Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 23 · Candela
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23 · Candela

Me enteré por Tere.

—Candela, ¿esto es verdad?

Hay un boletín del sector que se llama Mercado Dulce.

Sale los sábados a las ocho de la mañana, lo firma un señor de Barcelona que lleva veinte años en esto y lo leen cuatro mil doscientas personas: compradores de cadenas, comerciales de fabricante, gente de imprenta y los cuatro o cinco fondos que van de compras por España.

Nadie fuera del gremio ha oído hablar de él. Dentro del gremio no se discute.

Dolçamar Group ultima la compra de Turrones Llorca (Xixona), una de las casas históricas del turrón alicantino. Según fuentes conocedoras de la operación, la oferta está sobre la mesa desde noviembre y la decisión familiar se tomaría antes de fin de año.

Cuarenta y dos palabras. Ni una mentira.

¿Y tú qué haces con eso un sábado a las nueve y cuarto, con el candado todavía puesto? Pues abres la caseta. No hay otra cosa.

Me quedé un rato con una idea muy clara y muy inútil: aquello lo había escrito alguien que sabe escribir, seguramente mejor que yo. Ninguna cifra. Ningún nombre propio. «Fuentes conocedoras de la operación» son once personas, y llevan tres semanas siendo once .

Abrimos a las diez. A las doce y cuarenta el boletín ya no importaba nada, porque una cuenta que se llama La Cesta Semanal, cuatrocientos mil seguidores, que se dedica a leer etiquetas de supermercado y a decir lo que hay dentro, colgó un hilo de nueve.

1/9. Este año os han vendido la Navidad de siempre: la fábrica del pueblo, la abuela, el turrón hecho a mano. «Volver», el anuncio que todos hemos llorado en el sofá. Lo que no os han contado es que esa casa lleva desde octubre negociando su venta a un grupo multinacional.

8/9. Lo que estáis compartiendo no es una campaña de Navidad. Es la mejor foto de un piso que está en venta.

Por la noche llevaba un millón cuatrocientas mil.

Un sábado 13 de diciembre en la Explanada es el mejor día del año. El sábado del puente, sin mí, Nuria y Tere hicieron dos mil ciento cuarenta euros en esa caseta de tres metros por dos.

Aquel sábado hicimos novecientos sesenta y ocho con veinte.

No fue que la gente nos insultara. Eso habría sido más fácil y encima da material. Lo que pasó fue que la gente se paraba, miraba el cartel, miraba las barras, y preguntaba.

—Oiga, ¿ustedes son los de la señora del anuncio?

—Los mismos.

—¿Y es verdad que os vende a los catalanes?

—Es verdad que hay una oferta. La decisión la toma la dueña el veinticuatro, y la dueña es la señora del anuncio.

—Ah. ¡Pues qué pena, hija!

Y se iban. Uno de cada cuatro se iba. No con mala cara: con esa cara española de no querer molestar al que está detrás de un mostrador.

Una señora de Villena que llevaba viniendo todos los sábados desde el 22 de noviembre, y que ya me había contado lo del nieto y lo de la operación de rodilla, me devolvió un lote de tres sin abrir y me pidió el dinero, y me lo pidió pidiendo perdón.

Le devolví los veintiún euros. No le discutí ni media palabra.

Se fue andando hacia la Puerta del Mar y a los cuatro pasos se dio la vuelta y levantó la mano, y yo levanté la mía, y eso me sentó bastante peor que un grito.

A las dos menos cuarto apareció el chico de Bonastre, el de los palillos, el que sale a la calle a gritar «prueba, prueba» y que lleva cinco puestos a mi derecha haciéndome la competencia desde noviembre. Traía dos cafés de la churrería.

—Toma.

—Ya vale…

—Que lo tuyo hoy es de risa. —Dejó el vaso en el mostrador y no se quedó—. Mi padre le vendió largueta a tu casa cuarenta años. Si esa gente vendiera el pueblo, mi padre se habría enterado antes que el de Barcelona.

Me bebí el café a las tres y estaba frío.

En once minutos, entre cliente y cliente, escribí tres respuestas.

Un comunicado de la empresa, firmado por la presidenta, de cinco líneas.

Un hilo en la misma cuenta, punto por punto, con las fechas y con lo de la oferta que no se ha aceptado.

Y un vídeo de cuarenta segundos: él, en la nave, sin música, diciendo que ahí no se ha vendido nada .

Los tres eran buenos. Yo esto lo sé hacer. Llevo doce años haciéndolo y me han pagado muy bien por hacerlo.

Y los tres eran gasolina.

Un comunicado convierte un rumor en una noticia con fuente oficial, y una noticia con fuente oficial era prácticamente lo único que le faltaba a aquel fin de semana.

Un hilo pone a discutir a mi empresa con una cuenta de cuatrocientos mil seguidores en su terreno y con sus reglas.

Y el vídeo es lo peor de los tres, porque el vídeo sería exactamente lo que dice el hilo: el señor formal del turrón saliendo a apagar un fuego de la familia.

Borré los tres. En doce años no había borrado nunca los tres.

Nuria me llamó a las nueve de la noche del sábado, desde su casa, con el teclado de fondo.

—Tengo una cosa montada.

—No.

—Es que no he dicho todavía lo que es…

—Nuria. No.

—¡Tía, si es la pizarra otra vez! —Se le notaba que llevaba desde las nueve de la mañana leyendo comentarios—. Que grabo el comedor, que grabo las tabletas, que se ve que esa gente ha puesto su dinero, que se ve que…

—Que se ve que estamos nerviosos. Que es lo único que se va a ver.

Se calló tres segundos, que en ella es un mundo.

—Vale —dijo .

—Y el lunes lo hablamos en frío, y si el lunes sigue siendo buena idea, la hacemos y la firmo yo.

—Vale.

Del viernes por la noche quedaban ciento noventa pedidos en la tienda web. El sábado se anularon cuarenta y uno. Entraron nueve nuevos. El domingo entraron cuatro.

Una cadena no cuelga un producto de un lineal porque un señor de Barcelona escriba cuarenta y dos palabras. Lo que hace una cadena es esperar. Y en esta categoría esperar y matarte es lo mismo, porque el año entero se juega entre el uno y el quince de diciembre y el quince era pasado mañana.

Eso lo aprendí yo en Madrid con veinticinco años y una libreta.

Lo que no había aprendido nunca es lo de aquella noche, y me pilló a las once y media, sentada en el sofá de dos plazas de Benalúa con el radiador de aceite tardando cuarenta minutos en enterarse de que estaba enchufado.

Yo he tenido miedo de perder un cliente, un puesto y un piso.

Nunca había tenido miedo por una cosa que no es mía.

Turrones Llorca no es mía. Tengo un contrato de doce meses, una mesa prestada los jueves y una gata que tampoco es mía, y aquella noche estuve una hora sin poder respirar bien por una fábrica de la carretera de Busot.

Marc me mandó un archivo a las doce y diez de la noche, sin una palabra encima.

Eran las cuentas que habían compartido el hilo ordenadas por hora, las cuatro que lo habían movido de verdad y el nombre del que lo colgó primero: un tuitero de Elda con nueve mil seguidores y ninguna mala intención.

Lo había hecho él solo, un sábado, sin decírselo a nadie y sin grabarse haciéndolo.

Le contesté «gracias» y se puso a escribir y dejó de escribir tres veces.

El domingo a las once y cuarenta me llamó Chelo Carrasco desde su casa, con la tele de fondo y sin pinganillo por una vez.

—Candela.

—Chelo.

—Lo de las mil ochocientas sale. El camión está contratado desde el miércoles y yo lo que he firmado, firmado está.

—Gracias.

—No me des las gracias, que viene lo otro. —Bajó el volumen de la tele—. Mañana es quince. Mañana yo cierro el año con vosotros y con otros once. Y yo no puedo meter en el mueble de enero a una marca sin saber de quién va a ser esa marca en enero.

—La marca va a ser la misma.

—La marca me da igual, guapa. El que me firma los acuerdos comerciales es el que me importa. —Se oyó un mando a distancia cayéndose—. Mañana a las nueve quiero algo por escrito. No me hace falta que sea bonito. Me hace falta que lo firme alguien que pueda firmarlo.

—A las nueve lo tienes.

—Y Candela.

—Dime.

—El anuncio es buenísimo. Eso es lo que os ha puesto la diana encima.

Rodrigo llamó cuarenta minutos después. Lo cogí en el tercer tono, de pie en la cocina.

—No he sido yo —dijo, sin saludar.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes, y por eso te llamo un domingo. —Hizo una pausa de las suyas, que no son para pensar, que son para que pienses tú—. Esa información la tienen once personas y seis no trabajan para mí. Esto se iba a saber esta semana o la que viene. Se ha sabido hoy.

—Vale.

—Te puedo mandar a Marta, de comunicación del grupo. Mañana a primera hora, gratis, sin que conste en ningún papel y sin que se entere nadie. Es muy buena.

—Sé quién es Marta.

—Entonces sabes que os arregla esto en dos días.

—Rodrigo, si Marta arregla esto, mañana el hilo tiene razón.

No dijo nada durante un par de segundos, y después hizo con la boca ese ruido corto suyo de aplaudir.

—Esa es mi Cande.

—No soy tu Cande.

—No. —Y lo dijo sin pelearse, que es lo que más rabia me da de ese hombre—. Ya no.

Subí a Xixona a las tres de la tarde de un domingo. En la báscula había cinco coches.

Estaban cargando las mil ochocientas. Rafa en el toro. Maribel y Ximo precintando. Vicent con el albarán en la mano y Pepe, que tampoco estaba apuntado, en domingo y a precio de domingo, flejando palés para que el lunes a las seis el camión entrara por el muelle siete de la plataforma de Elche.

Peladilla estaba sentada encima del tercer palé, en el centro exacto, con las patas recogidas. La flejaron alrededor. Nadie la bajó y nadie lo comentó, y Maribel se limitó a levantar las cejas y a seguir precintando.

En el comedor, en la casilla de Tere, había dos renglones nuevos con la tiza fina:

«+5. T.»

«+5. R.»

¿Rafa? Rafa lleva tres meses apostando de una en una y protestando a gritos por la norma nueva de la presidenta. Había puesto cinco de golpe el día que a esta casa la llamaban mentirosa en internet.

La tía Reme —la tía de él, no la mía, pero es que en esa casa se pega todo— me llamó a las cuatro y veinte y fue directa.

—Que salga el chico y diga que no se vende.

—Reme, es que no puede decir eso.

—¿Cómo que no puede?

—Porque no lo sabe. Lo decide tu madre el veinticuatro.

Si tu sobrino sale mañana en un vídeo diciendo «Llorca no se vende» y el veinticinco tu madre firma, ese hombre se pasa el resto de su vida siendo el que mintió en Navidad.

—Me apoyé en el Land Rover—. Y lo va a decir igual si yo se lo pido. Ese es el problema.

Colgó regular.

Se lo conté a él en la báscula, con el camión ya cerrado y los dos apuntando cosas en una libreta, porque a mí eso también se me ha pegado.

—Tu tía quiere que salgas mañana a decir que no se vende. Le he dicho que no.

—Ya lo sé. Me ha llamado a mí a y veinticinco.

—¿Y qué le has dicho?

—Que lo decidía yo, y que hoy no lo decidía.

—Jaume, que yo no he decidido por ti…

—No ha decidido usted por mí. —Se rascó la ceja con el nudillo—. Ha decidido usted por su campaña, que es su trabajo, y resulta que coincide.

—¿Y si tú quisieras salir?

—Entonces saldría. —Se quedó mirando la carretera vacía—. Pero no un domingo, y no por esto.

Amparo bajó al muelle a las cinco menos cuarto con el delantal puesto, se quedó mirando el palé y la gata, y me hizo una sola pregunta.

—La gente que ha devuelto las cajas, ¿es de aquí?

—Una señora de Villena.

—Villena está aquí al lado. —Se ató otra vez el delantal y se volvió a su casa—. Pues eso hay que arreglarlo.

El camión salió a las cinco y diez y Vicent no se metió dentro hasta que las luces se perdieron en la curva.

A mí me quedaban dieciséis horas para mandarle a Chelo Carrasco un papel firmado por alguien que pudiera firmarlo. Y el lunes, a las nueve y media, entraban por esa misma puerta cuatro personas de Dolçamar a contar una por una las cosas que hay dentro de esta casa.