Me llamo Marga Roldán, soy la guardia civil de Valdecierzo y llevo un año multando al mismo hombre por aparcar en el mismo sitio.
Cada tarde a las ocho menos veinte, el mecánico del helicóptero deja su camión-taller encima del paso de peatones de la plaza.
Cada tarde le escribo la multa a mano, aunque en el cuartelillo tenemos una máquina que las imprime solas.
Él la lee como quien lee una carta, se la guarda en el bolsillo del pecho, dice «vale»…
y vuelve a aparcar exactamente donde estaba.
El pueblo tiene abierta una página en la libreta de apuestas del bar: ¿quién habla primero?
Ninguno de los dos. Hasta que llega mi madre.
Quince días, dice. Con una maleta que no cabe en el coche patrulla, un piso en venta y un plan: si su hija está sola en un pueblo de ochocientos habitantes, se muda con ella. Así que miento. Tres palabras. «Tengo a alguien.» Y cuando me pregunta quién, digo lo único que se me ocurre: el del camión.









