18 · Jaume
Las botas llevaban ocho semanas y media en el altillo del despacho de Alicante, dentro de la bolsa de la tienda, con el tique grapado por dentro y detrás de una caja de folios.
Ocho semanas y media. Uno se cree que dirige una fábrica y luego resulta que no es capaz de bajar una bolsa de un altillo.
A las siete de la mañana ya estábamos cortando.
La barra prensada el sábado había cumplido sus cuarenta y ocho horas a las seis y media.
Vicent la probó con el pulgar y dijo que sí con la barbilla.
A partir de ahí aquello fue una cadena de gente pasándose cajas: Maribel, Tere, Ximo y dos más que vinieron sin que nadie los llamara.
Cuatro mil ciento veinte cajas montadas, contadas y puestas en palé a las cuatro y media de un día festivo.
Le pagué el día a cada uno al precio del sábado, aunque no me lo habían pedido, y se lo dije a mi tía Reme por escrito antes de que se enterase por la nómina.
Rafa le puso la mano a la caja de la chumacera cuatro veces a lo largo de la mañana y las cuatro dijo «templada», que en su idioma significa que él sigue teniendo razón y que de momento no pasa nada .
A las nueve y diez apareció Álex Ferrándiz por la puerta del comedor con la carpeta azul debajo del brazo y la cara del hombre que viene a cumplir un trámite consigo mismo.
—Es festivo, Álex.
—Vengo a cobrar, que lo dejé dicho por escrito.
Mi abuela estaba sentada a la mesa de formica con el cuentahílos y un vaso de agua. No dijo nada. Se levantó, se fue al almacén, volvió con dos cajas de doce y una suelta, las dejó encima de la mesa y las contó en voz alta hasta cuarenta y tres.
—Cuarenta suyas y tres mías —dijo Álex—. Ciento ochenta y nueve con veinte.
—Ya sé lo que es.
—Señora, yo no he ganado nada. Ha ganado el reglamento.
—Por un día, hijo.
—Álex.
—Dime.
—¿Y qué va a hacer usted con cuarenta y tres tabletas de turrón?
—Repartirlas —dijo, perfectamente serio—. En la oficina, el jueves, con un listado.
Álex se llevó las cuarenta y tres tabletas a su coche en dos viajes, y por el camino le preguntó a Tere si la casilla había que tacharla con dos rayas o si con una bastaba. Tere le dijo que dos. En esta casa siempre son dos.
Yo lo estuve viendo desde la puerta. Y pensando una cosa que no le dije a nadie. Mi abuela acababa de pagar ciento setenta y seis euros por perder. No es una apuesta. Es un aviso con tiza .
Subí al despacho y saqué la libreta.
El plan lo tenía escrito desde la noche anterior, en la última hoja, y tenía cinco puntos. No puse un sexto a propósito, por razones que no pienso explicar aquí.
Uno: dejar el coche en el aparcamiento de la Rambla a las siete menos cuarto.
Dos: la Explanada de sur a norte. Tres: el belén de la plaza del Ayuntamiento a las ocho.
Cuatro: cenar. Cinco: estar de vuelta antes de las once y media, porque a las siete de la mañana del martes salen cuatro mil cajas para Elche.
El domingo por la tarde había tenido reservada una mesa en un sitio del casco antiguo con mantel de hilo.
La anulé a las siete y dos minutos, cuarenta segundos después de acordarme de lo que me había dicho en la báscula, y el hombre del teléfono me deseó feliz Navidad con una frialdad que me tengo merecida.
El punto uno se cayó a las siete menos trece.
El aparcamiento de la Rambla estaba completo, el de la plaza también, y acabamos a doce minutos andando, en una calle detrás de la estación de autobuses, entre un coche con la alarma puesta y una furgoneta de flores.
—Punto uno —dijo ella.
—El punto uno era orientativo.
—¿Cuántos puntos hay?
—Cinco.
—¡Cinco! —Se rio con toda la boca, sin taparse—. Claro que sí. Cinco.
Alicante en el puente es otra ciudad. La Rambla llevaba las luces encendidas desde el día 28, colgadas de lado a lado en cortinas, y la gente andaba por mitad de la calzada porque a esas horas ya no cabe en la acera.
En Alfonso el Sabio había una banda de música tocando delante de una churrería.
Un niño lloraba encima de los hombros de su padre con un globo atado a la muñeca, que es la postal exacta del ocho de diciembre en esta provincia.
La Explanada la hicimos de sur a norte, como estaba escrito, por la acera del puerto y no por la de las casetas.
No sirvió de nada.
—¡JEFE!
Nuria despachaba en la treinta y uno con un gorro de lana y las manos moradas. Nos vio desde cuarenta metros, por encima de tres filas de gente, y saludó con las dos manos abiertas igual que se saluda a un barco.
—¡Jefe, que llevo doscientas veinte desde las once!
—¡Muy bien, Nuria!
—¡Y la señora de Villena ha vuelto y se ha llevado tres!
Candela levantó el pulgar y seguimos andando. A los veinte pasos me dijo, sin mirarme:
—Mañana lo sabe la fábrica entera.
—Lo sabe desde el viernes.
—Ya. Lo digo por decir algo.
El belén municipal lo montan en la plaza del Ayuntamiento, encima de una tarima, con la cuesta del castillo detrás y las figuras casi de tamaño natural. Hay un río de papel de plata, un molino que da vueltas y un pastor al que alguien le ha puesto un paraguas. Había cola para pasar por delante.
Ahí me pararon dos chicas de dieciséis o diecisiete años.
—Perdona, ¿tú eres el del turrón?
—Soy Jaume Llorca, sí.
—¡Ay, es él! —dijo la otra—. ¿Nos haces un vídeo para mi abuela? Mi abuela te tiene manía porque dice que hablas como un notario.
—Su abuela lleva razón. Dígaselo usted de mi parte, que yo hablo así desde los veintitantos y ya difícilmente lo arreglo.
Les hice el vídeo. Doce segundos, diciendo su nombre y que las peladillas se toman a temperatura ambiente. Se fueron chillando y yo me quedé con la sensación rara de haber hecho algo por lo que en mi casa se ha pagado un precio.
Candela no dijo nada durante un rato. Después:
—Se te da bien.
—Se me da menos mal que en octubre.
—No. —Se paró delante del molino—. Se te da bien, Jaume. Y no te lo digo de cumplido. Te lo digo como dato: tres meses y medio de campaña y acabas de hacer gratis lo que el año pasado no se compraba ni por dieciocho mil euros.
—¿Y por qué pone usted esa cara?
—Porque cuando algo funciona demasiado bien, el siguiente que llama es alguien de la tele.
—Pues que llamen.
—Jaume…
—Lo digo en serio. Que llamen y ya veremos. —Nos apartamos para dejar pasar un carrito—. Lo que no voy a hacer es decidirlo hoy en una plaza con un pastor con paraguas detrás.
—Vale.
—Vale .
Ella lo dejó ahí, y se lo agradecí, porque las dos cosas que podía haberme dicho a continuación me las sé de memoria y las dos tienen razón.
El punto cuatro se cayó entero. En el casco antiguo no había una mesa libre ni de pie. Acabamos comprando dos bocadillos de sepia en un sitio de la calle Mayor donde se pide en la barra y se paga antes, y nos los llevamos al muro del Postiguet con dos latas.
Me senté.
Me senté en el muro, con el bocadillo en las dos manos y la espalda encorvada, y me lo comí sentado de principio a fin, que no lo hago desde que tengo carné de conducir.
Ella comió de pie, apoyada en el muro, de cara al agua.
—En su casa —dije—, el que come de pie es que se va.
No contestó a eso. Se sentó a mi lado en el muro y se le quedaron los pies colgando a un palmo de la arena. Estuvimos un rato largo mirando el faro del puerto y una draga iluminada que lleva desde octubre fondeada en el mismo sitio.
Pasó un hombre con dos perros. Pasó una pareja discutiendo por una plaza de garaje. En la playa, a esas horas del ocho de diciembre, había cuatro adolescentes sentados en corro y uno de ellos se metió en el agua hasta las rodillas para demostrar algo.
Llegamos a la báscula a las once y veinte, dentro del horario.
Apagué el motor y no bajé. Alargué el brazo a la parte de atrás, saqué la bolsa y se la puse en las rodillas.
—Ábrala arriba, que aquí no se ve.
—¿Arriba dónde?
—Arriba.
—Jaume, son las once y veinte y mañana…
—Cuatro minutos.
Los veintidós escalones de hierro del muelle los subió ella delante, agarrada al pasamanos, y yo detrás con la linterna del móvil. Arriba hacía un frío de ocho de diciembre que sube del patio y se mete por las mangas, y los sacos de largueta seguían donde siempre, debajo del alero.
Peladilla estaba en el saco tercero, en el mío, hecha una rosca. Nos miró llegar con la media oreja tiesa y no se movió.
Candela abrió la bolsa.
—Botas.
—Del treinta y ocho.
—Del treinta y ocho —repitió, y les dio la vuelta para verles la suela—. Jaume, ¿tú cuándo compraste esto?
—El 11 de octubre.
—El once de octubre.
—A la una del mediodía. —Me apoyé en la barandilla—.
Se las compré para los bancales, porque en el de Paco Sempere usted iba con unos zapatos que no se sostienen en piedra suelta y estuve todo el rato pendiente de que no se torciera un tobillo, y luego no supe cómo dárselas sin que pareciera otra cosa.
Y mientras tanto se han quedado sin temporada.
Así que ahora ya no son para los bancales.
—¿Y para qué son?
—Los almendros de Paco florecen a mediados de febrero. Nueve hectáreas en bancales, todo blanco, y dura ocho o nueve días. —Miré la carretera—. Febrero está después de enero.
Ahí lo dije todo. No sé decirlo de otra manera y ella lo entendió a la primera, como entiende todo lo que en esta casa no se dice.
Se quedó con las botas contra el pecho, una en cada mano, como se sujeta algo que todavía no se sabe dónde va a ir.
—¿Tú sabes lo que es esto, Jaume?
—Un par de botas del treinta y ocho.
—Es la primera vez que alguien me regala algo para dentro de dos meses. —Se le fue la voz un punto y volvió—. A mí me han regalado flores. Bombones. Un fin de semana en Sanxenxo. Nunca nada que hubiera que esperar.
Desde ahí arriba se ve bajar la carretera con las luces de dos camiones. También se distingue, a cuarenta metros, la ventana de la cocina de mi abuela, que a esa hora estaba encendida y que se apagó a los dos minutos, cosa que no me creo.
Hice la cuenta, porque la hago todo el rato y aquella noche la hice en voz alta.
—Faltan siete días para que las cadenas cierren pedido —dije—. Y dieciséis para que mi abuela vote en su comedor.
—Siete y dieciséis.
—Siete y dieciséis.
—Pues no me los digas más.
—Candela…
—Jaume.
Y no contesté «dime» .
Por primera vez desde el 15 de septiembre no contesté nada. Le quité las botas de las manos, las dejé encima del saco y la besé, y ella tenía las manos frías y me las puso en el cuello para que me enterara bien.
Fue largo. No fue un casi. Se le cayó el gorro y ninguno de los dos se agachó a por él.
En algún punto de todo aquello, Peladilla se levantó del saco tercero, se estiró entera y bajó los veintidós escalones sin mirar atrás. En seis años esa gata no se ha ido nunca de un sitio donde estuviera pasando algo interesante.
Hay cuarenta y una páginas firmadas por veintiocho personas que dicen exactamente lo que acababa de ocurrir en esa azotea y lo que hay que hacer a continuación. Las escribí yo en tres tardes de agosto. Ninguno de los dos las nombró.
Bajé detrás de ella, recogí el gorro y le abrí la puerta del coche.
—Jaume.
—¿Qué?
—Son las doce menos veinte y mañana salen cuatro mil cajas.
—Salen a las siete.
—Pues entonces nos sobran siete horas.