Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 11 · Candela
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11 · Candela

La carretera de Busot, un sábado de noviembre, no tiene un coche.

Llegué a las dos y veinte con Nuria, dos bolsas de hielo y la sensación que tengo siempre veinte minutos antes de un primer pase: la de haberme dejado el gas abierto en una casa que ya no es mía.

El comedor tenía las seis mesas de formica juntas en el centro y encima un despliegue que en Madrid habría costado una reunión de dos horas y una hoja de cálculo.

Maribel había subido cuatro bandejas de buñuelos de la pastelería de la calle Mayor.

Tere trajo huesos de santo y los colocó por colores.

Pepe el Rulo apareció con doce cervezas y con su cuñada, a la que yo conocía de nombre y de consecuencias.

—Rafa, que no se ve.

—Es que hay que darle al de arriba y luego… A ver, al otro.

—¡Pues dale a los dos, Rafa!

A las tres y media éramos treinta y una personas en un comedor con capacidad para veinte, y Álex los estaba contando de verdad, con el dedo, porque Álex tiene un plano de evacuación en la cabeza.

Jaume llegó a las tres y treinta y cinco con el chaquetón puesto y se quedó en el marco de la puerta, donde se pone la gente que se ha reservado una salida.

—¡Callad ya! —dijo Maribel, que no había hablado nadie.

El bloque entró a las tres y cuarenta y uno. Colchones, una gestoría de pensiones, un coche eléctrico y nosotros.

Treinta segundos. La carretera de la Carrasqueta desde el coche, los bancales, las manos de Paco Sempere encima de la vara, la caldera a las seis y diez de la mañana, doce segundos de un nieto preguntándole a su abuela por qué se abre la puerta de una fábrica el 23 de diciembre por la tarde.

Y la caja al final, tres segundos, sin voz y sin música.

Nadie dijo nada mientras duró. Eso, con treinta y una personas en una sala, no lo consigue ni un funeral.

Yo llevaba desde el 18 de septiembre defendiendo la palabra «Volver» en reuniones, en presupuestos y en una cena con Reme.

En el comedor de la fábrica, con la tele de 2011 y el volumen a tope, me di cuenta de que la palabra no la había puesto yo: estaba allí desde 1924 y a mí solo me habían pagado por escribirla.

Después Rafa soltó un taco enorme y su mujer le dio en el brazo.

—Otra vez —dijo Amparo.

—Iaia, es la tele. Técnicamente no se puede poner otra vez.

—Se puede —dijo Marc, que tenía un cable en el coche desde hacía dos años esperando ese momento exacto de su vida.

Lo vimos cuatro veces más. En la tercera, Vicent Soler se fue al fregadero y se puso a lavar una bandeja que estaba limpia. En la cuarta, Tere lloraba con un hueso de santo en la mano y no se lo comió. Maribel se quitó las gafas y dijo la única crítica técnica de la tarde.

—El delantal de la señora no era ese.

—¿Y cuál era?

—El de los martes. Pero bueno.

Jaume se había ido del marco de la puerta a las tres y cuarenta y dos.

Volvió a las tres y cuarenta y cuatro con un vaso de agua que no se bebió.

Nadie se lo dijo. Treinta personas vieron salir y entrar a su director general en los dos minutos exactos en los que él salía en la televisión de la pared, y nadie le dijo ni media palabra, y eso en esta casa es la manera más educada que tienen de decírtelo todo.

Reme se sentó a mi lado en la cuarta pasada con un buñuelo en una servilleta y tampoco se lo comió.

—Mi hija dice que esto tenía que haberlo hecho una agencia de Barcelona.

—¿Su hija ve la autonómica?

—Mi hija ve todo lo que le llega por el grupo de la familia. —Se limpió los dedos uno por uno—. Ya la conocerás. Viene cuando haya papeles que firmar. Es abogada.

Lo dijo con el tono con el que se nombra una profesión cuando esa profesión va a hacer algo en tu casa. No pregunté qué. Llevaba allí tiempo suficiente para saber que en esa familia las respuestas aparecen con dos semanas de retraso y siempre a la hora de comer.

A las cinco y media, la tienda de la web se cayó.

Esa tienda la montó un sobrino de Reme en 2019 por trescientos euros y un jamón, vende cuarenta cajas al año y tiene una pasarela de pago que se conecta con la fe. Entre las cuatro y las seis entraron sesenta y un pedidos. La pasarela aguantó cuarenta y tres.

—¿Llamo al sobrino? —preguntó Nuria.

—Llama al sobrino.

El corte de seis segundos iba por trescientas mil reproducciones a las siete de la tarde, sin un euro detrás, y el comentario más repetido no hablaba del turrón: preguntaba quién era la señora.

Mil novecientas veces. Mi público de siempre, el que llevo doce años describiendo en una diapositiva, acababa de enamorarse de una presidenta con delantal y un cuentahílos en el bolsillo, y a mí nadie me había pedido permiso.

A las siete y diez me escribió Chelo Carrasco, la compradora de Hiperlevante, desde su casa y en sábado, cosa que en doce años de trato con cadenas me había pasado dos veces.

¿Podéis adelantar la segunda entrega a la semana del 10? Y hablamos de cabecera para el puente.

Cabecera de góndola en diciembre. Eso es el mueble de la punta del pasillo, el que se ve desde la entrada, y eso no se pide: se paga, se negocia en junio y se lo quedan los de siempre .

Le enseñé el mensaje a Jaume en el patio, junto a la lona.

—¿Eso es bueno?

—Eso es que alguien de compras ha visto un anuncio en su casa un sábado por la tarde. —Me guardé el móvil—. No pasa nunca.

—¿Y qué hay que hacer?

—Contestar el lunes a las nueve y dos. Hoy no.

—¿Por qué no hoy?

—Porque hoy es fiesta y porque a los de compras hay que dejarlos con ganas. —Me guardé las manos en los bolsillos, que a las siete de la tarde en Xixona ya hace lo suyo—. Y porque el lunes le pido otra cosa y prefiero pedir una sola vez.

—¿Qué otra cosa?

—Tenemos caseta. La treinta y uno, en la Explanada, del 21 de noviembre al 5 de enero. Ochocientos doce euros, un seguro y tres semanas peleándome con un funcionario muy agradable.

—¿Y quién despacha?

—Nuria entre semana, Tere los sábados y yo los sábados también.

—¿Usted?

—Yo.

Se quedó mirando la lona. Los once sacos mojados el 30 de septiembre seguían apartados en la báscula y nadie los había gastado todavía.

—Le voy a decir una cosa y la voy a decir mal —dije.

—Esa frase es mía.

—Se la he robado. Lo de hoy no lo ha hecho la campaña. Lo ha hecho su abuela y lo ha hecho usted en la toma veintiuna.

—La veintiuna no la hice yo —contestó—. La hizo ella.

A las siete y veinte me entró otro mensaje. Ese no lo enseñé.

Te veo, Cande. Treinta segundos, sin música, sin actores y con una señora de verdad. El plano de la puerta lo has puesto tú, que te conozco.

Debajo, cuarenta segundos después:

Es el de las patatas. Pero bien.

El de las patatas se llamaba «Vuelve a casa», lo escribí yo en una sala de Madrid en 2018 con una máquina de café estropeada a mi espalda, y lo firmó él. Me quedé con el pulgar encima del teclado el tiempo que se tarda en escribir tres respuestas y borrar las tres.

Luego entré en el comedor y le pregunté a Nuria si el troquel de Novelda aguantaba doce alturas apilado en húmedo, cosa que yo ya sabía y que no me hacía ninguna falta a las siete y veintidós de un sábado.

La fiesta terminó siendo una fiesta de verdad hacia las nueve.

Álex bajó del almacén con ochenta vasos de plástico del botiquín de emergencias, que es donde él guarda las cosas por si acaso, y los fue repartiendo de uno en uno mientras avisaba de que aquello no constaba en ningún acta.

«¡En ninguno!», repetía. Pepe el Rulo puso la radio del furgón con las puertas abiertas en el patio.

Reme se quitó los zapatos. Marc grabó a todo el mundo y luego, por primera vez en su vida, pidió permiso .

En la pizarra del comedor, debajo de la pregunta de septiembre y de sus apuestas muertas, alguien había escrito una casilla nueva con letra pequeña y redonda.

«SE QUEDA — 1 tableta. Tere.»

En esa pizarra, el 15 de septiembre, esa casilla no existía. No es que nadie hubiera apostado: es que a nadie se le había ocurrido dibujarla.

—¿Y esto? —dije.

—Que yo pago mis apuestas —contestó Tere—. Y que usted la semana pasada me preguntó cómo se escribía mi apellido para una cosa. Y eso no se hace si te vas en enero.

—Tere, yo tengo contrato hasta agosto.

—Ya… —Se llevó la bandeja—. Pues eso.

Vicent, con las manos en el fregadero:

—Xiqueta, no discutas con la pizarra. La pizarra acierta.

A las diez menos cuarto quedábamos siete y las luces de la nave grande seguían dadas.

Fui a apagarlas con Jaume porque los interruptores están en un cuadro que no entiende nadie que no haya nacido allí.

La sala de elaboración vacía y a oscuras es otra cosa: la cinta parada, los focos del rodaje todavía plegados en un rincón y la mesa de cortar en el centro, tres metros de acero con el canto redondeado y una regla soldada en el borde.

—Ahí se corta el blando —dijo—. Esa regla la puso mi bisabuela porque los de la tarde cortaban las barras más gordas que los de la mañana y se quejaban los clientes.

—¿Y ahora ?

—Ahora hay una máquina que lo hace igual de mal y más deprisa.

Me apoyé en el acero. Estaba frío, y él estaba a un paso, con las llaves en la mano y sin ninguna prisa por llegar al cuadro. Seguramente por eso lo hice yo primero.

—¿Usted sabe lo que es hoy? —dije.

—Es sábado.

—Hoy su abuela ha salido en la televisión de esta comunidad y en trescientos mil teléfonos, y en ninguno de los dos sitios se ha visto una empresa que se vende.

—No diga eso aquí.

—Lo digo aquí porque no hay nadie.

—Jaume.

—Dime.

Lo dijo sin pelear con el usted, por primera vez con la luz encendida, aunque la luz no estaba encendida. Se acercó medio paso. Yo levanté la barbilla como la levanté en el ascensor, con la misma cara de tonta y bastante menos excusa, porque allí no había avería ni frío ni oscuridad prestada.

Y entró Peladilla en la mesa de cortar de un salto, con sus seis kilos, desde el carro de las bandejas.

El ruido que hace una gata blanca aterrizando en tres metros de acero un sábado por la noche no lo voy a olvidar mientras viva. Jaume dio un paso atrás. Yo di dos.

—Fuera de ahí —dijo él—. Peladilla. Fuera.

Peladilla se sentó exactamente en el centro de la mesa y se puso a lamerse una pata.

—Es superficie de contacto con alimento —dijo una voz desde la puerta.

Álex Ferrándiz llevaba allí el tiempo justo. Traía dos vasos de plástico, uno en cada mano, y los dejó en el suelo para sacar el bolígrafo.

—Álex…

—Esto lo tengo que anotar, Jaume. Es que lo tengo que anotar. Nueve años sin una sola y me la hace la gata.

Escribió la primera incidencia de su vida a las diez y cuarto de la noche del día de Todos los Santos.

En la casilla del responsable puso «Peladilla (gata)» y en la de medidas correctoras, «limpieza y desinfección de la superficie; revisar el hueco del ventanuco».

Luego levantó la vista, nos miró a los dos, miró el metro y medio y no anotó nada más, que es la clase de cosa que uno le agradece a un hombre toda la vida.

Salí a las once menos veinte. En la báscula ya solo quedaba el Land Rover.

En el móvil tenía cuarenta y un mensajes, dos de mi madre, uno de Chelo Carrasco, uno de Rodrigo sin contestar y una nota de septiembre con un número escrito arriba del todo: ciento treinta mil ochocientas.

Debajo le puse el primer número de verdad de esta campaña. Sesenta y un pedidos y una cabecera por hablar.