7 · Candela
Me dijo que no tres veces y las tres con una fórmula distinta.
La primera fue «no me corresponde». La segunda, «no soy la persona adecuada». La tercera la dijo de espaldas, mirando el patio desde la ventana de la sala de arriba. Fue la única que llevaba algo dentro: los anuncios de esta casa los hacía su padre y duraron hasta el noventa y ocho.
—¿Y salieron mal?
—Salieron caros.
—Eso no es lo mismo.
—No lo es.
Me callé tres segundos, que es el truco más barato de mi oficio y el que mejor resultado da.
La gente rellena el hueco casi siempre. El que no lo rellena está entrenado o está tocado, y a los dos hay que tratarlos igual de despacio.
Él se quedó mirando la lona del patio y no rellenó nada, así que conté hasta cinco por si acaso. Perdí igual.
—Señor Llorca, si usted me dijera por qué…
—Tengo caldera a y media.
—«Volver» necesita una cara. Un anuncio de treinta segundos sin una persona dentro es un catálogo con música de piano.
—Póngale a Vicent.
—Vicent dice que antes se jubila.
—Pues ya somos dos.
Cogió el chaquetón del respaldo y bajó por la escalera de hierro haciendo ruido en cada escalón.
Me quedé sola con un proyector de 2006, cuatro sillas descabaladas y mi lista de veintidós líneas.
La tenía abierta por la tercera. En la tercera pone «el nieto», y llevaba cuatro días mirándome a mí en vez de al revés.
Tere me esperaba en el rellano de la primera planta con las llaves apretadas en el puño para que no sonaran y el peso cambiado de un pie al otro.
—Es aquí —dijo—. Su sitio de los jueves.
—¿Esto era de alguien?
—Si le parece pequeño, se puede… —Se paró en seco—. No, no se puede.
En la puerta hay un rótulo de metacrilato con la palabra MARKETING en letras de imprenta, atornillado torcido hacia la derecha. Lo primero que hice fue lo que hace todo el mundo: intentar enderezarla con la yema del dedo. El tornillo giró sin agarrar nada.
Dentro había trece metros cuadrados recién fregados, una mesa de nogal y una silla giratoria hundida hacia un lado.
En la pared quedaba un rectángulo más claro del tamaño de un calendario.
Las cuatro cajas del troquel nuevo esperaban debajo de la ventana.
Alguien había subido una mesa auxiliar. No cabía. La pusieron igual.
En un bote de cristal con la etiqueta despegada a medias había tres claveles y una rama de eucalipto.
—¿Y esto?
—Me dijeron que las pusiera.
—¿Quién se lo dijo?
—Me lo dijeron —repitió Tere, que con diecinueve años ya sabe de esta casa mucho más que yo.
Encima de la mesa dormía Peladilla, estirada a lo largo como una barra de pan del día anterior.
Dejé el portátil a quince centímetros de su cabeza.
No se movió, no levantó la cabeza, no hizo ninguna de las cosas que hacen los gatos cuando les ocupan el sitio.
Tere se quedó en la puerta con la bandeja en la cadera, mirándola como se mira una máquina que se ha arreglado sola.
—Anda —dijo—. Con los de fuera se baja siempre.
Abrí la ventana. Desde allí se ve el patio entero. La báscula comida, el bidón azul que no está conectado a nada, ciento ochenta sacos de marcona tapados con una lona que no llega. Cuatro con veinte el kilo. Lo que no había en tres kilómetros a la redonda era un árbol. Ni uno.
Llevaba tres semanas escribiendo la palabra «almendra» en presentaciones sin haber visto una colgando de ningún sitio.
Con la mano en el pestillo me di cuenta de que estaba a punto de pedirle a media España que se creyera una historia que yo no me sabía.
Eso se nota siempre. Se nota tarde y lo nota todo el mundo menos el que la cuenta.
Bajé a la caldera.
—Quiero ver de dónde sale esto.
—Los sacos están en el patio.
—Quiero el árbol.
Se limpió las manos en un trapo y me miró los pies un rato que me pareció bastante descortés y que luego resultó ser cálculo de ingeniero.
—¿Ha traído otro calzado?
—He traído este.
—Ya lo veo.
El Land Rover del guardabarros abollado es suyo.
Lleva una manta de cuadros en el asiento de atrás, una caja de guantes de trabajo en el hueco de los pies y doscientos setenta mil kilómetros repartidos casi todos en las mismas catorce curvas.
Subimos por la carretera de la Carrasqueta detrás de un camión de áridos que no se apartó ni una vez en media hora.
Él no tocó el claxon, no adelantó y no dijo una palabra del camión.
En Madrid, eso habría sido material para un divorcio.
La finca es de Paco Sempere: setenta y dos años, boina de las de verdad y un tractor de 1989 aparcado delante de una casilla de piedra.
Le vende marcona a Llorca desde que se murió su padre.
Tiene nueve hectáreas de secano en bancales.
Un bancal de secano, para quien no lo haya pisado nunca con unos botines de ante de ochenta y nueve con noventa y cinco, es un escalón de piedra suelta de medio metro repetido cuarenta veces hacia arriba.
—¡Ay, la de Madrid! —dijo Paco—. Con esos zapatos.
—Con estos zapatos.
—Muy bien, muy bien. Yo con setenta y dos años tampoco me pongo lo que me conviene.
Tenía una perra vieja que se llama Onza. Nos siguió hasta el tercer bancal y allí se sentó a esperarnos, porque de tonta no tiene un pelo y porque los cuarenta escalones que quedaban por encima los llevaba subidos cientos de veces detrás de un hombre con una vara al hombro.
—¿Este año cómo ha ido? —dijo Jaume.
—Ha ido. Poca y gorda. —Paco se levantó la boina y se la volvió a poner exactamente en el mismo sitio—.
Y bien pagada, que lo digo delante de ti y lo digo detrás.
La cooperativa paga a noventa días y te avisa el mismo día que te paga.
Estos pagan a treinta y te llaman el martes de antes para decirte que el jueves te ingresan, y eso en esta carretera no lo hace nadie desde que se murió mi padre.
Aquella frase, dicha por un hombre con boina encima de nueve hectáreas de piedra suelta, vale más que las cuatro páginas de valores corporativos que tenemos colgadas en la web desde 2014.
Me la guardé entera. Tres semanas de trabajo, y lo primero de verdad que tenía para vender me lo acababa de regalar un proveedor mientras se colocaba la boina, sin cobrármelo, sin saber que era una idea y sin enterarse de que acababa de escribirme la única línea de esta campaña que no me va a discutir nadie del comité.
Jaume subió delante, sin mirar atrás, hasta que me oyó resbalar.
—Pise donde hay hierba —dijo—. La piedra limpia es la que se mueve.
—Gracias por avisar en el bancal tres.
—Se me ha olvidado que no es de aquí.
Lo dijo sin ninguna intención y me sentó mejor que casi todo lo que me habían dicho desde el 15 de septiembre.
Bastante mejor. Arriba se veía Xixona entera, apilada en la ladera de enfrente como una caja de azulejos volcada.
Hacía doce grados y un viento que bajaba de Alcoy sin pedir permiso.
Los árboles no son altos. Son cortos, retorcidos, con la corteza partida en dos o en tres, y están plantados a una distancia rarísima unos de otros.
—Ese de ahí es marcona. Los cuatro de la linde, largueta.
—¿Y se nota?
—Se nota en la boca. La marcona es redonda y dulce y aguanta que la muelan sin soltar el aceite, y por eso va en el blando.
La largueta es larga y de piel más fina, y es la que se oye en el duro.
Si le cambio una por otra usted no sabría decirme qué le pasa al turrón.
Solamente sabría que no lo compra otra vez.
—Eso es un idioma.
—Eso es exactamente lo que es.
—¿Y esto cuándo se coge?
—Se varea en agosto. Se sube uno con una vara larga, le pega al árbol y cae lo que tiene que caer; lo que sigue colgando en octubre es lo que se quedó arriba, que siempre es lo peor.
—Levantó la barbilla hacia el valle—. Lo que ha dado esta finca este año lleva desde el doce de septiembre debajo de nuestra lona.
Se agachó, cogió dos almendras del suelo y las partió apretando una contra otra con los pulgares, sin piedra y sin cuchillo. Me dio la que salió entera.
Me la comí allí mismo.
Luego señaló con la barbilla un árbol del bancal de arriba que no tenía nada, ni arriba ni abajo, y que a mí me pareció igual que los otros cuarenta.
—Ese lleva mudo dos temporadas y Paco no lo arranca, y hace bien —dijo—.
Un almendro tarda siete años en decir la primera palabra.
Si lo arranca hoy, el que viene detrás no habla hasta 2032.
En febrero esto se pone blanco en cuatro días y luego ya veremos, porque si hiela el doce de febrero se acabó la conversación.
No me invitó en febrero. Lo noté, lo apunté donde apunto las cosas que no se dicen y seguí mirándole las manos.
Llevaba diez minutos mirándoselas sin ningún disimulo.
Tiene la uña del pulgar izquierdo negra desde algún accidente que no me ha contado nadie.
Una cicatriz blanca de dos centímetros en el dorso de la derecha.
Las yemas de una persona que trabaja todos los días a cuarenta y cinco grados.
Un director de casting me habría cobrado ocho mil euros por encontrar esas manos, y las habría encontrado peores.
Saqué el móvil e hice once fotos: la corteza partida, la piedra seca, el árbol mudo y las manos de Paco encima de la vara.
—¿Eso para qué le sirve?
—Para que en diciembre una mujer de Valladolid que no ha visto un almendro en su vida sepa que esto existe y que le cabe en una caja de veinte por doce.
—Eso no se puede fotografiar.
—Eso es lo único que se puede fotografiar. Lo demás es azúcar.
No contestó a eso.
Se quedó callado, mirando el bancal de abajo, donde Onza se había tumbado en la única sombra de la ladera.
—Llevo tres semanas queriendo decirle una cosa y la voy a decir mal.
—Dígala mal.
—Tenía usted razón en lo de la caja.
—Ya lo sé.
—Ya. Es que lo de velatorio…
—¿Sigue doliendo?
—Sigue siendo verdad. Mi abuela la diseñó en el ochenta y uno y en el ochenta y uno esa caja era la mejor de la carretera. Lo que pasa es que nadie volvió a mirarla, y el que no volvió a mirarla fui yo, que llevo diez años firmando ese troquel una vez al año sin abrir el sobre.
Cuarenta y ocho horas antes yo tenía a ese hombre catalogado como un obstáculo con buena ortografía. En aquel bancal, con los botines destrozados y la boca llena de almendra cruda, se me cayó la etiqueta al suelo y no la recogí.
Fui a bajar y se me volvió a mover la piedra.
Me cogió del antebrazo por encima de la manga, con la mano entera y sin apretar nada, y yo me estabilicé en un segundo.
Él no me soltó en tres. Los dos mirábamos el mismo punto del suelo: una piedra del tamaño de un pan.
Ninguno de los dos dijo nada de la piedra.
—¡Que os subo agua fresca! —gritó Paco desde la casilla—. ¡Y almendra para la de Madrid, que está en los huesos!
Me soltó.
Bajamos los cuarenta escalones en fila india, despacio, sin hablar, y el silencio aquel pesaba cuatro kilos y los pesaba en mi lado de la cuerda.
En el coche, con la bolsa de Paco en las rodillas y los botines quitados, le pregunté por qué la cámara.
—¿Perdone?
—Que por qué no quiere salir. Y no me diga «no me corresponde», que esa ya la ha gastado usted hoy.
Puso el intermitente para adelantar al camión de áridos, que seguía allí en la curva de la venta. No adelantó. Tardó tres kilómetros en decir nada más, y lo que dijo entonces no venía a cuento de nada.
—¿Qué número calza?
—¿Cómo?
—Que qué número calza usted.
—Treinta y ocho. ¿Por?
—Por nada. —Bajó la ventanilla dos dedos—. Mañana le mandaré por escrito lo que pienso del casting. Le va a parecer que no he entendido nada.
—Seguramente. Pero la segunda cláusula dice que lo que hay que decidir se decide hablando y después se escribe.
—Esa cláusula la escribí yo.
—Por eso la uso. Mañana a las cinco, en Alicante. Cuarta planta.
—Allí estaré.
En el comedor de la fábrica habían abierto casilla nueva. Tiza gorda, letra de Vicent, debajo de las apuestas muertas de septiembre. «¿SALE EL NIETO EN EL ANUNCIO?». «No», diecisiete tabletas. «Sí», dos.
Maribel estaba delante con el táper en una mano y las gafas subidas a la frente.
—Diecisiete a dos —dijo—. Yo he puesto tres al «no», y mira que le tengo ley.
—¿Por qué al «no»?
—Porque lo conozco desde que iba en capazo. Ese hombre delante de una cámara se pone… —Estuvo buscando la palabra un rato larguísimo—. Se pone de pie como en misa.
—¿Y las dos del «sí» de quién son?
—De la presidenta —dijo Vicent desde el fregadero, sin volverse.
—¿Ella ha apostado a que sale?
—Ella no apuesta. Ella avisa.
Me fui a Alicante con los botines en la mano y la bolsa de Paco en el asiento de al lado. En toda la tarde, el único que me había contestado entero era un señor de setenta y dos años con boina. Al otro le había preguntado tres veces por su padre sin nombrarlo una sola vez.
Tres veces, tres respuestas, y en ninguna me había mirado como se mira una avería.