Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1) 1 · Candela
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Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1)

Con mi jefe, ni en Navidad (Turrones Llorca 1)

Por Vera Lombardi

© inepub.com

1 · Candela

—Tú eres la de Madrid .

—Candela Ruiz —dije—. La nueva directora de marketing.

—Vicent. —No dio apellido—. Pasa, xiqueta, que a las ocho se cata.

Yo venía preparada para un edificio de oficinas y me encontré una casa con chimenea.

Dentro olía a almendra tostada y a miel puesta al fuego hacía un buen rato.

—¿Y el director general? —pregunté.

—Por ahí anda.

—¿Por ahí dónde?

—Por ahí. —Vicent me puso una bata en las manos—. Ponte esto, que el polvo se agarra a la ropa buena y luego no hay quien lo saque, y menos con el agua que tenemos aquí.

Me la puse encima de una americana que había planchado a las seis y media en un piso de Benalúa donde todavía no sé encender el horno.

Once días en Alicante. Un contrato de doce meses firmado en agosto por una señora de ochenta y cuatro años a la que solo conozco por teléfono y que me llamó un jueves a las tres de la tarde para preguntarme, antes que nada, si yo comía turrón o solo lo vendía.

Y catorce semanas por delante: del 15 de septiembre al 24 de diciembre, la campaña de Navidad entera, para una marca que fuera de esta provincia no conoce nadie menor de cincuenta y que en el lineal lleva veinte años perdiendo el sitio contra cualquiera que pague un anuncio.

Mi público objetivo, sobre el papel, era una señora de cuarenta y cinco a sesenta y cinco que compra el turrón para su madre.

Mi público objetivo, sobre el papel, siempre es esa señora.

Alguna vez tendré que presentarme, porque llevo doce años escribiéndole cosas y no he hablado con ella en mi vida.

La cata de las ocho se hace en una sala con azulejo hasta media pared, ocho sillas descabaladas y un ventilador de pie que nadie enciende desde agosto.

Sobre la mesa, una bandeja con seis cuadraditos numerados, un vaso de agua por cabeza y un cuaderno de tapas de hule con anotaciones en tres letras distintas.

—Del uno al seis —dijo Vicent—. Sin mirar la etiqueta. El tres es el nuestro.

—Si me dices cuál es el vuestro, ya no es a ciegas .

—Ya. —Se sentó—. Pero es que el tres es el bueno.

Éramos cinco. Maribel, de envasado, con las gafas colgando del cuello y las uñas pintadas de verde pistacho.

Rafa, que lleva el boixet y tiene los antebrazos de quien discute con la misma máquina desde 1998.

Tere, que apuntaba todo lo que se decía en aquella mesa con una letra minúscula.

Y Vicent, que mandaba sin decir nunca que mandaba.

Probé los seis. El uno se deshacía antes de tiempo. El cuatro dejaba un azúcar pegado al paladar que después no se iba ni con agua. El tres era el bueno, efectivamente, y lo era por una razón que hasta yo supe explicar: se notaba la almendra entera, no la idea lejana de una almendra.

—¿Cuánto tarda esto en hacerse?

—La masa, cuatro horas en el boixet —dijo Rafa—. Después reposa. Y luego lo que haga falta, que cada partida es de su padre y de su madre.

—¡Hombre, eso siempre! —dijo Maribel.

—¿Y eso lo sabe alguien fuera de aquí?

Maribel se subió las gafas del cuello a la nariz solo para mirarme mejor.

—¿Fuera de aquí de dónde?

—De la provincia.

Nadie contestó a eso. Tere apuntó algo en el cuaderno y lo tapó con el codo, cosa que me pareció justa.

Saqué de la bolsa el estuche de la campaña del año pasado y lo dejé en el centro de la mesa, entre la bandeja y el vaso de Maribel.

Granate. Escudo dorado. Una cinta de rafia que se deshilacha si la miras mal.

Cuatro noventa y cinco en el lineal de Hiperlevante, en la balda de abajo, al lado de una caja catalana que cuesta seis veinte y vende el triple que nosotros.

—¿A quién le regalaríais esto?

—A mi suegra —dijo Rafa.

—¿Y a un amigo de cuarenta años?

Silencio de los que se oyen.

—Os lo digo con todo el cariño del mundo y con el número tres todavía en la boca: esta caja parece el regalo de un velatorio.

—¡Ay, la Virgen! —dijo Maribel, y se tapó la cara con las dos manos.

Vicent se rio con la boca cerrada. Aquí la gente se ríe así cuando calcula que la cosa va a durar un rato largo.

—Perdone que me meta.

Estaba en el marco de la puerta y no tengo ni idea de cuánto llevaba ahí. Mono azul, botas de seguridad y una capa de polvo de almendra en los antebrazos que le subía hasta el codo. Alto. Cara de haberse levantado a una hora que yo no pienso conocer en toda mi vida.

—Métase —dije.

—Esa caja la diseñó mi abuela en el ochenta y uno. El troquel nos lo hace una imprenta de Novelda por ochenta y cuatro céntimos la unidad. El año pasado salieron de aquí ciento nueve mil.

—¿Y el anterior?

—Ciento veintidós mil.

—Pues eso.

No se movió del marco. Se limpió las manos en el mono despacio, como quien se toma el tiempo de contar hasta cuatro antes de abrir la boca, y cuando la abrió no levantó la voz ni medio tono.

—Ciento nueve mil personas metieron esa caja debajo de un árbol el año pasado —dijo—. Llamarlo velatorio delante de los que se pasan el otoño llenándola me parece poco elegante.

Punto para el del mono.

—Tiene razón y le pido perdón a la sala —dije—.

La caja no es fea porque sí. La caja es fea porque nadie la ha tocado en cuarenta años, y en cuarenta años el pasillo del súper ha cambiado tres veces de idioma.

¿Sabe usted lo que hace una persona de treinta y cinco delante de esa balda, con prisa, el 22 de diciembre a las ocho de la tarde?

—Dígamelo.

—Coge la que le parece un regalo. No la que le parece un turrón.

Se quedó mirando el estuche un buen rato. Luego miró el cuaderno de Tere, después la bandeja, y no dijo en voz alta ninguna de las cosas que estaba pensando, que a juzgar por la cara eran unas cuantas.

—¿Y usted cree que cambiando la caja se vende más turrón?

—Creo que cambiando la caja se vende el mismo turrón a gente que hoy ni lo mira. ¿Eso le parece mal?

—Me parece una frase muy buena.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Lo apunté igual.

Vicent tosió dentro del puño. Tere apuntó otra cosa en el cuaderno y esta vez no lo tapó con el codo, lo cual me pareció un ascenso.

—Vale —dije—. ¿Tú cómo te llamas?

—Jaume.

—Jaume, ¿ cuánto llevas aquí?

—Treinta y siete años.

Lo dijo sin pestañear y yo lo apunté como un dato buenísimo: un hombre que entró de crío, que conoce la máquina por dentro y que delante de una cámara diría «mi abuela» de una manera que no se compra con dinero ni con casting.

—Toma mi tarjeta. Si se te ocurre qué le pondrías tú a esa caja, me escribes a la dirección de abajo, que la de arriba no la mira nadie.

Cogió la tarjeta con dos dedos, por el borde, para no mancharla.

—Y cuando veas al señor Llorca —añadí—, dile que la de Madrid ya está aquí.

—Se lo diré. —Se guardó la tarjeta en el bolsillo del pecho—. Que tenga usted un buen día, señora Ruiz.

El comedor de la fábrica tiene seis mesas de formica, un microondas que ya era viejo en 2004 y una pizarra verde de colegio atornillada a la pared del fondo. Está puesta ahí para eso: la pizarra es lo primero que mira todo el que entra por esa puerta, antes que el café y antes que el reloj.

«¿CUÁNTO DURA LA DE MADRID?», con tiza gorda y en mayúsculas.

Debajo, cuatro casillas con su columna de números. «Hasta las Hogueras», tres. «Dos semanas», nueve. «Hasta el puente», cinco. «Hasta Reyes», cuatro, y un nombre escrito al lado con una letra redonda de cuaderno de primaria .

—Se apuesta en tabletas —dijo alguien detrás de mí—. Aquí nadie paga en dinero desde el noventa y seis.

Nuria Pastor, veintiséis años, asistente de marketing.

O sea que el departamento entero éramos ella y yo.

Llevaba el móvil en una mano, dos cafés de máquina en la otra y una manera de decir cosas graves sin bajar la voz que en los meses siguientes me iba a costar cara y me iba a salvar la vida más de una vez.

—Tú eres la de «hasta Reyes».

—Soy la de «hasta Reyes». —Me dio un café—. Es la casilla más optimista del tablero. Me han llamado tonta dos veces antes de las nueve de la mañana.

—¿Y la casilla de «se queda»?

—No existe.

—Ya.

—Es que nadie la ha pedido, no es que… —Se paró, le dio un trago al café y miró la pizarra—. Vale, sí. Es eso.

—¿Y la anterior cuánto duró?

—La anterior no llegó a haberla. Hubo una chica en 2019 que estuvo tres meses y medio en la cuarta de Alicante, y antes de eso… —Nuria se encogió de hombros—. Antes de eso el marketing lo hacía el padre de Jaume, pero de ese tema aquí no se habla, así que tú tampoco.

Tomé nota de las dos cosas: del dato y de la manera de darlo.

En la silla del fondo, la que tenía delante una carpeta con mi nombre impreso, dormía una gata blanca del tamaño de un melón de los buenos. Le faltaba media oreja y le sobraba el resto.

—Peladilla —dijo Nuria—. Duerme en la silla de quien manda ese día. Hoy le ha tocado la tuya, así que enhorabuena. Mañana ya veremos.

—¿Eso es una tradición de aquí o te lo acabas de inventar ahora mismo para caerme bien?

—Es el dato más fiable que hay en esta empresa.

El móvil vibró contra la formica a las nueve y cuatro, y lo primero que vi fue el asunto, que era «Incorporación», y lo segundo, el remitente.

Estimada Sra. Ruiz: le comunico que su incorporación no fue solicitada por Dirección General. Le adjunto el protocolo de comunicación interna vigente, cuyos puntos 3 y 7 le ruego revisar antes del comité del jueves. Quedo a su disposición para cuanto necesite. Atentamente, J. Llorca.

Lo leí dos veces. La segunda, despacio, buscando el insulto. No aparecía por ninguna parte: estaba todo escrito con una educación de notario y no había una sola palabra de esas que se pueden enseñar en un juzgado.

—Nuria. El del mono azul, el que va lleno de polvo y habla como si le cobraran por palabra…

—Jaume.

—Jaume qué.

—Jaume Llorca. —Sopló el café—. Director general. Tercera generación. ¿Por?

Treinta y siete años en la fábrica, claro que sí, exactamente los mismos que tiene él.

Le di la vuelta a la carpeta con mi nombre.

Dentro venían las cifras del año pasado, el calendario de campaña y un folio con la lista de referencias: blando de Xixona, duro de Alicante, guirlache, peladillas.

Cuatro productos, cero ideas y catorce semanas para convertir todo eso en algo que una señora de Móstoles quiera meter en el carro.

—¿Y el estuche? —dije—. ¿Quién decide el estuche?

—Fábrica veta producto. Dirección veta lo demás. —Nuria me miró por encima del vaso—. Oye, ¿tú estás bien?

—Perfectamente. ¿Tenemos imprenta propia o vamos siempre a la de Novelda?

Volví a mirar la pizarra.

Nueve tabletas a que me iba en quince días. Nueve tabletas de trescientos gramos que alguien de esta casa se había gastado en apostar contra una mujer a la que no había visto todavía, y lo había hecho con letra de imprenta, a la vista de todos, en el sitio donde se calienta el táper.

Me levanté, aparté mi silla con cuidado de no despertar a la gata y fui hasta la pizarra. La tiza estaba en la canaleta, gastada por un lado y con marcas de dientes en el otro, cosa que preferí no investigar aquella mañana.

Debajo de la última casilla escribí una que no estaba: «Gana la campaña». Al lado puse mi nombre entero, con las dos erres bien grandes, para que se leyera desde la puerta.

—¿Cuántas tabletas? —preguntó Nuria.

—Todas.