20 · Jaume
De la calle Pardo Gimeno a la báscula de la fábrica hay veintiséis kilómetros, y a las cinco y cuarenta de la mañana de un martes se hacen en veintidós minutos.
Antes de salir de aquella cocina fregué seis platos, dos vasos y una sartén pequeña que llevaba en el fregadero, por el estado del aceite, desde el sábado. No lo hice por quedar bien. Lo hice porque eran las cinco y veinticinco, porque todavía no me podía ir y porque en el escurridor había sitio.
Después conté. Conté los seis semáforos de Aguilera, que a esa hora están los seis en ámbar, y los catorce camiones que me crucé subiendo, y las vueltas que le había dado yo a un tornillo del cabecero de una cama ajena con el mango de un cuchillo de untar.
Catorce.
A la altura del desvío de San Vicente me acordé de una frase que me habían dicho cinco horas antes.
—Más bajo, pero cuenta.
Paré en el arcén, apagué la radio y me reí yo solo dentro del coche. Cuarenta y ocho horas antes yo era una persona seria.
Llegué a las seis y cuatro. Catorce minutos tarde.
Mi ronda empieza a las seis menos diez y lleva diez años haciéndose en el mismo orden. Aquel martes la hice al revés —muelle, cámara, envasado, boixet, caldera, sacos, patio— y me dije que era por el camión de las siete. Uno se engaña con lo que tiene a mano.
Amaneció con escarcha en la barandilla del muelle y con el termómetro del patio marcando dos grados, que para Xixona en diciembre entra dentro de lo razonable y para un ingeniero es un aviso: por debajo de cinco, la miel del perol tarda un cuarto de hora más en hilar, el prensado gana dureza dentro del molde y el turno entero se descuadra por detrás.
Rafa ya tenía la mano puesta en la caja de la chumacera.
—Templada.
—¿De ayer o de hoy?
—Templada. —Se limpió las manos en el trapo—. Oye.
—Dime.
—Nada.
No era nada.
Los cuatro mil ciento veinte estuches del festivo salieron a las siete menos dos minutos, atados, flejados y con el albarán cuadrado a la primera, cosa que en diciembre ocurre una vez cada dos años.
Pepe cerró el portón de una patada. El camión bajó la cuesta de la carretera de Busot con las luces largas y Vicent se quedó mirándolo hasta que dobló. Lo hace siempre.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días, Vicent.
—El jueves sube la miel a las siete.
—Ya me lo dijiste.
—Pues ya te lo he dicho dos veces.
A 9 de diciembre llevábamos noventa y nueve mil cuatrocientas cajas comprometidas contra las ochenta y una mil novecientas del año pasado.
Un veintiuno y pico por ciento. Lo malo es que el veinte hay que tenerlo el veinticuatro, y hasta ahí caben dos semanas de diciembre.
Esa cuenta la llevo en la cabeza desde octubre y no la he escrito en ningún papel.
Maribel me encontró en envasado a las siete y veinte. Se paró delante de mí, se subió las gafas que lleva colgadas y me estuvo mirando el cuello de la camisa durante un rato que se me hizo largo.
—¡Que esa camisa es la de ayer, hijo!
—Es azul. Tengo cuatro azules.
Se volvió a su línea de envasado, se colocó la redecilla y no me miró otra vez en toda la jornada. En veintidós años esa mujer no se ha equivocado con una caja.
El Código Llorca tiene cuarenta y una páginas y mi ejemplar está en el cajón de mi mesa, firmado por veintiocho personas.
Ese no pensaba sacarlo de ahí. A las siete y media bajé a la oficina pequeña y lo mandé a la impresora, que saca doce páginas por minuto y se atasca en la diecinueve desde el día que la compramos.
El atasco se resuelve abriendo la bandeja trasera y tirando de la hoja hacia abajo, jamás hacia arriba; eso me lo explicó por teléfono una señorita del servicio técnico de Elda en 2021, y desde entonces lo hago yo y no llamo.
Tardé once minutos.
Tere entró a por el cuaderno de hule mientras yo desatascaba la diecinueve. Miró el montón. No dijo nada. Salió de la oficina andando de una manera distinta a la de entrar.
El despacho de marketing es el único sitio de esta casa que tiene puerta con llave y en el que nadie entra a preguntarme nada.
Dentro hay una mesa de nogal, el teléfono de botones gordos con su pegatina de una empresa de extintores desaparecida, tres claveles mustios y una rama de eucalipto metidos en un bote al que le queda media etiqueta, y un rectángulo de pared más claro que el resto, del tamaño exacto de un calendario de 2007.
Dejé las cuarenta y una páginas encima de la mesa a las ocho y media.
A las nueve menos diez, Peladilla dormía encima de ellas, redonda, con la barbilla apoyada en el artículo cuarto.
Hubo que sacarlas tirando de las esquinas y muy despacio, y la gata se dejó hacer con la cara de quien concede una prórroga.
Candela llegó a las nueve y cinco. Era martes y su día es el jueves.
—Hoy es martes —dije.
—Ya.
—Es que su día…
—Jaume.
—Perdón.
Le puse el montón delante y le señalé la página once.
Artículo 12. Relaciones personales dentro de la línea de mando.
12.1. Turrones Llorca no se mete en la vida privada de nadie.
12.2. Quien ejerza funciones de dirección no mantendrá una relación sentimental con ninguna persona que dependa de él, ni de manera directa ni a través de un mando intermedio.
12.3. Si la relación ya existe o se inicia, se comunicará por escrito a Recursos Humanos en el plazo de siete días naturales.
12.4. Comunicada la relación, uno de los dos dejará su puesto. La elección es de ellos. Si no eligen, decide el consejo.
12.5. Este artículo se aplica al director general en los mismos términos que al resto de la plantilla.
Lo leyó dos veces. La segunda en voz alta y despacio. Así le quita ella el barniz a un texto.
Esas cinco líneas las escribí en la tercera de las tres tardes de agosto que nos costó aquello, con Álex enfrente, con el ventilador de Tere parado en su rincón y con una botella de agua templada entre los dos, y me acuerdo perfectamente de que las leímos en voz alta igual que acababa de leerlas ella, para comprobar si se sostenían dichas.
Se sostenían. Y siguen en pie. Ese es el problema.
—¿Esto lo escribiste tú?
—Con Álex. Él puso los plazos y las mayúsculas. El doce cinco lo puse yo y lo puse solo.
—¿Por qué?
—Porque un reglamento que no le aplica al que manda no es un reglamento. Es un folleto.
Se sentó en la silla giratoria, la vencida del lado del teléfono, y dio media vuelta con los pies.
—¿Y por qué lo escribiste, Jaume? El artículo entero.
—Por lo de mi primo Marc y una chica de veinte años que en agosto se presentó en el despacho de Álex a preguntar si tenía que seguir bajando a la nave. Eso es lo que hay en el acta.
—¿Y lo que no está en el acta?
Ahí me alargué. Me conozco, y encima me veo hacerlo mientras lo hago.
—Lo que no está en el acta lleva dieciocho años en esta casa, ocupa medio pasillo de la de mi abuela, no es de esta mañana ni se arregla en veinte minutos; y si a usted le parece bien se lo cuento otro día y con tiempo, porque hoy tenemos delante un asunto que sí tiene fecha y a mí las dos cosas juntas, francamente, no me caben.
—Vale —dijo—. Otro día.
Y no insistió, igual que no insistí yo en octubre.
—Siete días naturales —dijo, con el dedo en el doce tres—. Desde anoche.
—Se cumplen el lunes quince.
—El quince cierran pedido las cadenas.
—El quince, sí.
Me quedé de pie, porque de pie pienso mejor y porque en esa habitación hay una sola silla que no se cae.
—A ver si lo entiendo —dijo ella—. Si lo comunicamos mañana, ¿qué pasa? Paso a paso.
—Álex abre expediente el mismo día, porque es Álex. Lo lleva al consejo. Y antes de Nochebuena uno de los dos ha dejado su puesto.
—¿Cuál de los dos?
—El doce cuatro dice que elegimos nosotros.
—No te he preguntado eso. Te he preguntado cuál.
Esa mujer no deja que uno se esconda detrás de su propia letra.
—Usted —dije—. Yo tengo un nueve por ciento, el apellido en la fachada y la cara en un anuncio que se emite dos veces al día hasta el veinte de diciembre.
Si me voy yo, la campaña se queda sin media campaña.
Si se va usted, se queda sin la persona que la ha hecho, y eso se tapa.
Las dos cosas son malas. La suya es la que se puede tapar.
—Vaya.
—No es lo que yo quiera. Es exactamente lo que pasaría .
—Lo sé. —Se levantó y se puso delante del rectángulo claro de la pared—. Y hay otra cosa. Reme.
—Dime.
—Si el consejo se entera de esto antes del veinticuatro, tu tía tiene un argumento nuevo para vender, y es buenísimo. La dirección de la casa metida en un lío con la de marketing justo el año en que hay que decidir. —Se volvió—. Lo malo no es que lo use. Lo malo es que no sería mentira.
—No sería mentira, no.
Estuvimos callados el rato que tarda una gata en decidir si vuelve a subirse a una mesa.
—Entonces esperamos al veinticuatro —dije, y lo dije mirándola, porque una cosa así no se dice mirando un folio—. El veinticuatro vota mi abuela. Y el veinticinco decidimos nosotros, en voz alta, con las cuentas delante y sin que nadie de esta casa decida por los dos.
—Con una condición. Yo a Nuria no le miento.
—Ni yo a Vicent.
—¿Ni a tu abuela?
—A mi abuela no hace falta mentirle. Mi abuela no pregunta lo que ya sabe.
—Entonces esto no es un secreto limpio.
—No —dije—. Es el menos sucio de los que hay encima de esta mesa.
Cogió el montón, lo golpeó de canto contra la madera para cuadrarlo y me lo devolvió.
—Una cosa más —dije—. El quince se me pasa el plazo de mi propio artículo. El veinticinco lo comunico yo, con nueve días de retraso, y el retraso lleva mi nombre y no el suyo.
—Jaume…
—Lo escribí yo y lo firmé el primero de los veintiocho. El que llega tarde a su propio papel soy yo, y eso no se reparte.
Lo dije de pie, agarrado con las dos manos al respaldo de la silla, y me salió corto, sin alargar ni una frase, cosa que a mí cuando algo me importa de verdad no me pasa nunca. Ella lo notó. No lo comentó. Se lo agradecí más que si me hubiera dado la razón.
Se quedó con la mano en el pomo.
—El veintisiete tu prima dijo que aquí hay una cláusula que no aguanta un juzgado ni media tarde.
—El doce cuatro.
—¿Y eso nos sirve de algo?
—De nada. El juzgado lo ganaría usted, y para ganarlo tendría que irse de aquí primero.
—Esto lo escribo —dije.
—¿Que lo escribes? Jaume, un correo es una prueba.
—Un correo es una prueba. Por eso.
La segunda cláusula del armisticio que le mandé el 7 de octubre a las doce menos ocho de la noche la redacté yo pensando en troqueles y en fechas de entrega. Aquel martes la cumplí con esto.
Candela: lo de esta mañana, por escrito, que es como se hace aquí.
Uno: no se lo contamos a nadie hasta después del voto del 24.
Dos: al que pregunte se le dice la verdad, y a Vicent y a Nuria no se les miente ni aunque no pregunten.
Tres: el 25 por la mañana lo comunico yo a Recursos Humanos, con nueve días de retraso y con mi nombre en el retraso.
Cuatro: lo del 25 lo decidimos los dos. J.
El 15 de septiembre le escribí «Estimada Sra. Ruiz» a las nueve y cuatro, después de veintidós minutos y cuatro versiones. El 10 de octubre borré tres veces el encabezado de siempre antes de poner «Estimada Candela»; eran las once y treinta y ocho de la noche.
Aquel martes escribí su nombre y nada más, y me quedé mirándolo bastante menos tiempo del que me he quedado mirando un albarán.
Contestó a las diez y cuarenta y una con una sola palabra, y no era ninguna de las cuatro que yo había ordenado en la cabeza mientras subía la escalera.
Era la misma que me dijo por teléfono el 7 de octubre a las doce menos dos, cuando le leí las cinco cláusulas del armisticio y ella eligió los jueves. «Conforme.»
Seguramente esa mujer sabe perfectamente lo que hace con una palabra de ocho letras. Es la misma con la que aceptó por teléfono aquel armisticio que yo redacté para poner distancia y que acabó sirviendo justo para lo contrario.
Guardé el correo en una carpeta nueva del gestor, entre la de proveedores de Novelda y la de seguros, y a esa carpeta no le puse nombre, porque el nombre que le correspondía no pensaba escribirlo yo en un ordenador de la empresa.
Álex Ferrándiz me llamó a las siete y media, ya de noche.
—Jaume, una cosa de nada.
—Dime.
—¿Tú sabes cuándo fue la última vez que la plantilla firmó el Código?
—Hace seis años. Cuando se escribió.
—¡Seis años, Jaume! —De fondo se le oía el teclado—. Es que estaba yo dándole vueltas a hacer una revisión anual de conformidad. Por higiene. Diciembre es buen mes, que está todo el mundo dentro.
—Diciembre es el peor mes del año, Álex.
—Ya, pero es que si lo dejo para enero… —Dejó de teclear—. ¿Te viene bien el jueves?
—Me viene bien el jueves.
Álex Ferrándiz lleva nueve años pidiendo una revisión anual de conformidad y no se la ha firmado nunca nadie. Aquella tarde no la pidió. Avisó de que la iba a hacer.
Colgué, apunté «Álex, jueves» en la libreta y le puse un círculo alrededor, que es lo que hago cuando una cosa no me cabe en un renglón.
El jueves es el día de ella en la fábrica.