Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) Epílogo
100%

Epílogo

Nevó el catorce de enero. Lo hago constar con la fecha porque en Valdecierzo la primera nevada es una fecha, como lo es la traca y como lo es el día que se abren las sillas, y porque aquel catorce de enero, a las siete y cuarenta de la tarde, con dos dedos de nieve en la plaza y la farola de la iglesia encendida desde las seis, el camión-taller de la base estaba aparcado en la puerta del cuartelillo.

Bien. Recto, con las ruedas paralelas al bordillo, a un palmo justo, fuera del paso de peatones, con las seis franjas limpias bajo la nieve y nada encima.

El pueblo se alarmó, y no lo hago constar como una exageración: se alarmó.

Higinio bajó de la oficina con la gorra en la mano y miró el camión desde la puerta como se mira una cosa que está donde no debe estar por estar donde debe.

La Encarna abrió la ventana con el frío que hacía y preguntó a la Puri, de ventana a ventana, si el mecánico estaba enfermo.

La Puri dijo que no lo sabía, que iba a llamar a Fina.

Fina, desde la puerta de su bar, con el trapo y un abrigo, miró el camión, miró el paso vacío, y dijo, para la cuesta entera, que un hombre que aparca bien después de año y medio o está enfermo o se ha casado, y que ella no había apuntado ninguna de las dos cosas todavía.

Y mi madre, desde la ventana de arriba de la Puri, con las gafas y una bufanda, dijo que ninguna de las dos, y cerró la ventana, porque ella sí lo sabía.

Lo había aparcado yo, con el carné y con el método: el embrague como se suelta una cosa que no quieres que se caiga, las manos a las diez y a las dos, y un golpe de volante al final para dejar la trasera dentro, y lo había aparcado bien porque es lo que hago con los vehículos cuando soy yo la que los aparca, y porque él estaba en la base con el aparato de alquiler, que suena a hueco desde octubre como había dicho la piloto, y me había dado las llaves a las siete para que subiera a la galga al cuartelillo con la nieve, y no me había dicho dónde aparcar, y yo había aparcado donde se aparca.

A las ocho menos cinco bajó él, a pie, por el camino viejo, que con nieve son veinticinco minutos y no veinte, con la nieve en el mono y las manos en los bolsillos y las huellas detrás, que en la plaza no había otras porque a esa hora con dos dedos de nieve nadie sale, salvo la Encarna a la ventana, y llegó a la plaza, y miró el camión en la puerta del cuartelillo, recto, a un palmo, y miró el paso de peatones vacío con las seis franjas y la esquina saltada de la segunda blanca de nieve, y se quedó de pie en la segunda franja, donde va la rueda, con las manos en los bolsillos, mirándome en la ventana de la cocina.

Bajé con el talonario. Con el uniforme, con el chaleco, con la galga con su ruido de chapa, por los catorce peldaños sin que crujiera el noveno, y salí a la plaza, que con nieve suena distinto, más corta, y me paré delante de él, en el paso, con la nieve en los hombros del uniforme y en el pelo corto de él, y la galga se sentó en la segunda franja entre los dos, en el sitio donde va la rueda, mirándonos alternativamente como se mira a dos personas que están haciendo una cosa que ya sabe cómo termina.

—Estás encima del paso, Ginés.

—Sí.

—Sin camión.

—Sí.

—Te voy a multar igual.

—Vale.

La escribí. Con el papel apoyado en nada, porque no había capó, en la mano, con el bolígrafo azul, con la nieve cayendo en el talonario y haciendo en el papel unas manchas redondas que en la copia azul se quedaron, y en Observaciones puse lo que había, y se la di, y la leyó entera, y la guardó, y abrochó, y desde la ventana de la Puri mi madre volvió a abrir la ventana con la bufanda y dijo hacia la Encarna que ya estaba, que era eso, y las ventanas se cerraron.

Yo llevo el taco en el bolsillo del pecho desde octubre, con la goma gorda de la papelería, y el bolsillo vuelve a estar duro, y el botón vuelve a abrocharse encima de una cosa que pesa, y todo eso está en su sitio.

Lo que no está en su sitio es el camión, cuando lo aparca ella, y no lo hago constar como una queja: lo hago constar como un hecho que me deja el sitio raro, como me lo dejó la madre en agosto, y que a la galga también, porque la galga, cuando el camión está bien aparcado, se baja de la cabina y se va a sentar en el paso de peatones, en la segunda franja, sola, a esperar una cosa que ya no viene.

El aparato de alquiler sonaba a hueco. Lo dije en octubre, el primer día, cuando lo bajaron de un camión de la empresa con un piloto de la empresa que no daba dos golpes en el cierre con el canto de la mano y que no preguntaba por el ruido por las mañanas, y lo dije con la varilla en la oreja, y la piloto de aquí, que ahora es la piloto de la base y no de ningún aparato, me miró y dijo que ya lo arreglaría yo, y lo estoy arreglando.

Un aparato de alquiler es un aparato al que nadie le ha puesto nombre, y en Valdecierzo el bar le puso uno la segunda semana, que no repito, y desde que tiene nombre suena un poco mejor, que es una cosa que no está en ningún manual y que yo he comprobado.

El hangar se calentó el nueve de enero, cinco días antes de la nevada, y esta vez no lo estrené solo.

Lo estrenamos la galga y yo, a las siete de la mañana, y a las siete y cuarto subió Butano desde la nave, se metió en el hangar, olió el calor, y se fue al aparato de alquiler, que estaba apagado, y se subió al asiento de la derecha, donde no hay ninguna cinta con su nombre porque el aparato no es nuestro, y se sentó mirando al frente, esperando instrucciones, y yo le dije que se bajara, y tardó, y opinó, y se bajó, y después le puse una cinta. Torcida. Como la otra.

En el banco de la plaza, el de piedra, el que da a la puerta del cuartelillo, hay desde noviembre, todos los días a las cinco de la tarde, haga el tiempo que haga, dos personas sentadas.

Una en cada punta. Una con un cuaderno de espiral que ya no tiene notas, sino otra cosa, y las gafas colgando y una bufanda; y otra con una camisa de cuadros debajo del abrigo, con las manos en las rodillas, jubilada desde octubre, que no ha ido a ninguna comida de despedida y que sube a la ermita los domingos y da la vuelta al edificio por fuera, y que ahora, a la vuelta, se sienta en un banco.

No se hablan. No se hablan con una naturalidad que en enero, con dos dedos de nieve, es la cosa más clara que ha pasado en esta plaza en año y medio, y Fina no ha abierto página, porque Fina dice que hay cosas que no se apuestan ni se saben: se dejan.

Lo de la libreta lo vi yo. Lo hago constar porque fue el catorce de enero, después de la multa sin camión, cuando subí a Casa Fina con él y con la galga, de uniforme, y me senté.

Me senté. En la mesa del rincón, la de la foto del ochenta y seis, con el café con leche en el vaso de cristal, que Fina me lo puso en la mesa y no en la barra, sin preguntar, porque Fina sabe cuándo una persona se ha sentado en su bar aunque lleve cuatro años y medio de pie.

Él se sentó enfrente, con el mono y la nieve deshaciéndose en los hombros, en una silla de Casa Fina que no había ocupado nunca a esa hora porque a esa hora estaba siempre debajo de un camión.

Con el café solo en taza, que lo paga desde agosto y que Fina le cobra con recibo.

La galga debajo, con la chapa contra la pata de la mesa.

Y Fina, con el trapo, se agachó detrás del mostrador, sacó la libreta de hule del estante de las servilletas, se mojó el índice, pasó una página, y la giró encima del mármol, hacia nosotros, como giró una vez otra hacia su hijo en junio del año pasado.

Arriba, con la letra redonda de escuela antigua, un título escrito desde septiembre:

NICO Y LETI. ¿El café o el poema?

Debajo, dos columnas trazadas con el canto de una tarjeta.

En una, el café , con cuotas a lápiz. En la otra, el poema , con otras.

Y en la columna de los nombres, treinta y ocho apellidos de este pueblo, y el primero de la lista, con la letra grande de hombre que aprendió con pluma, el de Higinio, que había dicho que estaba escarmentado.

—¿Y esa a cuánto está pagando? —preguntó él. A tiempo.

—Esa paga —dijo Fina—. Esa sí. Porque esa no se sabe. —Se apoyó en el mostrador con los dos brazos, a la distancia de cobrar—. Y porque los dos que la abrieron todavía no han hablado, ni el uno primero ni el otro segundo, y eso, en este bar, es dinero.

Miré la página, con la letra de escuela antigua y las dos columnas y los treinta y ocho apellidos, y el de Higinio el primero, grande, y me acordé de otra página con cuarenta apellidos y sin cuota que se abrió una vez para que alguien se diera cuenta, y de lo que había costado.

Miré a él, enfrente, con la taza, con el bolsillo del pecho abrochado sobre un año y medio de papel, con la cara que tiene cuando ha entendido una cosa y está decidiendo, y esta vez la decidió en el acto, sin el hueco: sacó del bolsillo del mono un billete, lo puso encima del mármol, en la columna del poema, y dijo su apellido.

Fina lo apuntó. Con el lápiz de la oreja. Y después me miró a mí, con la libreta abierta, esperando.

Saqué el bolígrafo azul de tapa mordida del bolsillo de la camisa.

No el talonario: el bolígrafo. Y en la columna del café, debajo del apellido de Higinio, escribí el mío, con la letra redonda, sin apretar, y a su lado, en la misma línea, porque en la libreta de Fina cabe lo que Fina decide que cabe, el suyo.

—Los dos —dijo Fina, mirándolo—. Roldán y Almagro. En columnas distintas.

—Sí.

—Eso no se ha hecho nunca en este bar.

—Ya —dije yo—. Consta.

Fina se mojó el índice. Cerró la libreta de golpe, con una mano, como cierra lo que no se mira, y la devolvió al estante de las servilletas, y se quedó un momento con la mano encima del estante, y después cogió el trapo y se fue a la cocina, y desde la cocina, sin girarse, dijo que la caldereta de dos la tenía reservada para el sábado, y que esta vez no había excusa, y que si venía la galga la galga comía.

Fuera nevaba otra vez, despacio, de la manera en que nieva en enero en esta sierra, que es sin viento, con los copos cayendo rectos como caen las cosas que ya han decidido dónde.

Se veía por el ventanal, en la farola, cayendo despacio sobre un paso de peatones vacío con seis franjas, y sobre un camión bien aparcado en la puerta de un cuartelillo, y sobre un banco de piedra con dos personas en las dos puntas que no se iban a mover hasta las seis, y yo pensé, con el vaso en la mano y él enfrente y la galga debajo, que aquí había mucho que ver, y que iba a seguir viéndolo, y que eso, por una vez, no hacía falta hacerlo constar.