Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 19 · Candela
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19 · Candela

Fuimos en dos coches.

El mío llevaba desde las siete de la mañana en la báscula, entre el furgón de Pepe y la lona de los sacos. Lo saqué yo de allí a las doce menos cuarto. Ninguno de los dos había dicho en voz alta adónde íbamos.

De la carretera de Busot a mi portal hay veintiséis kilómetros.

Los hizo detrás de mí enteros, a la misma distancia, con el intermitente puesto tres segundos antes de cada curva.

A la salida de Xixona se nos metió por en medio un camión de áridos y lo perdí de vista.

Me pasé ochocientos metros buscando unos faros redondos por el retrovisor, con los hombros subidos hasta las orejas.

Cuando volvieron a aparecer me pregunté desde cuándo a mí me importa que un hombre siga detrás.

Por el camino me acordé de que tenía los platos del desayuno sin fregar. Y de que el jueves me había dejado un sujetador secándose en el radiador del salón. Eso fue lo único que pensé en veintiséis kilómetros. Ni el consejo, ni el quince de diciembre, ni las cuarenta y una páginas: los platos.

Aparcó en Pardo Gimeno a cuarenta metros de mi puerta, torcido, con la rueda de atrás encima del bordillo.

Benalúa a esas horas de un festivo es un barrio de manzanas cuadradas y casas bajas donde no pasa nada de nada.

El bar de mi esquina echa la persiana a las once y media.

La panadería de enfrente enciende el horno a las cuatro.

Entre una cosa y otra, el ruido más gordo de la calle es el contenedor de vidrio.

Llevo tres meses durmiendo ahí y no sé el nombre de ningún vecino, salvo el del segundo, que se llama Paco y tiene un perro que también se llama Paco.

Me bajé a mirar la rueda, porque eso hay que verlo.

—Estás encima de la acera.

—Cuarenta centímetros.

—Medio metro, Jaume.

—Cuarenta. —Cerró la puerta y se agachó a mirarse el guardabarros desde abajo—. ¿Aquí es zona azul?

—A estas horas esto no es nada.

Mi casa es un tercero sin ascensor. Cincuenta y cuatro escalones de terrazo con el filo de metal y un minutero en el portal que da luz para dos plantas y media. La media se sube a oscuras, con la mano en la pared.

Los cincuenta y cuatro me los sé de memoria.

Aquella noche los conté otra vez, uno por uno, por no pensar en lo otro.

Lo otro era esto. Yo soy la directora de marketing de una empresa y el señor que subía detrás de mí es el director general de esa empresa.

En cualquiera de las cuatro casas por las que he pasado, eso tiene nombre, número de página y firma.

Lo sabía en el primer tramo. Lo sabía en el segundo.

En el tercero abrí el bolso y busqué las llaves.

Subió sin quejarse. En el segundo rellano se paró a mirar el buzón de una vecina que lleva con la tapa arrancada desde que yo firmé el contrato, y dijo que eso se arregla con un tornillo.

En el descansillo me preguntó si siempre era así. Le conté que en septiembre me habían subido una lavadora por ahí un chico de Ecuador y su primo.

—¿Y cuánto le cobraron?

—Cuarenta euros y dos vasos de agua.

—Eso está bien pagado.

—¡Jaume!

—¿Qué?

—Nada. Que me parece maravilloso que sea eso lo que te sale.

Abrí y me eché a un lado. Él se quedó en el rellano con las manos quietas, midiendo el pasillo de un vistazo, con esa cara de hombre que viene a cumplir un trámite.

—¿Me permites?

—¿Que si te permito qué?

—Pasar.

—Te acabo de abrir la puerta.

—Ya. Pero no me has dicho que pase.

Yo llevaba veinticinco horas de pie el sábado y catorce el lunes, y desde el mediodía funcionaba a medio gas. Aun así me acuerdo de esa frase con una nitidez que ya me gustaría tener para cosas más útiles.

—Pasa, hombre.

Pasó.

Mi piso son cincuenta y cuatro metros. Tres cajas sin abrir desde septiembre en el pasillo, un sofá de dos plazas comprado por internet, y una jarra de medir con once euros de flores de octubre convertidos en palos. En la cocina hay una placa que uso y un horno que no he encendido nunca.

Calefacción tampoco hay. Hay un radiador de aceite de treinta y nueve euros que tarda cuarenta minutos en enterarse de que está enchufado. Lo enchufé de camino al pasillo.

Él lo miró todo y no dijo ni una palabra de lo que estaba contando.

—Tres —dije.

—Yo no he preguntado.

—Has puesto la cara. Son libros y una freidora.

Se quitó el chaquetón. Buscó dónde dejarlo, no encontró ningún sitio que le pareciera razonable y acabó doblándolo por la mitad encima del respaldo del sofá, con las mangas hacia dentro.

Hay un hombre que escribe catorce puntos numerados a las tres menos trece de la madrugada. Y hay otro que a las ocho de la tarde te pone una silla de plástico detrás de las corvas y no lo comenta. Yo llevaba tres meses sospechando que eran el mismo y que el segundo era el bueno.

No contaba con el tercero.

Ahí me pasó una cosa poco elegante: dejó de apetecerme ser educada.

Lo besé yo, contra las tres cajas del pasillo. Una se hundió por la esquina y la dejamos hundida.

Mi pasillo mide metro veinte de ancho y un tercio lo ocupan esas cajas. No hay forma humana de besar a nadie ahí sin darle a algo. Le dimos al perchero, que no está atornillado, y a la puerta del baño. El perchero se vino abajo entero y se quedó donde cayó hasta el día siguiente.

A él se le cayó la cartera y la dejó en el suelo. Yo le desabroché el segundo botón y se lo dejé peor de lo que estaba. Ese hombre lleva tres meses corrigiéndome las comas cuando me cita por escrito y no corrigió nada.

—Espera .

—¿Qué?

—Nada. —Me puso las dos manos a los lados de la cara y me miró cuatro segundos seguidos, que son muchísimos—. Nada.

—¿Me permites?

—Otra vez con eso.

—Sí.

—Que sí, Jaume. Que sí a todo. Que llevo diciendo que sí desde el diez de octubre dentro de una cabina de ascensor parada y nadie me lo había preguntado.

—Yo se lo pregunto.

—¡No me hables de usted ahora!

—Perdona. —Y se rió con la boca en mi cuello, que fue la primera vez que le oí reírse de esa manera—. Perdona. Perdona.

A este hombre yo le llevo mirando las manos desde un bancal de la Carrasqueta.

La uña negra del pulgar izquierdo, de un accidente que nadie me ha contado nunca.

Los dos centímetros de cicatriz blanca que le cruzan el dorso de la derecha.

Unas yemas hechas a cuarenta y cinco grados, que no son suaves y que no tienen por qué serlo.

Resulta que sabía exactamente lo que estaba haciendo con ellas. Y que iba despacio. Y que preguntaba.

—¿Aquí?

—Ahí.

—¿Y así?

—Así. —Le cogí la muñeca—. Jaume, si me lo vas a preguntar todo nos dan las uvas.

—Es que en esto no pienso equivocarme.

La cama la monté yo en septiembre con una llave de esas que vienen dentro de la caja. Desde entonces hace un ruido por la mitad que yo había decidido no oír.

Él lo oyó a los dos minutos.

—Eso es el travesaño.

—No.

—Es el travesaño central. Está apoyado, no atornillado.

—¡Jaume! Que no. Que no, que no y que no. —Me estaba riendo tanto que tuve que parar, con la frente en su hombro, y él se reía también, callado, con el pecho entero—. Que si me nombras una pieza más de este mueble te bajo los cincuenta y cuatro escalones.

—Vale.

—…Aunque se llama travesaño.

De mobiliario no volvió a hablar. Contar sí contó, en voz baja y sin darse cuenta, igual que cuenta en la nave para marcarle a uno el ritmo. Cuando se dio cuenta se paró en seco y puso una cara de catástrofe que no le he visto ni delante de su tía Reme. Pidió perdón.

—Cuenta —le dije—. Más bajo, pero cuenta.

Después dejó de haber conversación.

Hay una cosa de él que no se puede saber con la ropa puesta.

Ese señor pide perdón antes de llevarle a uno la contraria.

Se levanta de la silla para hablar por teléfono con un proveedor difícil.

Dice «no era un cumplido» medio segundo después de decirte algo bueno.

Y cuando está seguro de una cosa no pide perdón por ninguna: se le acaba la cortesía de golpe.

Debajo hay un tipo de treinta y siete años que lleva subiendo sacos de cincuenta kilos desde los catorce .

De aquella hora en mi habitación de Benalúa voy a decir dos cosas verdaderas y ninguna bonita.

La primera es que pesaba. La segunda es lo que hizo cuando me sujetó por debajo de la espalda para subirme un palmo.

Lo hizo con el cuidado con el que se levanta una barra de blando a las cuarenta y ocho horas: sin apretar y por el sitio por donde una cosa no se rompe.

Lo otro que no sabía es que se ríe. Dentro, con el pecho pegado al mío y sin permiso, de algo que había dicho yo diez minutos antes y que se había estado guardando.

Me llamó Candela seis veces seguidas. A la séptima se le escapó «señora Ruiz» y hubo que parar otra vez. Esa vez la que no podía con la risa era yo, tapándome la cara con las dos manos, y él encima diciendo «ya está, ya está» y aguantándose sin ningún éxito.

Luego estuvo un rato largo callado y con la mano abierta en mi espalda.

Nuestros dos teléfonos pasaron la noche en el suelo, boca abajo, encima del chaquetón doblado.

Al suyo le entró un mensaje a la una y diez y otro a las dos menos veinte, y ninguno de los dos alargó el brazo; por la mañana resultó que eran de Vicent, que a esas horas en esa casa no duerme nadie, y que preguntaban por la hoja de ruta del camión de Elche y por si el jueves subía el de la miel a las siete o a las nueve.

Seguramente es lo primero que Jaume Llorca deja sin contestar en diez años.

Yo tenía medio pelo pegado a la sien y esa raya de luz de farola que entra por mi persiana desde el día que firmé el contrato.

—No quiero irme .

Lo dije sin aviso y sin que viniera a cuento de nada, como quien dice una hora.

Él no se movió.

—¿De aquí?

—De aquí. De Alicante. De la fábrica, de la caseta, de la señora de Villena que vuelve todos los sábados a por tres…

—De aquí.

Me oí a mí misma abriendo la boca para preguntarle por el estuche del año que viene.

Me la oí perfectamente. El sábado de madrugada, en una nave con una máquina enfriándose, este hombre me había abierto esa misma puerta a propósito para que me fuera por donde me voy siempre.

No la cogí. Aquella noche pensaba cogerla yo sola.

—¿Y el…?

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Ibas a decir «estuche».

—Iba a decir «estuche» —reconocí.

—Pues hoy no hay estuche.

Se durmió once minutos después, boca abajo, con un brazo cruzándome la cintura y el peso entero puesto encima de ese brazo. Duerme igual que la gente que lleva desde los veintisiete levantándose a las cinco y veinte.

Me desperté a las tres y cuarenta.

Esa hora en un tercero de Benalúa suena a muy poco: una moto subiendo por la ronda, la nevera, el vecino del cuarto que se levanta a beber agua y no enciende la luz.

La conozco con detalle desde hace seis años y medio.

Y la he pasado siempre en la misma postura, boca arriba, echando cuentas de cosas que ya no se pueden calcular.

Aquella noche había alguien despierto al lado. También boca arriba, con las manos cruzadas encima del pecho, mirando mi techo igual que se mira el cuadro eléctrico de una nave.

—¿Qué haces?

—Cuentas.

—Te he dicho que no.

—Estas no son de esas.

Se incorporó y apoyó la espalda en el cabecero. El travesaño volvió a decir lo suyo y los dos hicimos como que no. Tenía la libreta a dos metros, en el bolsillo del pantalón, encima de la silla, y no fue a buscarla, cosa que difícilmente habría dejado de hacer el 15 de septiembre.

—Mañana sale el camión a las siete —dijo—. A las nueve te llevo una cosa impresa.

—¿El qué?

—Cuarenta y una páginas.

Yo sabía de qué páginas hablaba. Las rubriqué de pie en el rellano de la tercera planta el 10 de octubre, con su chaqueta encima de los hombros y con Álex Ferrándiz delante mirándose los zapatos.

Hasta esa noche habían sido para mí uno de esos papeles que uno firma sin leer porque los firma todo el mundo.

—¿Y por qué impresas?

—Porque las escribí yo. —Se quedó callado un momento—. Y lo que uno ha escrito se lee delante de la persona a la que se lo ha hecho.

—Jaume .

—Dime.

—Si mañana me lo traes impreso, ya no vas a poder decir que esto no ha pasado.

—Por eso lo traigo.

Volvió a tumbarse. Le puse el pie helado en la pantorrilla a propósito, para ver qué hacía, y no dijo nada, que en él es un acontecimiento.

Se levantó a las cinco y veinte sin despertador. Ese hombre no ha usado un despertador en su vida y además lo cuenta como si fuera un mérito.

Lo oí desde la cama. El cajón de la cocina. Cuatro pasos. Catorce vueltas a un tornillo con el mango de un cuchillo de untar.

—Jaume.

—Dos minutos.

—Que te vas a quedar sin camión.

—El camión sale a las siete. —Apretó otra vez—. Era el travesaño.