Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 36 · Ginés
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36 · Ginés

Requena llamó al teléfono de la nave el domingo a las doce y cuarto, con el pueblo todavía bajando de la ermita y la brigada desayunando en la mesa larga con el pan del primer horno de Higinio, y lo cogió Samu, que se lo pasó al capataz, y el capataz me lo pasó a mí, y Requena dijo tres cosas con la voz que no levanta.

Que el contrato de la provincia estaba registrado desde el viernes a las ocho y cuarto, con el número que me dio y que apunté en el cuaderno del camión.

Que el treinta y uno era el lunes y que la provincia no había tenido nunca un puesto cerrado con dos días de margen y que no sabía muy bien qué hacer con la sensación.

Y que la compañía había llamado a la provincia el viernes a las dos de la tarde para decir que el mecánico de Valdecierzo renunciaba al traslado, y que la provincia había contestado que ya lo sabía, y que a la compañía le había parecido mal que la provincia lo supiera antes, y que a él eso le daba igual.

—El aparato de alquiler llega en octubre —dijo—.

Con su piloto de la empresa, para el invierno.

En primavera se verá. Y usted se lo cuenta a la piloto, que la piloto tiene plaza y el aparato no, y una piloto sin aparato es un problema mío, no suyo.

—Un silencio corto, de coordinador—. Y dígale a la guardia civil que el sargento de la cabecera ha mandado un parte esta mañana con dos cosas apuntadas, y que las dos están bien.

Colgó. Yo colgué después, con el auricular un momento en la mano, como siempre, que un teléfono que acaba de decir una cosa así no se cuelga de golpe.

La piloto estaba en la mesa larga con el café, mirándome, y el capataz también, y la cuadrilla entera, y Samu con la boca abierta para dar fe de algo, y Leti con el codo preparado, y le dije a la piloto, a tiempo, con el teléfono todavía en la mano, que en octubre venía un aparato de alquiler con su piloto y que en primavera se vería, y la piloto dijo que ya lo sabía, que Requena la había llamado a ella primero, a las once, y que ella no se lo había dicho a nadie porque no era suyo, y que el aparato de alquiler que viniera iba a sonar a hueco desde el primer día porque los aparatos de alquiler suenan así, y que ya lo arreglaría yo.

El capataz no dijo nada. Miró el pan. Y como hay hombres que solo miran el pan cuando dicen dos cosas a la vez, la cuadrilla entera entendió las dos, y Andrés, en la punta, con la cabeza ladeada, levantó la mano abierta sin mirar a nadie, y la dejó en el aire un segundo, y la bajó.

La madre no cogió el autobús de las cuatro.

Lo supe por la maleta, y lo supe antes por la Puri, que a las tres pasó por delante del hangar con el carro, que no baja nunca al llano, y me miró desde la explanada como se mira a un hombre al que van a darle una noticia y se ha decidido que se la dé otro, y siguió hacia la báscula a no comprar nada.

A las tres y media subí a la plaza con el camión, limpio, con el mono, sin traje, que el traje estaba en la caja hecho una cosa que el sastre iba a tener que ver con las gafas puestas, y aparqué en el paso, porque era la hora que era y porque no había motivo para no hacerlo, y en la puerta del cuartelillo no había maleta.

Había una silla. La de la cocina, con las patas marcadas, en la acera, sin nadie, a las tres y media de la tarde de un domingo, y esa no es hora de sillas.

La miré desde la cabina antes de bajar, con el motor en marcha, el tiempo que se tarda en entender una silla vacía, y apagué, y el contacto un segundo más para el ventilador, y bajé.

Ella bajó con el talonario a las tres y cuarenta. De uniforme, con la galga, con el chaleco lavado, sin los cinco dedos por primera vez en tres semanas, y me miró el camión en el paso y no escribió nada. Se quedó con el talonario en la mano.

—Mi madre no se va.

—Ya. —A tiempo, porque ya lo sabía—.

—No lo sabías.

—He visto la silla.

Se le movió la cara. Medio segundo, lo de siempre, y luego la cara de la multa otra vez, porque estaba de uniforme, y me contó lo que había pasado a las dos, en la cocina, con las palabras exactas, como cuenta ella: que la madre había dicho que había alquilado el piso de arriba de la Puri, el que la Puri tenía cerrado desde que se casó la hija, con dos habitaciones y una ventana a la cuesta, desde el uno de septiembre, con contrato, firmado el viernes, el mismo día que el mío, en la mesa de Casa Fina con Fina de testigo, y que la Puri se había puesto a llorar, y que la Encarna había dicho «ay», y que las llaves del piso vendido las había mandado ya por correo certificado a la inmobiliaria desde la cabecera el lunes, y a eso había ido el lunes cuando dijo que iba a por hilo la segunda vez.

—Lleva desde el catorce sin casa —dijo ella—. Y desde el viernes con dos. Y la silla la ha bajado a la acera porque dice que es la hora de las sillas de todo el día, que es domingo, y que si el mecánico aparca en el paso a las tres y media alguien tiene que mirarlo.

Miré la silla. Miré el paso, con el camión encima y la galga contra su bota.

Miré la ventana de la cocina, donde no había nadie porque la madre estaba en la puerta de Casa Fina con la Puri y la Encarna mirando el piso de arriba desde la cuesta, con las gafas, como se mira una casa que va a tener cortina.

—No te voy a multar —dijo ella.

—Ya.

—Hoy no. —Miró el talonario—. Mañana sí. Mañana es lunes y el camión está en el paso, y una cosa es que me quede y otra que deje de ser la guardia civil.

—Vale.

Lo dije a tiempo, y no era el «vale» de la plaza del jueves.

Ella lo oyó, y supo cuál era, y la galga se sentó contra su bota, y yo me metí debajo del camión con la llave que tocara, y arriba, en la cuesta, la madre le puso a la Puri una nota en voz alta, y la Puri se rio, y la Encarna dijo que a ella no le ponía nunca ninguna, y la madre le dijo que porque ya la tenía puesta desde junio.

Higinio pagó el lunes. Lo hago constar porque me lo contó él, en la ventanilla, a las doce, el primer lunes de septiembre, que no es día de pago pero él me hizo subir «por un asunto», y el asunto era que Fina había cobrado la página.

No la del título, que no pagaba: la otra, la de las cuotas, la que llevaba tres meses con cuarenta apellidos y dos columnas, y en la que Higinio tenía dinero en la de la izquierda, la del mecánico, desde octubre.

—Cuarenta y dos euros —dijo, con la gorra en la mano y la cara de quien ha pagado más de lo que valía la cosa y menos de lo que valía saberlo—. Los he pagado esta mañana. A Fina, en la barra. Con recibo, que ella da recibo de todo.

—Lo siento.

—No lo sientas. Aposté a que hablabas tú primero, y no has hablado tú primero. Has hablado el segundo, a tiempo. —Se puso la gorra—. Yo eso no lo sabía apostar. Lo sabía esperar. Que no es lo mismo, y me ha costado cuarenta y dos euros aprenderlo.

Me dio un recibo de las multas de agosto, que las había pagado ella.

Lo digo con exactitud: la guardia civil de Valdecierzo había pagado el primer lunes de septiembre, en ventanilla, con Higinio, en efectivo, del monedero, treinta y una multas de estacionamiento sobre paso de peatones puestas por ella a un camión, y me dio el recibo a nombre del titular del vehículo, y Higinio me lo dio a mí con cara de haber tecleado una cosa con dos dedos y no ir a comentarla.

Lo miré. Lo doblé por la mitad. Lo metí en el bolsillo del pecho del mono, donde solo hay galgas desde hace tres semanas, y abroché el botón.

—Y lo de Leti —dijo Higinio, ya en la puerta.

—¿Qué?

—El café. Ha sido esta mañana, en Casa Fina, a las diez.

Lo sé porque yo estaba en la barra con el mío, que a las diez de un lunes de septiembre no hay nada que delegar.

Ella sentada, él de pie, veinte minutos.

Fina dice que ha hablado él todo el rato y que ella lo ha dejado, y que al final ella ha dicho «el jueves», y se ha ido con la motosierra.

—Se rascó el bigote—. Fina ha abierto página.

Nueva. Con título. Yo no he apostado, que estoy escarmentado.

Andrés hizo su último fuego el domingo, y fue un fuego de noche, a pie, con cierzo, que es la clase de fuego con la que un hombre de cuarenta campañas prefiere terminar, aunque no lo diga.

No lo dijo él. Lo dijo el capataz el lunes, en la mesa larga, con el pan, mirando el pan: que la campaña cerraba en octubre, que Andrés se iba en octubre, y que el conato de la ermita había sido, según el parte, el último fuego de Andrés en cuarenta campañas, y que él quería que constara en la mesa aunque Andrés no quisiera que constara en ningún sitio.

Andrés no dijo nada. Comió con la cabeza ladeada, y cuando terminó se levantó, se apoyó en la mesa con las dos manos, miró a la cuadrilla, uno a uno, sin prisa, y dijo:

—Buena línea.

Y se fue a la nave. Y la piloto se quedó mirando la puerta por donde había salido, y dijo, para la mesa, que ese hombre le había dicho lo mismo el año pasado en marzo, en el collado, y que era lo único que le decía a las cosas cuando le gustaban.

Por la tarde, a las siete y cuarenta, aparqué en el paso, con la galga en la cabina, que había bajado conmigo a la base a las tres porque la madre se había ido a comer a lo de la Puri y la galga no come sola, y con el cuaderno del camión en la guantera, donde había apuntado esa mañana, debajo de la vibración y de los paseos, un número de contrato de la provincia con la fecha, en la misma página, con la misma letra, porque el cuaderno del camión es donde apunto lo que hay que revisar y aquello había que revisarlo cada día.

Ella bajó con el talonario, con la galga, con la cara de la multa, y escribió, apoyada en el capó, arriba lo de siempre, y abajo, en Observaciones, con la letra redonda, una cosa técnica y verdadera sobre el cabrestante, que había cogido tierra en el tambor.

Me la dio. La leí entera. La guardé en el bolsillo del pecho, sola, con el recibo, y abroché, y dieciséis sillas nos miraron de frente, sin postura, como se mira una cosa que ya se sabe cómo termina y se sigue mirando igual.

—Buenas tardes, Ginés.

—Buenas tardes, Marga.

A tiempo, como siempre, que eso lo tengo hecho, y con lo otro que tengo hecho desde el domingo: no se me va la vista al bolsillo del pecho cuando lo abrocho.

No se fue a la esquina. Se quedó, con la galga, a dos metros, con el talonario en la mano, mirando cómo yo miraba la multa, y la madre, desde su silla, que ya no era la de la cocina sino una de la Puri, de mimbre, con cojín, dijo hacia la Encarna, en voz alta, que aquello era un sobresaliente y que no pensaba poner ninguna nota más en lo que le quedaba de vida, y cerró el abanico.