Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 26 · Jaume
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26 · Jaume

Mi abuela ha subido a la oficina de Alicante dos veces en diez años.

De eso en mi familia no se habla, igual que no se habla de lo otro. Somos una casa muy educada.

Vicent llegó a las seis y cinco y dijo sus tres cosas.

—Ha helado en el alto.

—Ya lo he visto.

—El camión de la miel confirma el jueves a las siete. —Se puso el trapo al hombro—. Y mi mujer le ha metido un huevo a la freidora de aire. Entero, con cáscara.

—¿Y qué ha pasado?

—¡Pues lo que tenía que pasar!

Después se quedó mirando el patio ocho o nueve segundos y añadió una cuarta, que no la había añadido nunca.

—Ese coche lleva ahí desde ayer. Con el frío que ha hecho, se queda sin batería .

—Ya.

—Digo yo.

—Ya, Vicent.

Y se fue a encender la caldera.

Los ciento noventa envíos de la tienda salieron el lunes por la mañana en cuatro horas, con la rotuladora de 2014 imprimiendo torcido hasta que Maribel descubrió que había que meterle el papel de dos en dos.

La agencia del polígono se llevó ochenta y un bultos y volvió el martes a por el resto.

Rafa palpó la chumacera al arrancar y dijo «templada», palabra con la que esta casa lleva viviendo desde marzo.

Con dos grados bajo el alero, el azúcar cristaliza antes de tiempo y la barra sale del molde con la superficie granulada.

Eso se arregla subiendo un punto el perol y no tocando nada más. Me lo enseñó Vicent en 2006, delante de una bandeja entera perdida, y desde entonces lo compruebo con termómetro aunque me sepa la respuesta.

La campaña está cerrada en ciento dieciocho mil cuatrocientas cajas. La condición de mi abuela son ciento treinta mil ochocientas. Esa resta la tengo hecha desde el lunes a las cinco y cuarenta y no la he escrito en ningún papel.

Llegaron a las once menos cinco, y no en el furgón: Pepe el Rulo había fregado el coche de su cuñada por dentro y por fuera y lo aparcó en el vado del portal con los cuatro intermitentes puestos, cosa que no se hace.

—Yo la subo y me vuelvo —dijo—. Yo aquí no he estado .

—Pepe.

—¡Que yo no he visto nada!

Mi abuela entró en el ascensor de 1971 sin que nadie le dijera nada, apretó el cuatro y se agarró a la barra con las dos manos.

—En este ascensor me quedé yo encerrada en el ochenta y cuatro, con tu abuelo y dos cajas de muestras.

—¿Cuánto?

—Lo que tardaron. —La cabina hizo lo que hace siempre entre la segunda y la tercera—. Tu abuelo se puso a fumar.

Álex Ferrándiz la estaba esperando en el rellano con la carpeta de gomas azules abierta.

Lleva nueve años queriendo que alguien le firme la revisión anual de conformidad y nadie se la firma nunca.

Mi abuela le cogió el bolígrafo, firmó las dos hojas apoyada en la pared, sin leerlas, y le devolvió el papel.

—¡Señora, que esto hay que leerlo…!

—Hijo, yo a ti te conozco desde que ibas al colegio con mi nieto.

Álex se quedó con la carpeta contra el pecho y una cara que yo no le había visto nunca. Nuria le ofreció un cortado de la máquina; ella pidió agua del grifo, se la bebió de pie y dejó el vaso boca abajo en el escurridor de la cocinilla, encima de un paño.

Pasamos por delante de la puerta del flexo. Estaba entornada y dentro había alguien.

—Mamá.

—Reme.

—Si quieres un café…

—Ya me han dado agua .

Cuatro palabras cada una. Después mi tía cerró la puerta despacio, no de un golpe, que habría sido menos grave, y mi abuela siguió andando por el pasillo mirando los cuadros del pasillo: tres fotografías de la nave del setenta, enmarcadas en aluminio, que no ha mirado nunca nadie.

La cuarta planta de esta empresa son cincuenta metros de moqueta gris, seis mesas, dos archivadores metálicos y un teléfono fijo que desde 2016 se mete en conversaciones ajenas y que aquella mañana sonó dos veces con la voz de una farmacia de Villafranqueza.

Mi abuela no comentó ni la moqueta ni la farmacia.

Se quitó el pañuelo del cuello, lo dobló en triángulo, lo dejó encima del abrigo y se sacó del bolsillo el cuentahílos del abuelo, no para usarlo: lo lleva siempre y sentada le molesta.

En mi despacho se sentó en mi silla. No pidió permiso y yo no se lo iba a dar. Me senté enfrente, en la de las visitas, más baja, y ahí me quedé los cuarenta y cinco minutos que duró aquello.

Mi abuela se sienta igual que se sentaba en el banco de envolver: la espalda recta, los antebrazos apoyados y las manos paradas.

Tiene una mancha de yodo en el dorso de la izquierda desde el verano y una alianza que ya no le sale del dedo.

Cuando escucha no asiente; espera a que el otro termine y tarda dos segundos de más en contestar.

En esos dos segundos se ha caído mucha gente.

—Desde aquí se ve el mar —dijo.

—Un trozo.

—En el sesenta y uno la oficina era un cuarto encima de un garaje en la carretera y no se veía ni la carretera. —Se quitó el abrigo por fin y lo dejó doblado en la mesa—. Bueno. Cuéntame tú.

—¿Qué te cuento?

—Nano.

Hay una manera suya de decir «nano» que le ahorra a uno veinte minutos de rodeos.

—Desde la noche del ocho de diciembre —dije.

—Ya.

—Y el plazo que dice mi propio artículo se cumplió anoche a las doce sin que yo lo comunicara. El que lo ha incumplido soy yo, no ella. Eso quiero que conste en lo que sea que estemos haciendo aquí.

—Aquí no consta nada, que esto no es una reunión. —Se echó hacia atrás en mi silla—. Y yo no me he enterado por ti.

—¿Por quién te has enterado?

—Por la pared.

Me lo dijo sin ningún gusto, que es lo que más me desarmó.

—Yo no le he preguntado nada a nadie, y nadie me ha contado nada, porque en esta familia nadie cuenta nada.

—Fue levantando un dedo por cada cosa—. El uno de noviembre, Tere abre una casilla que no existía en septiembre y pone una tableta a que esa mujer se queda.

El día doce, Maribel se pasa a esa casilla y se lleva ocho.

Y el sábado que llaman mentirosa a esta casa en internet, Rafa, que apuesta de una en una desde que tiene manos, pone cinco de golpe.

Setenta y nueve tabletas hay ahí puestas por gente que cobra por horas.

Esa porra no falla nunca, y no falla porque la gente no apuesta con lo que le gustaría: apuesta con lo que ve .

—Ya.

—Y tú tienes un coche azul en mi báscula.

—Iaia.

—Con el parabrisas helado, que lo he visto yo esta mañana a las siete.

No dije nada. Ella tampoco durante un buen rato, y después sacó del bolsillo del abrigo la tiza gorda de Vicent y la dejó encima de mi mesa, al lado del teléfono.

—Ese papel tuyo —dijo—. El del artículo doce.

—Ese papel lo escribí yo.

—Lo escribiste contra tu padre. No contra ti.

Yo estaba preparado para casi todo menos para esa frase, y lo estaba porque llevo tres días preparándome conversaciones a las cinco de la mañana.

—No es exactamente así.

—Es exactamente así. —Se inclinó hacia delante y puso las dos manos encima de mi mesa—.

Tú escribiste eso para que en esta casa no se fuera otra vez la que no se apellida Llorca.

Eso es lo que escribiste, y lo escribiste bien.

Y lo primero que va a hacer ese papel, en cuanto lo pongáis encima de una mesa, es echar a otra.

—Lo sé.

—Pues entonces ya sabes todo lo que he venido a decirte.

—No.

—Ah, ¿no?

—No, iaia, porque tú no has venido a hablarme del artículo doce. —Me salió con demasiado filo y ella no se movió—. Perdona.

—Tienes razón. — Se recolocó en mi silla—.

He venido a decirte dos cosas y la primera es esta: el veinticuatro me siento yo en mi comedor con mi hija, con mi hijo por el ordenador, con mi nieto y con la abogada, y voto.

Y yo no voto una cosa sabiendo una que no saben los demás.

Eso no lo he hecho nunca y no lo voy a empezar a hacer a estas alturas.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

—Me lo estás pidiendo desde el nueve de diciembre, aunque no lo sepas.

—Levantó la barbilla hacia la tiza—. Así que o se lo contáis vosotros al consejo antes de que yo vote, o se enteran por la pizarra.

Y si se enteran por la pizarra no será porque lo escriba yo, que esas cosas las escribo mal: será porque en esa casa hay veintiocho personas y ninguna es tonta.

—Es un ultimátum.

—Es un aviso. Te lo doy yo, en tu despacho, un martes y con nueve días por delante. El ultimátum es lo otro: el veinticuatro, a las nueve de la noche y delante de todos.

Me quedé mirando la tiza. La gorda, la que Vicent guarda en la repisa y no presta jamás.

—¿Y la segunda cosa?

—La segunda es por qué vendo.

—Eso ya me lo dijiste en octubre. En la cámara.

—Eso te dije la mitad.

Mi abuela entró a trabajar en esa nave en 1958, con diecisiete años, envolviendo a mano. Preside desde 1991. Yo he contado los años de muchas cosas y esos dos nunca los había puesto juntos.

—Yo no estoy cansada de la fábrica —dijo—. La fábrica es lo único que no me cansa. Estoy cansada de vosotros.

—Iaia…

—Déjame, que lo he pensado mucho y lo voy a decir una vez.

—Se puso una mano encima de la otra—. Tu tía lleva treinta y cuatro años esperando a que yo me muera para cobrar lo suyo, y lo peor es que ella no lo piensa así, y tiene razón: lo que quiere es una casa en Jávea y no volver a mirar un vencimiento.

Tu tío vota lo que dice tu tía desde el noventa y cuatro y no ha entrado por esa puerta desde que enterramos a tu abuelo.

Tu primo tiene treinta años y una tarjeta que se ha hecho él.

Y tú entras en el comedor a por agua y no miras la pared.

—Eso lo dijiste el viernes cinco.

—Y lo sigo diciendo el dieciséis.

Me callé.

—Yo llevo desde el noventa y uno repartiendo turrón y razón en la misma mesa —dijo—.

Y si me muero sin decidir esto, esto lo reparte un juzgado y un perito de Alicante que no ha visto una almendra en su vida.

Cómo acaba eso os lo digo yo, que lo he visto tres veces en esta carretera.

Si lo vendo yo, por lo menos lo reparto yo, y os miro a la cara mientras lo hago.

—Y la condición del veinte por ciento.

—La condición se queda como está. En agosto le di mi palabra a tu tía y mi palabra vale lo mismo para todos, incluido tú. —Cogió el abrigo—. Doce mil cuatrocientas cajas, ¿no?

—Doce mil cuatrocientas.

—Pues eso.

Se levantó. En la puerta se paró, con el abrigo colgando del brazo, y me hizo la única pregunta de toda la mañana que iba dirigida a mí y no a la empresa .

—¿Tú qué vas a hacer?

Tenía una respuesta preparada sobre el calendario, los pedidos y la conveniencia de no mover nada hasta el veinticinco.

La tenía numerada. No la dije, porque llevaba dos minutos calculando otra cosa de las que no se dicen hasta tenerlas calculadas enteras: que el artículo doce solo existe mientras yo sea el jefe de esa mujer, y que eso, mirándolo fríamente, es un problema de organigrama y no de moral.

—Todavía no lo sé —dije, y era mentira a medias, o sea, de las peores.

—Pues lo sabes antes del veinticuatro.

Salió al pasillo, pasó de largo por la puerta del flexo y se paró en la de marketing. Yo estaba a diez metros y no oí nada. Fueron siete u ocho palabras, con la mano en el marco, y después le dio dos golpecitos al quicio con los nudillos y se metió en el ascensor.

No le pregunté qué le había dicho. Ella no me lo dijo.

Volví a Xixona a las siete y media, con niebla desde el desvío. La nave estaba parada y el fluorescente del fondo seguía parpadeando.

Peladilla no estaba en el despacho de marketing, ni en mi butaca, ni en el comedor, ni en el alféizar de la oficina pequeña. Estaba en la cámara, a doce grados, encima del taburete donde mi abuela revisa obleas desde que yo iba al instituto, con las patas recogidas y la media oreja tiesa.

La miré desde la puerta un rato tonto y no la bajé.

Después fui al comedor, encendí el fluorescente y me planté delante de la pizarra por segunda vez en tres meses.

Media pared son apuestas muertas con sus dos rayas encima: cuánto dura la de Madrid, quién contesta el último, cuántas tomas, si la invito a cenar antes del puente.

La otra media es una sola casilla con setenta y nueve tabletas y una palabra.

Saqué la tiza del bolsillo del abrigo.

Estuve ahí el tiempo que se tarda en decidir que no vas a escribir nada, y la dejé en la repisa, en su sitio.