6 · Jaume
—Ponte el chaquetón, que hoy vamos a estar un rato.
Mi abuela revisa las obleas los martes. Entra en cámara a las once, se sienta en un taburete que tiene allí desde que yo iba al instituto y va sacando bandejas de cincuenta.
Mira una de cada cien con un cuentahílos de imprenta que era de su marido.
Si encuentra tres burbujas seguidas en el mismo lote, baja al horno y no hace falta que diga nada, porque se lo ven en la manera de bajar la escalera.
Doce grados. Ella con el abrigo de casa encima de la bata y los guantes de algodón. Yo, de pie, sacando bandejas y poniéndolas en la mesa de acero para que no tuviera que agacharse.
Estuvo dieciocho bandejas sin decir nada.
—Jaume.
—Diga.
—El tres de octubre les firmé una carta de intenciones. No obliga a nada.
La bandeja que tenía en la mano pesa cuatro kilos y medio llena. La dejé en la mesa despacio, porque lo otro habría sido tirarla.
—¿A nada?
—A escucharles.
—El martes anterior estuvieron aquí y usted no bajó.
—No bajé porque no quería darles la mano delante de mi gente. —Dejó el cuentahílos encima de la bandeja—. La firmé el viernes en un despacho de Alicante, y en un despacho de Alicante no mira nadie.
Le contesté con una frase de cuarenta palabras.
Me oí decirla y no pude pararla: hablé de gobernanza, de la obligación de informar al órgano de administración, de los plazos del punto segundo de la convocatoria y del perjuicio reputacional de una filtración en plena campaña.
Me salió el vocabulario del consejo entero, con sus comas.
Mi abuela esperó a que terminara.
—Nano, deja de hablarme como el asesor de tu tía.
—Perdón.
—Hay una condición —dijo—. Y te la digo hoy para que no te enteres en Nochebuena delante de tus tíos, porque eso sí que no te lo hago.
—Dígala.
—Si la campaña de Navidad crece un veinte por ciento sobre la del año pasado, no vendo. Si no crece, vendo y firmo en enero.
Cogí la bandeja diecinueve. La puse en la mesa. Cogí la veinte.
—¿Por qué ahora? —dije—. La almendra está cara, la campaña está empezada, el pedido de las cadenas se cierra el 15 de diciembre. Si quiere vender, se vende en marzo con las cuentas cerradas y se vende mejor.
—Porque tengo ochenta y cuatro años y quiero decidirlo yo. —Volvió al cuentahílos—. No que lo decidáis vosotros dentro de tres años en un juzgado, repartiéndoos esto con abogados y sin hablaros.
—Eso no va a pasar.
—Eso pasa siempre.
No le contesté nada. Mi abuela ha enterrado a su madre, a su marido y a una hermana, y ha visto desde esta misma cámara cómo se repartían dos negocios de esta carretera. En los dos casos había una nave, un apellido y cuatro hermanos, y hoy no queda ni la nave ni el trato.
Bajé cuatro bandejas más. En la treinta y uno encontró dos burbujas y me la señaló con el dedo sin decir nada, y yo la aparté, porque dos burbujas no son tres.
—¿Se lo ha dicho a alguien más?
—A Reme, que ya lo sabía de antes que yo. A Toni, que ha dicho que bueno…
—¿Y a nadie más?
—Termina de sacar, iaia, que se te enfrían las manos —dijo ella, imitándome, y se rio sola de su propio chiste, y fue la única cosa divertida que ocurrió en aquella cámara en hora y media.
Un veinte por ciento son veintiuna mil ochocientas cajas más.
Cuarenta y dos toneladas largas de blando, once mil kilos más de marcona a cuatro con veinte, catorce turnos que no están contratados y un boixet de mil novecientos sesenta y ocho haciendo un ruido raro cada cuatro golpes.
Eso lo calculé en la escalera de la cámara, entre el primer escalón y el rellano.
No volví a preguntar. Subí a mi despacho, abrí el último cajón y leí el sobre del viernes 12 de septiembre por quinta vez. Doce palabras. Seguían diciendo exactamente lo mismo que decían en septiembre, y yo las leí como si las hubiera escrito otra persona.
Las muestras del troquel nuevo llegaron de Novelda a las cinco de la tarde. Cuatrocientos estuches planos en cuatro cajas, y en envasado no hay un metro cuadrado libre hasta enero.
—Ponlas arriba —dijo Tere—. Arriba hay sitio.
Arriba hay un pasillo, un archivo, un cuarto de limpieza y la puerta que pone MARKETING.
La llave está en el cajón de la báscula, dentro de una caja de membrillo con cuarenta llaves y catorce etiquetas. La encontré a la tercera. Entró bien; la cerradura se abrió sin resistencia, cosa que en una puerta cerrada dieciocho años no debería pasar.
Peladilla estaba dentro, encima de la mesa de nogal, dormida en la postura de las tardes largas.
Me quedé en el marco. La gata levantó la cabeza, me miró con el ojo del lado que oye y volvió a bajarla. Ahí vi el ventanuco de guillotina del fondo, subido cuatro dedos, con el polvo del alféizar partido en dos por un camino limpio del ancho de un gato.
Esta empresa lleva seis años leyendo en qué silla se sienta esta gata como si fuera el boletín oficial. Y resulta que las tardes que no la encontrábamos en ninguna silla estaba aquí, en el único despacho donde no entra nadie, durmiendo encima de la mesa de mi padre.
Antes de dar la luz estuve un rato con la mano encima del interruptor, contando cosas que no hacía falta contar: las cajas que cabían, los enchufes, la altura del techo.
Medí la habitación por costumbre: tres metros veinte por cuatro diez.
Trece metros cuadrados. Un teléfono de botones gordos con una pegatina de una empresa de extintores que ya no existe.
Un calendario de 2007 abierto por septiembre.
En el corcho de la pared quedaban cuatro chinchetas y un triángulo de papel del tamaño de una uña, del color que tenían los faxes.
Una silla giratoria con el respaldo hundido hacia la derecha, porque el que se sentaba ahí se apoyaba en ese lado para coger el teléfono.
Abrí los cajones. Un ingeniero sin nada que hacer con las manos abre cajones. En el primero, bolígrafos secos y una grapadora. En el segundo, catálogos de una feria de Colonia de 2004. En el tercero, nada.
En el de abajo del todo había un marco puesto boca abajo.
Lo levanté. Era él, en la puerta de la fábrica, con un micrófono en la mano y cuarenta personas detrás. Mil novecientos noventa y seis, por la furgoneta que se ve al fondo.
Salía él y salía Vicent, veinte años más joven y con el mismo gesto de ahora, y salía mi tía Reme con una carpeta. Yo no salgo. En el noventa y seis yo tenía nueve años y estaba a ciento veinte metros de allí, en esta misma casa, haciendo los deberes en la mesa de la cocina de mi abuela.
Conté hasta cuatro con el marco en la mano. Después lo dejé como estaba, boca abajo y contra la pared del cajón, y cerré.
Salí. Probé a enderezar la placa de metacrilato con la yema del pulgar y el tornillo de arriba giró en el vacío, porque está pasado de rosca desde el noventa y seis. Sigue torcida. Va a seguir torcida.
Dejé la puerta entornada un palmo y la llave puesta por dentro.
Tere venía por el pasillo con una bandeja y se paró en seco cuando me vio salir de ahí.
—¡Ay! —dijo—. Perdón.
—No, perdón yo.
—Hay que limpiar esto para el jueves —dije—. Que suban las cajas del troquel y una mesa auxiliar.
—Vale.
—Y que revisen el ventanuco del fondo. Pero que lo dejen como está.
—Vale. —Se colocó la bandeja en la cadera—. ¿Le pongo las flores?
—Ponlas.
Rafa subió a las siete y media con el presupuesto de la chumacera en un papel doblado por la mitad.
Dos mil trescientos euros con el desmontaje y cuatro días de máquina parada. En octubre esos cuatro días existen. En noviembre no existen, y en diciembre no existe ni el papel.
Firmé la correa, ciento diez euros, y la chumacera la puse en una lista que tengo abierta desde marzo y que se llama «enero».
—Jaume —dijo Rafa desde la puerta—, la correa no es el problema.
—Ya sé que la correa no es el problema.
—Porque si esa chumacera se va un martes de diciembre con dos turnos dentro…
—Rafa.
—¡Que conste! —dijo, y se fue por el pasillo repitiéndolo—. ¡Que conste!
—Consta.
Bajé a por agua a las once. En el comedor solo había la luz de la máquina, que es una luz azulada de acuario, y la pizarra se leía perfectamente desde la puerta.
«¿QUIÉN CONTESTA EL ÚLTIMO?»
«Él», doce. «Ella», catorce. Alguien había tachado el siete de ella y había escrito el catorce encima, con la misma tiza y peor pulso. Y debajo, en una línea nueva y con letra pequeñísima, una casilla tercera: «Los dos a la vez — 1 tableta».
Hay veintiocho personas fijas en esta empresa y una de ellas se ha gastado cuatro euros con cuarenta en apostar que su director general y la directora de marketing van a mandarse un correo en el mismo minuto.
El vaso se llenó y yo seguía delante de la pizarra. La casilla de «dos semanas» sigue arriba con sus seis tabletas, sin tachar y sin cobrar, porque aquí las apuestas perdidas no se borran: se dejan puestas para que el que apostó se las vea todos los días mientras se calienta el táper.
Volví arriba por el pasillo largo, el de la primera planta, que no es el camino de mi despacho.
Después me senté y escribí el armisticio.
Tardé cincuenta y un minutos. No borré ninguna versión entera, que para mí es un récord. Lo que borré fueron adjetivos, dos veces la palabra «cordialmente» y una frase donde le agradecía la paciencia, porque agradecerle a alguien la paciencia es una manera fina de decirle que ha tenido que tenerla.
A los tratados se llega cuando a los dos les conviene el mismo calendario. El mío y el suyo llevaban desde el lunes 15 apuntando al 24 de diciembre; lo que pasa es que hasta aquel martes yo creía que el 24 de diciembre solo era Nochebuena.
Lo mandé a las once y cincuenta y dos .
Estimada Sra. Ruiz: le propongo un armisticio de cinco cláusulas, con vigencia desde mañana y hasta el 24 de diciembre.
Primera: ningún correo entre las doce de la noche y las siete de la mañana; lo que no aguante hasta las siete se resuelve por teléfono.
Segunda: lo que haya que decidir se decide hablando y después se escribe, y no al contrario.
Tercera: fábrica veta producto, marketing veta mensaje, y ninguno de los dos opina en el terreno del otro delante de terceros.
Cuarta: un día suyo por semana en la fábrica, el que usted elija, y ese día no lo ocupo yo.
Quinta: el Código Llorca se aplica, huelga decirlo. Atentamente, J. Llorca.
Ocho minutos de margen sobre una cláusula que todavía no existía.
El teléfono sonó a las once y cincuenta y ocho.
—Señor Llorca.
—Señora Ruiz.
—Llamo y no escribo, que son las doce menos dos.
—La cláusula empieza mañana.
—Ya, pero así estrenamos la segunda. —Detrás de ella se oía la calle: alguien despidiéndose de alguien a gritos, y un poco después el mismo alguien despidiéndose otra vez—. Conforme en las cinco.
—Gracias.
—La cuarta la elijo yo, ¿no? Pues los jueves.
—Los jueves está bien.
Los jueves ya estaban limpiando el despacho de arriba. Eso no se lo dije.
—Y una cosa.
—Dígame.
—La quinta.
Me levanté de la silla sin ningún motivo. Eso lo hago yo cuando hablo por teléfono con proveedores difíciles, y es un gesto tan idiota que mi madre lo imita en las bodas.
—¿Qué pasa con la quinta?
—Nada. —Tres segundos—. Que la ha escrito usted con «huelga decirlo», y una persona que escribe catorce puntos sobre un troquel no pone «huelga decirlo» cuando de verdad huelga decirlo.
—Es una fórmula.
—Es una fórmula preciosa. Buenas noches, señor Llorca.
—Buenas noches…
Colgó antes.
Dejé el teléfono en la mesa cuando la pantalla ya se había apagado sola. Después bajé al pasillo de la primera planta a apagar las luces, que las había dejado encendidas yo.
Desde el final del pasillo se veía la puerta de marketing entornada un palmo y una raya de claridad en el suelo.
Apagué todas menos esa. El jueves ya la apagará otro.