Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 4 · Jaume
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4 · Jaume

—Esta lona no llega —dijo Rafa.

—Llega si la pones en diagonal.

—En diagonal deja fuera el pasillo.

—Entonces no llega.

Tardamos veinte minutos y acabamos los dos mojados hasta el cinturón. Rafa se fue a cambiarse diciendo en voz baja cosas sobre el año que se compró la lona y sobre quién la eligió, y tenía razón en las dos: fui yo, y la elegí barata.

La visita la anunció el viernes, en tres líneas, la asesoría de mi tía Reme, con la palabra «preliminar» puesta delante de todo igual que se pone un felpudo. Visita técnica preliminar. Sin compromiso. Diez de la mañana.

Una visita técnica preliminar es la manera educada de decir que vienen a medirte la casa a pasos.

Yo tengo el nueve por ciento de este negocio.

Con un nueve por ciento uno no vota: uno acompaña, abre las puertas y pone el café.

Lo sabía desde que firmé y lo volví a saber el viernes por la tarde, delante de tres líneas escritas por una asesoría que cobra por palabra y que había elegido con mucho cuidado la palabra «preliminar» .

Mi abuela no bajó. La casa está a cuarenta metros de la sala de arriba; los martes ella revisa obleas con el cuentahílos, y aquel martes las revisó con la puerta de cámara cerrada, cosa que no la había visto hacer nunca.

Mi tía Reme dijo que estaba liada. Lo dejé estar.

En esta familia uno aprende muy pronto a dejar cosas estar y luego se pasa la vida recogiéndolas del suelo.

Llegaron a las diez menos cinco en un coche gris de renting, con el cartón del concesionario todavía pegado en la luna y el limpiaparabrisas puesto a la velocidad más alta.

Ismael Roig, industrial: cuaderno de tapas duras, cinta métrica de obra y unas botas de seguridad sin estrenar que le hacían andar como si fuera por un tejado.

Rodrigo Ferrer, desarrollo corporativo. Cuarenta años, traje sin corbata, la mano seca. Fue el único de los dos que preguntó dónde podía dejar el paraguas. Aquí no hay paragüero, así que Tere le trajo un cubo de fregar y él le dio las gracias como si le hubiera traído un paragüero.

Serví café. Tenemos doce tazas de mi bisabuela con el borde dorado y se sacan cuatro veces al año.

La señora Ruiz entró a las diez y ocho con el pelo pegado a la frente y la carpeta metida dentro del abrigo para que no se mojara.

—Perdón. La carretera de Busot es un río y hay un coche cruzado a la altura del…

Se paró.

No hizo nada raro. Siguió de pie, con las dos manos en la carpeta, y se le fue el color de la cara igual que se le va a la almendra cuando te pasas veinte segundos en el tostador.

Duró tres segundos. Después dio los buenos días a la sala entera, les dio la mano a los dos, se sentó y abrió la carpeta.

—Hay un coche cruzado —terminó—. Y tenemos troquel. Dos céntimos más caro, aguanta doce alturas y lo tienen para el diez.

—Candela —dijo Ferrer.

—Rodrigo.

Nada más.

Dos nombres de pila y a otra cosa. Aquí, cuando dos personas se conocen de antes, lo primero que hacen delante de todo el mundo es contar de qué se conocen: el colegio, la mili, un primo de Muchamiel, una boda.

Aquellos dos se dijeron el nombre y ahí se quedaron, como quien cierra una puerta con el pie porque lleva las manos ocupadas.

Yo estaba sirviendo el café de mi tía Reme. Seguí sirviendo el café de mi tía Reme, porque era lo único que sabía hacer con las manos.

Peladilla dormía encima de la mesa, en el hueco entre la bandeja y la ventana. Ahí se pone cuando calcula que la reunión va para largo. Ferrer arrastró la silla. La gata levantó la cabeza, bajó al suelo y salió por la puerta sin mirar a nadie.

—Mira esta —dijo Vicent.

En seis años no la había visto irse de una sala.

Álex los paró en la puerta de producción con la carpeta de gomas contra el pecho.

—Visita de terceros en zona de elaboración. Necesito nombre completo, documento, firma. Y la redecilla .

—¿La redecilla también? —dijo Roig.

—La redecilla me la pongo yo, y yo trabajo arriba.

Ferrer se puso la redecilla sin decir nada y sin que se le moviera un músculo de la cara. Roig se la quitó dos veces en hora y media.

Bajamos al revés de como bajo todos los días: muelle, cámara, envasado, caldera, boixet. Empecé por el muelle para retrasar el boixet. Eso lo entiende solamente quien tiene en casa una máquina de la que se avergüenza sin ningún motivo.

Roig midió la altura del muelle y lo apuntó.

—Un metro veinte.

—Un metro veinte.

—Nuestros camiones cargan a metro treinta y cinco.

—Los nuestros a metro veinte.

Lo apuntó otra vez. Treinta centímetros y cuarenta y un años se dicen en dos segundos, y en dos segundos no cabe la respuesta.

Hay dos cosas en esta casa que enseño con gusto.

La caldera, porque el tostador lo ajustó Vicent a mano en 2004 y desde entonces no se ha movido de ahí ni un grado por mucho que cambie la almendra.

Y la cámara, porque está a doce en enero y está a doce el quince de agosto, y eso en una nave de 1924 con el tejado que tiene no se consigue con dinero.

El resto de la fábrica la enseño como se enseña el cuarto de la plancha cuando llaman al timbre sin avisar.

En la cámara, a doce grados, mi tía Reme se puso al lado de Roig con una confianza que no se coge en una mañana .

—Ismael, ¿tú te acuerdas de lo que te comenté del muelle?

—Me acuerdo.

Ahí ya no me hizo falta preguntar nada más sobre el mes de octubre. Me metí las manos en la bata y me quedé mirando las bandejas de obleas: son de cincuenta y estaban a cincuenta.

En el boixet, Rafa tenía la partida parada para que se viera la masa. Aquella mañana, cada cuatro o cinco golpes, había uno que no sonaba como los otros.

Roig levantó la cabeza al tercero.

—¿Eso es normal?

—Una máquina de mil novecientos sesenta y ocho hace ruido como lo hace una persona de esa edad —dije—. El ruido no siempre es la avería.

—Ya.

Roig llenó nueve páginas aquella mañana. Las conté desde el otro lado de la mesa mientras él pasaba hoja, porque un cuaderno se lee muy bien por el grosor y porque desde mi silla no se veía lo que escribía.

Lo apuntó igual. Era la chumacera del eje y lo sabíamos Rafa y yo: mil novecientos euros más el desmontaje, y no está en el presupuesto de septiembre. Aquel hombre lo había oído en once minutos y con una redecilla puesta.

—¿Cuántos años le quedan a usted aquí? —le preguntó a Vicent, muy amable.

—Los que hagan falta.

—Le preguntaba por la jubilación.

—Y yo le he contestado.

En envasado, delante de los catorce palés de cartón plano, Ferrer se paró.

—¿Puedo decir una cosa que no me vais a agradecer?

—Diga.

—Este blando es el mejor que he probado en lo que va de año, y llevo cuarenta y tantos probados por obligación, que es la peor manera que hay de probar nada.

—Se quitó la redecilla un segundo y se la volvió a poner—.

En diciembre hay en Alemania y en el norte de Italia unos cuantos millones de personas que quieren exactamente esto.

No saben que existís. Y no lo van a saber, porque el camión que llega hasta allí no es el vuestro.

Nadie contestó.

—A mí eso me ha dado un frío… —dijo Maribel.

—¿Y quién manda en la marca? —siguió Ferrer—. Lo pregunto en serio. En las empresas de familia siempre hay dos respuestas.

La frase la tenía preparada desde el viernes. La había escrito en la libreta y la había leído tres veces dentro del coche, y me salió con el entusiasmo con el que se dice una talla de zapato.

—En Llorca, Dirección y Marketing van de la mano.

—Qué bien.

—Sí.

—¿Y de la mano hacia dónde?

Contestó ella.

Habló cuatro minutos. El jueves anterior yo le había oído una presentación; aquello fue otra cosa.

Nombró a Maribel, que estaba allí delante con las gafas colgando del cuello.

Dijo que la masa se pasa cuatro horas en el boixet y que eso, contado como hay que contarlo, vale más que treinta segundos de televisión.

Dijo el nombre de la campaña una vez sola y no lo explicó, y no explicarlo es la parte difícil.

Después cogió una caja vacía de lo alto del palé, la abrió por el lado corto delante de ellos, la cerró y la dejó donde estaba. Tres segundos enteros. Roig apuntó también aquello, y fue la única vez de aquella mañana en que ver a ese hombre escribir en su cuaderno me dio gusto.

Ferrer la escuchó con las manos juntas, sin interrumpirla, como se escucha a alguien a quien ya has escuchado mucho.

—Coincidimos seis años —me dijo a mí, no a ella—. En Madrid.

—Ya —dije yo, que no lo sabía.

—Cuarenta marcas al año —dijo ella entonces, mirando los palés—. Antes eran sesenta.

—Antes había más presupuesto.

—Antes había más gente.

No pregunté nada. Uno no pregunta delante de dos señores que han venido a mirarle la empresa por dentro; ese argumento me lo di a mí mismo aquella mañana debajo de la campana de extracción y me duró casi una semana.

Seguía lloviendo a las doce menos cuarto y en el porche se había juntado media fábrica sin ningún motivo.

—Me llevo una foto de la fachada, si no os importa —dijo Ferrer—. Para el informe interno.

—Importar no importa —dijo mi tía Reme.

—¡Y una del equipo! —Marc ya estaba colocando gente con las dos manos—. Vicent, tú al lado de Maribel. Jaume, ponte con Candela. Es para el archivo.

—¿Qué archivo, Marc?

—El archivo.

Miré a la señora Ruiz. La señora Ruiz ya tenía la mano puesta delante de mí, a la altura de mi codo, con la palma hacia arriba y una cara de no haber hecho nada raro en su vida.

—Ha dicho usted que vamos de la mano —dijo.

—Lo he dicho.

—Pues.

Le di la mano.

Tenía los dedos helados de la carretera de Busot y un manchón de bolígrafo azul en el canto de la palma, de escribir apoyando.

Marc tardó cuatro intentos, porque Marc siempre tarda cuatro intentos.

En el segundo, ella me apretó la mano una vez, corta, con fuerza, como se aprieta el brazo de alguien en una sala de espera.

Duró lo que tardó Marc en buscar un sol que no había.

—¡Otra, que Vicent ha salido con los ojos cerrados!

—Yo salgo siempre con los ojos cerrados.

Se fueron a las doce y veinte.

—Me alegro de verte, Candela —dijo Ferrer con el paraguas ya abierto.

—Igualmente.

De los dos que vinieron aquella mañana, uno solo la llamó por su nombre de pila. Lo sé porque lo conté, que es lo que hago yo cuando no entiendo una cosa.

Nos quedamos ella y yo debajo del porche mirando el patio, que con lluvia es lo único que se puede mirar.

—¿Necesita algo más de mí hoy? —dijo.

—No .

—Vale.

No se movió. Yo tampoco. Por la canal del tejado bajaba el agua a un bidón azul que está ahí desde que yo tenía ocho años y que sigue sin conectarse a nada.

—Señora Ruiz.

—Dígame.

Tenía la pregunta entera, con su verbo delante y su signo detrás. Dije otra cosa.

—Gracias por los cuatro minutos de envasado.

—De nada. —Se abrochó el abrigo hasta arriba—. El troquel sube dos céntimos y necesito su firma antes del viernes.

—La tendrá el jueves.

—El jueves está bien.

Cruzó el patio hasta el coche despacio, sin correr y sin taparse la cabeza, empapándose con una dignidad que no voy a saber explicarle a nadie.

En el comedor, Vicent estaba delante de la pizarra con la tiza y la manga de la bata llena de polvo. Había tachado su línea y había escrito otra debajo.

«Vicent — 10 tabletas a que acaban bien.»

—Tenías seis.

—Tenía seis.

—¿Y ahora diez?

—Ahora diez. —Dejó la tiza en la canaleta—. Per si de cas.

Álex me alcanzó en la escalera con los dos formularios rellenados y firmados, uno en cada mano, como quien lleva dos análisis de sangre.

—Incidencias cero —dijo.

—Incidencias cero.

—Jaume, ¿ esta gente va a volver?

—Sí.

—Vale. —No se movió del escalón—. Es que, si vuelven, tengo que pedir dos redecillas más al almacén y no me las dan si no pongo para qué…

Le dije que pusiera «visita». Me contestó que «visita» no es un motivo, y en eso, por desgracia, tiene razón él.

Antes de subir pasé por el patio. La lona había aguantado.

Del pasillo que se quedó fuera se habían mojado once sacos de la fila de abajo, que se secan y no pasa nada, pero que hay que apartar y gastar los primeros y apuntarlo en algún sitio para que en noviembre nadie se acuerde de esta lluvia y los deje al fondo.

Subí al despacho con los zapatos todavía encharcados y abrí la libreta por la última página escrita.

Apunté dos líneas. La primera decía «chumacera boixet grande, pedir presupuesto en Elda». La segunda decía «Ferrer».

No sé para qué escribí la segunda. La dejé escrita.