27 · Candela
El miércoles se levantó poniente y en la Explanada las casetas de madera estuvieron toda la mañana sonando igual que un tejado con piedras encima.
A Fina, la de los jabones, se le voló un expositor entero a la altura de la churrería.
Quico ató sus figuras de belén con hilo de bridar y perdió una oveja.
Nosotras cerramos el mostrador abatible media hora, hasta que amainó, y después vendimos doscientos ochenta y siete euros en tres horas, que para un miércoles de diciembre con viento no está mal y para el diecisiete de diciembre es una miseria.
Con la caseta cerrada me puse a hacer cuentas encima de una caja de estuches sin montar.
Ciento dieciocho mil cuatrocientas. Ciento treinta mil ochocientas. Doce mil cuatrocientas cajas de diferencia, que dichas así parecen una montaña y que esta nave, con el grande a catorce horas, fabrica en tres días.
El problema no es fabricarlas. El problema es que no hay a quién vendérselas.
Las cadenas cerraron el lunes. Las tiendas de barrio compran en octubre.
La web da veinte pedidos al día desde la filtración y un pedido son dos cajas.
La caseta, si hago un sábado histórico y no llueve, saca trescientas.
Llamé a once clientes pequeños entre las nueve y las once y saqué seiscientas cuarenta cajas, y las seiscientas cuarenta no mueven nada.
La única puerta que queda abierta es la reposición de enero: cuarenta y una tiendas, tres semanas de mueble. Eso lo decide Chelo Carrasco cuando sepa de quién somos, y de quién somos se decide el veinticuatro por la noche en un comedor de Xixona.
O sea, que la campaña que tenía que salvar esta casa depende ahora mismo de que esta casa no se venda. Y si se vende, la campaña ya da igual.
Nuria llegó a las doce con la reposición y con el gorro de lana hasta las cejas.
—¡Tía!
—Dime.
—¿Tú te vas?
—Nuria…
—¡Vale! —Levantó las dos manos—. Vale, vale. No he dicho nada.
Se puso a colocar barras por tamaños y no volvió a abrir la boca en diez minutos, que en ella es una manifestación.
La abuela me lo había dicho el martes en la puerta de mi despacho, con la mano en el marco y sin entrar. Ocho palabras: «Al consejo se lo contáis vosotros. Antes del veinticuatro». Y dos golpecitos en el quicio con los nudillos, como se llama a una puerta que ya está abierta.
A él se lo había dicho arriba, en su mesa y con más rato. Me lo contó por teléfono el martes por la noche, en cinco minutos y sin adornar nada, y lo único que le pregunté fue si su abuela estaba enfadada.
—No —dijo—. Está cansada.
—¿De nosotros?
—De todos. Y lo peor es que tiene razón.
Rodrigo llegó a la una y media con una carpeta azul en la mano y el pelo hecho un desastre por el viento. En nueve años no le había visto yo a ese hombre un pelo fuera de sitio.
—¿Tienes veinte minutos?
—Tengo hasta las dos y cuarto.
Nos sentamos en la terraza del bar de la esquina de la Rambla, la que tiene las sillas de anea y el toldo atado con dos cuerdas. Pidió un cortado y yo un café solo. Él puso la carpeta encima de la mesa y el azucarero encima de la carpeta, porque si no volaba.
—Esto es lo del lunes, pero escrito —dijo—. Y con fecha.
Era una carta de oferta de tres hojas, firmada por la directora de personas del grupo y por él.
Dirección de marca de Dolçamar Iberia. Nueve personas.
Cuatro marcas. Incorporación el doce de enero.
El número de la primera página era el que yo habría pedido si hubiera tenido el valor de pedirlo, y me obligué a leerlo dos veces para que no se me notara en la cara.
Abajo, en negrita, la única línea que importaba de verdad: plazo para aceptar, el 6 de enero.
—¿Por qué el seis?
—Porque el doce abrimos y necesito el equipo cerrado. —Se echó azúcar y no removió—. Y porque el seis es fiesta y a mí me gusta que la gente decida estas cosas en su casa y no en una oficina.
—Qué bonito.
—Es verdad y es bonito. Las dos cosas pasan a veces.
Me reí sin querer, cosa que me pasa con él desde 2016 y que no pienso perdonarle.
Doblé la esquina de la hoja, la dejé encima de la mesa y le hice la pregunta que llevaba haciéndome desde el lunes a las dos menos diez, en una báscula, delante de otro hombre.
—Rodrigo. Si el veinticuatro votan que sí, ¿la marca Llorca sigue existiendo en enero?
—Sí.
—¿Y en marzo?
—Sí.
—¿Y con qué condición?
Ese hombre no ha mentido nunca. Es lo peor que tiene. Abrió la carpeta, sacó una hoja grapada de dos páginas y me la puso delante, girada hacia mí para que la leyera del derecho.
—Esto entra mañana en la asesoría de tu directora financiera. Te lo enseño a ti hoy porque si lo lees el veinticinco en un periódico vas a pensar que te lo callé.
Era una adenda. La habían mandado el martes, después de la auditoría del lunes, y ocupaba once líneas.
Anexo II. Marca y continuidad. El comprador mantendrá la denominación comercial Turrones Llorca y su elaboración en Xixona durante un mínimo de tres años, siempre que un miembro de la familia fundadora permanezca vinculado a la sociedad y preste su imagen a la comunicación de la marca en los términos que se pacten.
En doce años he leído bastantes contratos y siempre en la misma postura: de pie, con el papel apoyado en algo y buscando primero los adverbios.
La gente miente con los adjetivos y se compromete con los adverbios.
En aquellas once líneas había uno que valía por todos los demás, y eran dos palabras: «siempre que».
Lo leí tres veces. La tercera, en voz alta, y cuando llegué a «preste su imagen» me oí a mí misma y me tuve que parar.
—Esto lo has escrito tú.
—Lo he escrito yo. En noviembre, después del primer pase.
—Vale. —Dejé la hoja en la mesa y puse el azucarero encima, que no se me fuera a volar la mejor jugada de la historia de esta provincia—. Entonces te lo digo yo entero y tú me dices dónde me equivoco.
—Dale.
—Uno. Vosotros no compráis una fábrica, compráis un nombre pintado a mano en una fachada.
Dos. Ese nombre, ahora mismo, en esta provincia, es la cara de un señor de treinta y siete años que sale dos veces al día en la televisión desde el uno de noviembre.
Tres. Vuestra adenda dice que la marca vive mientras ese señor siga ahí y siga poniendo la cara.
Cuatro: si él dice que no, en tres años no hay marca, y esa nave se queda haciendo turrón a granel para que lo envase otro con otro nombre.
—No me he equivocado de persona al ofrecerte el puesto.
—No has contestado.
—No te has equivocado en nada. —Se bebió el cortado de un trago—. Una marca sin cara vale el cartón, Candela. Yo no compro turrón, que turrón bueno hay en cuarenta kilómetros a la redonda. Compro que la gente se lo crea.
—Y cinco.
—Dime el cinco.
—El cinco es que ese hombre lleva dieciocho años sin entrar en un despacho porque en ese despacho trabajaba su padre, que era el que salía en los anuncios.
—No levanté la voz. Me salió bastante peor que si la hubiera levantado—.
Vosotros lo que le estáis ofreciendo, en dos páginas grapadas, es que haga exactamente lo que hizo su padre, pero fichando, y para un grupo de Barcelona.
Ahí Rodrigo se quedó callado tres segundos largos, y no porque no tuviera respuesta.
—Eso no lo sabía —dijo—. Lo de su padre lo sé como lo sabe todo el sector: mal y a medias. Y te agradezco que me lo digas, y te aviso de que no cambia el anexo.
—Ya sé que no cambia el anexo.
—Va a firmar, Cande.
—No me llames así.
—Perdona. —Y lo dijo en serio, otra cosa que tiene—.
Va a firmar. Porque si no firma, dentro de tres años Vicent Soler tiene sesenta y cuatro años y Maribel veinticinco campañas y ninguna nave donde hacerlas, y eso lo sabe él mejor que yo.
Tu jefe se come lo que haga falta por esa gente.
Es su mejor cualidad y es exactamente por donde se le entra.
—Qué asco de trabajo tenemos.
—A veces sí. —Se limpió con la servilleta de papel—. Y a veces es esto: yo me paso catorce meses dando la brasa en Barcelona para que a veintiocho personas se les respete el contrato tres años, y me quedo tan tranquilo.
Me acabé el café. Estaba frío otra vez. Es una cosa que me pasa desde noviembre y que va a acabar siendo mi personalidad.
—Una pregunta más y me voy.
—Las que quieras.
—¿Tú a mí me quieres en Madrid para dirigir cuatro marcas, o me quieres para que ese señor firme el anexo?
Ahí, por primera vez en toda la conversación, tardó .
—Te quiero a ti —dijo—. Y sé lo que vale que estés tú, y no te voy a decir que no lo haya pensado, porque me lo pagan por pensarlo. Las dos cosas caben en el mismo sobre, Candela. Casi siempre caben.
—Eso es lo que me da miedo de ti.
—Lo sé.
Se levantó, se puso el abrigo y me dejó las tres hojas y la adenda. Antes de irse se acercó a la caseta, le compró a Nuria tres lotes de a tres y pagó en efectivo, porque en esa esquina no hay cobertura para el datáfono y él lo sabía.
Sesenta y tres euros. Se los apunté en el cartón de dentro de la tapa, en la columna del miércoles, porque el dinero de esa caseta es de la casa y a mí lo que me dieron fue un sobre.
Subí a Xixona a las siete. En la báscula estaba el Land Rover, el furgón de Pepe y ese frío seco de la carretera de Busot que no se parece en nada al de Alicante.
En el comedor habían abierto casilla nueva, con la letra apretada de Pepe el Rulo:
«¿SE VENDE?»
Debajo, en la columna del «NO», veintidós tabletas repartidas entre nueve personas. La columna del «SÍ» estaba vacía toda la mañana, según Tere, hasta que a la una y media bajó a comer la tía Reme, cogió la tiza fina y escribió ella sola, con esa letra suya de contable, dos renglones:
«Sí — 5. R. Llorca.»
Debajo: «Y que conste que yo quiero a mi madre.»
Tere me lo contó de pie, con el cuaderno de hule apretado contra el pecho y sin saber si aquello se podía contar.
—Es que nadie ha dicho nada, Candela. ¡Nadie! Ha estado aquí un cuarto de hora con su sopa y se ha ido, y nadie ha dicho ni media palabra.
—¿Y Vicent?
—Vicent ha ido y le ha puesto las dos rayas a una casilla vieja que ya estaba pagada.
En el despacho de marketing, encima de la mesa de nogal, había una gata blanca sentada en el centro exacto de mi sobre.
Peladilla no se baja de las cosas: hay que sacárselas de debajo tirando de las esquinas. La carpeta salió templada y con el pico doblado, y la gata se quedó donde estaba, mirando la pared de enfrente, donde hay dos fotografías colgadas a la misma altura.
Llamé a Ona desde la ventana.
—Ona, una pregunta rápida. Si yo te leo una cláusula…
—No.
—Todavía no te la he leído.
—Candela, yo aquí soy la abogada de la parte vendedora. —De fondo se oía una impresora—. Si lo que me vas a leer es del expediente, no puedo. Y si es tuyo, menos. Búscate uno para ti.
—Ya…
—Y búscatelo esta semana. —Hizo una pausa que no le pegaba nada—. Yo no te he dicho eso.
Jaume apareció en la puerta a las ocho menos veinte con el chaquetón puesto y la libreta en la mano, y se quedó en el quicio, costumbre suya que en ese cuarto tiene dieciocho años de explicación.
—¿Bajas? Voy a cerrar el gas.
—Ahora bajo. —Me senté encima del tablero—. Jaume, una cosa.
—Dime.
—¿Tú saldrías en un anuncio para otro?
No preguntó a qué venía eso. No preguntó quién era «otro». Se quedó mirándome dos segundos con la libreta en la mano y contestó como quien confirma un dato de albarán.
—No.
—Vale.
—¿Por qué?
—Por nada. —Me bajé de la mesa y cogí el bolso—. ¿Tú qué opinas de una tapa que se pueda escribir con boli?
Me miró un momento más de lo necesario. Ese hombre lleva desde octubre sabiendo exactamente lo que significa que yo me vaya al estuche, y aquella noche no dijo nada, que fue lo más elegante que ha hecho en tres meses.
Se fue a cerrar el gas.
Metí el sobre en el cajón de abajo del todo, el que lleva abierto y vacío desde el viernes por la noche, con la chincheta todavía suelta en el rincón.
Lo cerré.