Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 15 · Candela
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15 · Candela

Hay tres palabras que yo ya no esperaba volver a leer en mi vida.

Lo que venía debajo tenía hora de entrada: las cuatro y siete de la madrugada.

Lo leí de arriba abajo, y luego otra vez sentada en el taburete de la cocina, y tardé más de lo que cuesta leer ciento sesenta palabras.

Después hice lo que se hace cuando llevas razón en el setenta por ciento de un asunto y sabes muy bien cuál es el treinta que te falta: cogí las llaves, bajé los tres pisos sin ascensor y me metí en la autovía camino de Xixona un martes, que no es mi día.

Hay veintiséis kilómetros desde Benalúa hasta la carretera de Busot.

Los hice detrás de un camión cisterna, con la calefacción a tope, repasando en voz alta los argumentos que ya me sabía y sin repasar ni una vez el único que me faltaba.

Pasé el desvío de la Sarga con la radio puesta en un magacín de sucesos y lo apagué al entrar en el túnel.

En la rotonda de la gasolinera me acordé de que llevaba la bayeta de la caseta en el maletero desde el sábado.

El lunes, a las seis y veinte de la tarde, me llamó Chelo Carrasco desde su coche.

Cabecera de góndola en cuarenta y una tiendas, del 4 al 14 de diciembre.

Una cabecera se monta con palés apilados en escalera, un faldón de cartón impreso, un cartel colgado del techo con pescante y, si el jefe de sección te tiene cariño, una moqueta granate debajo.

Va al final del pasillo de conservas o enfrente de las líneas de caja, según la tienda.

Por ahí pasa en diciembre casi todo el mundo que empuja un carro, incluida la señora que no pensaba llevarse turrón hasta que lo ve puesto a la altura de la mano. Las de diciembre están dadas desde el verano. A alguien se le había caído.

Chelo Carrasco compra dulces navideños para ciento cuarenta supermercados, lleva un pinganillo puesto desde 2011 y no rehace su lista de proveedores más que en marzo.

Me lo ofreció porque había visto un anuncio en su salón un sábado por la tarde y porque su jefe de categoría preguntó por nosotros el lunes.

Me daba de plazo hasta las siete.

Doce mil estuches en la plataforma de Elche el jueves 4.

Esa plataforma descarga de seis a doce, en once muelles numerados con pintura amarilla en el suelo. Si tu camión entra a las doce y cinco, tu palé duerme en el aparcamiento, tu cabecera se monta vacía y el lunes te telefonea un encargado al que no conoces para averiguar qué ha pasado.

Lo llamé a las siete menos diecinueve y otra vez tres minutos después. Las dos me saltó el buzón con su propia grabación diciendo su nombre entero y su cargo.

A las siete menos doce llamé a Vicent Soler.

—Vicent, dígame una cosa. Doce mil estuches del nuevo, puestos en Elche el jueves. ¿Se puede?

Hubo uno de esos silencios suyos que duran lo que una bandeja debajo del grifo.

—Eso lo dice Jaume.

—Ya. Pero usted qué me dice.

—Yo le digo que eso lo dice Jaume. Y ya está.

Colgué y estuve cuatro minutos dándole vueltas al móvil encima de la mesa. Un «eso lo dice Jaume» no es un no en ningún idioma conocido. Es lo que yo llevo doce años llamando un no blando, y encima de los noes blandos ajenos he levantado una carrera entera.

A las dieciocho cincuenta y siete le confirmé a Chelo por escrito.

Llegué a la fábrica a las nueve menos veinte y lo encontré en la báscula con un metro en la mano, midiendo el hueco de los once sacos que se mojaron el 30 de septiembre y que por fin alguien había gastado.

—Buenos días.

—Buenos días, señora Ruiz.

—No.

—¿Perdón?

—Que no. Que eso no.

Dejó el metro encima de la báscula. Subimos al patio callados y allí, entre la lona y el bidón azul que no desagua en ningún sitio desde que él tenía ocho años, nos soltamos unas cuantas.

—La primera cláusula la escribiste tú —dije—. Nada de correos desde las doce de la noche hasta las siete. Lo que no aguante hasta esa hora, se habla. Lo escribiste tú, en once líneas, y me hiciste contestarte por teléfono a las doce menos dos.

—Es verdad.

—Y me has llamado señora Ruiz.

—También es verdad.

—Eso no es una cláusula, Jaume. Es un dedo en el pecho.

—Sí.

—¿Sí y qué más?

—Sí y nada más. Tiene usted razón y no pienso discutírsela a las nueve de la mañana en un patio.

—Pues no me digas que sí como si estuvieras firmando un albarán, ¡que me pone de los nervios !

Se apoyó en la lona. Cuando algo le duele, este hombre alarga las frases y se pone más fino, y lo que soltó entonces fue corto.

—Le preguntó usted a Vicent.

—No te cogías el teléfono.

—Le preguntó usted a Vicent si esto podía hacerse.

Vicent tiene sesenta y un años, lleva cuarenta en esa nave y lo único que quiere es jubilarse con la casa en pie.

Usted le puso encima una decisión que no era suya, él estuvo dándole vueltas hasta las diez y veinte de la noche y, cuando por fin marcó mi número, tardó cuatro minutos en confesar para qué llamaba.

Aquello me entró entero y sin anestesia. Lo peor no fue la frase; lo peor fue acordarme de la cara que puso Vicent en la puerta de la nave el jueves 6 de noviembre, cuando nos vio con el mortero y dijo «cerrad el gas» y se fue.

—¿Él te llamó a las diez y veinte?

—A las diez y veinte.

—¿Y qué te dijo?

—De la freidora de aire de su mujer, que ya no enciende el horno ni para las magdalenas. Cuatro minutos de freidora. —Se apartó de la lona—. Tardó tres horas en decidir si me llamaba. Eso es lo que me llamó a mí, no la freidora.

—Vale —dije—. Eso es mío.

—Sí.

—Es mío y lo reconozco. Me salté la tercera. Comprometí tu fábrica delante de una clienta sin que tu fábrica hubiera dicho que sí. —Me sujeté los codos por encima del abrigo—. Ahora dime tú por qué no me cogiste el teléfono a las siete menos diecinueve.

Tardó.

—Estaba en la asesoría de mi tía, en Alicante, con mi prima. Leyendo lo que vale mi apellido por escrito. —Miró el bidón—. No es que no pudiera contestar. Es que no podía.

Nos quedamos ahí un rato con esa frase encima de la lona.

—Yo tenía once minutos, Jaume.

—Lo sé.

—¿Tú sabes cuándo se cae una cabecera de diciembre en cuarenta y un supermercados?

Cada cuatro años. Y el que la coge es el que está delante del teléfono.

Y si el jueves pasado en esa sala alguien dijo catorce millones doscientos mil, entonces el 15 de diciembre esto se acaba y a mí no me da la vida para decírtelo todo despacio.

—Catorce doscientos —dijo—. No me los diga usted también.

—Perdón.

—No. Está bien que alguien los diga en voz alta en el patio. Aquí dentro los está pensando todo el mundo en voz baja desde el jueves.

Entró a llamar a Novelda a las nueve y cuarenta.

Yo me quedé fuera, porque él se pone de pie para negociar con los proveedores difíciles y eso hay que verlo de lejos para no reírse. Aguantó erguido diecinueve minutos.

A las diez y diez bajó al despacho de marketing, el mío de los jueves, y me puso un folio encima de la mesa de nogal. Escrito a mano. Numerado. Con sangría francesa, porque este hombre no sabe hacerlo de otra manera.

Uno: Novelda monta dos mil seiscientos estuches más para mañana por la tarde, con recargo de once céntimos por unidad y porte urgente; cuatrocientos sesenta y seis euros.

Dos: con eso y lo prensado el viernes salen ocho mil el día 4.

Tres: los cuatro mil restantes, el día 9.

Cuatro: para tener los cuatro mil el día 9 hay que abrir el sábado 6, que es puente, a precio de festivo, y hacen falta seis personas.

Cinco: el boixet grande va a trabajar catorce horas con la chumacera puesta, porque parar cuatro días esta máquina en diciembre no lo voy a hacer yo.

Debajo del cinco había una línea sin número.

—No hay punto seis —dijo.

—Ya lo veo.

—Lo de las cuatro y siete no lleva número… Le pido disculpas por la hora y le pido disculpas por el encabezado, que lo escribí a propósito. —Se quedó mirando el folio—. Es lo único de ese correo que no era verdad.

Marqué el móvil de Chelo Carrasco delante de él.

Le pedí lo que no se pide jamás: partir la entrega en dos.

Ocho mil el jueves para todas y cuatro mil el día 9, y las diecisiete pequeñas entran en el mueble el 9 y no el 4.

O sea, que se quedan fuera del puente. El puente son las tres mejores jornadas del año en ese lineal y yo se las acababa de regalar a la caja catalana de seis con veinte.

Chelo se tomó su tiempo. Seguramente andaba calculando si aquel favor me lo cobraba en marzo o en septiembre.

—Venga. Pero esto me lo debes, Candela.

—Lo sé .

Colgué. Jaume estaba de pie al lado de la ventana, con las cuatro cajas del troquel debajo.

—Le acaba de quitar usted diecisiete tiendas a su propia campaña.

—Te he quitado diecisiete tiendas a la tuya. —Volqué el teléfono sobre el nogal—. Y eso me ha costado bastante más que decirte que lo siento, así que apúntalo tú también, que aquí se apunta todo.

Se rio. Fue breve y le salió por la nariz, que es como se ríe él cuando no le da tiempo a evitarlo.

Y luego pasó una cosa pequeña.

Peladilla llevaba desde las nueve durmiendo a lo largo de la mesa de nogal, entre el bote de los claveles y mi portátil. Jaume apartó la silla giratoria, esa que está vencida del lado del teléfono, y se sentó.

En esa habitación. En esa silla.

Peladilla no se bajó. Levantó la cabeza, lo examinó despacio y volvió a desperezarse.

Era la primera vez que yo lo veía sentado ahí dentro, y me acordé perfectamente de que la placa de la puerta sigue torcida desde el noventa y seis y de que en el cajón de abajo hay un marco boca abajo. No dije ninguna de las dos cosas.

—¿Los seis del sábado? —pregunté.

—Vicent, Rafa, Maribel y tres que le pediré a Vicent que elija él. Tere no, que tiene diecinueve años y es puente.

—Tere va a querer.

—Tere va a querer —admitió—. Siete, entonces… Ocho con Pepe, que aparecerá igual.

—Ocho .

Levantó la vista del folio.

—¿Y usted a qué viene el sábado? Usted no sabe prensar.

—Yo sé hacer bocadillos para siete personas a las cuatro de la mañana. Eso también es una máquina.

Rafa me abordó en la nave a la una y cinco, con el mono puesto y las gafas de soldar subidas en la frente.

—Oiga, señora Ruiz.

—Candela.

—Lo de las catorce horas del grande.

—Dígame.

—Nada. Que yo ya lo dije en octubre, y lo dije delante de él y delante de Vicent. —Se frotó las manos con un trapo—. ¡Que conste!

Lo soltó sin pizca de rencor, casi alegremente, igual que quien aparca por fin en un hueco que lleva años vigilando. Le dije que constaba y le pregunté si aquello iba a aguantar catorce horas. Se lo pensó bastante más de lo que a mí me habría convenido.

—Aguantar, aguanta —dijo—. Hasta cuándo, ya es otro cantar…

En el comedor, al pasar por la pizarra, vi la casilla nueva. La habían abierto esa misma mañana, a la hora a la que nosotros estábamos en el patio, y no la había escrito Pepe el Rulo, que estaba de reparto en Villajoyosa: la letra era de Maribel.

«¿QUIÉN PIDE PERDÓN PRIMERO?»

«Él», tres tabletas. «Ella», seis. «Los dos», doce repartidas entre nueve personas.

—Los dos cobran — dijo Vicent desde el fregadero, sin que nadie le hubiera preguntado nada—. Lo he visto yo por la ventana.

Salí a la báscula a la una y cincuenta con el folio numerado doblado en el bolsillo del abrigo. Vicent estaba allí, cerrando el furgón de la miel.

—Xiqueta.

—Dígame, Vicent.

—El jueves me lo pregunta usted otra vez.

—¿El qué?

—Lo que me preguntó el lunes. —Se colgó el trapo del hombro—. Y yo le contesto.

El sábado 6 de diciembre, día de puente, esta fábrica abre por doce mil cajas que vendí yo por teléfono en once minutos. Puse la alarma del móvil a las cinco menos cuarto y la puse dos veces, porque de esta no me levanta nadie.