa o pasa la otra. —Levantó un dedo, y el hombre tenía razón—. Si vota que sí, el veinticinco manda aquí otro y tú le entregas la nave sin cargo. Si vota que no, no manda nadie y me toca explicarlo a mí.
—Es un problema de organigrama.
—Todo es un problema de organigrama hasta que le pones nombres. —Miró la gata, luego la carpeta y luego a mí—. ¿Se lo has dicho a ella?
—Todavía no.
—Pues díselo antes que a mí. Por favor.
Salió sin la carpeta y sin los cuestionarios. En el rellano se paró para no decir nada, y tardó lo suyo en no decirlo.
A la una y diez bajé al comedor a por agua.
Llevo tres meses entrando en ese comedor a por agua. Aquel jueves miré la pared.
En la mitad viva de la pizarra, debajo de las setenta y nueve tabletas de la casilla que abrió Tere en noviembre, habían escrito otra con tiza fina. Letra de imprenta, pequeña, de esas que no se parecen a la de nadie. Dos columnas, tres tabletas en una y una tableta en la otra.
«JAUME DIMITE»
Tres a uno.
No es una casilla grande. En esa pared se han llegado a apostar sesenta tabletas de una sentada, y la de si yo invitaba a cenar antes del puente subió a cuarenta y tres, y la de si salía en el anuncio la cobró mi abuela con dos que había puesto para avisar y no para ganar.
Aquella tenía cuatro. Nadie quería cobrarla.
—Estaba puesto cuando he entrado a las doce y media —dijo Maribel, sin que yo preguntara—. Y he entrado la primera.
Rafa se lavaba las manos en el fregadero grande y contestó de espaldas, con la calma del que discute con la misma máquina desde 1998.
—La del «no» es mía. Una, y firmada, que ahí pone erre. Las otras tres no las ha rubricado nadie, y en esa pared firma todo el mundo desde el noventa y seis.
—Mi abuela dijo que de cinco en cinco.
—Ya. Pues mira.
Tere ocupaba la mesa del fondo, con el táper abierto y el cuaderno de hule al lado. No había tocado ninguna de las dos cosas. Maribel se caló las gafas para mirarme entero y me puso el vaso debajo del grifo.
—Jaume, hijo. Dinos que no.
Ahí estuvo el problema. A Maribel llevo sin mentirle treinta y siete años, once de ellos poniéndome la redecilla que me da ella en la puerta de la nave.
—No te lo voy a decir .
—Ay…
—Maribel…
—Que no digo nada. —Se puso a recoger un táper ajeno—. Que no digo nada, hijo.
Vicent seguía en el umbral con el trapo al hombro. Miraba la pizarra igual que mira una máquina con un ruido nuevo: sin acercarse, calculando de dónde sale.
—Tú no has puesto —le dije.
—Yo puse en octubre.
—Eso era otra cosa.
—Eso era lo mismo. —Se cambió el trapo de hombro y tiró hacia la nave—. Cierra el grifo, que se te está yendo el agua.
Se me estaba yendo el agua.
El despacho de marketing queda al final del pasillo de arriba y yo entro poco. Aquella tarde entré sin llamar, a las cinco y veinte, lo cual tampoco es mío.
Candela leía de pie junto a la ventana, con las cuatro cajas del troquel debajo. Sujetaba el folio apoyado en el antebrazo y buscaba primero los adverbios, que es como lee ella cualquier papel serio. Enfrente, las dos fotografías que colgué yo hace seis días.
—Ya lo sé —dijo—. Me lo ha contado Nuria a la una y veinte.
—Yo venía a decírtelo.
—Ya. Pero te ha ganado una pizarra.
Puso el folio encima del nogal, del derecho hacia mí, para ahorrarme el gesto de girarlo.
Estimado Sr. Ferrer: en relación con su oferta de fecha 17 de diciembre, le confirmo mi aceptación del puesto de directora de marca de Dolçamar Iberia, con incorporación el 12 de enero. Quedo a la espera de la documentación que corresponda. Un saludo, Candela Ruiz.
Leí el encabezado antes que el cuerpo. Soy un hombre de encabezados, y ella me enseñó lo que pesan sin proponérselo, un martes de diciembre, a las nueve menos veinte de la mañana, en mi patio.
—¿Lo has mandado?
—No. Lo he impreso para verlo. —Se sujetó los codos por encima del jersey—. Y tú tampoco has mandado el tuyo, porque si no tu abuela estaría subiendo esa escalera.
Saqué mi hoja del bolsillo de dentro y la dejé al lado de la suya. Nos quedamos delante de aquella mesa como quien mira un albarán que no cuadra por nueve céntimos.
—Tú primero —dijo.
—Si dejo de ser el director general, el artículo doce no aplica. No hay nada que comunicar, nadie tiene que dejar su puesto y el consejo no vota sobre nosotros el veinticuatro. Conservo el nueve por ciento, el apellido y la casa. Pierdo el cargo, la firma y el despacho.
—¿Y qué haces a partir del veinticinco?
—Lo que haga falta. Prensar, cargar, pelearme con Novelda. Vicent tiene sesenta y un años y quiere jubilarse con esto en pie. Alguien tendrá que aprenderse la nave de verdad y no de mirarla.
Cogió mi papel, lo leyó entero y lo devolvió al mismo sitio. Después me dijo lo único que yo no llevaba previsto.
—Es precioso. Y no te lo he pedido.
—No era para pedírmelo.
—Ya sé que no. Era para dármelo hecho. —Le cambió la voz, y no hacia arriba—. Has decidido tu vida entera y la mía esta mañana, solo, en la oficina pequeña, mientras yo estaba a doce metros haciendo lo mismo. No decidas por mí.
—Perdone, pero ese papel es mío.
—¡Y este es mío!
—Pues entonces ya nos hemos entendido.
Llevábamos cuatro minutos repitiéndonos la misma frase por turnos y ninguno de los dos la estaba oyendo.
—Mi razón —dijo—. Entera, y te estás quieto hasta el final.
Uno: si me voy en enero no hay artículo doce, no hay nada que contarle al consejo y tú te quedas con la empresa, con el puesto y con la cara.
Dos: esa cara la puse yo en la televisión el uno de noviembre, y por ella tu casa vale tres millones más que en septiembre.
Lo dijo Ferrer en tu báscula delante de ti y te lo tragaste sin decir ni mu.
—Me acuerdo.
—Y tres. —Cogió aire—. El martes mandaron a la asesoría de tu tía una adenda de once líneas, y hoy entra en el expediente. La leí ayer a la una y media en la terraza de la Rambla, con un azucarero encima para que no volara.
—¿Qué dice?
—Que si compran, la marca y la nave duran tres años siempre que un miembro de la familia siga vinculado a la sociedad y ponga su imagen en la comunicación.
Cuando algo me llega de golpe lo primero que hago es ordenarlo, y normalmente me da resultado. Aquella tarde me duró seguramente dos segundos.
—¿Desde ayer?
—Desde ayer .
—¿Y anoche, con eso en el cajón, me preguntó usted si yo saldría en un anuncio para otro?
—Sí.
—¡Anoche me preguntó usted eso!
Grité. Una vez, en el cuarto del fondo de mi casa, con sesenta personas trabajando a treinta metros. Yo, que llevo desde el noventa y ocho pidiendo perdón antes de llevarle la contraria a nadie. Ella no se movió un centímetro.
—Perdóneme. Ha estado fuera de lugar.
—No me pidas perdón. Grita otra vez si quieres, que llevo tres meses esperándolo.
—No pienso repetirlo.
—Ya lo sé. —Se sentó encima del nogal—. No te lo enseñé porque quería saber antes si ese papel vale algo, y no tengo abogado, y la única a la que puedo preguntar firma por la otra parte. Y porque a las ocho menos veinte, mirándote en esa puerta, no supe hacerlo. Eso es todo y es bastante malo.
—Es bastante malo.
—Pues ya está dicho. Ese anexo lo redactó él en noviembre y lo redactó bien, porque es bueno.
Y lo que compra no es esta nave: es que tú te pongas delante de una cámara en enero para un grupo de Barcelona.
—No bajó la voz para lo siguiente y se lo agradecí—.
Yo no puedo quitar de esa mesa la oferta, ni el anexo, ni a tu tía, ni a tu abuela.
La única pieza que puedo retirar de ahí soy yo.
—No es una pieza.
—Hoy lo soy. Y no todo es por ti: nueve personas y cuatro marcas. Eso lo quiero. Lo quiero desde el lunes a las dos menos diez y me lo he comido sola, así que no me mires con cara de albarán.
—No la estoy mirando con cara de albarán.
Me acerqué a la ventana. Abajo estaban el furgón de Pepe, mi coche y el hueco de los once sacos que alguien gastó por fin. Tardé en volverme más de lo que me habría gustado.
—Yo también tengo tres. Una: ese artículo lo escribí yo, y el doce cinco lo escribí solo, así que lo paga el que lo firmó y no una mujer con doce meses de contrato.
Dos: si se va en enero, se va con la casa a medio vender y con una campaña levantada por usted.
En marzo, cuando alguien pregunte en una reunión de quién es aquello, los dos sabemos lo que va a contestar ese señor, porque ya lo contestó una vez.
—Eso ha sido bajo.
—Ha sido verdad y ha sido bajo. Las dos cosas caben en el mismo sobre, según él.
—No es mi amigo.
—Ya lo sé. —Volví a la mesa—. Y tres: yo no me voy a ninguna parte.
Usted se va a Madrid y yo me quedo con mi apellido, mi nueve por ciento y el despacho del fondo.
Su papel le cuesta una ciudad, una casa y empezar de cero delante de nueve desconocidos.
El mío me cuesta un cargo. No es un empate y lleva usted toda la tarde fingiendo que lo es.
—Eso ya me lo dijiste el nueve.
—Y sigue siendo verdad el dieciocho.
Tardó en contestar, con las palmas abiertas encima del nogal .
—¿Sabes qué tienen en común esos dos papeles? Que con cualquiera de los dos no hay que contarle nada a nadie. Ni al consejo, ni a Álex, ni a tu abuela. Firmas el tuyo y no hay nada que contar; mando el mío y tampoco. Y llevamos desde el martes con un aviso encima.
Busqué la contestación dos veces y no apareció en ninguna.
Los dos papeles se quedaron encima del nogal, uno junto al otro, debajo de dos fotografías colgadas a la misma altura y comprobadas con un nivel de burbuja.
—¿Te vas a casa? —dije.
—Me voy a casa.
—Yo me quedo…