Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 37 · Marga
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37 · Marga

Mi madre se mudó el martes uno de septiembre a las diez de la mañana, con la maleta de cuatro ruedas bajando los catorce peldaños de lado y la silla de mimbre de la Puri esperándola en la acera, y con Andrés, que había subido desde la base sin que nadie lo llamara, cargando el saco de pienso de diez kilos, que se venía con ella porque la galga come donde come y mi madre ha decidido que uno de los sitios es el suyo.

La cortina no se la llevó. La dejó en la cocina, en su barra, y cuando le pregunté por qué me dijo que una casa-cuartel sin esa cortina no es una casa, y que ella ya tenía otra en la maleta, la de repuesto, porque siempre ha viajado con dos, por si acaso.

Se fue cuesta arriba con Andrés detrás y el saco al hombro de él y la silla en el brazo de ella, y en la puerta de la Puri se paró, miró el piso de arriba con la ventana a la cuesta, y me dijo desde allí, en voz alta, para la calle, que a las nueve y media cenaba, su hora de siempre, y que cuando quisiera subiera, y que la puerta de la Puri tampoco se cierra con llave, porque en este pueblo, por lo visto, no se cierra ninguna.

Esa noche, en la casa-cuartel, había una persona.

Lo hago constar como un hecho, porque lo era desde hacía cuatro años y ahora era otro: había una persona, y un sofá-cama cerrado, y una cortina, y una galga en la alfombra de la oficina, y a las nueve y veinte los catorce peldaños sonaron con un hombre que pesa lo que pesa, y el noveno no crujió.

Había aprendido dónde pisar. No sé cuándo. Sé que un hombre que aprende dónde cruje una escalera es un hombre que ha decidido subirla más veces, y que eso, en una casa-cuartel, se nota en el noveno peldaño antes que en ningún otro sitio.

Entró en la cocina con el mono limpio y una cosa en la mano, envuelta en un trapo de taller, y la dejó en la mesa, encima del hule, y se quedó de pie mirándome, y yo estaba de paisano, con la camiseta que no me había elegido nadie, y le miré el bolsillo del pecho, que estaba abrochado sobre nada, y después la cosa envuelta.

—Ábrelo.

Lo abrí. Dentro del trapo había una chapa.

Redonda, plateada, del tamaño de una moneda grande, con un agujero para la anilla, y en la cara, grabado a golpes, con letras de punzón, de las que se usan en un taller para marcar números en una pieza, un nombre: MULTA.

Cinco letras, cada una un golpe, o dos, con la chapa sujeta en el tornillo del banco con un trapo para no marcarla por detrás, que es como se sujeta una cosa fina en un tornillo que no lo es.

Y en la otra cara, con las mismas letras, más chicas, apretadas para que cupieran: ROLDÁN Y ALMAGRO, y debajo, el número del cuartelillo, el del fijo con cable, que se lo sabe porque lo llamó una vez desde la nave y porque está en un cartel de la puerta que corrigió mi madre.

Era mi chapa. La del cajón de los trapos, la que compré en junio sin grabar en una tienda de la cabecera delante de una dependienta con un punzón, la que había estado encima de los trapos desde que mi madre la puso ahí, con la cara lisa hacia arriba, y que yo había mirado cada vez que abría el cajón sin tocarla.

La había cogido él. No sé cuándo. Sé que el cajón lo abría mi madre, y sé que mi madre se había mudado por la mañana, y sé que ese hombre no sube a una cocina sin que le abran, así que sé que se la dio ella, en algún momento entre el viernes y el martes, y que se la dio sin decirme nada, como da mi madre las cosas que importan.

—La he grabado en la caja —dijo—. Con el juego de punzones. Se graba a golpes. —Miró la chapa en mi mano—. No sale tan fina como en la tienda. Sale como sale.

Le di la vuelta. Le miré las letras, una a una, con la exactitud que le pongo a un documento, y estaban todas, y estaban derechas, y la i griega de en medio estaba un poco más hundida que las otras, porque a la i griega le había dado más fuerte, o dos veces, y me pareció que aquello era, de todas las cosas que me había dado ese hombre en un año, la única que había hecho con las manos a propósito para mí, y la única que no cabía en el bolsillo de una camisa.

Fui al cajón. Lo abrí como se abre un cajón que una lleva dos meses abriendo sin tocar lo de dentro, y saqué el collar rojo, con la hebilla, sin la chapa, y lo puse en la mesa junto a la chapa, y él sacó del bolsillo del mono una anilla, de las de llavero, nueva, y la abrió con la uña negra, y enganchó la chapa al collar, y cerró la anilla, y me dio el collar entero, con las dos manos.

La galga había subido. Estaba en la puerta de la cocina, sentada, con la oreja caída, mirando la mesa como se mira una cosa de la que una sabe que es suya antes de que se lo digan, y la llamé, y vino, y se sentó delante de mí, y le puse el collar.

Rojo. Con hebilla. A la medida de un cuello que había tenido entre las manos en un escalón en junio, y le cerré la hebilla en el segundo agujero, y la chapa quedó colgando bajo la garganta, y la galga la miró, hacia abajo, con los ojos, sin mover la cabeza, y después nos miró a los dos, y movió el rabo contra el suelo de la cocina, dos veces, y se fue a la alfombra de la oficina, bajando los catorce peldaños de lado como baja ella, con su ruido nuevo, de chapa contra hebilla, un ruido chico, de metal, que desde entonces se oye en el cuartelillo cuando la galga se mueve y que es el único ruido de esta casa que no consta en el parte.

Lo demás fue corto. Lo hago constar como fue, sin más detalle del que cabe, y fue corto porque no hacía falta que fuera largo: había habido una caja de camión con las puertas abiertas y una cama de hierro con una madre en la ermita, y aquello era una cocina con la ventana abierta a un paso de peatones vacío y una casa entera con una sola persona y una galga con chapa, y él me cogió la mano, la que tenía la chapa todavía marcada en la palma de sostenerla, y me llevó él esta vez, por el pasillo, a la habitación de la ventana al patio, y cerró la puerta, que no tiene llave, y se quedó con la mano en la puerta cerrada un momento, como se comprueba que una cosa ha cerrado.

Me desnudó como la primera vez en esa habitación, doblando, y yo a él, sin doblar, y nos tumbamos en la cama que no cruje, y no hubo estetoscopio ni búsqueda, porque ya sabía dónde sonaba distinto, y fue directo, con las manos y con la boca, y yo lo dejé, con las manos en su pelo corto y la ventana al patio con el fresco de septiembre entrando, que ya entra antes, y cuando llegó el clic lo dije con su nombre y sin la voz de la multa, y él subió, y entró, y se quedó quieto un momento con la frente en la mía, como se queda, y esta vez sí acabó la frase.

—Que yo me quedo.

A tiempo. Con la frente en la mía y dentro de mí, en una cama de casa-cuartel, con la puerta cerrada sin llave y la galga en la alfombra de abajo con su ruido de chapa, y no era una respuesta a nada porque yo no había preguntado nada, y era la primera cosa que me decía ese hombre que no fuera un sí, un vale, un aquí, un no, un buenas tardes o mi nombre, y la dijo entera, con sujeto y verbo, y no tardó.

—Ya lo sé —dije—. Consta.

Se rio. Con la cara, encima de mí, y yo con él, y nos movimos como se mueve una cosa que va bien, igual, sin sobresaltos, con la cama de hierro que no dice nada y la ventana al patio, y terminé con las piernas alrededor y él detrás, con mi nombre, y después nos quedamos quietos, los dos, con la luz de la mesilla del puesto, la misma en todos los puestos, y por primera vez en cuatro años no era la misma.

A las once bajamos a la oficina. Los dos, ella detrás, la galga con su ruido, y yo encendí la luz de la mesa y abrí el segundo cajón, donde está el talonario con el cargador enrollado, y debajo del talonario, en la carpeta de las cosas mías, la cartilla azul con la ventana de plástico.

La original. La que me dio mi madre en la plaza delante del veterinario con la copia para él.

La abrí en la mesa. Con la luz. Con el bolígrafo azul de tapa mordida, que ya no tiene tapa porque se la comí del todo en agosto y no he comprado otro, porque un bolígrafo que ha escrito lo que ha escrito este no se cambia por una tapa.

En la página del propietario, el veterinario había escrito los dos apellidos con su letra, la que no se lee, y debajo había una línea para la firma, y otra, y las dos estaban en blanco, porque un veterinario de cabecera escribe los nombres y las firmas las deja a quien le toque.

Firmé. En la primera línea, con el garabato corto, el de la multa de las cinco reglas, y le di el bolígrafo, y él firmó en la segunda con la firma de albarán, de pie, apoyado en la mesa donde Higinio teclea con dos dedos, y las dos firmas quedaron debajo de una letra que no se lee, en una cartilla azul con una ventana de plástico y una marca al revés en la tapa que decía Roldán y Almagro con la i griega en medio.

Y en la línea de abajo, la de la cartilla, que también tiene, porque todos los documentos de este país tienen una línea para lo que no cabe en las otras casillas, escribí a mano, con la letra redonda, sin apretar, lo que había:

Observaciones: dos nombres. A mano. Consta.

Cerré la cartilla. La ventana de plástico se quedó mirando al techo con el nombre dentro, y la marca de la tapa, la de mi madre, al revés.

La guardé en la carpeta, en el cajón, con el talonario, y él miró el cajón cerrarse con la cara con que mira las cosas que se quedan, y en la puerta de la oficina, que no se cierra, se oyó la galga levantarse de la alfombra con su ruido de chapa y salir al escalón, al fresco, a tumbarse en el sitio donde apareció, con un collar rojo y un nombre grabado a golpes, y desde la cuesta, desde la ventana de arriba de la Puri, que tenía la luz encendida a las once y cuarto de un martes, se oyó a mi madre cerrar la persiana a media altura, que es como duerme cuando hace calor, y como iba a dormir en Valdecierzo.

—Buenas noches, Ginés.

—Buenas noches, Marga.

No se fue. Se quedó. Lo hago constar porque es el hecho, y porque en la cocina, a la mañana siguiente, a las siete, con la ventana abierta y el paso de peatones vacío debajo, había dos tazas, y una era de las mías y la otra era una que había traído él en el bolsillo del mono, envuelta en un trapo, sin decir nada, la de la nave, la suya, con una raja, y la había puesto en el armario de la cocina la noche anterior, en el segundo estante, junto a las mías, como se pone una cosa donde va a estar.