Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 2 · Jaume
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2 · Jaume

A las seis menos diez de la mañana la fábrica todavía no es de nadie.

Es la única hora del día en la que puedo recorrerla entera sin que se me acerque un ser humano a preguntarme algo, y llevo diez años haciendo ese recorrido en el mismo orden, desde que cogí la dirección con veintisiete años y un máster a medio pagar.

Patio, sacos, caldera, boixet, envasado, cámara, muelle.

Siempre igual y siempre a la misma hora, y el día que no lo hago se rompe algo antes de las once.

No es superstición. Cuando paso a las seis veo la correa floja; cuando paso a las diez ya veo la correa rota.

En el patio hay ciento ochenta sacos de marcona apilados de cuatro en cuatro.

La cosecha vino corta y cara, cuatro con veinte el kilo contra tres con noventa del año pasado, y eso son dieciocho mil euros que no estaban en el presupuesto de septiembre y que alguien tendrá que explicarle a mi tía Reme en octubre.

En la caldera, el tostador ya estaba en marcha desde las cinco y media con la primera partida de marcona.

La almendra sale de ahí a un color que Vicent llama «rubio de misa de doce» y que en ninguna ficha técnica del mundo se llama así.

Si te pasas veinte segundos, amarga. Si te quedas corto, la masa después no liga y el turrón se te queda plano, y encima nadie sabrá decirte por qué.

El boixet grande es del sesenta y ocho y suena como suena: un golpe seco cada segundo y medio, igual que un señor mayor bajando una escalera. Ese ruido me duerme. Me lo han dicho tres personas distintas, incluida mi madre, y las tres lo dijeron con cara de preocupación.

En envasado, las cintas paradas y catorce palés de cartón plano esperando el troquel de Novelda.

En cámara, doce grados y las obleas del duro en bandejas de cincuenta.

En el muelle, Pepe el Rulo cargando el reparto de Villajoyosa con la radio puesta a un volumen que en cualquier otra empresa sería motivo de conversación.

—Buenos días, Pepe.

—Buenas. —Cerró la puerta del furgón de una patada, como todos los días desde 2011—. Oye, ¿es verdad lo de la de Madrid?

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie.

—Ya.

—Mi cuñada, que limpia en la oficina de Alicante. —Se subió al escalón—. Dice que le han puesto despacho en la cuarta.

—Pues ya sabes más que yo.

—Eso siempre. —Arrancó—. ¡Y no es mérito mío, Jaume, que tú no preguntas nunca nada!

Veintiocho personas fijas. Sesenta en campaña. El sesenta y uno por ciento de lo que facturamos en el año entra entre el 1 de noviembre y el 20 de diciembre, o sea que trabajamos once meses para siete semanas, como los libreros y nadie más. Y la información se mueve aquí más rápido que la almendra.

A las siete y veinte subí al despacho y el sobre seguía donde lo había dejado el viernes.

Lo abrí el viernes por la tarde, a las ocho, lo leí cuatro veces y lo volví a meter dentro, y eso es una cosa que hago yo y que no le recomiendo a nadie.

Convocatoria de consejo extraordinario. Firmaba la asesoría de mi tía Reme.

En el punto segundo, una frase de doce palabras: que Dolçamar Group presentará una oferta formal de compra durante el mes de octubre.

Doce palabras.

Mi tía Reme tiene el veinte por ciento. Mi tío Toni tiene otro veinte y vota lo que dice mi tía Reme desde 1994, por videollamada y con el sonido mal.

Yo tengo el nueve. Y mi abuela, que se llama igual que la mujer que montó esto en 1924 porque era su madre, y que sigue viniendo los martes a revisar las obleas con un cuentahílos, tiene el cincuenta y uno.

Mi abuela no vende. Llevo toda la vida sabiendo esa frase igual que sé que el agua moja, así que doblé el sobre, lo metí en el cajón de abajo del todo y bajé a por un café.

Peladilla no estaba en mi silla.

Esto hay que explicarlo, aunque delante de gente de fuera preferiría no tener que hacerlo: la gata elige silla por la mañana y la fábrica entera lee esa silla como quien lee el parte del tiempo.

Lleva seis años haciéndolo. En septiembre duerme en la mía todos los días, porque en septiembre mando yo.

La encontré sentada en mitad del pasillo de la planta baja, muy derecha, mirando la puerta de la sala de cata igual que se mira un telediario.

Hay veintiséis pasos desde la máquina de café hasta esa puerta y los conozco todos, así que no tengo excusa. Me paré a cuatro y me quedé escuchando como un becario .

Dentro estaban Vicent, Maribel, Rafa y Tere, y una voz que no había oído nunca.

—¿Cuánto tarda esto en hacerse?

—La masa, cuatro horas en el boixet —dijo Rafa.

—¿Y eso lo sabe alguien fuera de aquí?

Ahí ya me apoyé en la pared. La pregunta era buena. Llevamos catorce años poniendo «elaboración artesanal» en la trasera de la caja, en cuerpo seis, debajo de los alérgenos, o sea exactamente donde se ponen las cosas que no le importan a nadie.

Cuando dijo lo del velatorio me separé de la pared.

No por la palabra. Por la mesa: Maribel se tapó la cara, Rafa se echó atrás en la silla y Tere apuntó. Tere lleva diecinueve años apuntando lo que se dice en esa sala y no apunta lo que no va a pasar.

Y porque tenía razón. Eso fue lo peor de todo.

Entré. Dije lo que dice uno cuando llega tarde a una conversación y no quiere parecer el dueño del sitio.

Después dije la cifra, porque las cifras son mi manera de llevar la contraria y llevo usándola desde el instituto con resultados desiguales.

Ciento nueve mil cajas. Ciento veintidós mil el año anterior.

—Pues eso —contestó ella.

Dos palabras.

Trece mil cajas de diferencia. Yo mismo escribí ese número en un informe para el consejo en marzo, con su gráfico de barras y su nota al pie, y me pasé seis meses explicándolo por el precio de la almendra.

La mujer lo resolvió en dos palabras, sin informe, con una caja de trescientos gramos en la mano .

Le dije que esa palabra, delante de la gente que llena esas cajas en otoño, me parecía poco elegante. Lo pensaba. Lo sigo pensando. También pensé, mientras lo decía, que a partir de aquella mañana iba a tener que mirar esa caja de otra manera cada vez que pasara por envasado, y eso no lo dije.

—Tiene razón y le pido perdón a la sala —dijo ella.

Ahí me desarmó del todo. Yo venía preparado para discutir con alguien de Madrid, no para que alguien de Madrid me diera la razón en voz alta delante de mi jefe de fábrica y de tres personas que llevan aquí más años que yo.

Luego soltó lo de la balda del súper el 22 de diciembre y me pareció una frase muy buena.

Se lo dije. Me salió como quien dice «tiene usted mal el aceite», ella me dio las gracias, y a mí me tocó aclarar que no era un cumplido, porque no lo era y porque en mi familia hay antecedentes muy serios de frases muy buenas.

—¿Tú cómo te llamas?

—Jaume.

—Jaume, ¿cuánto llevas aquí?

—Treinta y siete años.

Contesté la verdad. Nací un martes de octubre y mi madre cuenta que a los cuatro días yo ya estaba en la oficina, en un capazo encima de la mesa de facturas, o sea que treinta y siete.

Que ella entendiera otra cosa no es culpa mía.

Que yo no la corrigiera tampoco lo es del todo, aunque reconozco que entre la palabra «treinta» y la palabra «siete» hubo un espacio razonable para hacerlo.

Me dio una tarjeta. La cogí por el borde para no mancharla, porque tenía las manos como las tengo todas las mañanas de septiembre.

—Y cuando veas al señor Llorca, dile que la de Madrid ya está aquí.

—Se lo diré. Que tenga usted un buen día, señora Ruiz.

Salí al pasillo. Vicent salió detrás y estuvimos los dos mirando la pared un rato largo, así es como hablamos nosotros.

—Esa xica sap —dijo.

—Ya.

—Digo que sap, Jaume.

—Que ya, Vicent.

Se fue silbando. A Vicent le pago yo la nómina desde hace diez años y silba cuando le da la gana.

Antes de subir pasé por envasado y cogí una caja vacía de lo alto de la pila.

Le di la vuelta. Escudo, cinta de rafia, «elaboración artesanal» en cuerpo seis debajo de los alérgenos.

La tuve en las manos hasta que dejó de parecerme la caja de siempre, y después la dejé en su sitio encima del palé, bien alineada con el canto, porque para eso soy ingeniero.

En el comedor, de camino al despacho, alguien había añadido una casilla nueva a la pizarra. Letra de Madrid, con las erres muy grandes: «Gana la campaña». Y al lado, en vez de un número, una palabra: «Todas».

La casilla de «dos semanas» había bajado de nueve tabletas a seis en cuarenta minutos. Esta empresa tarda cuarenta años en cambiar una caja y cuarenta minutos en cambiar de opinión.

Álex Ferrándiz me esperaba arriba con una carpeta de gomas y esa cara suya de hombre que acaba de leer un titular.

—¿Es verdad que ha entrado?

—Ha entrado.

—¿Y ha entrado por Presidencia?

—Ha entrado por Presidencia.

—Jaume… —Se sentó sin que lo invitara, cosa que en él equivale a un grito—. Yo esto necesito tenerlo por escrito. Si Presidencia contrata a una dirección de área que reporta a Dirección General, y Dirección General no ha participado en el proceso, en el organigrama eso es un…

—Un cruce.

—¡Un cruce! —Se le puso una cara de alivio impresionante—. Gracias. Un cruce.

Álex lleva recursos humanos desde hace nueve años y escribió conmigo el código de conducta de esta casa hace seis, después de lo de Marc y la becaria del verano, que en esta familia se cuenta en voz baja y se resume mal.

Cuarenta y una páginas. Firmado por los veintiocho.

Lo redactamos en tres tardes de agosto en la sala de arriba, con el ventilador que no enciende nadie y una jarra de horchata que se calentó a la media hora.

—Marketing depende de Dirección General —dijo Álex—. ¿Verdad que sí?

—Depende.

—Vale. —Anotó—. Entonces incidencias cero.

—Incidencias cero, Álex.

—Porque yo, si un día hay una incidencia, la tramito. Aunque sea… —Se ajustó las gomas de la carpeta—. Aunque sea de quien sea.

—Ya sé que la tramitas. Por eso lo escribí contigo y no con un despacho de Valencia.

—Con un despacho de Valencia habría quedado más corto —dijo.

—Con un despacho de Valencia no habría quedado.

Cuando se fue me senté y escribí un correo.

Tardé veintidós minutos en cuatro frases y borré tres versiones enteras.

La primera era larga y llevaba una ironía dentro; la quité, porque las ironías por escrito son para la gente que puede permitirse una reunión después.

La segunda pedía disculpas por algo que yo no había hecho.

La tercera se parecía demasiado a como escribe mi tía Reme, lo cual me dejó un rato mirando la pantalla.

La cuarta salió a las nueve y cuatro, con el protocolo adjunto, los puntos 3 y 7 debidamente señalados y ni una sola palabra que no se pueda leer en voz alta en un juzgado.

Si quería guerra, la tendría por escrito.

Por escrito gano yo.

Bajé a las dos a comer y volví por el pasillo de la primera planta. El camino largo.

Al final de ese pasillo hay una puerta con una placa de metacrilato que pone MARKETING.

La compró mi padre en el noventa y seis, en una tienda de rótulos de la avenida de Alcoy, y la colocó torcida.

Sigue torcida. Dentro hay una mesa de nogal, un teléfono de botones gordos y una silla que no ocupa nadie desde hace dieciocho años.

Por la mañana le había pedido a Tere que le pusiera flores. Tere me miró como si le hubiera pedido que las llevara al cementerio y no dijo nada, porque en esta fábrica hay cosas que no se dicen y esa es la primera de la lista .

Los martes mi abuela sube por este pasillo con el cuentahílos en el bolso y se para delante de esa puerta dos segundos.

Dos. Lo he cronometrado sin querer, de esa manera en que uno cronometra cosas que preferiría no estar mirando, y luego sigue hasta cámara y revisa las obleas una por una y no dice nada.

Yo tampoco.

Pasé por delante sin parar. Bajé al muelle a mirar la carga de las nueve, que se había ido puntualmente a las once y media.