Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 3 · Candela
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La maqueta la llevé a Xixona en una caja de zapatos.

El comité era a las diez, en la sala de arriba de la fábrica.

—Ese ventilador no lo enciende nadie —dijo Nuria, sacando sillas—. Hay una historia.

—¿Larga?

—Regular.

—Cuéntamela luego.

—Es que la historia no es mía. Es de Tere. Y Tere… —Nuria se quedó con una silla en el aire—. Nada. Tú no lo enciendas y ya está.

Nunca me la contó. Aquí las historias se cuentan cuando les toca y no cuando las pides.

Repasé la lista mientras montaba, porque en una sala nueva lo primero que hay que saber no es quién habla: es quién tiene el porcentaje.

Amparo Llorca preside esto desde 1991 y tiene el cincuenta y uno.

Ochenta y cuatro años y una voz de teléfono que corta como un cúter.

Su hija Reme lleva las cuentas de la casa desde 1997 y tiene el veinte.

Toni, el otro hijo, tiene el otro veinte, vive en Valencia desde que se casó y comparece siempre por videollamada.

Marc es hijo de Toni, tiene treinta años, cero acciones, mil doscientos seguidores y una tarjeta que pone «director de expansión».

Y el director general tiene el nueve por ciento y llevaba desde el lunes por la mañana escribiéndome como si yo fuera una inspección de sanidad.

De los que se iban a sentar en aquella mesa, cuatro se apellidan igual. En Madrid eso lo llamábamos «cliente complicado» y lo poníamos en una diapositiva con un icono de casita. Aquí lo llaman comer todos los domingos.

Peladilla entró la primera. Se subió de un salto a la silla de la cabecera, la de la presidenta, dio dos vueltas y se acostó.

—Hoy manda la abuela —dijo Nuria.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende de ti.

Amparo Llorca llegó a las diez menos dos con un bastón que no usa para andar y un jersey de rayas color teja. Me dio dos besos, me miró la caja de zapatos y no preguntó qué había dentro, que fue el primer respeto que recibí en esa casa.

—Siéntate ahí, que desde ahí se ve todo —dijo, y le dio a la gata un empujón suave con el dorso de la mano—. Peladilla, a tu casa.

La gata se fue a la ventana. El resto entró detrás: Reme con un vaso de agua y una carpeta azul, Marc con el móvil ya en horizontal, Álex con su carpeta de gomas.

Jaume el último. Llevaba camisa blanca y no tenía polvo de almendra por ninguna parte.

Le quedaba peor que el mono, y eso a un hombre de camisa blanca no se lo dices el tercer día.

—Buenos días, señora Ruiz.

—Buenos días, señor Llorca.

En la pantalla apareció Toni, en una cocina de Valencia, con el sonido tres segundos por detrás de la boca.

Empecé sin diapositivas.

—Esta empresa vende turrón desde 1924 y lo vende casi todo en siete semanas.

En esas siete semanas esta provincia se llena de coches con matrícula de Madrid, de Barcelona y de Alemania, y todos aparcan en doble fila delante de la casa de alguien que lleva desde septiembre preparando la habitación pequeña.

—Saqué el primer estuche de la caja—. Vuestro cliente no compra turrón.

Compra la escena de entrar por esa puerta con algo debajo del brazo.

—Eso ya lo hacemos —dijo Reme.

—Lo hacéis. No lo decís. En la caja de este año pone «Turrón blando de Xixona, calidad suprema», y esa frase, en el lineal de un supermercado de Alcobendas un sábado por la tarde, la firma igual de bien el que muele almendra de importación en un polígono de Toledo.

—Nosotros no hacemos eso —dijo Vicent desde el fondo, sin levantarse.

—Ya lo sé. Lo probé el lunes. Pero la señora que va con el carro no ha catado a las ocho con vosotros, y el envase es lo único que habla por vosotros a esa hora.

Puse los tres estuches en fila. El nuevo se abre por el lado corto, lleva el escudo pequeño y en relieve, y tiene una tira de papel verjurado cruzada donde no hay ningún eslogan: hay una línea en blanco y dos palabras impresas en gris. «Para quién».

—El nombre de la campaña es «Volver» —dije, y me salió medio tono más bajo de lo que lo llevaba ensayado desde el martes—.

Anuncio de treinta segundos para la autonómica y cortes de seis para redes.

La foto la hacemos en la fábrica, con vuestra gente, no con modelos de Valencia.

Y el estuche lo firmáis vosotros y lo firma quien lo regala.

—¡Eso sube solo! —dijo Marc—. Eso lo grabamos en la fábrica con la gente escribiendo el nombre y sube solo, te lo firmo.

—Puede ser.

—Te lo firmo.

Marc levantó el móvil.

—¿Puedes repetir eso último mirando aquí?

—Marc —dijo la abuela.

—Es para el archivo.

Reme cogió la tira de papel verjurado y escribió un nombre con el rotulador. No vi cuál. Se quedó un rato con el papel entre los dedos, lo dobló, y cuando levantó la cara estaba llorando de esa manera rápida de la gente que se avergüenza de estar llorando en el trabajo.

—Perdón —dijo—. Es el papel, que me ha dado… Nada. Sigue, sigue.

Siguió mirando la tira doblada un rato más, con el pulgar encima del nombre, hasta que la metió en la carpeta azul debajo de todo y dejó las dos manos encima, quietas .

Nadie dijo nada. Marc bajó el móvil, que es lo único elegante que le he visto hacer en un año.

—Tengo observaciones —dijo Jaume.

—Adelante.

—Prefiero mandárselas por escrito, si no le importa. Son varias y no querría hacerle perder el tiempo a mi tío, que tiene mala la conexión.

—¡Yo os oigo perfectamente! —dijo Toni, tres segundos tarde.

—Deme al menos una —dije—. Para saber de qué color vienen.

Se lo pensó. Tardó lo que tarda uno en decidir si dice la verdad entera o la versión corta de la verdad.

—El troquel. Una caja que se abre por el lado corto no aguanta el apilado en el palé y nosotros cargamos doce alturas. Si se hunde la tercera, se hunden las nueve de arriba y el 20 de diciembre eso no se arregla.

—Vale. Eso es un problema de verdad.

—Sí.

—¿Y se puede resolver?

—Casi todo se puede resolver en septiembre. Por eso le mando las observaciones hoy y no en noviembre.

Le sostuve la mirada tres segundos más de lo necesario, y no por lo que parece: porque el hombre acababa de darme la razón y de tumbarme la caja en la misma frase, y eso, en mi oficio, es un compañero.

La abuela no había abierto la boca en veinte minutos.

—Amparo —dijo Reme—. ¿Tú qué dices?

La vieja cogió el estuche, le dio la vuelta, buscó una cosa en la trasera y no la encontró.

—¿Dónde está el año?

—¿Qué año?

—Mil novecientos veinticuatro. En la caja de mi madre estaba en la tapa, no detrás.

—Lo pongo en la tapa —dije.

—Provisionalmente, aprobado —dijo ella, y se levantó apoyándose en el bastón que no usa para andar—. Presupuesto lo hablas con Reme. Y con mi nieto lo hablas todo.

El correo entró a las dos y cuarenta y siete de la madrugada.

Yo estaba despierta porque llevo despierta a esa hora desde 2019 y porque mi piso de Benalúa da a la calle Pardo Gimeno, donde a las dos y media siempre hay alguien que se despide de alguien a gritos y luego se despide otra vez.

Catorce puntos, numerados y con sangría francesa.

El uno era el troquel y venía con un dibujo hecho a mano, escaneado, con las doce alturas del palé numeradas y una flecha señalando exactamente por dónde se me iba a hundir la tercera.

El dos, el gramaje del cartón, con dos proveedores y dos precios.

El tres preguntaba si el papel verjurado es apto para contacto con alimentos, cosa que no se me había ocurrido en la vida y sobre la que tenía toda la razón del mundo en preguntar.

El cinco avisaba de que una línea en blanco en un envase es «una invitación a que el cliente escriba cualquier cosa», y ponía como ejemplo un caso de 2011 que no pienso reproducir.

El seis volvía al tres por otro camino, más largo y con una cita de una norma que no nombraba.

El ocho reconocía, dentro de un paréntesis y sin subrayarlo en ninguna parte, que la idea de poner el año en la tapa era mejor que la mía de ponerlo en la trasera.

El once me recordaba que fábrica veta producto.

El doce me recordaba que marketing veta mensaje, y ese punto no me lo esperaba, porque un enemigo no te recuerda tus derechos.

El catorce pedía disculpas por la extensión del correo.

Me levanté a por agua. Volví. Lo leí otra vez.

Nadie se sienta a escribir catorce puntos a las tres menos cuarto de la mañana si le da igual, y a aquel hombre no le daba igual ni por un punto.

Contesté a las tres y diez.

Estimado Sr. Llorca: contesto por orden.

1. Sí, y gracias. 2. Sí. 3. No lo sé y lo averiguo mañana con la imprenta de Novelda.

4. No. 5. La gente escribe el nombre de su madre, no escribe barbaridades; llevo doce años mirándolo.

6. Es la pregunta 3 con otra ropa. 7. Sí.

8. Gracias por el paréntesis. 9. No. 10.

Sí… 11. Lo veta fábrica, conforme. 12. Lo veta marketing, conforme.

13. Sí. 14. Son las tres y diez de la madrugada, señor Llorca, y acabo de contestarle catorce puntos: las disculpas me las quedo yo. Un saludo, Candela Ruiz.

Le di a enviar y me quedé mirando el techo con esa cara de tonta que pone una cuando ha ganado algo pequeño.

En la cuarta planta de la oficina de Alicante, que es donde nos han puesto a las dos mientras el despacho de marketing de la fábrica sigue cerrado con llave, Nuria me dejó a las nueve y media un café encima del teclado y se apoyó en el canto de mi mesa con el móvil en la mano .

—Treinta y uno —dijo.

—¿Treinta y uno qué?

—Treinta y un correos entre él y tú en treinta y seis horas. Los he contado. Estaba en el ascensor, tardé lo mío, ese trasto es de 1971 y hace lo que le apetece.

—No son treinta y uno.

—Son treinta y uno. Y uno tuyo tiene catorce puntos, así que en realidad son cuarenta y cuatro. —Giró la pantalla hacia mí—. Mira lo que me ha mandado el Rulo.

Era una foto de la pizarra del comedor, hecha desde la puerta y torcida. Habían borrado media pizarra. Arriba, con tiza nueva, una pregunta nueva:

«¿QUIÉN CONTESTA EL ÚLTIMO?»

Debajo, dos casillas. «Él», doce tabletas. «Ella», siete. Y una línea al final, con la letra pequeña de alguien que escribe poco: «Vicent — 6 tabletas a que acaban bien».

—¿Acaban bien qué? —dije.

—Ahí no pone qué. —Nuria le dio la vuelta al móvil—. Es una porra de fábrica, no un contrato.

—Seis tabletas son treinta euros.

—Veintiséis con cuarenta, que a los de dentro nos las dejan a cuatro cuarenta. —Se guardó el móvil—. Y Vicent no ha apostado en su vida, por si te interesa el dato.

Me interesaba el dato. Me interesó toda la mañana, y eso que tenía que cerrar una imprenta, un gramaje y un presupuesto con una señora que llora con el papel.

Me bebí el café de un trago y abrí el correo.

—Llama a la imprenta —dije—. Pregunta por el gramaje y por si el verjurado pasa el contacto con alimentos. Y pide precio de un troquel que aguante doce alturas en el palé.

—¿Eso último de dónde sale?

—Del punto uno.

Nuria se bajó de la mesa despacio, mirándome.

—Tú sabes que a la gente normal eso le parecería insoportable, ¿verdad?

—Sí.

—Vale.

Nuria se fue a llamar a Novelda desde el pasillo, porque en la cuarta planta el teléfono fijo cruza las líneas desde 2016 y nadie lo ha arreglado porque el que sabía se jubiló.

A las nueve y cincuenta y uno entró el correo número treinta y dos. Asunto: «RE: RE: Observaciones campaña Navidad». Encabezado igual que el lunes. Cuerpo, dos líneas.

Un punto solo. El nueve.