Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 14 · Jaume
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14 · Jaume

Catorce millones doscientos mil euros.

El nueve por ciento de catorce millones doscientos mil son un millón doscientos setenta y ocho mil euros. Cuarenta y dos años de nóminas mías. Lo calculé mientras la abogada hablaba y lo calculé dos veces, porque la primera me pareció que me había equivocado de coma.

«Reunión informativa previa al consejo extraordinario. Punto único: presentación de la oferta por parte del oferente.»

El oferente. Catorce días para escribir cuatro líneas, y en las cuatro líneas no ponía quién venía.

Subí a las nueve a poner la sala.

Ocho sillas y nueve sitios que poner, porque al ordenador de mi tío Toni hay que sentarlo en algún lado.

Bajé de la sala de cata la descabalada y la puse en el mío.

En la mesa dejé las botellas de agua, los blocs y ocho bolígrafos de los catorce que tengo en el cajón de arriba.

Del decimoquinto no dispongo desde el jueves 6.

Tere apareció en la puerta con la bandeja y las tazas de mi bisabuela, las doce del borde dorado, que en esta casa se sacan cuatro veces al año.

—Tere.

—¿Las pongo?

—Baja vasos de la máquina.

Se quedó sujetando la bandeja un segundo de más. Tere tiene diecinueve años apuntando cosas en un cuaderno de hule y sabe perfectamente lo que acaba de anotar.

—Vasos de la máquina —repitió.

—Y azucarillos.

A las nueve y veinte llegó mi prima Ona desde Alicante, donde había dormido en casa de su madre.

Veintinueve años, un despacho de Barcelona, una bolsa de tela de un congreso, su propia botella de agua y unas zapatillas blancas debajo de un traje gris.

Nos besamos igual que se besan dos primos que coinciden en los bautizos.

—Iaia está en la cámara —le dije—. Baja a las diez.

—Ya lo sé. Me lo ha dicho cuatro veces mi madre. —Dejó la bolsa en una silla—. Jaume, yo aquí hoy soy la abogada.

—Vale.

—Lo digo en serio.

—Y yo te he dicho vale.

—Es que en esta familia «vale» significa catorce cosas…

—Trece. La catorce te la estás inventando.

Álex la interceptó en el rellano con el formulario de visita de terceros y una redecilla, porque Álex Ferrándiz no hace excepciones ni con la sangre. Ona firmó sin mirar, se puso la redecilla y le preguntó qué llevaba debajo del brazo.

—El Código de conducta de la casa.

—¿Cuántas páginas?

—Cuarenta y una.

—¿Para veintiocho personas?

—Para veintiocho personas.

Ona le pidió el taco, lo abrió de pie, apoyado en la barandilla, y leyó dos páginas a la velocidad a la que lee la gente que cobra por leer.

—Álex, tenéis aquí una cláusula que no aguanta un juzgado ni media tarde.

—¿Cuál?

—¿Tú cuál crees?

Se fue a la sala. Álex se quedó en el rellano con sus cuarenta y una páginas y un gesto que yo no le conocía desde la tarde del ascensor.

—Jaume.

—Dime.

—¡Ese Código lo escribimos tú y yo en tres tardes de agosto!

—En tres tardes de agosto, sí.

—Pues eso. —Se lo apretó contra el pecho—. Tres tardes. Con un ventilador prestado.

Peladilla entró detrás de mí y se subió a la silla de mi tía Reme. La del lado de la ventana, la que ocupa desde 1997, la misma que en la oficina de Alicante y en esta sala y en todas partes.

Mi tía llegó a las diez menos cinco, vio a la gata, no la tocó y se sentó al otro lado de la mesa, al lado de su hija.

Enfrente de mí. Jamás la había visto mudarse de orilla en aquella mesa.

A las diez y cinco entró un coche gris por la báscula.

Yo estaba de pie junto a la ventana, con un café de máquina que llevaba media hora enfriándose, y lo vi aparcar de frente, milimétricamente entre las dos rayas, sin maniobrar dos veces.

Rodrigo Ferrer bajó con un traje sin corbata y sacó del maletero un paragüero de zinc.

—El 30 de septiembre llovía y no tenían ustedes dónde dejarlo —le dijo a Tere en el porche—. Me trajo usted un cubo de fregar. No se me ha olvidado.

Tere cogió el paragüero con las dos manos, dijo «ay» y lo puso en la entrada, donde sigue. Yo bajé a recibirlo porque el que recibe soy yo.

—Señor Ferrer.

—Rodrigo.

—Señor Ferrer, el equipo de marketing va a presentar antes el estado de la campaña. ¿Le parece bien esperar abajo diez minutos?

—Me parece bien lo que ustedes decidan.

Lo senté en la punta de la mesa, la que da a la pared. Fue una decisión pequeña y mezquina, y la tomé en el descansillo sabiendo exactamente lo que hacía.

Presentó él, de pie, sin diapositivas, en ocho minutos. La oferta es por el cien por cien de las participaciones. Catorce millones doscientos mil euros. Plazo de aceptación, 31 de diciembre; firma, enero. La fábrica se queda en Xixona y los veintiocho fijos siguen, por contrato, tres años.

No dijo una sola cosa que no fuera verdad. Ahí es donde ese hombre resulta incómodo .

Mi tío Toni entró por videollamada desde Valencia, con el audio llegándole siempre tarde, igual que en 1994 y que en todas las juntas desde entonces.

—Yo lo que diga Reme.

—Toni, todavía no ha dicho nada.

—…lo que diga Reme.

Mi tía sí habló. Y habló bien, que es lo que nadie de esta familia espera nunca de ella.

—Yo tengo cincuenta y ocho años y llevo veintiocho en la misma silla.

Ahí, en esa misma silla, se me quedó mi padre un miércoles por la mañana.

Llegué yo a las nueve menos cuarto y lo encontré yo.

—Lo dijo despacio, sin mirar a nadie—. Yo no quiero vender tu fábrica, Jaume.

Yo quiero cobrar lo mío y comprarme una casa en Jávea y no volver a mirar un vencimiento de proveedores en mi vida.

Y resulta que las dos cosas son la misma cosa, y eso no lo he inventado yo.

Nadie contestó a eso, y menos que nadie yo, porque a esa mujer la vi pagar dos nóminas de su bolsillo en 2009 y esas cosas no se olvidan.

Mi abuela estuvo cincuenta minutos sin abrir la boca, con las dos manos encima del puño del bastón y el cuentahílos asomándole por el bolsillo del jersey de rayas.

No miró a Ferrer ni una sola vez. Repasó a su hija, repasó a su nieta, repasó la ventana y vuelta a empezar, y yo, que llevo treinta y siete años leyéndole la cara a esa señora, aquel jueves no le leí nada de nada.

A las once entró la señora Ruiz con una carpeta y un folio .

Un folio. Yo la he visto convencer a mi tía con una caja de botas forrada de papel de seda, así que a estas alturas ya no me sorprende nada.

—A 27 de noviembre tenemos noventa y un mil doscientas cajas comprometidas —dijo—.

El año pasado, a esta misma fecha, setenta y cuatro mil ochocientas.

Estamos un veintiuno coma nueve por encima.

—Dejó el folio en la mesa—. Y no significa nada todavía, porque este año se decide entre el 1 y el 15 de diciembre, y el 15 cierran pedido las cadenas.

Hasta esa fecha esto es una promesa muy bonita escrita en un folio.

—Un veintiuno por ciento —dijo mi tía.

—A fecha de hoy.

—Pues eso, Candela. Un veintiuno por ciento es exactamente el motivo por el que hay que vender ahora y no dentro de tres años.

Ahí no le faltaba razón tampoco. Llevaba toda la mañana sin faltarle razón a nadie, y eso es lo que tienen las reuniones caras: en una reunión barata siempre hay alguien equivocado del todo y se acaba antes de comer.

Mi primo Marc levantó el bolígrafo.

—Perdón. ¿Los catorce doscientos son por la sociedad o incluyen la marca?

—Incluyen la marca —dijo Ona.

—¿Y los contratos de almendra? Nosotros a Paco Sempere le pagamos a treinta días y le llamamos el martes de antes. Eso no está en ningún papel. Eso lo hace mi primo porque le da la gana.

—Los contratos verbales no se transmiten, Marc.

—Ya. Por eso lo pregunto .

Hubo un paréntesis de cuatro segundos durante el cual caí en que mi primo conocía la respuesta antes de formular la pregunta.

Después sacó el móvil, se hizo una foto con la sala de fondo y lo estropeó todo, como hace siempre.

Mi abuela abrió la boca entonces, y fue la única vez que lo hizo en toda la mañana.

—Señor Ferrer.

—Dígame, señora.

—¿Cuánta gente de la mía hay dentro de ese número?

—Los veintiocho, señora. Tres años.

—¿Y al año y medio?

—Al año y medio no se lo puedo prometer por contrato… Se lo prometo yo, y yo puedo no estar.

Mi abuela asintió una vez, muy despacio, y volvió a las dos manos encima del bastón. Álex levantó acta de aquello con una literalidad que le honra.

Cuando se levantaron, Rodrigo Ferrer dio la vuelta a la mesa entera, pasó por delante de mi tía, por delante de Ona y por delante de mí, y se paró a un metro de la señora Ruiz.

—Candela.

—Rodrigo.

—«Volver» lo hemos visto en Barcelona doce veces seguidas en una sala. Doce. Se lo dije a mi director general: esto lo ha hecho alguien que se conoce la casa.

—Lo ha hecho la casa.

—Candela, no hagas eso.

—Es verdad.

—También es verdad que lo has hecho tú. —Se estiró el puño de la camisa—. Oye, ¿cómo está Loli?

—Bien. Está bien.

—Me alegro mucho. Dale recuerdos.

Dijo su nombre dos veces y yo las conté las dos, igual que cuento sacos, escalones y los veintiséis pasos que hay de la máquina de café a la sala de cata.

Ella no le corrigió el tuteo. Ella corrige el tuteo hasta a los de la imprenta de Novelda, que llevan tratando con esta casa desde mucho antes que yo.

Y yo no sabía quién era Loli.

Álex estaba a mi izquierda, contra la pared, con las cuarenta y una páginas abiertas por una que no era la treinta y nueve. No miraba a nadie. Leía.

Yo pregunté si alguien quería otro café y bajé personalmente a por los vasos, que es la excusa más cortés que conozco para desaparecer de una habitación.

Los acompañé al coche a la una menos cuarto.

Ona se despidió de mí con dos besos y de su abuela con tres frases en valenciano que yo no le había oído nunca. Ferrer se quedó atrás, junto a la báscula, mirando los sacos tapados con la lona de 2013.

—Llorca.

—Dígame.

—Le voy a decir una cosa que no me conviene. —Se puso las gafas de sol, que a esa hora, un 27 de noviembre en Xixona, hacen falta—. Este número no es el de septiembre. En septiembre nosotros habríamos puesto once.

—¿Y qué ha pasado desde septiembre?

—Que han salido ustedes en la televisión y que a mí me llaman de compras de Hiperlevante para preguntarme si es verdad que vamos a comprar Llorca.

—Abrió la puerta—. Su casa vale tres millones más que hace dos meses, y los vale por ella.

Eso no se lo va a decir nadie de dentro, así que se lo digo yo.

Se metió en el coche.

Tres millones doscientos mil euros de diferencia.

Doscientos ochenta y ocho mil de ellos, míos.

La mujer que mi abuela contrató en agosto para no vender esta fábrica lleva tres meses subiéndole el precio a esta fábrica.

Las dos cosas son ciertas a la vez y no se anulan, y llevo desde ese jueves buscándole la vuelta a la resta.

Desde el porche vi a la señora Ruiz despedirse de él por la ventanilla. Diecinueve segundos. No hubo nada que mirar y lo miré igual.

Entré en el comedor a por un vaso de agua que tampoco me bebí.

En la pizarra habían abierto casilla nueva por la mañana, en mayúsculas muy apretadas, la caligrafía que gasta Pepe el Rulo.

«¿CON QUIÉN SE VA LA DE MADRID?»

«Con el del traje», dos tabletas. «Con el nieto», diecinueve. Y abajo, con una letra menuda y muy derecha que yo conozco de cuarenta y un folios:

«Con ninguno — 1 tableta. A. Ferrándiz.»

La primera apuesta de su vida, y la hizo contra nosotros dos y a favor del reglamento.

Diecinueve tabletas a cuatro con cuarenta son ochenta y tres euros con sesenta apostados en una pizarra verde a que su director general acaba con la directora de marketing. Aquello era una alegría y era una cuenta atrás, y ambas cosas me entraron por el mismo agujero.

Cogí el borrador de fieltro de la repisa. Debajo de todo seguía mi renglón del 16 de octubre, el único que en esa pizarra no era una apuesta: «Sábado 1 de noviembre. 15:42».

Ya había pasado. Lo borré yo, y lo borré despacio, que para eso llevo diez años firmando el mantenimiento de las cosas de esta casa.

Vicent estaba en la puerta con la cazadora puesta y me vio hacerlo.

—Nano.

—Dime.

—¡En esa pizarra no se borra nada! Lo que ya ha pasado se tacha con dos rayas.

Volví a escribir la fecha con su tiza, la gorda, y le puse encima las dos rayas.