Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 12 · Jaume
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12 · Jaume

—¿Me lavo las manos aquí?

—Con agua fría.

—¿Fría por qué? Está usted con un perol a cuarenta y cinco grados.

—Por eso. Sus manos están a treinta y seis. Si se las lava con caliente, luego no va a notar cuándo se pasa.

Era jueves 6 de noviembre, su día en la fábrica. A las cuatro y cuarto la nave de elaboración estaba parada: los jueves de noviembre acabamos el turno a las tres.

La idea no fue mía. En el guion de los cortes de seis segundos hay uno que se llama «Las manos» y consiste en dos manos trabajando una pasta y nada más: sin cara, sin voz y sin año en la tapa.

Ella lo pidió el lunes por teléfono, después de contestarle a la compradora de Hiperlevante a las nueve y dos minutos, tal y como había dicho que haría.

Yo dije que sí en cuatro segundos. Llevo desde el 1 de noviembre diciendo que sí a cosas en cuatro segundos, y eso a mí no me pasa.

Nuria trajo el trípode, la cámara pequeña y el papel firmado, y lo dejó todo apoyado en el poyo de la ventana. Después se fue a Alicante con Tere a mirar lo de la caseta de la Explanada, porque la treinta y uno tiene la toma de luz en el lado malo y hay que llevar alargador.

Nos quedamos los dos y una máquina parada.

—¿Y el boixet? —dijo ella—. Yo he venido a ver el boixet.

—El boixet grande es de mil novecientos sesenta y ocho, pesa dos toneladas y hace un ruido que no deja grabar nada. Eso no es lo que usted quiere .

—¿Y qué es lo que quiero?

Fui al rincón del fondo, detrás de la columna, y aparté dos cajas de obleas.

Allí hay un banco de madera con una pata de menos apoyada en un ladrillo, y encima del banco, un mortero de piedra de una pieza, redondo, de unos setenta centímetros, oscuro por dentro de tanto trabajo.

Al lado, una maza de olivo con el mango rebajado a la altura donde lo cogió mucha gente durante mucho tiempo.

Pesa cuatro kilos y ciento cincuenta gramos. Lo he pesado, porque soy quien soy.

—Esto también es un boixet —dije—. Este es el de verdad. Los otros lo imitan.

—¿Y de quién era?

—De la primera Amparo. Lo trajo en un carro de casa de su madre en el veinticuatro. Sigue aquí porque a nadie le ha parecido bien tirarlo y a nadie le ha parecido bien ponerlo en una vitrina.

—¿Y por qué está detrás de una columna?

—Porque es una herramienta.

Aparté la segunda caja de obleas para que pudiera acercarse.

La almendra estaba molida desde la mañana, marcona de la de Paco. La miel la tenía Vicent al fuego en un perol de cobre desde las tres y media. Se lo pedí el martes y no me preguntó para qué, porque no pregunta nunca.

La miel se cuece sola hasta que hila. Se le suma el azúcar y se espera. Cuando está, se echa la almendra encima y se mezcla. Eso ya no es líquido y todavía no es turrón: es una pasta caliente que se pega a todo lo que toca menos a la piedra.

—¡Ay! —Apartó la mano del cobre—. ¿El perol también está a cuarenta y cinco?

—El perol está a ciento diez. Ese no se toca nunca.

Volqué la pasta en el mortero. Le di la maza.

—Pesa.

—Pesa cuatro kilos.

—Ya, pero pesa.

—Sujétela por abajo, no por el centro. Y no la levantes. Esto no se golpea. Esto se aplasta y se gira.

Se me escapó el tú a la tercera frase y no me molesté en corregirlo, porque enseñar de usted es imposible y porque llevaba desde el sábado buscando la ocasión.

Ella puso las dos manos en el mango y empujó. La pasta se movió dos dedos y volvió a su sitio.

—No se mueve.

—Se mueve. Tú empujas hacia abajo y tiene que ir hacia fuera. Contra la pared del mortero, no contra el fondo.

—Enséñemelo.

—Mira.

Ahí tendría que haberle cogido las manos. Es lo que hace cualquiera en una cocina. Puse las mías en la piedra, al lado de las suyas, a un palmo, y lo hice despacio tres veces para que lo viera. Abajo, fuera, giro. Abajo, fuera, giro. Exactamente un movimiento cada segundo y medio.

—Ese es el ritmo del boixet grande.

—El grande copia este —dije—. Lo copia mal, pero lo copia. Cuando un ingeniero diseña una máquina, lo que hace es mirar a un hombre trabajando y ponerle un motor.

Empezó a darle. Cuatro minutos y pico.

—Me arde el brazo. Es que…

—El antebrazo.

—¡El antebrazo! —Se paró, dobló el codo y volvió—. ¿Y esto cuánto dura?

—Antes, seis horas y tres personas turnándose. Hoy, en el grande, cuatro.

—¿Seis horas de esto?

—Por eso hay máquina.

En la nave, con el perol al fuego y la puerta de la cámara cerrada, se estaba a veintiséis grados.

Ella se subió la manga izquierda. Luego la derecha.

Después se recogió el pelo con un bolígrafo mío que había cogido de mi mesa sin pedirlo.

Tenía almendra molida hasta el codo y una mancha en la ceja que no le dije.

Conté en voz alta para marcarle el ritmo, porque es lo que se hace y porque llevaba veinte minutos sin saber dónde poner los ojos.

—Y uno. Y dos. Y tres.

—¿Usted cuenta siempre?

—Siempre.

—Pues cuente más bajo.

A los diez minutos la pasta cambió. Se puso más oscura, más lisa, y empezó a soltar el aceite de la almendra, que sale a la superficie con un brillo que no tiene nada que ver con la grasa de una sartén. Ahí el peso de la maza deja de ser peso. La masa empieza a ayudar.

—Se ha aflojado.

—Se ha rendido —dije—. Ahora ya no te pelea. Baja el ritmo o la quemas.

—¿Cómo sé si está?

—Con esto.

Me toqué el dorso de la muñeca con dos dedos. Ella dejó la maza, se levantó la manga hasta el codo y bajó la muñeca hacia la pasta, con la palma hacia arriba, igual que se prueba un biberón. Se quedó así más tiempo del que hacía falta para saberlo.

—Está caliente.

—Está a cuarenta y cuatro. Si notas que está caliente, está bien. Si notas que quema, ya está perdida y hay que empezar otra vez.

—¿Y usted cómo lo sabe sin tocarla?

Volvía al usted cada vez que preguntaba algo de verdad. Eso lo apunté y no dije nada.

—Por el ruido.

—La masa no hace ruido.

—Hace tres. —Le señalé el borde del mortero—. Cuando está fría, chasca. Cuando está en su punto, no se oye nada. Cuando se pasa, silba un poco por los lados. Vicent lo oye desde el muelle y yo desde la escalera, y él lleva cuarenta años y yo diez.

Metió los dedos en la pasta por el borde, donde ya no quema, y los sacó con una hebra que se estiró y se rompió a los veinte centímetros. Se la comió. Cerró los ojos el tiempo que tarda uno en decidir si va a decir la verdad.

—Está dulce de otra manera.

—Es la miel de romero de la sierra. Cuatro con ochenta el kilo, y la de flores cuesta dos noventa.

—¿Y por qué la cara?

—Porque mi bisabuela compraba esa .

Se rio. Se limpió los dedos en el delantal que Maribel le había prestado, que le llegaba por debajo de la rodilla. Volvió a coger la maza sin que nadie se lo pidiera. Seis minutos más dándole a un mortero de piedra un jueves por la tarde, una mujer que cobra por escribir folios.

Yo me quedé de pie a un metro, mirándole las manos igual que ella me miró las mías en el bancal de Paco Sempere. Dos horas en total. En dos horas no la toqué ni una vez, y a las siete de la tarde tenía las muñecas cansadas de sujetarme.

En algún momento me oí explicándole por qué el turrón se prensa en moldes de madera y no de metal. Por qué la barra reposa cuarenta y ocho horas antes de cortarse. Por qué la de Navidad se hace en octubre. Ninguna de las tres cosas tiene que ver con un anuncio de seis segundos.

—Oye, Jaume.

—Dime.

—¿Esto lo sabe hacer mucha gente?

—En esta casa, cuatro. Vicent, Rafa, mi abuela y yo.

—¿Y a mí por qué me lo enseñas?

Tenía la respuesta lista desde el lunes y era buena: el que sale en el anuncio tiene que saber de qué habla, y en diciembre va a haber periodistas. La tenía entera, en dos frases, perfectamente ordenada.

—Porque preguntas —dije.

Vicent apareció en la puerta de la nave a las seis y diez.

Lo vi de refilón, en el cristal negro de la ventana. Llevaba el mono puesto y la cazadora encima, como se va él siempre. Se quedó en el marco tres o cuatro segundos.

Yo estaba con las dos manos en el borde del mortero, inclinado, contándole a ella que la primera vuelta hay que darla siempre en el mismo sentido porque mi bisabuela era zurda y nadie se ha atrevido a cambiarlo.

—Vicent… Pasa.

No pasó.

—Que me voy —contestó—. Cerrad el gas.

—Descuida.

Se fue. No me miró a mí ni la miró a ella. Y no dijo nada del trabajo y nada de su mujer, que es de lo que habla Vicent Soler todos los días de su vida.

—¿Ese señor está enfadado? —preguntó ella.

—No.

—Pues parecía enfadado.

—Vicent no se enfada. Vicent guarda.

—¿Guarda qué?

Ahí volví yo al usted sin darme cuenta, y lo que contesté fue que el gas se cierra con la llave roja de la pared del fondo y que hay que darle dos vueltas y media.

Cerramos a las siete y veinticinco. La pella salió del mortero en dos piezas de kilo y pico, envueltas en papel, y yo las dejé en la cámara con una etiqueta escrita a mano que ponía la fecha y nada más.

La cámara pequeña de Nuria seguía en el poyo de la ventana, dentro de la funda. El trípode, plegado, apoyado en la pared, con las patas atadas con su goma.

Encima de la funda dormía Peladilla, cuadrada, con la cabeza colgando por el lado de la correa.

Ninguno de los dos dijo una palabra de aquello. Ella cogió su abrigo. Yo apagué el fluorescente del fondo. Bajamos por el patio hasta su coche sin hablar del corte de seis segundos que no habíamos grabado, y creo que nombrarlo en voz alta habría acabado con algo.

En la báscula, con la puerta del coche abierta, se paró.

—Oye. Lo de hoy…

—¿Qué?

—Nada. Que me he dejado tu bolígrafo en el pelo.

Se lo sacó, me lo devolvió y se metió en el coche. Tengo catorce bolígrafos iguales en el cajón de arriba y ese lo puse aparte, cosa que no pienso explicarle a nadie.

En el comedor, al pasar, miré la pizarra.

La casilla que Tere abrió el sábado con una tableta iba por nueve.

Maribel había movido las suyas desde «Dos semanas», una casilla muerta de septiembre que ella defendió seis semanas delante de todo el mundo.

Al lado, con la letra de Pepe el Rulo, alguien había escrito «esto ya no es una porra, esto es una colecta».

Debajo del todo seguía mi renglón del jueves pasado, sin borrar: «Sábado 1 de noviembre. 15:42».

Subí a firmar dos albaranes y no firmé ninguno. Estuve un rato con la carpeta abierta, pensando en la miel, y después escribí en la libreta una línea para el lunes: pedir a la asesoría de mi tía Reme la fecha del consejo previo, que llevan diez días sin darla.

A las cinco y cincuenta del viernes hice la ronda.

La de siempre y en el orden de siempre, con el muelle al final. En el rincón del fondo, detrás de la columna, el mortero de piedra estaba fregado y boca abajo encima del banco. La maza de olivo, al lado, envuelta en un paño limpio de los de la sala de cata.

Eso no lo hizo la limpieza. Detrás de esa columna no entra la limpieza. No ha entrado prácticamente nunca.

En el muelle, Vicent cargaba el reparto con Pepe. Me dio los buenos días, me dijo que el jueves que viene llega el camión de la miel a las siete y no a las nueve, y que su mujer se ha comprado una freidora de aire.

Del mortero no dijo nada.

De todo lo que ha pasado en esta fábrica desde el 15 de septiembre, lo único que me ha quitado el sueño hasta hoy es eso: que un hombre que habla de todo se calle una cosa.

Subí al despacho. Abrí el correo, escribí «Estimada Candela» y me quedé mirando las dos palabras nueve minutos.

Al final no le escribí del corte de las manos. Le escribí del camión de la miel.