21 · Candela
—Yo no te voy a preguntar nada.
—Vale.
—Que conste. Yo no pregunto.
—Nuria, llevas tres minutos no preguntándome.
Eran las nueve y veinte del miércoles 10 de diciembre y Nuria Pastor llevaba desde menos cuarto colocando el mismo montón de folletos de la caseta en tres sitios distintos de la misma mesa.
En la cuarta planta de Alicante somos dos personas, un fijo que se cruza con otras líneas desde 2016 y una máquina de café que sigue exigiendo monedas. Aquella semana allí no se trabajó: se hicieron cosas. Muchas cosas con las manos y ninguna conversación entera.
Pepe el Rulo apareció el miércoles con la reposición de la caseta. Pepe trae la reposición los martes desde 2011.
—Pepe, hoy es miércoles.
—Es que ayer no pude.
—Ayer estuviste aquí.
—Estuve. —Dejó las cajas, se subió la cremallera y me miró a la altura de la barbilla—. Bueno. Que ya sabes dónde estoy.
Se fue sin esperar respuesta.
A las once y media descolgué el fijo para llamar a Chelo Carrasco y me cayó encima, durante segundo y medio, un trozo de otra conversación. Ese teléfono lo hemos denunciado tres veces a la compañía y las tres han venido, lo han mirado y se han ido.
—…informativo, Vicent, informativo. Que no es lo mismo que disciplinario. Que uno es una hoja y el otro es un pr ocedimiento, y yo hoy solo voy a abrir la hoja…
Colgué. Tardé en soltar el auricular. Después marqué otra vez, me puse con la compradora de Hiperlevante y hablé cuatro minutos y medio del mueble del día 9 y de las diecisiete tiendas pequeñas que se me quedaron fuera del puente.
Chelo cerró el pedido complementario a las doce menos veinte. Mil ochocientas cajas más para el catorce, con el camión ya contratado.
Con eso la semana se quedaba en ciento un mil doscientas cajas comprometidas.
Faltaban cuatro días para que las cadenas cerrasen y veintinueve mil seiscientas para llegar al número que me puso encima de un hule la presidenta de esta casa el 2 de octubre, partiendo almendra con las manos y sin levantar la vista.
Ese fue el único rato de la semana en que mi cabeza estuvo entera en un sitio.
La oficina de Alicante la limpia de siete a nueve de la mañana la cuñada de Pepe el Rulo.
Lo sabe todo el mundo y todo el mundo hace como que no.
Aquel miércoles se encontró las papeleras vaciadas, las mesas pasadas con el paño y, encima de la mía, el azucarillo que yo no abro jamás colocado en paralelo al teclado, con los bordes cuadrados. En esta casa eso es un telegrama.
—Candela.
—Dime.
—Nada.
Eso pasó cuatro veces el miércoles. A la quinta, Nuria dejó los folletos, se sentó encima de la mesa dándole talonazos al cajón y lo dijo de una vez.
—Es que si te lo pregunto me lo vas a decir.
—Sí.
—¡Pues eso! —Se pasó las manos por la cara—. Y yo con eso encima no sé qué hacer, tía. Porque luego bajo a la fábrica, y yo en esa fábrica no sé mentir. Yo ahí soy la que lo cuenta todo. Llevo dos años siendo la que lo cuenta todo.
—Nuria.
—Que no. Que yo prefiero no saberlo y seguir siendo tonta.
Se bajó de la mesa, cogió los folletos y los dejó en el cuarto sitio.
Los jueves son mi día en la fábrica desde el 7 de octubre, y aquel jueves 11 subí la cuesta de Busot detrás del camión de la miel, que llega a las siete y no a las nueve.
Lo primero que vi al entrar fue a Tere subiendo la escalera del despacho de Jaume con un cojín de ganchillo en las dos manos.
—¿Y eso?
—El cojín de la gata.
—¿Y por qué sube el cojín de la gata?
—Porque la gata está arriba desde el martes y no baja. —Tere lo dijo sin pararse—. Cuando se cambia de sitio hay que llevarle el cojín. Si no, se pone encima de los papeles y los papeles luego huelen.
Peladilla llevaba desde el 7 de octubre durmiendo en mi mesa de nogal, atravesada, con el hocico a quince centímetros de mi portátil, y en dos meses no se había bajado de allí ni por Álex.
El martes por la tarde se mudó al despacho del director general.
Se instaló en su silla, dejó libre la mitad de la izquierda y se quedó.
En esta casa esa gata es un boletín oficial.
Maribel me lo tradujo en envasado sin que yo le preguntara nada, con las gafas colgando y sin levantar la vista de la cinta:
—La gata se sienta donde está la cosa. Lleva seis años haciéndolo y no ha fallado ni una vez, ni cuando lo del perro de Pepe.
—Ya.
—Yo no digo más.
Vicent pasó por detrás con el trapo al hombro, no se paró y dijo una sola cosa, que fue que el camión de la miel había venido corto de cuatro garrafas.
Jaume y yo estuvimos aquel jueves cuatro horas y media dentro de la misma nave.
Hablamos tres veces, las tres delante de gente y las tres del apilado en las plataformas de Elche, y las tres nos salió una voz rarísima: dos personas educadísimas leyendo un albarán en voz alta.
En octubre nos gritábamos delante de Vicent por una caja que se abría por el lado corto.
Aquel jueves fuimos incapaces de discutir por nada, y una máquina que va demasiado suave se nota desde el muelle.
A Álex Ferrándiz lo habían instalado en la sala de cata.
Había apartado seis de las ocho sillas descabaladas contra la pared del azulejo, había puesto una mesa de formica del comedor en medio y encima tenía la carpeta de gomas azules, dos bolígrafos idénticos, un taco de cuestionarios boca abajo, un sacapuntas y una grapadora de sobremesa.
El ventilador de pie de Tere seguía en su rincón, apagado, como lleva estando desde que yo llegué.
—Siéntese, por favor .
—Álex, esto es la sala de cata.
—Hoy es la sala de la revisión anual de conformidad. —Me acercó el papel—. Tengo a veintiocho personas y llevo nueve. Voy por orden de antigüedad, que es el único orden que no ofende a nadie.
El cuestionario tenía once preguntas numeradas, con casillas de sí y de no, y una línea abajo del todo que ponía OBSERVACIONES.
La línea de OBSERVACIONES estaba tachada con una raya diagonal a bolígrafo.
—¿Y esto?
—Eso está tachado.
—Ya veo que está tachado. Pregunto por qué.
—Porque si usted me escribe algo ahí, yo lo tengo que registrar.
—Álex juntó las manos encima de la carpeta—.
Y si lo registro, entra por la puerta de mi despacho un procedimiento, y un procedimiento en diciembre, con cuatro mil cajas en el muelle, no le conviene a nadie de esta casa. Ni a usted, ni a la fábrica, ni a mí.
Me leyó las once en voz alta, despacio, sin mirarme una sola vez.
Si conocía el contenido del artículo 12. Si tenía copia íntegra del Código. Si sabía dónde se presenta una comunicación. Si había recibido formación. Si conocía el canal para plantear una duda. Si alguna vez había sentido que una decisión sobre su trabajo se tomaba por algo que no fuera su trabajo.
Contesté las diez. En la seis me paré exactamente tres segundos y contesté que no, y era verdad.
—La once —dijo.
—Dime.
—«¿Desea usted comunicar algo al amparo del artículo doce punto tres?». —Levantó la vista por primera vez—. Esa no me la conteste hoy.
—Álex.
—No.
—Si todavía no he dicho nada.
—Ya. Y se lo agradezco enormemente.
Se me escapó la risa y él no se rió. Recogió el bolígrafo que no había usado, lo alineó con el otro y se quedó mirando el azulejo de media pared.
—¿Usted sabe por qué existe ese artículo?
—Por lo de Marc.
—Por una chica de veinte años que en agosto se sentó donde está usted sentada y me preguntó si tenía que seguir bajando a la nave.
—Cerró la carpeta—. Yo ese artículo no lo escribí para amargarle la vida a nadie.
Lo escribí para que el que no tiene el apellido puesto en la fachada pueda decir que no y no le pase nada.
Eso es lo único que hace ese papel. Y lo hace mal, porque los papeles lo hacen todo mal. Pero lo hace.
—Ya lo sé —dije.
—Ya sé que lo sabe.
Estuvimos un rato con el cuestionario encima de la mesa, boca arriba, sin tocarlo.
—Fírmeme aquí, por favor.
—¿Dónde?
—Ahí. Es la entrega. Un papel de que le he entregado el papel.
—¿En serio existe un papel de que me has dado el papel ?
—Claro que existe. Si no, ¿cómo demuestro yo que se lo he dado?
En el comedor, a las dos y cuarto, había siete personas comiendo, seis mesas de formica, un microondas jubilable y ninguna conversación.
La pizarra verde lleva atornillada a esa pared desde que en esta casa se apuesta, y en esta casa se apuesta desde 1996. Tiene media cara cubierta de apuestas muertas con sus dos rayas encima y se lee de un vistazo desde la puerta.
Arriba a la izquierda, la casilla que abrió Tere el 1 de noviembre con una tableta:
«SE QUEDA.»
Debajo, con esa letra grande de señora que escribe las listas en el reverso de los albaranes viejos, un renglón nuevo:
«60. A. Llorca.»
Debajo del todo, subrayado dos veces:
«A partir de hoy se apuesta de cinco en cinco, que esto no es una merienda.»
Sesenta tabletas son doscientos sesenta y cuatro euros a precio de dentro. En una semana, la presidenta de esta casa ha puesto en esa pared ciento setenta y seis euros a que su nieto me invitaba a cenar y doscientos sesenta y cuatro a que yo me quedo. La primera la perdió.
—¡Yo he apostado siempre de una en una! —protestó Rafa, delante de la pizarra y con el trapo en la mano—. ¡Que de cinco en cinco esto ya parece una hipoteca!
Nadie le hizo el menor caso.
Nuria estaba delante de la pizarra con el teléfono de trabajar en la mano .
—¿Puedo?
—¿Puedes qué?
—Esto. Solo esto. Sin caras, sin nombres, sin voz. Es una pared.
Miré la pared. No sale mi nombre. Tampoco el suyo. Salen unas iniciales, unos números y la letra de once personas que llevan tres meses pagando por opinar.
—Venga —dije.
Eso lo autoricé yo, a las dos y veinte de la tarde de un jueves, con un bocadillo en la mano y sin pensarlo ni ocho segundos.
El viernes a las nueve de la mañana el vídeo llevaba cuatrocientas mil reproducciones.
Cuarenta y un segundos, vertical, la cámara recorriendo la pizarra de izquierda a derecha y parándose al final en las sesenta tabletas. Sin música. Texto arriba: «en mi empresa hay una porra sobre si mi jefa se queda y la que más ha apostado es la dueña».
A las seis de la tarde iba por un millón cien mil.
Los comentarios se pusieron a apostar. Gente de Murcia, de Elda, de Zaragoza, de un pueblo de Cuenca, diciendo cuántas tabletas ponían y a qué casilla.
Alguien pidió el número de cuenta. Alguien preguntó si se admitían apuestas desde Alemania.
Una peluquería de Villena ofrecía diez tabletas y un corte de pelo.
Uno escribió: «esa pizarra es de Llorca, mi padre trabajó ahí en el noventa y seis», y tenía cuatro mil me gusta a mediodía.
Álex me llamó a las diez y once.
—¿Sale alguien ?
—No sale nadie.
—¿Hay datos personales?
—Hay iniciales.
—Iniciales. —Se lo oí pensar—. Las iniciales de una persona identificable en un entorno de veintiocho trabajadores…
—Álex.
—Nada. Nada, nada. Que estupendo.
A Jaume lo llamé yo a la una.
—El vídeo lo autoricé yo.
—Lo he visto.
—¿Y?
—Que ahí no sale tu nombre ni el mío. —Se quedó callado dos segundos—. Y que en Xixona no hay otra pizarra verde atornillada a una pared desde el noventa y seis.
—Ya.
—Lo digo porque me lo han preguntado tres clientes esta mañana, y uno era de Bilbao.
La tienda web la montó en 2019 un sobrino de Reme por trescientos euros y un jamón.
Aquella tarde entraron ciento noventa pedidos entre las seis y las ocho y se cayó dos veces.
Nuria se quedó hasta las diez de la noche contestando mensajes de gente que quería turrón y de gente que quería apostar, y no siempre en ese orden.
Ona Llorca llevaba desde el lunes prácticamente encerrada en la asesoría de su madre con dos cajas de archivadores y una lista de documentos de catorce puntos. La lista la había pedido ella. La había redactado Jaume, que en catorce puntos se maneja .
Rodrigo Ferrer subió a la cuarta a las siete menos diez de aquel viernes, con Ona, a recoger una carpeta de la campaña que faltaba de esa lista.
Ona se quedó abajo con el coche. Él subió los cuatro pisos andando. A ese ascensor se mete quien no tiene otro remedio, y ese hombre siempre tiene otro.
Le di la carpeta. Me preguntó por la caseta, por el mueble del día 9 y por si el troquel nuevo aguantaba el apilado de las plataformas, que aguanta. Le contesté a las tres cosas. En ningún momento me preguntó por Loli, ni por mi contrato, ni por enero.
Aquel hombre estuvo once minutos en mi planta y no dijo nada de lo único que había venido a decir.
Cogió la carpeta y se paró en el rellano, delante del hueco de la escalera.
—Cande.
—Dime.
—Sesenta tabletas es mucho turrón.
Bajó los cuatro pisos andando. Se le oyeron los zapatos hasta el segundo.
En toda la semana no me había preguntado nadie nada. Él tampoco. La diferencia es que a los demás les daba miedo la respuesta.