Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 10 · Jaume
26%

10 · Jaume

Un anuncio de treinta segundos se rueda en nueve horas y media.

Eso no me lo advirtió nadie. Yo había pedido veinticuatro horas para dejar la caldera cubierta y tendría que haber pedido dos días, un sustituto y la firma de mi tía Reme en un papel.

Ese es el resumen del oficio, por lo que vi. Para grabar a un hombre hablando de almendra hay que apagar una fábrica.

—El compresor —dijo Luci.

—El compresor no se para.

—Es que si no se para el compresor…

—La he oído, Luci.

—Pues no se le oye a usted.

Se paró el compresor. Después el extractor de la caldera, que se apaga en treinta segundos y tarda cuarenta minutos en volver.

Después la cinta de envasado. Mientras Iván movía un foco del tamaño de una tapa de olla, hice la cuenta en la libreta: cada hora de envasado parado son mil cuatrocientas cajas que hay que sacar el sábado, y el sábado la hora se paga de otra manera.

Le enseñé la libreta a la señora Ruiz.

—Ya lo sé —dijo—. Está en el presupuesto. Cuatro mil ochocientos de productora y dos sábados de envasado.

—¿Y quién ha firmado los dos sábados?

—Su tía. El martes. Por escrito, como le gusta a usted.

Álex bajó a las ocho y media con los cuatro modelos de consentimiento de imagen y una carpeta de gomas azules estrenada para la ocasión.

Firmaron los once que salían en plano, firmó Gemma, firmó Iván, firmó Luci, y Álex se quedó parado en mitad del patio con la carpeta abierta y una cara que no le había visto nunca.

—Es la primera vez en nueve años que alguien me pide un papel antes de que yo lo pida.

—Disfrútalo.

—Lo estoy disfrutando, Jaume. ¡No te haces una idea!

La redecilla la aceptaron todos menos el foco, que no lleva. Maribel le puso una a Gemma y se la colocó ella misma, porque Maribel lleva veintidós años poniéndole la redecilla a la gente que entra en esa nave y no lo hace por norma: lo hace por gusto.

Nuria subió con la señora Ruiz y con dos teléfonos, uno de trabajar y otro de vivir, y se pasó la mañana pegada a Gemma sin tocar nada. Los cortes de seis segundos los graba ella. Desde el lunes 13 no graba a nadie sin un papel firmado, y el papel se lo pide a Álex en mano.

—¿Puedo grabar el rodaje? —me preguntó—. No para subirlo. Para mí.

—Pregúntale a Álex.

—Ya se lo he preguntado. Dice que se lo pregunte a usted y que él lo anota.

Le dije que sí. Esa tarde me arrepentí once veces.

A las nueve y cuarto me pusieron delante de la cámara.

—Cuando quieras —dijo Gemma—. Habla como hablas normalmente.

—¿Con quién?

—Con la cámara.

—Con la cámara yo no hablo normalmente.

Toma uno. Dije el texto entero, cuatro frases, y lo dije en veintidós segundos, ocho por debajo. Sé cuánto duran treinta segundos porque los he contado toda la vida en la báscula.

—Muy bien —contestó Gemma, con el tono que se emplea con los niños en las bodas—. Ahora otra vez, pero más despacio y sin mirarme a mí.

Toma dos.

Miré a Iván.

—A Iván tampoco.

Toma tres. Miré el foco.

Al foco tampoco había que mirarlo. En la cuatro me pidió que sonriera un poco al final y pregunté que un poco cuánto, y creo que ahí fue donde Gemma Bou empezó a plantearse su vida profesional.

En la cinco me oí recitar el porcentaje de marcona con la voz que gasto delante del auditor de una cadena, y no supe cómo poner otra.

—¿Puedo llevar algo en las manos?

—Claro. ¿El qué?

—Una caja.

Me dieron una caja. La sujeté con las dos manos por debajo y a la altura del pecho, en la postura exacta del que lleva una bandeja, y eso lo vi yo después en el monitor y ya no se me ha olvidado .

Maribel lo había pronosticado en septiembre delante de media fábrica y a mí me llegó por Pepe el Rulo: que su director general, ante una lente, se queda de pie como en misa. Toma siete. Como en misa. Toma ocho, la misma misa. En la nueve, Luci rogó que nadie respirase y respiré yo.

—Jaume. ¿Tú te lo estás pasando mal?

—Yo estoy perfectamente.

—Es que se nota mucho.

—¿Se nota que estoy perfectamente?

—Se nota que estás perfectamente en una reunión del banco.

Propuse entonces lo que venía proponiendo desde el 13 de octubre por vías más discretas: que lo redactara yo y lo leyese otro. Escribiendo soy alguien distinto y bastante más simpático, cosa que en esta casa sabe todo el mundo y nadie me dice a la cara.

—Ya lo sé —dijo la señora Ruiz.

Fue lo único que dijo en dos horas y media. Estuvo todo el rato detrás del monitor, de pie, con la barbilla en la mano, sin apuntar nada. En una reunión esa mujer habla cada cuarenta segundos. Verla callada tanto rato fue lo más incómodo de la mañana, y llevábamos catorce tomas.

En la catorce, Vicent se rio.

Fue una risa corta, de las que se tapan tarde. Estaba apoyado en la columna del fondo con el mono puesto, y a Vicent Soler yo lo he visto reírse en el trabajo cuatro veces en diez años.

—Perdón. Es que …

—Dilo.

—Que pareces el del seguro cuando te viene a explicar lo del seguro.

Rafa, desde la puerta, dijo algo que no repito y que terminaba en «¡y llevamos hora y media parados!». Tere apuntó la hora en su cuaderno de hule, porque Tere apunta.

Gemma pidió comer.

Comimos en el comedor, y de aquella comida diré solo que yo no comí.

Tere había bajado del bar de la plaza dos bandejas de coca de mollitas y una tortilla; Gemma preguntó qué llevaba la coca y Maribel se lo detalló ingrediente por ingrediente durante siete minutos, incluida la discusión con su hermana por el pimiento.

Rafa opinó desde el fregadero. Luci se quedó dormida sentada, con el brazo colgando.

Yo estuve junto a la ventana mirando la lona del patio y contando sacos que ya había contado a las seis menos diez.

A las tres y diez volvimos a la nave. Toma quince, dieciséis, diecisiete. En la dieciocho me equivoqué con el año. Con un año que llevo diciendo desde los cuatro días de vida. En la diecinueve, Iván habló por primera y última vez en toda la jornada.

—Tarjeta llena.

Entonces la señora Ruiz salió de detrás del monitor y vino hasta la marca del suelo donde me tenían puesto desde por la mañana.

—Jaume.

—Señora Ruiz.

—Habla con tu abuela. No con la cámara.

—Mi abuela no está aquí.

—Dame diez minutos.

Tardó ocho. La casa está a cuarenta metros del patio de los sacos y a mi abuela no le hace falta que nadie le explique nada dos veces. Volvió con ella del brazo, con el delantal puesto y el cuentahílos asomando por el bolsillo, y detrás venía Tere con una silla de la sala de cata.

Pusieron la silla enfrente de mí, a metro y medio, fuera del encuadre. Gemma le dijo a Iván que no parase la cámara. A mí no me dijo nada, y a esas alturas ya había entendido que lo mejor que podía hacer conmigo era no decirme nada.

—Siéntate tú también, nano —dijo mi abuela—. Que llevas nueve horas de pie como un pasmarote.

—Estoy bien así.

—Siéntate.

Me senté.

—¿Tú te acuerdas de lo que hacía yo el veintitrés por la tarde?

—Abrías la puerta de la fábrica.

—¿Y por qué la abría?

—Porque siempre llega alguien tarde.

—Porque siempre llega alguien —dijo ella—. Que no es lo mismo.

—Iaia, esto lo están grabando.

—Pues que lo graben. —Se estiró el delantal por delante—. ¿Tú te crees que a mí me da apuro mi casa?

—No.

—Entonces…

Me quedé callado, y dentro de ese callarme pasó lo que pasó, cosa que yo no sabría dibujar en un diagrama.

Le conté lo del 23 de diciembre por la tarde, con la nave barrida y el turno cobrado, cuando golpea la puerta quien no llegó a tiempo: un señor de Alcoy, la hija de alguien bajada del tren de las siete.

Mi bisabuela apartaba doce cajas para eso, ella aparta catorce y yo aparto dieciocho, y hay años en los que sobran cuatro y no me molesta ninguna.

—Ya está —dijo Gemma, muy bajito y para nadie.

En el monitor se veía a una mujer de perfil con un delantal de cuadros y a un hombre sentado en una silla descabalada, hablándole a ella y no al objetivo.

Cuarenta y un segundos seguidos. Gemma se quedaría luego con doce, elegidos con una tijera digital que yo no entiendo, y los doce quedaron como salieron, sin música y sin arreglar.

Mi abuela se levantó, me puso la mano en la manga dos segundos y se fue a su casa a hacerse la cena, porque eran las cinco y ella cena a las siete desde que se quedó viuda.

Peladilla se había pasado la mañana entera dormida en la silla plegable de Gemma, la única de la nave con un nombre escrito en la tela. Cuando trajeron a mi abuela, se bajó, cruzó por delante de tres cables y se sentó debajo de su silla, y allí se quedó hasta el final.

El anuncio termina con la caja nueva tres segundos y sin voz.

La tira de papel cruzada, el hueco para escribir un nombre y, debajo, en gris, una pregunta sin interrogación: «Para quién».

Eso lo puso ella en septiembre en una maqueta hecha con una caja de botas, y en el monitor de aquel jueves el hueco para el nombre se leía desde la puerta.

A las ocho y diez ya no quedaba nadie. La furgoneta de Bancal salió por la báscula con un faro fundido y la sala de elaboración volvió a sonar como suena: el compresor, la caldera, un fluorescente del fondo que parpadea desde marzo.

La señora Ruiz se quedó. Estábamos los dos en la nave grande, ella sentada en un palé de cartón plano y yo de pie, porque yo no me siento en los palés.

—Hoy, cuando esa mujer ha dicho «acción», he oído a mi padre.

Lo dije sin preparación y sin motivo. A mí estas cosas no me salen de otra manera.

—¿Él hacía los anuncios?

—Los hacía, los escribía y los rodaba en tres horas, no en nueve y media.

En el noventa y seis se puso en la puerta de esta fábrica con una caja en la mano y dijo ocho palabras: «Llorca, de Xixona, desde mil novecientos veinticuatro».

Ocho. En el colegio me las decían a mí en el patio con su voz durante dos años.

—¿Y eso era bueno o malo?

—Era buenísimo. Ese es el problema.

Ella no dijo nada. Ni una frase de las suyas, ni un remate, ni una pregunta de las que se hacen para que el otro siga hablando. Se estuvo quieta en el palé, y yo seguí.

—Ese día me dejó decir la última frase a mí.

Yo tenía nueve años. La dije doce veces y me pareció el mejor día de mi vida.

Luego no la usaron. Eso pasa siempre. Nadie me lo explicó y eso también pasa siempre.

—Cogí del palé un estuche sin montar, lo doblé por sus cuatro pliegues y lo devolví al montón—.

Hay una foto de aquella tarde en el cajón de abajo de la mesa donde trabaja usted los jueves. Está boca abajo.

—¿Por qué boca abajo?

—Porque alguien la puso así hace dieciocho años y yo no soy quién para darle la vuelta.

—Jaume…

—Otro día.

Y lo dejó. No insistió ni me rozó el brazo ni me soltó ninguna de las cuatro frases que suelta la gente cuando uno habla de su padre. Se levantó del palé, sacó el móvil y me leyó la parrilla, porque eso hace ella cuando algo le llega: se va al producto.

—El primer pase de «Volver» es el sábado 1 de noviembre, a las tres y cuarenta y dos, en el bloque de la tarde. Dos pases diarios hasta el 20 de diciembre y el corte de seis segundos en redes esa misma mañana. Si me dice que no antes de mañana a las doce, lo paramos y perdemos la reserva.

—No le digo que no.

—Dígamelo entero, que esto se firma.

—El sábado 1 de noviembre.

Cerré yo la nave. Al pasar por el comedor encendí la luz de la entrada, la única que se queda dada por la noche.

En la pizarra, debajo de las casillas de septiembre que nadie borra, alguien había abierto una nueva por la mañana: «¿CUÁNTAS TOMAS?

». «Menos de diez», dos tabletas. «Entre diez y veinte», ocho.

«Más de treinta», seis. Y abajo del todo, con la letra de Rafa, que escribe como si le doliera: «Hasta que baje la iaia — 4 tabletas».

Lo demás, tachado. Rafa cobró dieciséis antes de marcharse.

Maribel perdió dos y lo celebró de una manera que no me pareció sana.

Cogí la tiza gorda de la repisa, la de Vicent, la que no se toca, y escribí debajo de todo lo único que a esas horas era información y no apuesta.

«Sábado 1 de noviembre. 15:42.»