13 · Candela
La primera caja la vendí a un señor que había salido de casa a comprar pilas.
Pasó por delante a las once y cuarto con la bolsa de la ferretería colgando y esa cara de ir contando lo que le queda a uno por hacer. Le dije que se llevara una para su madre. Me contestó que su madre tenía noventa y un años y que el turrón no lo cataba.
—Pues para usted, hombre, que ha bajado con este frío.
Se llevó dos, a siete noventa. Volvió a las dos con su mujer.
La caseta treinta y uno mide tres metros por dos, es de madera pintada de blanco y se abre por arriba: el mostrador cae hacia fuera y se sujeta con dos cadenas.
Ochocientos doce euros, más seguro, más tres semanas de instancias con un funcionario encantadísimo que me llamaba por el apellido de otra.
El suelo de la Explanada hace ondas. Sale en todas las fotos de esta ciudad y significa que ninguna mesa se queda quieta. Nuria lo arregló doblando en cuatro un estuche sin montar y metiéndolo debajo de la pata coja. El troquel nuevo de Novelda aguanta doce alturas apilado y hace también de cuña.
La toma de luz estaba en el lado malo, como nos habían avisado en septiembre, y el alargador de treinta metros pasaba por detrás de la caseta de Fina, la de los jabones y las velas, que nos dejó cruzarlo a cambio de nada.
Abrimos el sábado 22 a las diez .
—Yo no sé cobrar —dijo Tere, con el delantal puesto y las dos manos quietas encima de la caja de caudales.
—Tú envuelves. Yo cobro.
—¿Y si me preguntan?
—Si te preguntan algo que no sepas, dices «ahora mismo se lo digo» y me miras.
A las doce y media aquello se llenó. El mercadillo va de la Rambla hacia la Puerta del Mar, treinta y ocho casetas entre las palmeras, y a esa hora la gente que baja del centro se encuentra con la gente que sube del puerto y se forma un tapón delante de la churrería.
Nosotros estábamos cuatro casetas más allá, en el lado bueno del tapón.
Cinco puestos a la derecha había otro turrón: Bonastre, de Alicante, con un chico joven que salía a la calle con un plato de palillos y decía «¡prueba, prueba!» a todo el que pasaba. Vendía. Vendía muchísimo.
—¡Que se nos va la gente!
—Que se vaya.
—Nos está comiendo —dijo Nuria.
—Nos está calentando la calle. Déjalo, que él grita y nosotras cobramos.
Yo no salgo con el plato. Yo espero a que se paren, y la gente se para sola cuando ve a dos personas trabajando deprisa detrás de un mostrador. Envolvía Tere, cobraba yo, y entre las dos íbamos cantando el nombre de lo que hacíamos en voz alta porque en una barra llena lo que no se canta se pierde.
—¿Quién va?
—Yo iba antes que la señora, pero la señora tiene prisa.
—Pues la señora primero. Reina, dígame .
El cambio lo llevaba en el bolsillo del delantal, por columnas: las de dos a la derecha, las de uno en medio, la calderilla al fondo y los billetes doblados debajo de la bandeja.
Eso no se decide. Lo hacen las manos solas.
A las dos de la tarde llevábamos ciento cuarenta y una cajas y yo no había mirado el datáfono ni una vez, porque en esa esquina no hay cobertura y lo descubrimos a las diez y veinte.
Entre cliente y cliente pasaba la bayeta por el mostrador. Cada vez. Sin pensarlo.
—Usted eso lo ha hecho antes —dijo Tere.
—Doce años de campañas de gran consumo.
—Ya, pero eso… —Señaló la bayeta con la barbilla—. En Madrid no se aprende eso.
—En Madrid se aprende todo, Tere. ¿Me pasas las de trescientos gramos?
Jaume llegó a las cuatro menos veinte con el Land Rover subido medio metro encima del bordillo de la Rambla y doce cajas de reposición en la parte de atrás.
Yo no le había pedido que viniera. Había pedido reposición, y la reposición la trae Pepe el Rulo los martes.
—Pepe libra —dijo, antes de que yo preguntara—. Y esto no aguantaba hasta el martes.
Abrió el portón y se quedó parado con la mano en la manta de cuadros.
—Candela.
—¿Qué?
—Venga usted .
Peladilla estaba debajo de la manta, hecha una bola, con la cabeza levantada y esa cara de quien no piensa dar explicaciones. Seis kilos de gata blanca a veintiséis kilómetros de su comedor.
—Se mete en el coche cuando lo aparco en la báscula —dijo él—. Se mete siempre y se baja sola antes de que arranque. Hoy no se ha bajado.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora nada. Ahora ya está en la Explanada.
La sacó, la dejó encima de una caja vacía en el rincón de dentro, lejos del mostrador y del producto abierto, y Peladilla se bajó de la caja, cruzó el metro y medio de caseta y se sentó encima de la caja de caudales.
Ahí se quedó. Nuria le hizo catorce fotos y no subió ninguna, porque desde octubre en esta casa nadie graba nada sin papel firmado, y con la gata el papel no lo firma nadie.
—Álex se va a morir —dijo Nuria.
—Álex tiene un modelo para esto. El tres.
Lo que pasó después no lo tenía yo en ninguna diapositiva: la caseta se llenó de gente que venía a ver a la gata. Un matrimonio de Elda estuvo once minutos delante del mostrador hablando de un gato suyo que se llamaba Bombo.
Se fueron con el lote de tres.
Veintiún euros.
Jaume se puso a despachar a las cuatro y cuarto. Duró cuarenta minutos y vendió cuatro cajas.
—Esta de aquí lleva miel de romero de la sierra —le explicaba a una señora—. La otra también, pero la de arriba es del lote del dieciocho y esta es del veintiséis, y la del veintiséis ha reposado dos días menos .
—¿Y eso es malo?
—No, señora. Es distinto.
La señora se llevó una. Podía haberse llevado tres, y la tercera habría caído perfectamente si él hubiera cerrado la boca doce segundos antes. Se lo dije después, al final del día, y me contestó que prefería vender cuatro y dormir.
Luego fue a la caseta de Bonastre y se compró una barra de blando de las suyas. Cinco euros con veinte. Volvió, la partió encima del mostrador con el mango de las tijeras, le dio un trozo a Tere, otro a Nuria y otro a mí, y se comió el suyo mirando la palmera de enfrente.
—Está bueno —dijo.
—¿Cómo que está bueno?
—Está muy bueno. El chico ese sabe lo que hace. —Se limpió los dedos—. Su padre tostaba en la Carrasqueta y se murió el año pasado. Llevaban cuarenta años vendiéndonos largueta.
—¡Y usted me lo dice así, en mi propia caseta!
—Usted es la que dice que hay que saberse la historia.
A las seis se hizo de noche y encendieron las luces de la Explanada.
Ahí empieza la hora buena. Dura hasta las nueve.
Hombres solos con abrigo comprando el turrón de la suegra.
Grupos de cuarentonas del tardeo. Familias con el niño pidiendo churros.
Yo iba clasificando la cola sin querer, por tramos, como llevo doce años haciendo: ticket medio, quién repite, quién se va sin nada.
Lo hago mentalmente, en fila, mientras cobro.
Y a la vez estaba cobrando, dando la vuelta sin contarla y diciéndole a una mujer de Villena que se llevara la de seis cuarenta y la probase, que si no le gustaba volviera el sábado que viene y se la cambiaba yo.
En algún momento Jaume dejó de moverse. Se puso al fondo, contra la pared de la caseta, con las manos metidas debajo de los brazos, y estuvo así un rato largo.
A las ocho y diez Tere me trajo medio bocadillo de la churrería y me lo comí de pie, detrás del mostrador, en cuatro mordiscos, entre un cliente y el siguiente.
Cuando levanté la cabeza, Jaume había traído una silla. No sé de dónde. Una silla de plástico blanco, de las de la terraza de la esquina, y la había puesto detrás de mí, tocándome las corvas.
No me senté.
Él no dijo nada. Yo no di las gracias.
—Ochenta y tres —dijo, un poco después.
—¿Ochenta y tres qué?
—Personas que se han parado delante de esta caseta desde las seis. Setenta y una se han llevado algo. —Se apartó de la pared—. ¿Dónde ha aprendido usted a despachar así?
Le pasé la bayeta al mostrador. Cada vez. Sin pensarlo.
—Otro día.
Me miró dos segundos. Ahí se oyó a sí mismo, con la cara que se le pone a uno al escuchar su propia voz grabada, y lo dejó estar.
—Le voy a traer un café —dijo.
—Con leche y sin azúcar.
—Ya lo sé.
—¿Y cómo lo sabe?
—Porque el jueves pasado dejó usted el azucarillo encima de la mesa sin abrir. Y el anterior…
—Vaya .
—Perdone. Cuento cosas.
Cerramos a las nueve y veinte.
La Explanada a esa hora de un sábado de noviembre se queda en lo suyo: el castillo iluminado ahí arriba, los mástiles del puerto moviéndose al otro lado del paseo y cuatro casetas cerrando a destiempo.
Quico, el de los belenes de la treinta y dos, se fue el último y nos dejó dicho que el domingo lloviznaba.
No lloviznó.
Conté la caja dos veces encima de una caja de obleas. Mil ciento ochenta y cuatro euros con treinta, un sábado, en una caseta de tres por dos. Apunté el número con rotulador en el cartón de dentro de la tapa, que es donde se apuntan estas cosas.
Peladilla seguía encima de la caja de caudales y hubo que levantarla en peso.
Nos sentamos en el escalón de la caseta, con el mostrador ya levantado y encadenado, a esperar a que Nuria volviera con el coche.
Él tenía los treinta metros de alargador enrollados en el brazo, del codo a la mano.
Yo tenía las manos heladas y el vaso de la churrería, ya vacío, entre las dos palmas.
—Mañana no viene usted —dije.
—Mañana no.
—El sábado que viene sí.
—El sábado que viene sí.
Se le había quedado azúcar del bocadillo en el puño del chaquetón. Se lo quité con el pulgar, y no me aparté la mano después, y él tampoco movió el brazo.
—Jaume .
—Dime.
Esta vez no hubo ni oscuridad prestada ni avería ni frío que echarle la culpa. Me incliné yo. Fui yo. A siete centímetros de su cara vi cómo cerraba los ojos un instante antes que yo, y pensé, con una claridad que no me hizo ninguna gracia, que llevaba tres meses queriendo hacer exactamente eso.
Le sonó el móvil en el bolsillo de dentro.
—Déjalo.
—Es mi abuela.
Amparo Llorca no llama a nadie un sábado con la cena en el fuego. Amparo Llorca llama a las once de la mañana, tres veces, y monta una fiesta.
Se levantó del escalón para contestar, porque él se levanta para hablar por teléfono, y aquella noche lo hizo hasta con su abuela.
—Iaia… Sí. Sí, estoy en Alicante. ¿Cuándo ha entrado?
Dijo cuatro cosas más.
Todas de una sílaba. Colgó y se quedó de pie con el alargador todavía en el brazo, mirando las palmeras.
—Ha llegado la oferta —dijo—. La formal. Entró el viernes a la asesoría de mi tía y hoy se la han pasado a mi abuela. Lo de octubre era una carta de intenciones y una carta de intenciones no dice cuánto… Esta trae número y trae fecha.
—¿Qué fecha?
—El treinta y uno de diciembre. Si no hay respuesta el treinta y uno, decae.
Dieciséis días después de que las cadenas cierren pedido. Siete después de que una señora de Xixona decida en su propio comedor la noche del 24.
—¿Cuánto? —dije.
—No se lo voy a decir en la Explanada.
Volvió el usted, entero, con abrigo y corbata, en tres palabras. Y tenía toda la razón del mundo, y a mí me sentó como una puerta.
Recogí el vaso, la bayeta y el cartón con los mil ciento ochenta y cuatro euros apuntados.
—Entonces dígame otra cosa —dije—. ¿Cuántos estuches nuevos hay montados en Xixona ahora mismo?
Puso la cara del lote que no cuadra.
—Nueve mil cuatrocientos.
—Vale. Con eso trabajo.
El lunes Tere me contó que en la pizarra del comedor habían abierto casilla nueva el jueves: cuánto se hacía en la caseta el primer sábado. Menos de quinientos, cuatro tabletas. Entre quinientos y mil, once. Más de mil, tres.
Las tres eran de Maribel, que llevaba desde septiembre perdiendo, y cobró dieciocho.