9 · Candela
—Candela. Candela. Candela.
—Son las nueve menos veinte, Nuria.
—Dos millones cien mil.
—¿Dos millones cien mil qué?
Me puso el móvil delante de la cara, a diez centímetros, con esa falta de respeto por el espacio ajeno que tienen los que han nacido después de 1998.
El sábado por la mañana, desayunando de pie en mi cocina de Benalúa, yo había visto ese mismo vídeo con cuarenta mil reproducciones y me había parecido una monada.
Le di un corazón y seguí con la lista de la compra.
El domingo a las ocho de la tarde iba por seiscientas mil y me dije que los domingos sube todo y los martes baja todo.
El lunes a las nueve menos veinte llevaba dos millones cien mil y subía doscientas mil por hora, y a esa velocidad ya no lo para nadie.
Cincuenta y ocho segundos en vertical, grabados desde una mesa, con el troquel nuevo de protagonista involuntario en la esquina inferior izquierda.
Se ve a un hombre de espaldas y de tres cuartos, de pie en una oficina vacía, con el teléfono fijo pegado a la oreja.
De pie, con la silla libre detrás. No sé por qué se levanta para hablar por teléfono.
Lo hace siempre. Se entiende cada palabra: Nuria dejó el móvil apoyado en la mesa contigua, y en esa planta se escucha hasta la fotocopiadora del rellano.
—Estimado cliente: lamento comunicarle que el turrón blando se deshace a propósito.
Lo hace desde 1924 y lo hace porque lleva un sesenta y cuatro por ciento de almendra y muy poca cosa más que lo sujete.
Si se le quedara entero en el plato, entonces sí tendría usted motivo para llamarme lo que me acaba de llamar.
Ochenta y tres mil compartidos. El texto que Nuria le había puesto encima decía: «mi jefe contestando a un señor que acaba de llamarle ladrón».
—Bájalo hasta el final —dijo Nuria—. La parte buena es la del minuto cero cincuenta.
En el minuto cero cincuenta dice: «No hace falta que me devuelva las suyas, don Bernabé. Cómaselas usted, que están buenas».
—Ochocientos mil me gusta, y la mitad son de esa frase.
Leí los comentarios de pie, con el café enfriándose, y los leí como los leo siempre, por tramos, porque llevo doce años cobrando por eso y no se me quita ni desayunando.
«Este hombre me ha pedido perdón a mí y yo ni siquiera había llamado.»
«POV: te insultan y contestas con un porcentaje.»
«Necesito que el señor del turrón me explique por qué me dejó mi novio.»
«Mi madre dice que este chico está muy delgado y que dónde está la fábrica.»
Ese último tenía once mil me gusta y venía de una cuenta sin foto que se llamaba algo con un número detrás.
Mujeres de cuarenta y cinco para arriba.
Mi señora de siempre, la del turrón de la madre, la que llevo doce años sin conocer de nada.
Llevaba veinte años sin mirarnos y el viernes a las seis menos cuarto nos había mirado dos millones de veces sin que le pagásemos un euro a nadie .
¿Cuánto cuesta comprar dos millones de impactos en esa franja? Se lo he preguntado a mis proveedores cuarenta veces en doce años y la respuesta honrada empieza en dieciocho mil euros y termina en «depende del mes». Aquello nos había costado una llamada local de once minutos.
Me senté. Cogí un folio, que estas cosas a mí me salen en papel y nunca en pantalla, y en once minutos tenía la campaña entera escrita con un rotulador que pintaba mal.
Arriba puse el nombre: el señor formal del turrón .
Debajo, la mecánica. Un hombre educado contestando reclamaciones.
Cortes de seis segundos para redes, uno por semana, con una queja de verdad y una respuesta de verdad.
El de treinta para la autonómica, rodado en la fábrica, sin actores y sin música de piano.
Y la caja nueva al final, tres segundos, sin decir nada.
Nuria leyó el folio por encima de mi hombro y no dijo ni una palabra, que en ella es un fenómeno meteorológico.
—¿Qué?
—Que no le has preguntado.
A las once y media, en la sala de arriba, éramos seis personas y un gato.
Amparo se sentó en su sitio y no abrió la boca en veinte minutos.
Álex llegó con dos carpetas en vez de una.
Dos carpetas, en Álex, significan que la cosa es grave.
Nuria se sentó al borde de la silla. Marc entró detrás de mí diciendo que el vídeo lo había puesto él en el grupo de la familia el viernes a las doce menos diez, y lo dijo cuatro veces .
Jaume llegó el último, con el chaquetón todavía puesto, y me llamó señora Ruiz.
El viernes por la noche, a las once y treinta y ocho, me había escrito por mi nombre de pila por primera vez desde agosto. Cuarenta y ocho horas después habíamos vuelto los dos a la trinchera, y esa es toda la información que hace falta para entender aquella reunión.
Álex empezó por lo suyo, y en lo suyo tenía razón.
—Nadie pidió permiso. Ni a Jaume, ni al cliente. La voz de ese señor está en dos millones de teléfonos y ese señor no ha firmado nada. —Abrió la carpeta—. Tengo cuatro modelos de consentimiento de imagen desde 2019 y no me los pide nadie jamás. Si esto acabara en una reclamación de las de verdad…
—Yo no pedí permiso, es verdad —dijo Nuria, sentada encima de sus propias manos—. Pensé que… No pensé. Lo subí y me fui a cenar.
—¿Y por qué lo subiste?
—Porque llevo dos años colgando fotos de estuches a mil doscientas visitas, y el viernes vi a un señor defender una fábrica por teléfono y me pareció que eso lo tenía que ver alguien.
—Se quita —dije.
—¿Cómo?
—Que se quita el vídeo. Hoy, Nuria. Y a partir de ahora nadie graba a nadie en esta casa sin un papel firmado. Álex, mándame los cuatro modelos y me quedo con el que más te guste.
Álex se quedó con la carpeta abierta y la boca a medio abrir. Seis años ensayando esa bronca, y se le desarmó encima del hule en catorce segundos.
—Vale —dijo Jaume—. Ya que estamos de acuerdo en lo único importante, aquí se acaba el asunto.
—Aquí no se acaba nada. El vídeo se quita y la idea se queda.
—La idea es el vídeo.
—La idea es que hay un sitio donde te contestan. —Puse el folio encima de la mesa y lo giré hacia él—. Seis segundos, una queja, una respuesta. Sin sorpresas, sin esconder el móvil y con el señor de Elche cobrando por su voz si hace falta.
—Eso con el modelo tres lo tengo cubierto —dijo Álex.
—Álex.
—Digo que el tres sirve. El dos no sirve.
—Dos millones de personas se están riendo de don Bernabé Ortuño —dijo Jaume—. Un hombre de sesenta y ocho años que llamó un viernes por la tarde a un teléfono de una fábrica porque se le deshacía el turrón.
—Nadie se está riendo de él.
—Se están riendo con él. Eso se dice siempre y no es verdad nunca.
—Ahí no le doy la razón. La gente no ha compartido eso ochenta y tres mil veces por don Bernabé. Lo ha compartido porque no se creen que exista una empresa donde el director general coja el teléfono.
—Es que no existe. Lo cogí porque el fijo cruza las líneas desde 2016.
—¿Usted ha leído los comentarios?
—He leído cuarenta.
—Lea los otros ochenta mil.
—No hace falta. Sé lo que dicen y sé lo que duran.
Eso no se lo discutí. Tenía razón.
—¡Pues ese es el anuncio! —dije, y lo dije más alto de lo que quería.
Amparo no se movió. Álex apuntó algo en la carpeta, seguramente la hora.
Jaume se quitó por fin el chaquetón, lo dobló encima del respaldo y lo alisó dos veces con la palma, y eso, cuando lo hace él, significa que va a decir algo que ha pensado en el coche.
—Lo que ha funcionado ahí dentro no es ninguna idea suya, señora Ruiz.
Lo que ha funcionado es que yo no sabía que me estaban grabando.
Eso solo pasa una vez. La segunda ya soy un señor haciendo de sí mismo, y un señor haciendo de sí mismo es exactamente lo que vimos todos en esta provincia en los años noventa.
—Eso lo dice usted, no lo dice el mercado.
—Lo digo yo, que es el que tiene que ponerse delante.
—Ciento treinta mil ochocientas cajas —dije—. Esa es la cuenta. Y llevamos desde el 15 de septiembre buscando de dónde salen veintiuna mil ochocientas que no existen.
—Y si salen de mi cara, el día que yo no esté no hay caja.
Eso me llegó con una puntería que él no sabía que tenía.
—El estuche nuevo entra en imprenta el veinte —dije—. Con cara o sin cara.
Peladilla llevaba toda la reunión dormida en la silla de Jaume. Se levantó, se estiró como se estiran ellas, bajó al suelo, cruzó los cuatro metros de la sala de arriba y se subió a la mía.
—Ha cambiado de silla —dijo Nuria bajito.
—Ya lo he visto.
No me gustó nada.
Jaume también lo vio. Estuvo cinco segundos mirando a la gata y después miró el teléfono de la mesa.
—A don Bernabé lo llamo yo —dijo—. Ahora mismo, y con vosotros delante. Si esto se monta, se monta con el señor enterado.
Marcó y lo puso en manos libres. Se levantó otra vez de la silla. Yo ya llevaba dos.
—Don Bernabé, buenos días. Soy Jaume Llorca, de Turrones Llorca. Le llamo para pedirle disculpas: el viernes había un móvil grabando nuestra conversación y usted no lo sabía.
Hubo tres segundos de nada y después se oyó una voz de hombre mayor a un volumen que no necesitaba manos libres.
—¡Pero si me ha hecho usted famoso! —dijo—. Mi nieta me lo enseñó el sábado. En el bar de abajo me han invitado a dos cafés, oiga. Dos.
—Aun así, si usted quiere lo retiramos hoy mismo.
—Ni se le ocurra. Y las cajas me llegaron esta mañana, que se lo iba a decir. —Una pausa—. Oiga, Llorca.
—Dígame.
—El del horno de Crevillente no era mejor. Era mi suegra, que ya no está.
Nadie dijo nada. Fue un rato largo.
Amparo Llorca habló entonces por primera vez en cincuenta minutos, sin levantar la voz y con las dos manos apoyadas en el puño del bastón.
—Que salga el nieto.
—Iaia…
—Que salga el nieto —repitió—. Y que lo llame por teléfono cada uno que se queje, uno por semana, hasta Reyes. Y a don Bernabé le mandas en enero la cesta, que esas cosas no se mandan en diciembre, que en diciembre no se nota.
Se levantó, cogió su carpeta y se fue a la cámara, porque eran las doce y cuarto y los martes revisa obleas, pero era lunes, y se fue igual.
Doce semanas hasta Reyes. Nueve hasta que las cadenas cierran el pedido el 15 de diciembre.
Diez semanas y dos días hasta que esa mujer levante la mano en una mesa de Nochebuena.
Yo tenía las tres cuentas hechas desde el jueves 2 de octubre, en una cocina con hule de cuadros rojos, y ninguna de las tres mejoraba por mucho que la mirase.
La sala se vació prácticamente entera en dos minutos, porque en esta casa, cuando habla la presidenta, todo el mundo tiene algo urgente en otro sitio. Jaume recogió su chaquetón del respaldo sin ninguna prisa.
—Dígame día y hora y ahí estaré —dijo—. Necesito veinticuatro horas de aviso para dejar la caldera cubierta.
—Jaume.
—Señora Ruiz.
—No he ganado yo. Ha ganado su abuela.
—Su abuela y dos millones de personas. —Se puso el chaquetón—. Yo llevaba diecisiete tabletas de mi parte.
Salió por la escalera de hierro haciendo ruido en cada escalón, y esta vez lo hizo más despacio.
En el comedor, Vicent estaba borrando media pizarra con el borrador de fieltro y la manga llena de polvo. La casilla del «no» la dejó tachada con dos rayas, que es como se marcan aquí las perdidas. Diecisiete tabletas repartidas entre once personas.
—¿Y las dos del «sí»? —pregunté.
—Cobran diecisiete.
Maribel estaba a mi lado con las gafas colgando del cuello, mirando la pizarra con los brazos cruzados.
—Yo he perdido tres —dijo—. Y mira que me alegro, ¿eh? Es que me alegro y todo.
—Maribel, ¿usted cree que lo hará bien?
—Yo creo que se va a poner de pie como en misa. —Se subió las gafas a la nariz—. Pero es que en misa también se está muy bien, hija.
Salí al patio a las doce y media con la campaña entera resuelta, el nombre puesto, el mecanismo claro y la cara conseguida, que es lo que había venido a hacer a esta provincia y lo que llevaba cuatro semanas sin conseguir.
En la báscula vieja había once sacos apartados de la fila de abajo, los que se mojaron el 30 de septiembre, esperando a que alguien se acordara de gastarlos los primeros.
Me subí al coche y no arranqué en un rato.
Yo he ganado muchas reuniones. Se gana con datos o se gana porque el otro tiene que irse a las dos.
Aquella la había ganado porque una señora que no me debe nada dijo cuatro palabras, y porque un hombre de Elche echaba de menos a su suegra, y porque una gata sorda de un oído se cambió de silla en el minuto cuarenta.
Y porque él dijo que sí .
Eso fue lo que me estuvo dando vueltas toda la carretera de Busot: que había dicho que sí.