Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 38 · Ginés
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38 · Ginés

La campaña cerró el viernes dieciséis de octubre a las dos de la tarde, con el último parte del capataz por la emisora y la torre del cerro despidiéndose del vigía con el brazo, que se ve desde el llano si uno sabe dónde mirar, y con el aparato de la compañía saliendo de la hache a las tres para la base grande de la otra provincia, con un piloto de la compañía a los mandos y otro mecánico en el asiento de atrás, y la piloto de aquí de pie en la explanada con el vaso de café, mirándolo irse, y yo a su lado con la varilla en el bolsillo, oyéndolo irse, y sonaba fina, porque lo había dejado fino, y era lo último que iba a oírle.

—Suena bien —dijo ella.

—Sí.

—El de alquiler no va a sonar así.

—No.

—Ya lo arreglarás.

Se fue a la nave con el vaso, y yo me quedé en la explanada con la hache vacía, que es una cosa que en dos veranos no había visto, y con la barandilla amarilla junto a una hache vacía, y con el hangar abierto y la lona enrollada en su tubo, y con la galga sentada en el hormigón mirando el sitio donde había estado el aparato, con la chapa colgando, como se mira un sitio donde ya no hay nada que vigilar.

Se levantó. Se fue al camión, que estaba pegado a la pared del lado de la sombra, y se subió por la puerta abierta a su hueco, y desde allí me miró, con la cabeza fuera, esperando la hora.

La cena fue el sábado diecisiete en Casa Fina, y no era una cena de jubilación, porque Andrés lo había prohibido en junio del año pasado con una frase, y en este pueblo lo que prohíbe un hombre con una frase se respeta hasta que el pueblo decide otra cosa, y el pueblo había decidido otra cosa y la había llamado de otra manera.

El cartel de la puerta de Casa Fina, escrito por Fina con rotulador y corregido por la madre con bolígrafo, decía: CENA DE LA GALGA.

Sábado, nueve y media. Y debajo, con la letra de la madre: Se ruega puntualidad.

Cupieron cincuenta. Entraron setenta y dos, que los contó ella, de paisano, con la blusa azul y la falda de la boda, en la puerta, como se cuenta a la gente que entra a un sitio donde una es la guardia civil aunque no lleve placa.

Cuatro mesas juntas en vez de tres. Fina en la cocina y en la barra a la vez, que sabe.

La cuadrilla entera en la mesa del medio: el capataz en la cabecera, de pie hasta que se sentaron todos; la piloto a su lado con el vaso; Samu con el pan y con la boca; Leti con Nico a su lado, no enfrente, que desde el jueves de septiembre se sientan al lado, y eso lo sabe la libreta; y Andrés en la punta, con la cabeza ladeada, con una camisa que no era de brigada, de cuadros, la que se pone dos veces al año, comiendo como come, sin decir nada, porque una cena que no es de jubilación no obliga a nadie a decir nada.

Higinio en la barra, con el espejo. La Encarna con el bastón cruzado y el gato en el descansillo.

La Puri con el abanico, que en octubre ya no hace falta y se lleva igual.

El Modesto. Los quintos, que en octubre son los de siempre porque los otros ya se han ido a estudiar.

El veterinario de la cabecera, que había venido porque era jueves de mes y se había quedado porque había cena, con las gafas en la punta de la nariz.

El cura de fuera, que había subido en la furgoneta y la había aparcado donde no debe, y ella no lo había multado, porque era el cura, y eso también es un criterio.

El vigía de la torre, que había bajado por primera vez en dos veranos y se había sentado al lado de Andrés y no había hablado en toda la noche.

Y la madre, en la mesa del rincón, la de la foto del ochenta y seis, con la Encarna y la Puri, y con el cuaderno cerrado, porque desde el treinta y uno de agosto no pone notas, y con Andrés a dos sillas, que no era su mesa y era su mesa, y con la galga debajo, con su ruido de chapa.

Yo llevaba el traje. El sastre lo había visto en septiembre con las gafas puestas, había dicho una cosa que la madre calificó y que yo no repito, y lo había arreglado, y ahora era un traje azul marino con una manga que había sido de otra manera y un bolsillo interior que cerraba mal desde que llevaba una multa doblada dentro, y me lo puse igual, con la camisa blanca nueva, la de la madre, y con los zapatos, que ya eran unos zapatos de era.

Comimos la caldereta. La de dos, que Fina llevaba reservando desde junio y que aquella noche fue de setenta y dos, porque Fina había decidido que la reserva se cobraba a lo grande o no se cobraba, y la puso en la mesa con las rosquillas y las copitas de anís, y cuando terminó de servir se quedó de pie en la cabecera de la mesa del medio, con el trapo, mirando a Andrés, y no dijo nada, y Andrés siguió comiendo, y entonces el capataz se levantó.

No habló. El capataz no habla en las cenas; se levanta, se queda de pie con las manos en la mesa, mira el pan, y la cuadrilla entiende, y la cuadrilla entendió, y se levantaron los cinco, y la piloto, y el bar entero se levantó detrás, setenta y dos personas de pie en Casa Fina mirando a un hombre de sesenta años con una camisa de cuadros que no había pedido nada de aquello y que seguía sentado con la cabeza ladeada mirando su plato, y que al final levantó la vista, y miró a la cuadrilla, uno a uno, y dijo:

—Buena línea.

Y se sentó. Y el bar se sentó. Y la madre, en el rincón, no le puso ninguna nota, porque había dejado de ponerlas, pero se quitó las gafas y las dejó colgando, que es lo que hace cuando ha decidido algo.

Me tocó a mí después. No lo sabía. Lo supo Fina, que se puso delante de mí con el trapo y la copita de anís que no había pedido, y me la puso en la mano, y dijo, para el bar:

—El mecánico paga el café de la mañana desde agosto. Que diga algo, que para eso lo paga.

Se rieron. Setenta y dos personas, y ella en la puerta con la blusa azul, que no se rio, y me miró, con la cara de la multa que se pone encima de la ropa de paisano como una gorra, y yo me levanté con la copita en la mano y el traje y el bolsillo interior que cierra mal.

Yo no hablo en las cenas. Yo no hablo. Tengo hechas cuatro cosas: las buenas noches, el vale, el sí, y desde agosto el aquí, y todo lo demás lo monto pieza a pieza y llega cuando llega, y setenta y dos personas de pie no esperan treinta segundos, aunque en este pueblo, en una era, ochocientas contaron hasta treinta y uno con la madre de la guardia civil.

No iba a hacerles contar otra vez. Una cosa así se hace una vez, y ya está hecha, y consta en una libreta de hule.

Miré a Andrés. Miré a la cuadrilla. Miré a la piloto, que levantó el vaso.

Miré a la madre, en el rincón, sin gafas.

Miré a ella, en la puerta, con la galga que había venido a sentarse a su bota con el ruido de chapa.

Y dije la frase. Una. A tiempo, en el acto, sin montar nada, porque era una frase que llevaba dos meses montada y solo había que soltarla, y la solté con la copita en la mano y la voz baja que tengo cuando digo una cosa que he decidido decir:

—Me quedo, y el camión también.

Y me senté.

Se oyó a la Encarna coger aire. Se oyó a Samu dar la palmada en la mesa.

Se oyó a Higinio reírse en el espejo y a la Puri cerrar el abanico y al veterinario decir «pues ya está» con las gafas en la nariz, y en la puerta ella no se movió, y no cambió la cara, y asintió una vez, corto, como se asiente a un dato, y después, con el bar entero mirándola, cruzó Casa Fina entre las cuatro mesas, con la galga detrás, hasta el mostrador, y se agachó, y sacó del estante de las servilletas una cosa que no era la libreta.

Era una carpeta de cartón, de las de gomas, con un apellido escrito en la tapa con letra redonda: ALMAGRO, G.

La había bajado del cuartelillo. Del tercer cajón del archivador gris, donde llevaba desde el doce de agosto entre otras dos carpetas, y la había traído a la cena en el bolso, y la había dejado en el estante de las servilletas con Fina de testigo, y vino con ella entre las mesas, hasta mí, y la puso encima del mantel de papel, delante de la copita, y le quitó las gomas.

—Constan —dijo—. Todas. Con fecha y con copia, en el puesto, desde agosto. Ya no hace falta que las lleves encima para que existan. —Abrió la carpeta—. Pero son tuyas. El archivador se queda con la copia. El original se devuelve al titular.

Estaba el taco. Trescientas y pico, en su orden, con los bordes blandos de abajo y los duros de arriba, y la de las reglas con sus seis rayas de lápiz de carpintero, y la del cárter al fondo del todo, y encima de todas, la última que había entrado en el taco antes del archivador, la de la cartilla con dos apellidos.

Y encima de esa, una nueva. De la tarde anterior, del viernes, del paso de peatones de la plaza, a las siete y cuarenta, con su observación técnica y verdadera sobre el tambor del cabrestante, y sin goma, porque la goma la traía ella en la muñeca, nueva, de las gordas, de la papelería de la cabecera.

Se la quitó de la muñeca. Se la puso al taco. Y me lo dio con las dos manos.

Lo cogí con las dos. Con setenta y dos personas de pie otra vez, sin que nadie se lo hubiera pedido, y con la galga sentada entre los dos con la chapa, y con Fina detrás del mostrador con el lápiz en la oreja apuntando en la libreta de hule una cosa que después me dijo que era corta, y no lo guardé en el bolsillo del pecho.

No cabía en el traje. Lo puse encima de la mesa, junto a la copita, delante de todo el pueblo, un taco de multas de un año con una goma nueva, y me quedé con la mano encima, como se comprueba que una cosa sigue ahí, y Andrés, desde la punta, con la cabeza ladeada, levantó la mano abierta, y la dejó en el aire un segundo, y la bajó, y se puso a comer las rosquillas.

El domingo por la mañana subí a la plaza con el camión a las siete y cuarenta, con el taco en el bolsillo del pecho abrochado, que en el mono sí cabe, y con la galga en la cabina, y aparqué encima del paso de peatones.

El morro en la primera franja. La rueda delantera derecha en la segunda.

El freno de mano a dos clics, el contacto un segundo más para el ventilador.

Bajé. Saqué la bandeja. La puse en el suelo del lado de la acera.

Era domingo. Los domingos el camión no baja al pueblo, y ella lo tiene escrito, y ese domingo bajó, y en la plaza no había sillas porque era octubre y las sillas en octubre están dentro, y en la ventana de la cocina del cuartelillo había una persona con un café en un vaso de cristal, de pie, mirando el paso, y no bajó con el talonario, porque los domingos no sale de uniforme.

Bajó de paisano. Con el vaqueros y una camiseta que no le había elegido nadie, con el bloc del teléfono en la mano, con la galga saliendo del camión a su encuentro, y se paró delante del morro, y miró la rueda en la segunda franja, y me miró a mí, debajo, y yo salí rodando y me puse de pie sin sacudirme.

—Estás encima del paso, Ginés.

—Sí.

—Es domingo.

—Sí.

—No hay multa los domingos.

—Ya lo sé.

Abrió el bloc. Escribió una cosa, con el bolígrafo azul de tapa mordida, con la letra normal, y arrancó la hoja, y la dobló en cuatro, y me la puso en la mano, y me la cerró con la suya, y se fue hacia el cuartelillo con la galga, y en la esquina de la iglesia no se paró, porque ya no hace falta.

Abrí la hoja. Con la letra redonda, sin apretar, sin línea de arriba, solo la de abajo:

Observaciones: este es nuestro.

Me la guardé encima del taco, con la goma nueva, y abroché el botón, y me metí debajo del camión con la llave que tocara, en un paso de peatones, un domingo de octubre, en un pueblo donde el mecánico se queda y el camión también.