Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 24 · Jaume
62%

24 · Jaume

Saqué las doce tazas del borde dorado de mi bisabuela.

Uno no puede pasarse la vida cobrándose cosas pequeñas.

A las siete subí a casa de mi abuela con un folio que había escrito a las cinco y veinte y que tenía cuatro líneas.

—¿Esto para quién es?

—Para la compradora de Hiperlevante. Lo ha pedido para las nueve.

—¿Y es verdad?

—Palabra por palabra.

—Pues dame un bolígrafo.

El primero no pintaba. El segundo era de una farmacia de la calle Mayor y tampoco, y el tercero salió de un bote de cocina en el que hay catorce y funcionan dos. Firmó de pie, apoyada en el hule, con esa letra grande suya, y debajo del nombre puso «presidenta», que no se lo había pedido nadie.

—Nano.

—Dime.

—Cuando esa señora te pide un papel un lunes a las nueve, es que te quiere comprar. —Me devolvió el folio—. Si no te quisiera comprar, no te pediría nada.

Lo escaneé en la oficina pequeña, con la impresora que se atasca en la diecinueve, y salió a las ocho y cuarenta y uno. Candela lo mandó a las ocho y cuarenta y cuatro.

A las nueve menos diez, Álex Ferrándiz estaba en el comedor tapando la pizarra verde con papel de embalar marrón y cinta de carrocero.

—¿Qué haces?

—Prevención.

—Álex, es una pared.

—Es una pared en la que veintiocho trabajadores han apostado dinero sobre si se queda o se va una directiva de esta empresa. —Alisó una arruga del papel con dos dedos—. Y hoy entran aquí cuatro personas que vienen a valorar la casa. Yo lo que no quiero es explicarlo.

Vicent llegó por detrás con la tiza gorda, apartó a Álex con dos dedos y escribió encima del papel marrón, en letras de un palmo:

«DEBAJO DE ESTO HAY TRESCIENTOS CUARENTA Y SIETE EUROS CON SESENTA.»

Setenta y nueve tabletas en la casilla de Tere. Esa cuenta me la hice yo solo, sin querer, y por primera vez en tres meses no me dio rabia hacerla.

Llegaron a las nueve y veintiocho en dos coches grises .

Ismael Roig, el técnico industrial del 30 de septiembre, con el mismo cuaderno de tapas duras y las botas de seguridad ya rozadas.

Pilar Adell, de control de gestión, cincuenta y pocos, que dio los buenos días y no dijo nada más en tres horas.

Un chico de calidad que se llamaba Gonzalo y que llevaba su propio termómetro de sonda. Y Rodrigo Ferrer.

Mi prima Ona apareció a las nueve y media con dos cajas de archivadores y las zapatillas blancas debajo del traje, y se puso en la punta de la mesa con la frase de siempre: que ella hoy era la abogada.

Álex les pasó el formulario de visita de terceros uno por uno, con el documento de identidad encima de la mesa, aunque a dos de ellos ya se lo había pedido en septiembre y en noviembre.

—Es que yo a usted ya le he dado esto dos veces…

—Y a la tercera lo archivamos las tres veces —dijo Álex, feliz—. Redecilla.

Rodrigo se puso la redecilla sin rechistar, igual que en septiembre. Dejó el paraguas en el paragüero de zinc que trajo él mismo el 27 de noviembre porque aquí no había dónde dejarlo y Tere tuvo que traerle un cubo de fregar.

Peladilla estaba sentada encima del paragüero.

Me paré. Conté hasta tres. Seguía allí.

No se movió en toda la mañana. Aquella gata salió de una sala en septiembre porque ese hombre arrastró una silla, y el lunes 15 de diciembre se pasó tres horas y media en lo único que ese hombre había traído a esta casa.

Maribel pasó por delante, la miró y no dijo nada.

A mí lo que se me movió fue el estómago, y yo del estómago no hablo nunca.

Una auditoría de estas no se parece en nada a lo que se imagina uno. No hay nadie levantando la voz y nadie pregunta por qué se hacen las cosas. Vienen a saber cuánto cuesta arreglar lo que está mal, y el que no tiene nada mal es que no ha mirado.

Lo que hicieron fue contar.

Contaron los sacos del patio y los pesaron por muestreo.

Midieron el muelle otra vez, porque un metro veinte contra el metro treinta y cinco de sus camiones sigue siendo un metro veinte.

Gonzalo metió la sonda en tres peroles y en la cámara y apuntó doce grados sin decir si eso le parecía bien o mal.

Pilar Adell pidió los partes de mantenimiento de los últimos cinco años, los extintores, la báscula, la caldera y la revisión de la instalación de gas, y se los di en una carpeta con separadores de colores que había preparado el domingo por la noche, cosa que me hace quedar de una manera que no me interesa nada y que a la vez es exactamente lo que soy.

Pidieron la trazabilidad de un lote al azar. Eligieron uno de octubre. Lo tuvimos en once minutos con la hoja de la línea, el albarán de la almendra y el nombre de las cuatro personas que estaban en el turno.

A las once y veinte llegamos al boixet grande.

—La chumacera del eje está pedida desde marzo y no está puesta —dije, antes de que Roig se agachara.

Levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—Dos mil trescientos euros, desmontaje incluido, y la máquina parada cuatro días.

En marzo no había dinero y en diciembre no hay cuatro días.

Está engrasada, apretada y vigilada por el hombre que lleva discutiendo con esa máquina desde 1998, y aguanta.

Pero no está puesta, y usted la iba a apuntar de todas formas.

Roig escribió durante bastante rato. Escribe apoyando el cuaderno en el antebrazo, de pie, y tarda lo suyo.

Yo me quedé mirando la punta de mis botas y pensando, seguramente por décima vez en tres meses, que declararle a un comprador un defecto de dos mil trescientos euros es lo más caro que sé hacer.

—La iba a apuntar, sí.

—Pues ya se la he apuntado yo.

Rafa, desde el otro lado, con la mano encima de la caja:

—¡Que conste!

—Consta, Rafa.

Cuando bajábamos al despacho de marketing por los papeles de la campaña —la productora, los consentimientos de imagen, los contratos de la caseta—, Vicent se paró en la puerta y no entró.

En la pared de enfrente hay dos fotografías colgadas desde el viernes por la noche, a la misma altura, comprobadas las dos con el nivel.

—Yo salgo ahí —dijo.

—Sales.

—Estaba más delgado.

Se fue a la nave sin añadir nada. Lleva cuarenta años despachando así y no hay manera de que lo haga de otra forma.

A Pilar Adell lo único que le arrancó una frase entera en toda la mañana fue la carpeta de Álex: cuatro modelos de consentimiento de imagen que tiene desde 2019, firmados por los once que salen en el anuncio, archivados por fecha.

Dijo que eso no se lo encontraban casi nunca.

Álex se puso del color del papel de embalar y contestó «incidencias cero» con un hilo de voz.

Mi abuela bajó al muelle a las doce menos cuarto con el delantal atado dos vueltas. Le dio la mano a Roig, que se quitó la redecilla y se la volvió a poner mal, y le hizo una sola pregunta.

—¿Ha desayunado usted?

—Sí, señora, en el área.

—En el área… —Se volvió hacia Tere—. Baja las tazas.

Y se fue a la cámara a revisar obleas, siendo lunes.

A las dos menos diez, en la báscula, con la gente ya en los coches, Rodrigo Ferrer se paró delante de nosotros dos y se quitó la redecilla.

—Candela, te tengo que decir una cosa, y la digo aquí.

—Dila.

—En enero montamos la dirección de marca de Dolçamar Iberia.

Nueve personas, cuatro marcas, sede en Madrid, y arranca el doce.

La quiero para ti. —No se movió ni medio paso hacia ella—.

Y no te lo estoy diciendo porque compremos esta casa.

Te lo digo igual si el veinticuatro tu presidenta vota que no.

—¿Y por qué me lo dices delante de él?

—Porque si te lo digo en un pasillo parece otra cosa. —Se volvió hacia mí—. Y porque usted se merece saberlo hoy y no en enero.

Yo me he preparado conversaciones difíciles durante tres noches seguidas. Esta no me la había preparado, y me di cuenta de que llevaba diez segundos con las manos en la espalda igual que un director de banco .

—¿Tiene usted algo que objetar? —me preguntó.

—A que hable con ella, no. Ni usted me tiene que pedir permiso ni yo se lo tengo que dar. —Me salió la voz de las reuniones, la de cuando lo otro no me sale—. Es su carrera y es su vida, y si alguien de esta casa decidiera eso por ella, esta casa no merecería que se quedara.

Rodrigo asintió una vez, despacio, y me pareció que no le gustó lo que acababa de oír precisamente porque le pareció bien.

—Las cuatro marcas —dijo Candela—. ¿Cuáles son?

—Dos las conoces. La tercera es de galletas y la cuarta está por comprar.

—¿Y Llorca entra en las cuatro?

—Si mi grupo la compra, sí.

—¿Y si no la compra?

—Entonces la marca que vas a dirigir es otra. —Se guardó la redecilla en el bolsillo, doblada, que es una cosa que no hace nadie—. Cande, eso no lo decido yo. Eso lo decide una señora de Xixona en su comedor.

Ella no dijo que sí y no dijo que no. Le preguntó cuántos puntos de distribución tiene el grupo en Alemania, él le contestó una cifra, y ella asintió como se asiente a un dato.

Después se subió el cuello del abrigo y se quedó mirando cómo se iban los dos coches grises.

—¡Menudo lunes! —dije, y en treinta y siete años no se me había escapado nunca una cosa así en voz alta—. Hoy cierran los pedidos. Y quedan nueve días para el voto.

—Cero y nueve.

—Cero y nueve.

Chelo Carrasco cerró el año a las cinco y cuarenta de la tarde. Llamó ella. Habló tres minutos y medio y no preguntó por el papel de la mañana, lo cual quería decir que el papel de la mañana había funcionado y que no pensaba reconocerlo.

Nos dejó fuera la reposición de después de Reyes: tres semanas de mueble en cuarenta y una tiendas. Lo dijo sin adornarlo: eso lo decide en enero, cuando sepa de quién somos. Lo demás lo firmó.

Con eso y con el resto de clientes, la campaña se cerró en ciento dieciocho mil cuatrocientas cajas comprometidas.

La condición de mi abuela son ciento treinta mil ochocientas.

Faltan doce mil cuatrocientas cajas y ya no hay pedidos que cerrar, porque el día de cerrar pedidos era hoy y hoy se ha acabado a las cinco y cuarenta.

El viernes, con el vídeo de la pizarra subiendo cada hora, esto se cerraba en ciento veintiocho mil.

Esa cuenta la hice en cuarenta segundos y no se la enseñé a nadie.

Álex me paró en la escalera a las siete menos veinte con la carpeta de gomas azules.

—Me faltan cuatro cuestionarios… Los cierro el jueves.

—Muy bien.

—Y hoy es quince.

—Hoy es quince, sí.

Se quedó ahí, en el escalón de abajo, sin subir y sin bajar, y llegué a pensar que iba a preguntarme la once. No la preguntó. Recolocó las gomas de la carpeta, me dio las buenas noches y se fue a su coche.

El plazo de siete días naturales de mi propio artículo se cumplía aquella noche a las doce.

Lo sabía yo, lo sabía ella y no lo sabía nadie más, y mientras Álex bajaba los escalones yo estaba pensando en una cosa mucho menos elegante: en que a las nueve menos cuarto de la mañana esa mujer había mandado un papel firmado por mi abuela para salvarle el año a esta casa, y en que dentro de tres semanas puede estar montando nueve personas en Madrid.

Candela apagó el flexo del despacho de marketing a las siete y diez y bajó con el abrigo puesto.

—Tengo la nevera vacía y cincuenta y cuatro escalones —dijo—. ¿Vienes o te quedas contando tazas?

—Las tazas ya están contadas.

—Pues entonces no tienes excusa.