Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 5 · Candela
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La casa hace pared con el patio de los sacos y se entra por una puerta que no tiene timbre porque nunca ha hecho falta.

Aquí vive también el director general de la compañía.

Eso yo lo tenía en la ficha desde agosto y no significa nada hasta que lo ves: en el perchero de la entrada había dos abrigos, uno de señora y otro de hombre, y encima del zapatero, unas botas de seguridad del cuarenta y cuatro puestas boca abajo a secar.

En el pasillo hay nueve fotos enmarcadas y en una de ellas falta el cristal.

Me citó el jueves a las siete de la tarde con un mensaje de doce palabras. Yo llegué a y cinco. Ella ya tenía puesta encima de la mesa una bandeja de horno con dos kilos de almendra sin repasar.

—Siéntate y ayúdame, que con las manos quietas no se habla bien. Las partidas a este lado. Las enteras aquí.

—¿Y esto para qué es?

—Para comer.

Estuvimos cuatro minutos en silencio, separando almendra. Yo, que me gano la vida rellenando los silencios de los demás, tardé cuatro minutos en entender que aquel silencio estaba puesto ahí a propósito y que era mío.

—El martes vinieron dos señores a la fábrica —dije.

—Ya me lo han contado.

—¿Quién?

—Todos. —Cogió una almendra, la miró al trasluz y la tiró al montón de las partidas—. Aquí eso funciona así. Yo no me entero de las cosas: las cosas vienen.

—Usted no bajó.

—No.

No dijo por qué y yo no se lo pregunté dos veces, porque a esa mujer se le pregunta una.

—Esto te lo voy a decir una vez sola, así que déjate la almendra.

Dejé la almendra.

—En Nochebuena hay consejo y se vota si se vende la empresa. Mi hija quiere vender. Mi hijo Toni vota lo que diga mi hija desde el año noventa y cuatro. Mi nieto no quiere vender y tiene el nueve por ciento, que para votar no es nada.

—¿Y usted?

—Yo tengo el cincuenta y uno.

En la ventana había un geranio en una lata de aceite de cinco litros. Me quedé mirando la lata, que es lo que hago cuando alguien me va a decir un número.

—Si la campaña de Navidad crece un veinte por ciento, no vendo. Si no crece, vendo. Y no hay más que hablar del asunto, ni en Navidad ni antes.

—¿Un veinte por ciento sobre qué?

—Sobre lo que se vendió el año pasado de campaña.

Ciento nueve mil cajas. Un veinte por ciento más son ciento treinta mil ochocientas, y eso lo calculé allí mismo, con las manos llenas de piel de almendra, y me salió un número tan redondo y tan imposible que me entró la risa por dentro.

—Ciento treinta mil ochocientas.

—Ochocientas de más no le han hecho daño nunca a nadie.

Un veinte por ciento. Esa categoría crece el dos por ciento al año y lleva creciendo el dos desde que yo estudiaba.

Un veinte por ciento no se saca de la nada ni de una caja nueva: se le quita a alguien, en un lineal donde cada marca lleva veinte años ocupando el mismo palmo de balda y donde el jefe de compras de una cadena te recibe una vez y en noviembre ya no coge el teléfono.

Eso, en mi oficio, no se llama objetivo.

Se llama otra cosa y no se dice delante de la clienta.

—Amparo, ¿por qué me contrató?

Tiró dos almendras al montón de las partidas antes de contestar.

—Porque quería una razón para no vender —dijo—. Y en agosto no encontré otra.

Ahí me quedé sin nada preparado. Llevaba desde el lunes 15 creyendo que me habían fichado por un currículum y resulta que me habían fichado por una apuesta, y que la apuesta era yo, y que la señora que la había hecho estaba sentada enfrente con un delantal de cuadros repasando almendra sin alterarse.

Un contrato de doce meses. Lo firmé en agosto en la cocina de mi casa de Madrid, con el bolígrafo de una caja de mudanza, y me pareció poco tiempo y buen sueldo. Doce meses son exactamente los que hacen falta para saber si una fábrica se vende o no se vende. A mí me habían contratado de termómetro.

—¿Y si no llego?

—Pues no llegas. —Se encogió de hombros—. Yo he vivido setenta años dentro de esa nave. Si tiene que acabar, que acabe con las cuentas hechas y no con un disgusto.

—Eso es muy frío.

—Es octubre.

Peladilla entró por la puerta de la cocina sin que la llamara nadie, dio una vuelta entera a la mesa y se me subió a las rodillas. Se acomodó, metió la cabeza debajo de mi brazo y se durmió en once segundos.

Amparo la miró. Después me miró a mí.

—Vaya —dijo—. Pues ya está.

—¿Ya está qué?

—Nada. Una cosa más. —Se levantó a poner el fuego debajo de una olla que ya estaba puesta—. A mi nieto no se lo digas todavía.

—Eso no lo puedo hacer.

—Puedes.

—Yo trabajo para él. En el organigrama, marketing cuelga de Dirección General, y hay un código de conducta de cuarenta y una páginas que me hicieron firmar el primer día y que se lo sabe de memoria un señor de recursos humanos.

—Tú trabajas para mí —dijo, con la misma calma con la que su nieto dice las cifras—. Firmaste conmigo en agosto.

—Si él me pregunta, se lo digo. Eso sí se lo digo a usted ahora.

Amparo cogió otra almendra.

—Él no va a preguntar.

Bajé a Alicante por la carretera de Busot con la ventanilla abierta y un kilo de almendra en el asiento de al lado.

Cuarenta minutos de curvas para darle vueltas a una sola cosa: que aquella señora acababa de contarme, tranquilamente y con las manos ocupadas, que el trabajo para el que me habían traído era en realidad el juicio entero, y que el acusado no sabía todavía que había juicio.

Y que la gata, que no entiende de accionariado, se me había dormido encima a mí.

El tardeo lo descubrí el sábado siguiente, en la calle Castaños, en una bodega que se llama El Bancal y que tiene seis mesas altas de barril y un vermut de grifo a dos con ochenta.

Yo tenía en la cabeza la idea madrileña de que aquí se sale de noche.

Aquí se sale a las doce y media del mediodía, con el sol alto y la gente recién duchada, y a las nueve los mismos que llevan cuatro horas de pie te dan las buenas noches y se van a su casa a cenar sopa.

Nuria me lo tuvo que explicar dos veces; la primera no me lo creí.

—El tardeo empieza cuando se acaba el almuerzo —me explicó— y se termina cuando alguien dice «¿y si cenamos?». Entre medias no hay reglas.

—¿Y eso a qué hora es?

—Depende mucho del alguien.

A ojo había cuarenta personas dentro. Grupos de cuatro mujeres de treinta y cinco a cincuenta con el móvil boca abajo.

Parejas jóvenes de primer vermut. Dos señores de setenta en la punta de la barra con un vino que les ponen sin pedirlo.

Los etiqueté a todos antes del segundo trago, por tramo de edad y por ticket medio, y lo hice sin querer, igual que otros cuentan las salidas de incendios .

Reme llegó tarde, con gafas de sol en octubre y un bolso que costaba más que mi coche.

—Perdón. He estado en Jávea viendo una casa.

—¿Para comprar? —dijo Nuria.

—Para mirar. Para mirar mucho.

Al segundo vermut, Reme dejó el vaso y me habló a mí sola, aunque Nuria estaba delante.

—Yo no quiero vender la fábrica. Quiero vender mi parte. Es distinto y llevo veintiocho años explicándolo en esa casa, y mi madre me mira como si le hubiera dicho que quiero vender a mi hija.

—¿Y su hermano?

—Mi hermano dice que sí a todo y luego llama por la noche. —Se rio sin ganas—. Tengo cincuenta y ocho años, Candela. Llevo desde los treinta sentada en la misma silla con el mismo flexo, y en esa silla se murió mi padre. Y yo quiero levantarme.

Nuria se puso a mirar el móvil con una concentración que no engañaba a nadie.

—Perdona —dijo Reme—. Que es sábado y yo aquí…

Le dije que no pasaba nada, y no pasaba nada, salvo que yo sabía desde el jueves, desde las siete y veinte de aquella tarde, cuánto valía en Nochebuena cada palabra de aquella mujer, y no podía decírselo, y me bebí el vermut de un trago como una idiota.

—¡Ay, mira! —Reme giró el móvil—. Que nos ha mandado Marc la foto del martes al grupo.

Era la del porche. Media fábrica en dos filas, Vicent con los ojos cerrados y, en el centro, un hombre de camisa blanca dándole la mano a una mujer con el abrigo empapado .

Nuria hizo zoom con dos dedos.

—Aquí lo que hay —dijo— es un señor que no sabe dónde poner la mirada.

—Es una foto de empresa.

—Que sí.

Reme se guardó el móvil y pidió otra ronda levantando la barbilla.

—¡Ah, y tu casilla ha subido! —dijo Nuria—. «Gana la campaña» ya tiene cuatro apuestas. Tere dos tabletas, Maribel dos, Rafa una, y yo he movido las mías.

—¿Tú no tenías «hasta Reyes»?

—Ahora tengo las dos.

—¿Eso se puede?

—Si pagas las dos, en esa pizarra se puede todo.

Se quedó dándole la vuelta al posavasos antes de decir lo que venía a decir.

—Oye. Mi contrato pone «asistente de marketing». Yo llevo las redes, hago las fotos, contesto los mensajes de los clientes y paso las facturas de la imprenta. Solo lo digo, que si no lo digo…

—Lo he oído.

—Y lo he apuntado.

—¿Dónde lo has apuntado?

—En la cabeza. Ahí me caben las cosas que pienso hacer.

El Mercado Central cierra a las dos y media. Entré a las dos y cinco porque llevaba tres semanas comiendo cosas que vienen en bandeja.

Bajé al sótano, que es donde está el pescado, y lo vi desde el otro lado de la pescadería de la esquina.

Polo azul marino, pantalón de domingo y un capazo de esparto en el brazo. Sin corbata. Sin la cara de las nueve y cuatro de la mañana.

Estuvo esperando su turno detrás de dos señoras, y cuando le tocó dejó pasar a una tercera que llegó por el lado diciendo que tenía el coche mal aparcado, cosa que era mentira.

—Jaume, ¿lo de siempre? —dijo la pescadera.

—Lo de siempre, pero un poco menos, que mi abuela come como un pájaro y luego se enfada si sobra.

Lo estuve mirando cuarenta segundos largos. Un hombre que me escribió catorce puntos numerados de madrugada no debería saber esperar tres turnos seguidos sin mirar el reloj ni una vez.

No regateó, no miró el precio del cartel y le dijo a la pescadera que le mandara recuerdos a su madre, que había estado mala. Contó el cambio dos veces y después le devolvió una moneda porque le sobraba.

Levantó la cabeza y me vio.

—Señora Ruiz.

—Señor Llorca.

—¿Usted compra aquí?

—Yo hoy vengo de turista.

—Pues arriba están las naranjas buenas. Las del segundo puesto entrando, no las del primero.

—¿Y eso por qué?

—Porque las del primero son de Sevilla y no lo ponen en el cartel, y eso a mí… —Se paró con la boca medio abierta, como si se hubiera oído desde fuera—. Perdone. Lo s sábados hablo de estas cosas.

—¿Me aguanta el capazo un segundo? —dijo después, buscando la cartera.

Me dio el capazo y encima del capazo me dio la lista.

Era media cuartilla de un albarán viejo, doblada en cuatro. Letra grande de señora, las palabras muy separadas unas de otras: pescadilla, dos limones, pan del bueno (no del otro), lejía, bombillas de las gordas, cebolla, laurel, café, sellos. Nueve cosas.

Debajo, en el hueco que quedaba abajo del todo, había una décima escrita con otra letra. Una letra cuadrada, de mayúsculas de plano, de las que se aprenden en una carrera técnica y luego ya no se pierden.

Ponía: «flores».

Nueve cosas escritas por una mujer de ochenta y cuatro años que no pide nada para ella, y una décima añadida por un hombre de treinta y siete que se levanta a las cinco y media. No pregunté para quién eran. Doblé la cuartilla por donde estaba doblada y la dejé encima del pescado.

—Gracias. —Cogió el capazo y se lo colgó del brazo—. Que tenga usted buen fin de semana.

—Igualmente.

Se fue por la escalera del fondo y salió a Alfonso el Sabio con la pescadilla en una mano.

En cuatro minutos de conversación no dijo la palabra campaña. Ni la palabra troquel. Ni el nombre de la gente que vino el martes a medirnos el muelle con una cinta métrica.

Yo salí de allí con dos kilos de naranjas del segundo puesto, un pollo, un cuchillo de sierra y un ramo de once euros que no tenía dónde poner, porque en mi piso de Benalúa no hay un jarrón. Lo metí en una jarra de medir de litro y medio. Se veía fatal.

El sábado por la noche me senté delante de la jarra con el pollo hecho y el móvil boca abajo, y estuve un rato largo sin encender la tele, cosa que no me pasaba desde 2019. Pensé en Reme y en su silla, y en la lista de nueve cosas, y en que a mí nadie me escribe la palabra «flores» debajo de nada.

El domingo por la mañana abrí el portátil en la mesa de la cocina, con la jarra al lado, y escribí arriba del todo un número: ciento treinta mil ochocientas.

Debajo puse la lista de todo lo que hacía falta para llegar. Me salieron veintidós líneas.

En la tercera ponía «el nieto».