Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 17 · Candela
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17 · Candela

Cuatro barras del día anterior, un kilo y medio de tomates de pera, seiscientos gramos de jamón serrano, dos latas de aceite y un cuchillo de sierra de tres euros con veinte del bazar de Pardo Gimeno.

Con eso salen veinticuatro bocadillos. Lo sé sin contarlo.

Jaume levantaba la persiana del muelle con las dos manos.

—Buenos días, señora Ruiz.

—Buenos días. He traído pan.

—Maribel también ha traído pan.

—Pues ya tenemos pan para un regimiento.

Maribel había subido cuatro barras y una bolsa de magdalenas de la pastelería donde compra ella siempre, la de la calle Mayor, y cuando vio las mías dijo que el sábado se come más de lo que uno calcula y que eso lo sabe cualquiera que haya dado de comer a una nave.

Tenía razón. Nos sobraron dos barras y no sobró ni una magdalena.

Éramos ocho y Pepe, que no estaba apuntado y apareció a las seis y cuarto con la cazadora encima del pijama y anunciándolo desde la puerta: «¡yo no vengo a trabajar, que vengo a mirar!

». Los ocho los eligió Vicent el miércoles, uno por uno y sin darle explicaciones a nadie: Rafa al grande, Maribel al envasado, Tere a lo que hiciera falta, más Ximo, Paqui, Toñi, que suman entre los tres cincuenta y dos campañas en esa nave y a los que yo, hasta ese sábado, había visto solo de lejos.

A un grupo de gente yo la reparto por tramos sin darme cuenta.

Lo hago desde que tengo uso de razón. Aquella mañana empecé a hacerlo en el comedor mientras untaba tomate y a las nueve se me había olvidado, porque Paqui me estaba explicando que su hijo pequeño trabaja en una nave de logística de San Vicente y que también entra a las seis, y a mí lo único que me interesaba era eso.

El boixet grande arrancó a las seis y dos. Un golpe cada segundo y medio, catorce horas por delante. En esa nave, con el grande en marcha, no se oye nada: se habla de cerca, gritando un poco, o se señala. A media mañana ya nos entendíamos señalando.

Corté veinticuatro bocadillos en cuarenta minutos, los envolví en papel de estraza y le puse a cada uno el nombre de su dueño con rotulador, porque si no los nombras, el primero que pasa se lleva el más gordo.

Jaume miró la fila de paquetes encima de la mesa de formica como se mira un albarán bien hecho.

—¿Usted ha hecho esto antes?

—Otro día.

—Ya. —Levantó un paquete, leyó el nombre y lo dejó en su sitio—. Es que veinticuatro bocadillos rotulados no los hace una persona que…

—Jaume.

—Nada. Perdone.

El grande empezó a calentar a las ocho y diez.

Rafa lo paró él solo, sin preguntarle a nadie, y le puso la mano encima a la caja de la chumacera con esa cara de médico de pueblo que se le pone cuando tiene razón.

—¡Dos horas! Que se enfríe dos horas y sigue.

—¿Y si no? —dijo Jaume.

—Si no… la partimos, y nos quedamos sin diciembre entero.

Maribel, Tere, Ximo, Paqui y Toñi se fueron a las nueve.

Vicent aguantó hasta que el grande volvió a arrancar, a las diez y media, y se marchó con el trapo colgado del hombro diciendo que él a estas alturas ya no vale para las noches.

Pepe llevó a Tere a Xixona y volvió a por Rafa a las doce, y Rafa no se quiso ir: se tumbó en el banco del comedor con la alarma puesta y a los cuatro minutos roncaba como una caldera.

Nos quedamos Jaume, yo, cuatro mil cajas por delante y una máquina enfriándose.

Aquel sábado se lo firmó él a precio de festivo el martes, sin discutirlo con su tía y sin pedirle a nadie que le diera las gracias.

Yo había vendido doce mil cajas por teléfono en once minutos, cuatro mil de ellas las que estaban saliendo aquella noche, y llevaba desde entonces con la cuenta dándome vueltas, seguramente porque es el primero de toda mi carrera que se paga en horas de gente a la que conozco por su nombre.

En la repisa de la nave hay un transistor con una pegatina de una feria de maquinaria.

Lo puso ahí Vicent y lo deja siempre en la misma emisora, una de Alcoy que de noche hace un programa de llamadas: gente que no duerme y llama para pedir canciones y para contar cosas.

Una señora de Cocentaina pidió algo de cuando ella era joven y no dijo qué.

Con el grande en marcha la radio no se oye. Con el grande parado, se oye demasiado.

Peladilla vino desde el pasillo a las doce y media, se subió a la repisa y se sentó encima del transistor. Con las seis patas, o las que tenga, movió la rueda del volumen y lo dejó en un murmullo que había que ir a buscar con la oreja. Ninguno de los dos lo tocamos en toda la noche.

Estábamos sentados en dos sacos, con la espalda contra la pared de la caldera, esperando a que la pasta del último molde llegara a punto.

—Señora Ruiz.

—Candela. Son las doce y media.

—Candela. —Se pasó las manos por las rodillas—. El jueves 27, ese hombre le preguntó a usted por Loli.

—Sí.

—Y yo no tenía ni idea de quién era Loli. Llevo diez días con eso, y no es asunto mío, y aun así llevo diez días.

Miré el transistor. Miré a la gata.

—Loli es mi madre.

Llevaba veinte horas despierta y me quedaban seis por delante, así que se lo conté todo de una vez. Es la única manera que tengo de contar esto.

Casa Loli estaba en la calle de la Sierra de Cadí, en Vallecas, a ciento veinte metros de mi portal.

Lo abrió mi madre en el noventa y dos con mi tía Puri y con un préstamo que les dio un cuñado del que ya no se habla.

Seis mesas y la barra. Veintidós desayunos entre las siete y las nueve, menú a ocho cincuenta con dos primeros y dos segundos, y una clientela que salía entera de dos sitios: un taller de chapa de la acera de enfrente y un almacén de recambios que había a la vuelta.

Yo me puse detrás de esa barra a los once años, de pie encima de una caja de Casera, porque no llegaba al grifo de la cerveza.

Ahí aprendí a cantar en voz alta lo que estoy haciendo. Eso no es mío: es de mi madre.

Ahí aprendí a llevar el cambio por columnas, a pasar la bayeta entre cliente y cliente y a mirar una barra llena y saber quién se va a ir sin pagar.

Y ahí aprendí lo otro, lo de repartir a la gente en tramos, que en Madrid me pagan por hacerlo con una hoja de cálculo y en la calle de la Sierra de Cadí se hacía con la puerta.

En 2013 el taller se llevó la chapa a Villaverde.

En 2015 mi madre reformó. Barra nueva, cocina nueva, la terraza.

Cuarenta y ocho mil euros con un préstamo a siete años.

En 2017 el casero le subió la renta y le explicó que el barrio estaba cambiando, y era verdad, solo que no estaba cambiando hacia ella.

El nombre estaba pintado a mano encima de la puerta, en letras rojas con sombra azul, y lo pintó un cliente que trabajaba en rotulación y que se lo cobró en cañas durante año y medio.

Cerró en junio de 2019 debiendo sesenta y un mil euros.

—¿El local era suyo o de alquiler? —preguntó él.

—De alquiler. Veintisiete años de alquiler.

—Ya .

No dijo nada más. Se había quedado con la cabeza vuelta hacia la máquina parada, igual que se queda cuando escucha la masa, y me di cuenta de que me estaba escuchando exactamente así: por el ruido, buscando si aquello chascaba, no se oía o silbaba por los lados.

—Falta la parte que no queda bien —dije.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

En 2018, en una sala de Madrid con una máquina de café estropeada detrás, escribí una campaña para unas patatas fritas.

Se llamaba «Vuelve a casa». Iba de gente que vuelve al barrio por Navidad y se encuentra el bar de siempre abierto.

Ganó premios, la puso todo el mundo, y arriba del todo, donde va la firma, iba el nombre de mi jefe, porque mi jefe llevaba la cuenta y en aquella casa las cosas se firmaban así.

Mi jefe era Rodrigo. Llevábamos juntos desde el diecisiete y lo dejamos en septiembre del diecinueve, así que fueron dos años justos.

Mi madre bajó la persiana de Casa Loli el 14 de junio de 2019.

Yo estaba en Zaragoza, en un rodaje de tres días, grabando a una señora que abría una bolsa de patatas en una cocina de atrezo.

No fui. Podía haber ido. Me lo ofrecí dos veces y las dos veces mi madre me dijo que no hacía falta, y yo me agarré a eso con las dos manos, porque a mí un no blando me lo sé leer en cuatro idiomas y aquella vez decidí leerlo mal.

Escribí «Vuelve a casa» y no volví. Eso es todo. No hay más.

—Los sesenta y un mil —dijo Jaume .

—Entre lo que sacó de la maquinaria y lo que le perdonó el de las bebidas se quedaron en veintitrés mil a nombre de mi madre. Esos los pagué yo. Mil ciento cincuenta al mes durante veinte meses, y la última transferencia el 4 de febrero de 2021. Al día siguiente firmé la baja en Snacks Iberia.

—¿Y se quedó usted allí veinte meses?

—Me quedé veinte meses trabajando para el hombre que había firmado lo mío.

—Me froté la cara con la manga—. Y no porque fuera un canalla, que es lo que quedaría bonito.

Rodrigo nunca me ha mentido ni una vez. Le pedí que dijera en una reunión de quién era la campaña y me contestó «¿y qué más da?

». Ahí se acabó. Pero me quedé, porque cobraba dos mil cuatrocientos limpios y había veintitrés mil que no se pagaban con dignidad.

El grande seguía parado. La señora de Cocentaina había colgado hacía rato y en la radio hablaban del tiempo de mañana.

—En 2009 mi tía Reme pagó dos nóminas de su bolsillo —dijo él—. Me enteré seis años después, y no por ella.

—Ya.

—Seis mesas y una barra. Veintidós desayunos. —Lo dijo mirando la máquina—. Eso son más de cien personas al día que sabían su nombre. Eso no se pierde: eso se cierra, que es distinto.

No me consoló. No me puso la mano encima, que es lo primero que hace prácticamente todo el mundo y lo que yo llevaba media hora temiendo. No me dijo ni una sola vez que no fuera culpa mía, y se lo agradecí como no le he agradecido nada a nadie.

Después de un rato largo, preguntó:

—¿Y el estuche del año que viene? ¿Lo tiene ya pensado?

Me estaba abriendo la puerta para que me fuera por donde me voy siempre.

—Lo tengo pensado —dije—. Pero hoy no.

La segunda tanda de bocadillos la hice a las cuatro y diez.

A las cuatro de la mañana un bocadillo de jamón con tomate vale más que un discurso. Desperté a Rafa, le puse el suyo en la mano y se lo comió con los ojos cerrados.

En el comedor, encima de la pizarra, el fluorescente lleva parpadeando desde marzo igual que el de la nave y nadie lo cambia.

Arriba a la derecha había una casilla nueva.

«¿LA INVITA A CENAR ANTES DEL PUENTE?»

«Sí — 40. A. Llorca.»

«No — 3. A. Ferrándiz.»

Y debajo, en un renglón añadido con letra de oficina:

«Pendiente de cierre el lunes 8, en horario laboral. A. F.»

Cuarenta tabletas. Ciento setenta y seis euros de la presidenta de esta casa, escritos con tiza gorda en una pared de su propia fábrica y a la vista de toda la plantilla y de la cuñada de Pepe el Rulo, o sea, de media provincia.

Me quedé delante de esa pizarra con el cuchillo de tres veinte en la mano. Maribel no estaba, Tere no estaba, no había nadie a quien preguntarle nada.

Me comí mi bocadillo de pie, apoyada en la mesa de formica, y volví a la nave.

El último molde salió a las cuatro y cuarenta. Rafa paró el grande, le puso la mano en la caja de la chumacera, dijo «templada» y se fue a dormir de verdad.

A las siete menos veinte estaba amaneciendo por el lado del cerro y yo llevaba veinticinco horas de pie.

Jaume bajó conmigo hasta la báscula. Llevaba la libreta en la mano y no apuntó nada.

—Candela.

—Dime.

—Mi abuela ha perdido una apuesta por mi culpa.

—Cuarenta tabletas —dije—. Lo he leído.

—Ciento setenta y seis euros. Esa cuenta la había hecho yo antes que usted… —Se paró—. Perdone. Es un tic. —Se quedó mirando la carretera vacía—. Se la quería contar antes de decirle lo otro, para que no se mezclen las dos cosas. La apuesta se perdió anoche a las doce y lo de ahora es mío.

—¿Y qué es lo de ahora?

—El lunes encienden el belén grande, el del Ayuntamiento. —Se cambió la libreta de mano—. ¿Ha visto usted las luces de Alicante este año?

—No he tenido tiempo de verlas.

—Ya. —Dijo la frase entera de usted, sin que le temblara nada—. ¿Quiere que se las enseñe el lunes y cenamos?

Llevaba veinticinco horas despierta, tenía harina en el pelo y acababa de contarle a ese hombre lo único que no le cuento a nadie.

—Sí —dije—. A las siete, y no me lleves a un sitio con mantel.