Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 16 · Jaume
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16 · Jaume

Tere subió a la nave con el cuaderno de hule apretado contra el pecho y una frase que se había aprendido de memoria por el camino.

—Dice tu abuela que a las nueve, en su cocina, y que no cenes.

—¿Eso ha dicho?

—Eso. Y lo de no cenar lo ha dicho dos veces.

—¿Estaba sentada o de pie?

—Pues… —Tere se lo pensó. Tiene diecinueve años y hace tres meses que descubrió que en esta casa las preguntas raras son las importantes.

—Sentada. Estaba sentada.

Malo.

Eran las seis y veinticinco de la tarde del viernes 5 de diciembre y yo estaba en envasado con Rafa, una lista de ocho nombres y el albarán de Novelda, que no me cuadraba por nueve céntimos.

Los nueve céntimos los había buscado durante cuarenta minutos.

Los encontré en un redondeo del porte y me quedé igual de contento que si hubiera encontrado nueve mil.

Los dos mil seiscientos estuches de más habían entrado el miércoles a las cinco y diez, en cuatro cajas mal atadas, con el recargo de once céntimos por unidad.

El jueves salieron ocho mil para la plataforma de Elche y el camión entró por el muelle siete a las siete y cuarenta, con dos horas y veinte de margen. Eso, en diciembre, es lo más parecido a una victoria que se le concede a uno.

La lista de los ocho la hizo Vicent por teléfono el miércoles, sin darle explicaciones a nadie, y en ella puso a Ximo, a Paqui y a Toñi, que llevan de campaña en esta casa entre once y veintitrés años.

Un sábado de puente se paga al ochenta por ciento más.

Ochocientos noventa euros de mano de obra para fabricar cuatro mil cajas que ya están vendidas desde el lunes a las siete menos tres minutos.

—Mañana a las seis —le dije a Rafa—. ¿La chumacera?

—Engrasada esta tarde. Y apretada.

—¿Aguanta catorce horas?

—Aguanta. —Se limpió las manos en el trapo del hombro—. Yo ya dije en octubre lo que tenía que decir.

—Lo sé.

—Y lo dije delante de Vicent.

—Rafa.

—¡Que conste!

En envasado quedaban dos palés a medio precintar, la flejadora con la cinta encallada y un rollo de film estirable apoyado contra el pilar.

Lo apunté en la libreta para el martes. La flejadora la arreglo yo con un destornillador de estrella y quince minutos, aunque nunca dispongo de los quince minutos seguidos.

Con Rafa es la cuarta vez esta semana, y piensa seguir hasta Reyes. Se lo tengo merecido y encima me cae bien.

Mi abuela me ha citado en su cocina tres veces en diez años.

La primera, para decirme que la dirección de la casa la cogía yo.

La segunda, para avisarme de que mi tía Reme no iba a pedir perdón jamás y de que me fuera haciendo a la idea.

La tercera fue en marzo y era por el perro de Pepe el Rulo, que se había comido media caja de guirlache y no se murió de milagro .

De la puerta de la nave a la de su casa hay cuarenta metros, un patio y ciento ochenta sacos debajo de una lona, y aquella noche los hice más despacio de lo que los he hecho nunca.

En el pasillo de su casa hay nueve fotografías enmarcadas.

A una le falta el cristal. Lleva así desde que tengo memoria y en la calle Mayor de Xixona hay una cristalería que corta un cristal de ese tamaño en cuatro minutos y lleva abierta cuarenta años.

Yo firmo el mantenimiento de todo lo que hay en esta casa, incluidos los extintores.

Pasé por delante sin pararme, como todos los días.

Peladilla estaba en la silla de la cabecera, hecha una rosca encima del cojín de ganchillo.

Mi abuela la levantó por debajo de la barriga, la dejó en el suelo y me señaló esa silla con la barbilla.

—Siéntate ahí.

—Ahí te sientas tú.

—Hoy te sientas tú.

La gata se fue hasta la puerta del pasillo y se quedó mirándonos de frente desde el quicio, con la media oreja tiesa. Hace lo mismo cada vez que la mudan de sitio sin consultarle.

En el hule había dos platos, media barra, una fuente de pericana —bacalao con ñoras y ajos, machacado con aceite— y una tableta de blando sin envolver al lado del cuchillo del pan.

El fogón tenía puesta la boca grande, con una cazuela de barro tapada con un plato.

La tercera se estropeó cuando yo estaba en el instituto y ella sostiene que con tres bocas se come igual.

—¡Come, hombre, que se enfría!

—He cenado.

—Has dicho que no ibas a cenar.

—He dicho que no iba a cenar y luego he cenado un plátano y un puñado de peladillas rotas en la báscula.

—Pues ahora cenas otra vez.

Comí. Con mi abuela se come.

Esa mujer cocina de pie, con el delantal atado dos vueltas y sin probar nada.

Sala al principio y no vuelve a acercarse a la cazuela, porque dice que el que rectifica es que no sabía.

El calendario de la ferretería sigue colgado en agosto de 2011 y yo he dejado de preguntarle por qué, porque la respuesta lleva quince años siendo la misma y es que agosto de 2011 tenía los números grandes.

—¿Qué te ha contado Tere?

—Tere no cuenta nada.

—Tere no cuenta. Tere apunta, y apuntar es peor. —Mojó pan—. Mañana abrís a las seis.

—A las seis. Somos ocho y Pepe, que no está apuntado y vendrá igual.

—¿Y la de Madrid?

—La señora Ruiz va a hacer bocadillos.

—La señora Ruiz. —Dejó el pan encima del hule—. Tú a esa mujer la llamas señora Ruiz hasta cuando estás dormido.

—La llamo como se llama.

Cogió el cuchillo y partió la tableta encima del hule, sin plato. En esta cocina el turrón se ha partido siempre así, desde antes de mí. Me empujó un trozo.

—He apostado cuarenta tabletas a que la invitas a cenar antes del puente.

Dejé el tenedor.

Cuarenta tabletas, a cuatro cuarenta la unidad para los de dentro, son ciento setenta y seis euros. La cuenta me salió sola y por una vez habría preferido que tardara.

—Ciento setenta y seis euros.

—Ya lo sé. Los pago yo.

—Iaia, el puente empieza mañana.

—Pues corre.

Me quedé mirando la lata de aceite de cinco litros donde tiene el geranio desde hace por lo menos quince años.

—Yo soy su jefe.

—Y yo he sido la jefa de todo el que ha pasado por esa nave desde el cincuenta y ocho, y he cenado con todos ellos.

—No es lo mismo.

—No —dijo—. No es lo mismo.

Eso me descolocó más que si me hubiera llevado la contraria. Mi abuela no regatea. Te da la razón en lo que tienes razón y luego sigue por donde iba, y cuando te quieres dar cuenta estás en su casa comiendo pericana a las nueve de la noche.

—Hay un reglamento en esta casa —dije—. Cuarenta y una páginas. Lo escribí yo.

—Ya sé quién lo escribió. Yo no te he hablado de ningún papel. Te he hablado de una cena.

—El quince cierran pedido las cadenas.

—Y el veinticuatro voto yo. ¿Y qué?

—¿Cómo que y qué?

—Pues eso. ¿Y qué? —Se echó atrás en la silla—. Que a mí se me van a acabar las dos cosas el mismo mes, nano, y de una me estoy ocupando yo.

—Iaia.

—Dime.

—¿Por qué lo has escrito en la pizarra?

—Porque en esta casa lo que no está en la pizarra no ha pasado. —Se limpió las manos en el delantal—. Y porque quiero que lo vean.

—Lo van a ver, iaia. Lo ha visto ya hasta el de la miel…

—Que lo veas tú, que eres el único que entra en ese comedor y no mira la pared.

Ahí no tenía nada que contestar, porque es verdad. Yo entro en ese comedor a por agua, cuento los vasos que faltan y me voy.

Ella empujó el segundo trozo de tableta hacia mi lado de la mesa.

—Cuando tú tenías nueve años había gente en este pueblo que te paraba por la calle para que dijeras la frase.

—Iaia.

—¿Y tú qué hacías?

—Me iba.

—Te ibas. Cruzabas a la acera de la farmacia y te ibas. —Se quedó con las dos manos abiertas encima del hule—. Llevas veintinueve años cruzando de acera.

—Yo no he venido a hablar de eso.

—Yo tampoco.

Fuera se oía el compresor, que no lo apagamos hasta las diez, y la televisión de los vecinos de la esquina, que la sintonizan a un volumen de conferencia. Estuvimos así lo que se tarda en partir una tableta en cuatro.

—Nano, tú tienes la gracia de tu padre y la cabeza de tu madre. Usa las dos.

—Tengo la cabeza de mi madre.

—Y la gracia de tu padre.

—No la quiero.

—Ya lo sé. Llevas dieciocho años no queriéndola y se te nota desde la báscula.

A mí, cuando algo me toca donde no toca nadie, me da por hablar largo. Ella me lo ha dicho, Álex me lo ha dicho y me lo dijo el otro día una mujer de Vallecas dentro de un ascensor parado.

—Con todo el respeto, iaia, yo llevo diez años dirigiendo esta casa precisamente a base de no tener gracia ninguna, y me parece, con los números delante y no de oídas, que a la fábrica le ha ido razonablemente bien con eso, teniendo en cuenta de dónde salimos, lo que había que pagar los primeros años y lo que costó cada uno de los trimestres que tú no quieres que te recuerde; de manera que si a estas alturas se espera de mí que…

—Para.

Paré.

—Tu madre aguantó aquí tres años más de los que habría aguantado cualquiera —dijo—. Y después se fue a Valencia con lo puesto y sin decirle una palabra fea a nadie, ni a mí, que era la que peor se lo había puesto. Eso también es cabeza. No te creas tú que la cabeza es solo hacer cuentas.

Yo llamo a mi madre los domingos a las doce. Hablamos veinte minutos, casi siempre de mi hermano de Godella, que no es mi hermano, y en dieciocho años me ha preguntado por esta fábrica cuatro veces. Las he contado. Cuento cosas.

—Una pregunta, iaia.

—Una.

—¿Tú qué prefieres? ¿Que la campaña crezca el veinte por ciento o que yo la invite a cenar?

—Las dos cosas, y en ese orden. —Se levantó a por más pan—. Y no soy tonta, nano. Sé perfectamente lo que estoy haciendo con las dos.

Me dio el resto de la tableta envuelta en una servilleta de papel y me echó de su casa a las diez menos veinte, con el argumento de que al día siguiente abría yo.

El comedor de la fábrica estaba a oscuras. Encendí el fluorescente de la puerta y me quedé de pie delante de la pizarra verde, cosa que no había hecho en los diez años que llevo entrando por esa puerta a por agua.

Arriba a la derecha, en el hueco que dejó libre la casilla de las tomas del rodaje, había una pregunta nueva escrita con la tiza gorda de Vicent:

«¿LA INVITA A CENAR ANTES DEL PUENTE?»

Debajo, dos renglones. El primero, con esa letra grande de señora que escribe las listas de la compra en el reverso de los albaranes viejos:

«Sí — 40. A. Llorca.»

El segundo, menudo y muy derecho, el mismo que conozco de cuarenta y un folios:

«No — 3. A. Ferrándiz. »

Cuarenta tabletas es más de lo que hay puesto en todas las demás casillas juntas.

La presidenta de esta casa había escrito en una pared, delante de veintiocho personas y de la cuñada de Pepe, exactamente lo que quería que pasara.

Y justo debajo, el hombre que redactó conmigo el reglamento que lo prohíbe había puesto tres tabletas a que no.

Nadie más había apostado. Cuando pone la iaia, no pone nadie.

Debajo seguía media pizarra de septiembre y de octubre sin borrar, con las apuestas muertas y sus dos rayas encima. Tres meses de esta casa opinando sobre nosotros dos en tiza, y yo enterándome aquel viernes, de pie, con media tableta en el bolsillo.

A la azotea se sube por la escalera de hierro del lado del muelle, veintidós escalones, y arriba hay sesenta sacos de largueta de la cosecha vieja, resguardados debajo del alero, y una barandilla que mandé cambiar en 2019 porque la de antes era de tubo y bailaba.

Yo subo ahí desde los siete años. Desde ahí se ven los tejados del pueblo, la carretera de Busot con las luces de los camiones bajando, y por encima del cerro, hacia el mar, una claridad naranja que es Alicante y que a esta distancia parece un incendio educado.

Me senté en el saco de siempre, el tercero de la fila del alero, que tiene la arpillera vencida de la forma exacta de un chico de catorce años.

Aquí arriba se oye el pueblo entero cenando.

Aquí arriba se me ocurrió, a los veintisiete, que había que cambiar el troquel, y tardé diez años en hacerle caso a aquel chico .

Estuve un rato. Eran las diez y cuarenta. Faltaban ochenta minutos para que empezara el puente y yo tenía en el bolsillo media tableta y un teléfono.

Bajé y le escribí de lo de mañana.

Estimada Candela: mañana abrimos a las seis.

Rafa engrasó y apretó la chumacera esta tarde, así que el grande va a estar catorce horas seguidas y desde el primer minuto no se va a oír nada en toda la nave.

Somos ocho y Pepe, que no está en la lista y vendrá igual.

El pan lo sube Maribel, no se levante usted antes de hora por eso. J.

En medio había escrito tres líneas más, entre la chumacera y el pan. Las borré antes de enviar. No eran de mañana.

Lo otro lo hice sin pensarlo, porque hay cosas que yo solo sé hacer así. Donde llevo diez años firmando con mi nombre entero, mi apellido y un adverbio de cuatro sílabas, puse una letra y un punto. Y le di a enviar antes de leerlo.

Contestó a las once y cincuenta y seis. Cuatro palabras, sin encabezado: el pan lo llevaba ella.

Puse el despertador a las cinco menos veinte. Después me senté en el borde de la cama con el móvil boca arriba encima de la rodilla y esperé hasta las doce y cuarto por si se me ocurría algo que escribirle que no fuera de la fábrica.

No se me ocurrió, y a mi abuela le costó ciento setenta y seis euros.