8 · Jaume
Yo firmo su contrato de mantenimiento todos los años el catorce de octubre. Cuatrocientos ochenta euros. La revisión anual estaba pedida para junio y se aplazó dos veces: las dos las aplacé yo, las dos por la campaña.
A las seis menos cuarto sonó el aparato de la mesa de al lado y lo que entró por ahí no era una llamada de administración.
—Turrones Llorca, buenas tardes.
Un señor de Elche. Bernabé Ortuño, de sesenta y ocho años, dos tabletas de blando compradas el domingo.
Decía que el turrón se le deshacía antes de llegar al plato y que nosotros habíamos cambiado la receta y le estábamos poniendo menos almendra, y lo decía en un tono que en cualquier otro sitio del mundo habría terminado la conversación en veinte segundos.
Le pedí el lote, que va en la trasera de la caja, debajo de los alérgenos.
—Ele cero nueve uno seis guion tres.
—Dieciséis de septiembre, línea tres. Sesenta y cuatro por ciento de almendra, don Bernabé, la misma que en el ochenta y uno.
—¡Ladrones! —dijo—. Toda la vida igual y ahora nos dais gato por liebre.
—Estimado cliente: lamento comunicarle…
Lo que dije después ocupa once minutos y a mí no me pareció nada del otro mundo.
Le expliqué que el blando se deshace a propósito y por qué se deshace a propósito.
Le pregunté cuál compraba antes, y era uno de un horno de Crevillente que cerró en 2004, y eso lo apunté.
Le tomé la dirección para mandarle dos cajas del lote de octubre y le pedí disculpas por el disgusto, que el disgusto lo había tenido y lo había tenido con nuestro nombre en la mano.
Colgó a las seis y siete pidiéndome perdón él a mí.
¿Eso es atención al cliente? Ni idea. En esta casa se hace así desde que mi abuela cogía el teléfono con el delantal puesto, y yo no tengo mejor sistema ni ganas de buscarlo.
Nuria tenía el móvil apoyado de pie contra una caja del troquel, con la pantalla hacia mí. Lleva desde septiembre fotografiando estuches en esa mesa con esa misma luz, así que no le di la menor importancia.
El asunto por el que yo había bajado ocupó menos que la llamada.
—Tres presupuestos —dijo ella—. Un actor de Valencia, tres mil doscientos más derechos. Un cocinero con noventa mil seguidores, cinco mil quinientos. Y usted, cero euros.
—Los tres me parecen caros.
—El tercero es gratis.
—El tercero es el más caro de los tres.
—¿Y si lo hace Maribel?
—Maribel es un corte de seis segundos maravilloso.
—¿Y el de treinta?
—El de treinta necesita a alguien que pueda decir «mi abuela» sin que suene a guion.
—¿Y Vicent?
—Vicent prefiere jubilarse. Se lo ha dicho a usted y me lo ha dicho a mí.
Propuse entonces dejarlo en una mano y una caja, sin cara ninguna. Ahí se levantó y empezó a recoger la mesa, que es su manera de informar de que ya no estamos hablando.
Salimos a las siete y cinco. Ella apagó las luces y me dejó pasar primero, y yo tiré de la hoja de madera y de la puerta de fuelle como llevo haciendo desde los diecinueve años.
Entre la tercera y la cuarta, bajando, el Bonmatí se paró con un golpe que no era el suyo.
La luz aguantó cuarenta segundos y después se fue del todo. No hay alumbrado de emergencia en esa cabina; hay un casquillo con una bombilla fundida en una fecha que no consta en ningún parte.
—Vale —dijo ella en la oscuridad—. Esto no es normal, ¿no?
—No es normal.
—Menos mal. Porque llevo tres semanas pensando que sí.
Marqué el número de la placa. Bonmatí tiene la centralita en Elda y contestó un hombre que se llamaba Quique y que me hizo tres preguntas perfectamente ordenadas en cuarenta segundos. Su técnico estaba en Villena.
—Cuarenta minutos —dije al colgar—. Cuarenta desde este momento, no desde que llamé.
—¿Y eso lo sabe usted o se lo ha inventado para que me calme?
—Me lo ha dicho él. Yo no la calmaría con una hora.
Ella pulsó la alarma. Sonó abajo, en el zaguán, veinte segundos largos, y una señora desde algún rellano gritó que ya lo sabía, que ya había llamado y que la próxima vez avisáramos a la comunidad. Después no volvió a oírse nada de nada.
Nos sentamos en el suelo, cada uno en una esquina, porque de pie a oscuras uno acaba tocando lo que no quiere tocar.
—Una cosa —dije—. La revisión anual de este ascensor estaba pedida para junio. Se aplazó dos veces y las dos veces las aplacé yo.
—¿Me lo cuenta ahora?
—Se lo cuento ahora porque ahora estamos los dos dentro.
Se rio. No fue una risa corta.
—Bueno —dijo—. Pues ya que estamos, propongo un juego, que si no me voy a poner a pensar en el cable.
—No hay un cable. Hay seis.
—Eso ha sido peor.
El juego lo puso ella y las reglas también: cosas que no soporto de ti, por turnos, una cada vez, sin defenderse y sin explicarse. El que se defiende paga el café del lunes.
—Y de tú —dijo—, que a oscuras el usted no se ve.
—Lo intentaré.
Empezó ella.
—Que a Maribel la llames Maribel y a mí me llames señora Ruiz.
—Que diga usted «el producto». Eso que usted llama el producto lo hace Rafa con un delantal y un turno de noche.
—Que te disculpes antes de llevarme la contraria. «Perdone que me meta» y acto seguido me desmontas el presupuesto entero.
—Que remate. Usted no habla: usted cierra. Uno se queda con la frase en la boca y ya se la ha llevado.
—Que contestes los correos en once minutos y las preguntas en cuatro días.
Eso me lo tuve que pensar.
—Que coma de pie —dije.
—¡Eso no es un defecto!
—Es el peor de todos. En mi casa, si comes de pie es que te vas.
Tardó en contestar lo justo para que yo me diera cuenta de que había dicho algo más grande de lo que pretendía.
—Que me corrijas las comas cuando citas mis correos.
—Que se ría antes de que el otro haya terminado la frase, porque ya sabe cómo acaba.
—Que digas «no era un cumplido» medio segundo después de decirme algo bueno.
—Que tenga razón en cuatro minutos —dije— en cosas que a mí me cuestan tres noches.
Ahí se acabó el juego, y ninguno de los dos pagó el café.
El hueco de un ascensor parado es el sitio más silencioso de un edificio de oficinas a las siete y media de un viernes.
Se oía el zumbido del contador de la escalera, un coche cada mucho rato en Alfonso el Sabio y la respiración de una persona a metro y medio de mí, que es un ruido que no se puede desoír una vez que lo has oído.
—Jaume.
Era la segunda vez que me llamaba así. La primera fue el 15 de septiembre, en la sala de cata, cuando me tomó por un operario y me dio su tarjeta cogiéndola por el borde para no mancharla.
—Dime.
Lo dije sin pensarlo y los dos lo notamos.
—Me has tuteado.
—Ha sido la oscuridad.
—Pues que dure. —Cambió de postura; se le oyó la chaqueta contra la pared—. ¿Por qué no quieres salir? Y no me digas lo de la caldera, que aquí no hay caldera.
Hay respuestas que solo se pueden dar cuando nadie te está viendo la cara.
—Porque a mí la gente me cree cuando hablo de la máquina y deja de creerme en el segundo en que hablo de mí. Prefiero que se fíen de la caja.
—Las cajas no venden solas.
—Las cajas no se van .
No contestó a eso, y yo agradecí mucho que no contestara.
—¿Tienes frío?
—Un poco.
—Mentira.
—Mucho.
En octubre, a las ocho menos cuarto, el hueco de escalera de un edificio de los sesenta está a dieciséis grados, y ella llevaba la misma americana fina de todos los días.
Me quité la chaqueta y se la puse por encima de los hombros, y para ponérsela hay que acercarse, y para colocarle el cuello hay que poner las dos manos donde yo las puse.
No me aparté.
Ella tampoco. Levantó un poco la barbilla, lo suficiente para que yo dejara de saber dónde estaba mirando, y el aire entre las dos caras se quedó en nada.
—Jaume…
Entonces chirrió el hierro arriba y entró por la rendija una raya de luz blanca del rellano de la tercera.
La hoja se abrió a las ocho menos doce, con palanca, y del otro lado había un técnico de Bonmatí con mono naranja y, delante de él, Álex Ferrándiz.
Llevaba en las manos un taco de folios recién salidos de la impresora. Cuarenta y una páginas. Las reconocí desde dentro de la cabina, a oscuras y a un metro de distancia, porque las escribimos Álex y yo hace seis años.
—¡Estáis aquí! —dijo Álex—. ¿Estáis bien? ¿Os ha pasado algo? Llevo desde junio pidiendo esta revisión.
—Estamos bien.
—Es que yo he venido únicamente por el ascensor. —Miró la chaqueta. Miró el metro y medio que no había entre nosotros. Volvió a mirar la chaqueta—. Por el ascensor he venido.
—Ya lo has dicho, Álex.
—Incidencias… —Se quedó a mitad—. Bueno.
Le tendió a ella el taco de folios y un bolígrafo allí mismo, en el rellano, porque Álex no ha dejado nunca un trámite a medias ni en las peores circunstancias de su vida.
—Candela, tu ejemplar del Código está sin rubricar en la treinta y nueve. Me lo lleva pidiendo el archivo desde el día uno.
Ella firmó la treinta y nueve de pie, con mi chaqueta encima de los hombros y el taco apoyado en la barandilla, mientras el técnico nos explicaba que el fallo estaba en un relé de planta y que eso él lo arreglaba en veinte minutos.
Cuarenta minutos justos. Quique, el de la centralita de Elda, había clavado el dato al primer intento, y yo llevaba diez años firmándole cuatrocientos ochenta euros al año sin saber cómo se llamaba.
Llegué a Xixona a las nueve menos diez. En el comedor había tres personas cenando de táper y Pepe el Rulo de pie con el café, que a esas horas no tiene ningún motivo laboral para estar en esa fábrica.
—Jaume. —Se limpió la boca con el dorso—. Ese ascensor de Alicante, ¿lo lleváis vosotros o lo lleva la comunidad?
—Lo llevamos nosotros.
—Ah. Digo yo que habrá que mirarlo.
Su cuñada limpia esa oficina de siete a nueve. Lo sé desde 2011 y hasta aquel viernes no había entendido el alcance industrial del asunto.
La pizarra estaba puesta al día. Debajo de «¿QUIÉN CONTESTA EL ÚLTIMO?», la tercera casilla, la que alguien había escrito en octubre con letra pequeñísima y una sola tableta, ya no estaba escrita pequeña. Alguien la había repasado con tiza gorda.
«Los dos a la vez — 11 tabletas.»
¿Once tabletas a que su director general y su directora de marketing se mandan un correo en el mismo minuto? A cuatro con cuarenta la tableta, son cuarenta y ocho euros con cuarenta puestos encima de una mesa de formica.
Favorita del tablero, por delante de «Ella», que se quedó en catorce pero repartidas entre siete personas. Peladilla no estaba en ninguna silla: estaba sentada en mitad del comedor, mirando la pizarra de frente, como el que espera a que salga un resultado.
Subí, encendí el flexo y escribí seis líneas en catorce minutos, que para lo que suelo tardar es una temeridad. Borré el encabezado tres veces. Puse el que había puesto siempre, lo miré un rato y lo quité.
Estimada Candela: le confirmo que la revisión del ascensor queda contratada para el lunes a las ocho y que corre por mi cuenta y no por la de la comunidad.
Sobre la lista de las siete y media: llevaba usted razón en cinco de las seis.
La sexta se la discuto el jueves, en la fábrica, con el día que le corresponde.
He seguido pensando en lo que me preguntó a oscuras y no tengo mejor respuesta que la que le di, cosa que lamento más de lo que puedo explicarle por escrito. Atentamente, J. Llorca.
Lo mandé a las once y treinta y ocho, veintidós minutos dentro de la primera cláusula.
A las once y cincuenta y uno me entró un mensaje de mi primo Marc. Un enlace y tres emoticonos de fuego, sin una sola palabra encima ni debajo.
No lo abrí aquella noche.