Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 22 · Jaume
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22 · Jaume

El tornillo de arriba del rótulo de MARKETING está pasado de rosca desde marzo del noventa y seis.

Lo colgó mi padre con un taladro prestado, una tarde, torcido, y nadie ha vuelto a tocarlo en veintinueve años. Yo lo he intentado enderezar dos veces desde septiembre, con la mano y sin herramienta, y de esa manera no se arregla nada.

Los viernes por la noche en esta casa no queda nadie. El compresor se para a las diez, la caldera se queda templada hasta la madrugada y la nave, sin el boixet grande pegando un golpe cada segundo y medio, se convierte en un sitio con demasiado eco para una persona sola.

Existían. Dos palés en el muelle y cuarenta y un estuches sueltos en una caja de plátanos.

Se lo dije a Vicent delante del palé.

—Ciento noventa… —Se echó el trapo al hombro y se quedó mirando el cartón—. ¿Eso es por la pizarra ?

—Eso es por la pizarra.

—¡Pues mira tú por dónde!

Aquí no hay servicio de paquetería. Hay una agencia en el polígono que pasa a las nueve y media, cajas de cartón de segundo uso que guardamos apiladas detrás de la columna, un rollo de precinto y una rotuladora de etiquetas comprada en 2014 que imprime torcido si no le metes el papel de dos en dos.

Cuatro personas y una mañana entera, y en diciembre no sobra ni media.

Vicent se fue a las nueve menos veinte, que para él es una barbaridad. Antes me dijo lo del camión de la miel y lo de la freidora nueva de su mujer. Es su manera de decir buenas noches.

En el comedor, encima de la casilla que abrió Tere el 1 de noviembre con una tableta, había un renglón nuevo con la tiza gorda:

«DE FUERA DE LA CASA NO SE APUESTA — V.»

Y debajo, más pequeño, con la letra de Rafa: «¿Y los de Villena?».

Sesenta y nueve tabletas hay puestas ahí a que esa mujer se queda. Trescientos tres euros con sesenta de gente que cobra por horas.

Llené dos botellas en el grifo del comedor y conté los vasos que faltaban en el escurridor. Faltaban tres. Llevo diez años entrando ahí a por agua y contando vasos sin levantar la vista del fregadero. Aquella noche me planté delante de la pared un minuto largo, seguramente porque ya sé leerla.

El despacho de marketing está al final del pasillo de arriba, y es el único cuarto donde no entra nadie a preguntarme nada.

Mesa de nogal, teléfono de botones gordos, una silla giratoria vencida del lado del auricular y, enfrente, un rectángulo de pintura más clara del tamaño exacto de un calendario.

Sobre la mesa auxiliar que no cabía y la pusimos igual hay una lata de galletas con las fotografías viejas de la familia. La bajó Tere del archivo en octubre y Candela llevaba dos meses hurgando ahí.

Peladilla entró detrás de nosotros.

Llevaba desde el martes 9 instalada en mi butaca, sin bajar ni a comer, y media plantilla lo había interpretado como un boletín oficial. Aquella noche cruzó el pasillo, saltó a la giratoria vencida, dio dos vueltas sobre el asiento y se acostó.

Dieciocho años lleva esa silla sin nadie encima.

—¿Ha visto?

—Jaume…

—Perdona. ¿Has visto?

—Lo he visto.

Se sentó en el borde del tablero, con los pies colgando y las manos debajo de los muslos, y no añadió nada. Esa mujer sabe callarse de una manera que a mí me obliga a hablar, y lo sabe.

Abrí el cajón de abajo del todo.

Dentro hay un marco de madera con una fotografía de 1996: mi padre en la puerta, con un micrófono en una mano y una caja en la otra, Vicent veinte años más joven a la izquierda y mi tía Reme al fondo, agarrada a una carpeta. Yo tenía nueve años y no salgo .

Lleva ahí boca abajo desde que la puso alguien, y no fui yo.

—Cuatro puntos —dije.

—¿Cómo que cuatro puntos?

—Es que si no lo numero no me sale.

—Pues no lo numeres.

—No sé hacerlo de otra manera. —Me quedé de pie, con el cajón abierto—.

Uno. Mi padre se llama Tomeu Llorca, tiene sesenta y cinco años y vive en Brasil.

Entre el ochenta y nueve y el noventa y ocho esta casa hizo veintiséis anuncios, y los veintiséis los escribió él, los dirigió él y los hizo él.

Durante nueve años, en esta provincia, Turrones Llorca fue un señor con una caja en la mano diciendo ocho palabras.

—Ya me sé las ocho palabras.

—Se las sabe todo el mundo. Ese es el punto uno.

—¿Era bueno?

—Era buenísimo. —Cerré el cajón hasta la mitad y lo volví a abrir, una tontería mía—. Delante de una cámara mi padre era el mejor que yo he visto nunca. Y salía gratis, porque no hay que pagarle a un actor cuando el dueño se pone solo.

—Dos. En el noventa y siete se gastó en una campaña el beneficio de dos años, en el noventa y ocho firmó otra igual, y a partir de ahí lo que se firmaba era otra cosa.

Cuando se fue, esta casa debía seiscientos veinte mil euros.

Doscientos ochenta al banco y el resto repartido entre catorce proveedores.

El primero de la lista era Paco Sempere, el de los almendros.

Once meses sin cobrar y no dejó de traer almendra ni una semana.

—Me oí a mí mismo y me paré—. Perdone. Le estoy contando la vida de mi padre igual que se lee el acta de un consejo.

—Un poco sí.

—Es que de la otra manera no me sale. —Y me reí, lo cual no venía a cuento y me pasó igual—. Fíjese qué ridículo. Treinta y siete años y necesito una sangría francesa para decir tres frases.

—Sigue con los números, hombre. Si te va bien, sigue.

—Me va bien.

Mi abuela vendió dos campos de la Carrasqueta y un piso que tenía en la calle San Vicente de Alicante.

Lo terminamos de pagar en 2016, un año después de coger yo la dirección.

Desde entonces, en esta casa, a los proveedores se les paga a treinta días y se les llama por teléfono el martes de antes para avisarles de que el jueves se ingresa.

Eso no es una política de empresa. Eso es una manía mía, y ya sabe usted de dónde sale.

Lo otro que sale de ahí es más tonto y me ha durado más.

En dieciocho años he firmado la palabra marketing en organigramas, en nóminas y debajo de un rótulo torcido, y no la he dicho en voz alta más veces de las estrictamente necesarias.

Cuando mi abuela me anunció en agosto que había contratado a una directora de marketing, le pedí que me lo repitiera. Ella creyó que no la había oído.

—Tres —dije—. El miércoles 24 de octubre de 2007 mi padre no vino a la fábrica.

Ahí ella se bajó de la mesa.

—¿Y tú dónde estabas ?

—Aquí. Yo estaba en segundo de carrera en Valencia y aquella semana había bajado, porque en octubre baja todo el mundo. Estaba en el patio, tapando sacos.

—Sigue.

—Mi madre llegó a las once y cuarto a recogerlo y el coche de él no estaba. —Me apoyé en el marco de la ventana—. Y se quedó en la puerta grande, de pie, debajo de la placa del veinticuatro, con las llaves en una mano y el bolso colgado del antebrazo. No entró. No se subió al coche. Se quedó ahí.

—¿Cuánto?

—Cincuenta y cinco minutos.

—¿Y tú cómo sabes que fueron cincuenta y cinco minutos?

—Porque los conté. —Me salió más seco de lo que quería—. A los diecinueve años yo ya contaba.

Candela no dijo «ay» ni «qué fuerte», y no cruzó la habitación. Se quedó donde estaba, con los brazos cruzados encima del pecho, y me hizo la única pregunta que yo no llevaba preparada.

—¿Y salió alguien?

—Vicent.

—¿Y qué le dijo?

—Nada. Se puso a su lado con el trapo al hombro, estuvo los cincuenta y cinco minutos callado y no volvió a entrar hasta que entró ella.

—Me quedé un rato con eso—. Mi madre subió a la oficina, terminó las facturas de octubre y aguantó aquí tres años más.

Después se fue a Valencia, a la calle de Sagunto, de donde es ella, con dos maletas y sin ponerle mala cara a nadie de esta casa. Ni a mi abuela.

—¿Y tú?

—Yo volví a Valencia el domingo y terminé la carrera.

—No te he preguntado eso.

—Ya sé que no me lo ha preguntado.

Esa mujer no deja pasar ni una. En octubre me parecía un defecto.

—Cuatro —dije, y me costó bastante más que los otros tres—. Mi padre no se fue solo.

—Ya.

—¿Ya?

—Jaume, llevo tres meses en esta casa y el segundo día Nuria me dijo que de tu padre aquí no se habla. —Le salió la voz de despachar, que es la que pone cuando no quiere que le tiemble—. Y el despacho de marketing lleva dieciocho años cerrado con llave. No hace falta ser muy lista.

—Se llamaba Silvia Peiró. Era de Ibi, entró en 2003 con veintidós años a llevar los catálogos y las ferias, y cuando se fue tenía veintiséis y cobraba mil cien euros al mes.

Abrí el segundo cajón con el pie. Dentro hay una pila de catálogos de una feria de Colonia, los de 2004, grapados a mano, con las fichas en un alemán traducido a ojo y el precio por caja apuntado a bolígrafo en el margen. Los maquetó ella en esta mesa. Llevan veintiún años ahí dentro.

—¿Y qué le pasó?

—Que en este pueblo se dijo su nombre durante dos años y el de él no se dijo nunca.

—Me quedé mirando la silla giratoria con la gata encima—.

A mi padre lo llamaban «el de los anuncios».

A ella la llamaban por el nombre y el apellido, en el bar, delante de su madre.

Y no volvió a trabajar en el sector. Eso lo sé porque lo miré en 2019 y no hice nada, porque doce años después ya no había nada que…

Candela descruzó los brazos.

—Ahí está el Código —dijo.

—Ahí está el Código.

—Jaume, dímelo bien.

—El artículo doce no lo escribí por mi padre.

Mi padre vive en Brasil, tiene sesenta y cinco años y está perfectamente.

—Me agarré al respaldo de la silla de la mesa auxiliar, porque de mis manos aquella tarde no me fiaba—.

Lo escribí por una chica de veintiséis años de Ibi que se quedó sin trabajo, sin pueblo y sin apellido en la fachada.

Aquí el que se va siempre es el mismo, y no es nunca el que tiene el nombre pintado en la puerta.

Se quedó callada el rato que tarda una gata en cambiar de postura.

—¿Y tu padre te llama?

—El dieciocho de octubre. Todos los años.

—¿Y tú lo coges?

—Una vez. En 2014.

—¿Y qué le dijiste?

—Le di los números del ejercicio.

—¡Anda ya! ¿El margen bruto?

—El margen bruto. —Y ahí se me volvió a escapar la risa, y encima a destiempo—. Es que lo digo en voz alta y me oigo. Un hombre llama a su hijo después de siete años y el hijo le recita el margen bruto.

—¿Y él qué dijo?

—«Ah, muy bien.» Y se despidió con muchísima educación, que en esta familia lo hacemos todos y no sirve para nada.

—Para nada no. —Se acercó al cajón—. ¿Puedo?

No esperó a que le contestara.

Sacó el marco y lo puso boca arriba encima de la mesa de nogal, sin ceremonia ninguna.

No me dijo que aquello no fuera culpa mía. No me tocó. No me preguntó si yo estaba bien, que es lo que pregunta todo el mundo cuando ya no se le ocurre nada.

Lo que hizo fue ir a la lata de galletas.

Estuvo dos minutos largos pasando cartulinas con el pulgar, de pie, y rescató una en blanco y negro con el borde de sierra: mi abuela con veinte años, en este mismo portalón, delante del primer camión, sujetando una caja con ambas manos y con el gesto de quien no tiene tiempo para el fotógrafo.

Detrás se adivina media matrícula. En la esquina, el año escrito a lápiz.

1961.

La dejó encima de la mesa, al lado de la otra. La misma puerta. La misma caja. Treinta y cinco años de diferencia y la misma manera de sujetarla.

—Ahí —dijo, y señaló el rectángulo claro de la pared.

—En ese hueco había un calendario.

—¿De qué año?

—De 2007. Estaba abierto por septiembre.

No contestó a eso. Me parece que lo entendió a la primera y prefirió no hacerme el favor de decirlo en voz alta.

Bajé al taller a por dos tacos, dos tornillos, la broca del cuatro, el destornillador de estrella y el nivel de burbuja, porque hay asuntos que yo solo sé resolver con una herramienta en la mano.

Tardé nueve minutos y volví con yeso en la pernera.

Ella, entretanto, había limpiado los dos cristales con la manga del jersey.

Taladré. Colgué primero a mi abuela y después a él, a la misma altura, y comprobé las dos con el nivel, una por una, porque la burbuja no opina. Se puso en el centro en las dos.

—¿Y el rótulo de fuera?

—Ese se queda como está.

Apagué el flexo. El cajón de abajo del todo se quedó abierto y vacío, con el fondo de madera a la vista y una chincheta suelta en un rincón.

—Mañana tienes caseta —dije.

—A las nueve, con Tere. —Descolgó el abrigo del respaldo, se paró en el quicio y volvió a mirar la pared desde lejos, con los ojos entornados, igual que se miran las cosas que ha colgado uno mismo—. Jaume.

—Dime.

—El lunes hay que mandar ciento noventa cajas.

—El lunes hay que mandar muchas cosas.

Bajamos a cerrar el gas.