Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 25 · Candela
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25 · Candela

—Deja el coche aquí.

—¿En la báscula?

—En la báscula, entre el furgón y la lona. Mañana subes conmigo y te lo llevas.

Lo dijo mirando el patio, con las llaves en la mano, a las siete y cuarto de la tarde del lunes más largo que he trabajado en doce años.

Tardé en contestar lo que se tarda en hacer una cuenta fácil.

Un coche azul aparcado ahí a las seis de la mañana lo ve Rafa cuando llega, lo ve Vicent cuando abre el portalón y lo ve Pepe el Rulo cuando saca el furgón marcha atrás.

A las siete y diez lo sabe su cuñada. A las nueve lo sabe la provincia.

—Vale. Vámonos.

Veintiséis kilómetros, y aquella noche los hicimos en un coche solo. Ahí está toda la diferencia entre el lunes del puente y este.

No hablamos de Madrid. Ni de las nueve personas, ni de las cuatro marcas, ni del doce de enero. Él conducía con las dos manos y bastante por debajo de lo que conduce siempre. En el kilómetro catorce le pregunté si le molestaba la radio, me dijo que no, y a los dos minutos la apagué yo.

Yo llevaba el día entero metido en la cabeza como se lleva una caja mal agarrada.

Las doce tazas del borde dorado fregadas a las siete menos veinte.

El papel de cuatro líneas que la presidenta firmó de pie encima de un hule, con el tercer bolígrafo de un bote de catorce.

Una gata blanca sentada tres horas y media en un paragüero de zinc.

Un hombre de traje que me ofrece Madrid delante de otro hombre y que encima tiene la decencia de hacerlo bien.

Aparcó recto. A la primera, con las cuatro ruedas donde se ponen, y ninguno de los dos lo comentó.

Los cincuenta y cuatro escalones no los conté.

Enchufó el radiador de aceite antes de quitarse el chaquetón. No lo dijo ni me miró para comprobar si yo lo había visto.

En mi nevera había dos huevos, un limón, medio bote de aceitunas y una cosa envuelta en papel de aluminio de la que no me hago responsable.

—Dos huevos —dije—. Te avisé abajo.

—Con dos huevos se cena.

Se remangó hasta el codo, encontró la sartén debajo del fregadero sin preguntar dónde estaba y frió los dos huevos con el aceite de una lata de cinco litros que me trajo mi madre en septiembre y que no cabe en ningún armario.

Yo me senté encima de la encimera a mirarlo, y era exactamente lo que me apetecía hacer.

—¿Tú dónde has aprendido a hacer huevos?

—Los hago los domingos, después de llamar a mi madre. —Sacó el primero con la espumadera—. En su cocina no me deja entrar. En la mía me los como de pie, cosa que en esa casa está mal vista.

—En esa casa está mal vista mucha gente.

Cenamos en el sofá de dos plazas con los platos en las rodillas. Él dejó el pan en el brazo del sofá encima de una servilleta doblada en cuatro, porque a este hombre eso no se le puede quitar.

—Doce mil cuatrocientas —dije.

—Hoy no.

—Es que si movemos la caseta a…

—Candela. —Me quitó el plato de las manos y lo puso encima del mío—. Mañana a las seis y media, sí. Hoy no.

Ahí nos dormimos los dos, sentados, como dos jubilados en la sala de espera del ambulatorio. Él con la cabeza contra la pared y los pies planos en el suelo; yo encima de su hombro, en un ángulo por el que voy a pagar durante una semana.

Me desperté a las doce menos ocho con el cuello torcido y la manga de él marcada en la mejilla. Estaba despierto, con el móvil en la rodilla y la pantalla encendida, mirando la hora igual que se mira subir un contador.

Nos quedamos así, sin decir nada, viendo cambiar los minutos de uno en uno.

Un hombre escribió hace seis años, en tres tardes de agosto, un plazo de siete días naturales para comunicar por escrito una cosa que nos había pasado a nosotros la noche del ocho.

Los siete días se acababan aquella noche a las doce, y a las doce ese hombre estaba en un tercero sin ascensor de Benalúa con dos platos sucios en el suelo y una servilleta doblada en cuatro encima del brazo del sofá.

—Las doce y un minuto —dijo—. Ya está.

Puso el teléfono boca abajo en el suelo, encima del chaquetón, y no añadió nada. No hacía falta: aquello ya lo había dicho el martes 9 con cuarenta y una páginas impresas encima de mi mesa y no es un hombre que repita.

—¿Quieres que hablemos de eso?

—No.

—Yo tampoco.

Lo único que quedó registrado de la hora en que Turrones Llorca incumplió su propio reglamento lo registré yo, en mi cabeza, sentada en un sofá comprado por internet.

Mi habitación en diciembre está a doce grados, los mismos que su cámara de obleas. Se lo dije y se rió sin ruido.

—Cuarenta minutos tarda ese radiador —dije.

—Lleva veinte.

Nos quedaban veinte minutos de frío y los usó enteros.

Yo he estado con hombres con prisa. Prisa por llegar, prisa por que se notara que sabían, prisa por dormirse después. Con treinta y cuatro años había llegado a la conclusión de que aquello venía de fábrica.

Se quitó el reloj y lo dejó boca abajo en la mesilla. Le queda una marca blanca en la muñeca de llevarlo diez horas al día debajo de un puño abrochado, y esa marca me la quedé mirando más tiempo del razonable.

—Una cosa —dijo—. Dime que pare cuando quieras que pare.

—No voy a querer.

—Dímelo igual.

—¡Que te lo digo, Jaume! —Me estaba riendo y él no—. Que si quiero que pares, te lo digo. ¿Así vale?

—Gracias.

—¡No me des las gracias ahora!

—Perdón.

La primera vez nos comimos el pasillo, las tres cajas y el perchero, y no llegamos ni a apagar la luz de la cocina.

Aquella noche no. Aquella noche tardamos una hora en llegar a ningún sitio, y no fue por juego: fue porque él iba a ese paso y porque yo, a los diez minutos, decidí que no pensaba tirar de nadie.

—No hables —le pedí.

—Vale.

—Ni «vale».

Y no dijo «vale».

Estuvo callado lo que quedaba de noche, que en un hombre que pide perdón antes de llevarle a uno la contraria es la cosa más ruidosa del mundo.

Me tocaba y esperaba. Cambiaba de sitio la mano y esperaba otra vez.

Se paró dos veces a mirarme desde arriba, apoyado en los antebrazos, y a la segunda no lo aguanté y le puse la mano encima de los ojos; me la quitó, me la dejó abierta en el pecho y siguió mirándome igual.

Tiene una cicatriz en la espinilla que se hizo con el hierro de la báscula a los quince años y dos marcas en el hombro derecho de veinte años de sacos de cincuenta kilos. Pesa. Sabe que pesa, y se sostiene.

El perro del segundo se puso a ladrar en el patio de luces y a mí me dio la risa con la cara metida en su cuello.

—¿El vecino o el perro?

—Los dos se llaman Paco.

Me dijo el nombre una sola vez, en voz muy baja, sin apellido y sin ninguna otra palabra detrás.

Después no se durmió. La otra vez se durmió en once minutos, boca abajo, con el brazo cruzándome la cintura. Esta vez se quedó boca arriba, con una mano abierta en mi espalda, despierto.

—Enero —dije yo al techo.

—Enero. Empieza tú.

—Ni hablar, empieza tú.

—La chumacera. —No lo pensó ni medio segundo—. La primera semana. Cuatro días de máquina parada y dos mil trescientos euros, y en enero los cuatro días existen. Hay que llamar a Elda el día dos, porque si no el hombre se va de vacaciones y vuelve el quince.

Siguió por la flejadora, por un fluorescente del fondo de la nave que parpadea desde marzo y por los once sacos que se mojaron el 30 de septiembre y que todavía están apartados en la báscula esperando a que alguien los gaste los primeros.

Lo iba diciendo despacio, en la oscuridad, sin levantar la voz, y a mí me parecía que estaba leyendo una lista escrita hace meses.

—Y a Nuria hay que hacerle un contrato de lo que hace, no de lo que pone.

—Eso es mío.

—Pues hazlo tú, que lo vas a hacer mejor.

Me tocó a mí. Fui contando con los dedos, cosa que en una habitación a oscuras no sirve de nada.

La reposición de enero: cuarenta y una tiendas, tres semanas de mueble, y Chelo Carrasco decidiendo cuando sepa de quién somos, de manera que eso no se puede ni tocar hasta el veinticinco.

La caseta 31, que aguanta hasta el cinco.

Los doscientos y pico envíos de la tienda web, que hay que profesionalizar o cerrar.

—Y el estuche.

Se giró un poco hacia mí. Lo noté por el colchón.

—El estuche.

—Sí. —Esperé dos segundos largos—. ¿Hoy tampoco hay estuche?

—Hoy sí hay estuche.

Me reí con la boca cerrada y me dolió un poco, en un sitio donde yo no suelo tener nada.

Se lo conté en voz baja, que es como se cuentan a esas horas las cosas que a lo mejor no vas a poder hacer.

La tira de papel verjurado con el hueco para el nombre se queda, porque funciona.

El año en la tapa se queda, porque lo puso su abuela y porque tiene razón.

Y la tapa del próximo se va a poder escribir con bolígrafo, porque llevo desde el veintidós de noviembre viendo a señoras escribir el nombre de un hijo encima de mi mostrador con mi boli y pidiéndome perdón por gastarme la tinta.

—Eso lo dices en el comité.

—Eso lo digo en el comité de enero.

—Si estás.

—Si estoy.

Sin trampa y sin lástima, igual que se dice una condición de pago. Después se quedó callado. Ese hombre nunca arregla una frase ya dicha.

Encima del zapatero de mi entrada, desde el lunes del puente, hay unas botas de monte del treinta y ocho con la suela cosida. No las he guardado en el armario. Las he dejado ahí, a la vista, y he tenido que apartarlas dos veces para abrir la puerta.

—¿Y si me quedo?

Lo dije al techo. No lo dije mirándolo a él, porque a él no se lo podía decir mirándolo.

Tardó bastante.

—¿Me lo preguntas a mí o al techo?

—Al techo.

—El techo no te va a contestar…

—Contéstame tú, entonces.

—No.

Me incorporé sobre un codo. En esa habitación hay una raya de luz de farola que entra por la persiana y le daba justo en la mandíbula.

—¿Cómo que no?

—Que no te voy a contestar yo. —Buscó el reloj en la mesilla, que seguía boca abajo, y no lo tocó—.

Si me lo preguntas con la decisión a medias, yo te voy a decir que sí, y te lo voy a decir a las dos de la madrugada, en esta cama, después de una noche como esta.

Y eso no vale nada. Peor: eso te lo cobras tú dentro de seis años.

—Dime por lo menos qué me costaría.

—Eso sí.

Se incorporó también y apoyó la espalda en el cabecero, y ahí ya no le salió la voz de las dos de la mañana, sino la otra, la del despacho, la que se le pone cuando algo le duele y la alarga.

—Le costaría usted un puesto, señora Ruiz, porque quedarse aquí con las cosas como están significa que uno de los dos deja de hacer lo que hace, y usted sabe perfectamente cuál de los dos tiene el apellido en la fachada.

Le costaría además volver a empezar en una casa de sesenta personas en campaña que a lo mejor en enero es de otro, con lo cual usted acabaría trabajando para el mismo señor de todas formas, pero cobrando bastante menos y en un sitio donde llueve dentro del almacén…

—Para.

Paró.

—Perdona —dijo, con su voz.

—No pasa nada.

—Sí pasa. —Se quedó mirando la raya de luz—. Pregúntamelo otra vez cuando lo tengas decidido. Entonces te contesto en dos palabras y te vas a enterar perfectamente de cuáles son.

No se lo pregunté otra vez. Me volví a tumbar y estuve un rato largo con los ojos abiertos, cosa que llevo haciendo a esa hora desde junio de 2019 y que aquella noche, por segunda vez en mi vida, hice acompañada.

Se levantó a las cinco y veinte. Sin despertador, otra vez, y otra vez contándolo como si fuera un mérito.

—Te llevo a las seis y sacas el coche de allí antes de que llegue Rafa. Son diez minutos.

—Que no. —Me senté en la cama con la manta hasta la barbilla, con doce grados y un radiador que se había apagado solo—. Jaume, que lo vean.

—Lo van a ver.

—Que lo vean.

Se quedó quieto con el jersey a medio poner. Después asintió una vez, despacio, igual que asiente cuando alguien le da un dato que le cuadra y no le gusta.

El teléfono le sonó a las cinco y treinta y ocho, todavía en el suelo, encima del chaquetón. Lo cogió, lo miró y no se movió. Cuatro segundos enteros .

—¿Qué pasa?

Giró la pantalla hacia mí.

«Mañana no vengas a la fábrica. A las once en la oficina de Alicante, que subo yo.»

—¿Tu abuela sube a Alicante?

—Mi abuela no sube a Alicante.