Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 35 · Marga
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35 · Marga

La piloto despegó a las seis y cuarenta con la primera luz, desde la era, con el helibalde colgando y la lona en el suelo donde él la había dejado.

A las nueve y cinco el capataz dijo por la emisora que el conato estaba muerto en el cortafuegos viejo, con la voz que pone cuando una cosa ha salido bien y no piensa celebrarla, y que la cuadrilla remojaba, y que a las once la brigada bajaba a desayunar, y que el pueblo podía subir a ver la ermita, que estaba entera.

Subió el pueblo, con la ropa de la noche y la cara de la noche, sin haber dormido.

Lo hago constar como un dato: el domingo treinta de agosto, a las nueve y media de la mañana, con dos horas de sueño o ninguna, Valdecierzo subió por el camino viejo a ver una ermita que había visto la noche anterior, porque una ermita que se ha salvado no es la misma ermita, y porque en este pueblo las cosas que salen bien se van a mirar como se miran las que salen mal: en fila, con las manos en los bolsillos, sin decir gran cosa.

Yo llevaba en la boca del paso desde las nueve de la noche anterior, doce horas y media de uniforme, con dos emisoras, con el chaleco de los cinco dedos oliendo a humo, con la galga sentada contra mi bota desde las dos y cuarto sin haberse movido más que para beber del cuenco de acero que él había sacado del camión, y con el camión cruzado en la boca, donde lo había dejado, con el cabrestante recogido y él debajo desde las tres, con la llave que tocara, porque un cabrestante que ha sacado seis coches en una noche se revisa antes de que amanezca, y porque un hombre que ha dicho «aquí» por una frecuencia se mete debajo de un camión después, para que le dé el aire por donde no da.

El sargento se había ido a las cuatro con su coche gris sacado del pretil.

Higinio había vuelto a las ocho con la gorra y una bolsa de la panadería con pan del primer horno para la brigada, y se había quedado en el cruce.

Y a las nueve y media empezó a subir el pueblo, por el paso, de dos en dos, como había bajado, entre el camión cruzado y el pretil, mirando el camión, mirándome a mí, mirando las botas que asomaban por debajo, y ninguno dijo nada, porque una cosa que se ha oído por una radio a las dos de la mañana en un bar no se comenta a las nueve y media delante de quien la dijo. Se mira.

Mi madre subió con la silla, con la Encarna, con la Puri, con los tres abanicos, con el bolso cruzado, y con el cuaderno de espiral, que había vuelto a llevar, y llegó a la boca del paso, y se paró delante del camión, y me miró a mí, y miró la galga, y miró las botas de debajo, y no dijo nada de las botas. Dijo:

—Me voy a las cuatro. Voy a pasar lista. —Con el cuaderno ya abierto y el bolígrafo en la otra mano—.

Pasó lista. Se puso en el borde de la era, junto a la piedra del pretil, con el cuaderno abierto, y fue diciendo apellidos en voz alta según iba subiendo la gente, con la voz de clase, y la gente decía «presente» sin que nadie se lo hubiera pedido, porque a una maestra que pasa lista se le contesta presente aunque una tenga ochenta años y un bastón, y la Encarna lo dijo, y la Puri lo dijo, y el Modesto lo dijo con el periódico bajo el brazo, y Samu lo dijo dos veces, y Andrés, que subía el último, con las manos a la espalda y la cara negra de una noche en un cortafuegos, no dijo nada, y mi madre no le pasó lista a Andrés, porque a Andrés no se le pasa lista: se le levanta la mano, y se la levantó, y él levantó la suya.

Ochocientos y pico. Los contó, los apuntó, y cerró el cuaderno y me miró desde el borde de la era, a diez metros, con la cara de la recta de los chopos, que yo no había visto pero que él me había descrito sin querer con la suya, y no dijo nada más.

Se sentó en su silla, junto a la piedra, con la Encarna y la Puri a los lados, y esperó, como espera ella, a que el alumno se dé cuenta solo.

Fina subió la última, sin sillas, sin barreño, con el trapo al hombro y el lápiz en la oreja. Se quedó de pie en el paso, cuesta abajo, a cuarenta metros, con los brazos cruzados, y desde allí me miró, y en el no decir nada de Fina, que tiene grados, aquel era el más alto que le he visto.

Me acerqué al camión con el talonario. Lo hago constar porque es lo que llevaba en la mano, y porque llevaba una noche entera con él en el bolsillo sin nada que escribir, y porque una guardia civil que se acerca a un camión cruzado en una boca de paso con el talonario en la mano es una cosa que este pueblo ha visto trescientas veces y sabe leer.

La galga vino conmigo. Se sentó donde se sienta.

Las botas que asomaban por debajo del camión se movieron, primero una, después la otra, y salió rodando sobre la espalda, con el traje azul marino manchado de aceite y de hollín y de hierba, con la camisa que ya no era blanca, con una llave en la mano, y se puso de pie sin sacudirse, y me miró, con toda la era detrás.

—Ginés. —Con el talonario en la mano y sin abrirlo—.

—Sí.

—Estás encima del paso.

—Sí.

—Otra vez.

—Sí.

Se oyó a la Encarna coger aire, y a la Puri cerrar el abanico, y a Samu decirle a alguien «ahora, ahora», y a Leti darle con el codo, y en la era, ochocientas personas que habían subido a mirar una ermita miraban un camión.

—No te voy a multar.

Lo dije con la voz de la multa, porque estaba de uniforme, y él no cambió la cara. Yo no le di el papel, porque no había papel, y me quedé delante de él, a dos metros, en el sitio de la regla cuatro tachada, y empecé a contar en voz alta.

—Uno. Dos. Tres. —Como cuenta mi madre. Con un número por segundo, exactos, con la vista en él y no en el reloj, y a los cinco se dio cuenta la Encarna de lo que estaba haciendo, y a los siete se dio cuenta la era entera, y a los diez alguien empezó a contar conmigo, bajito, y era mi madre, desde la silla, con el cuaderno cerrado, y a los quince eran la Encarna y la Puri y Samu, y a los veinte contaba el pueblo, ochocientas voces diciendo veintiuno, veintidós, veintitrés, en una era, en domingo, con el humo todavía bajando por la ladera y una ermita entera detrás, y él de pie con la llave en la mano y la cara puesta, mirándome, sin moverse, contando también, se le veía en la boca, sin voz.

—Veintiocho. Veintinueve. Treinta.

Un silencio de un segundo, el de la curva de la ermita, y en el silencio, sola, desde la silla, mi madre dijo treinta y uno.

Él habló. No tarde. No a tiempo tampoco, porque a tiempo ya no quería decir nada: habló cuando le tocó, en el treinta y uno de mi madre, con la voz baja que tiene cuando dice una cosa que ha decidido decir, y lo que dijo no era lo que yo había contado que iba a decir, porque no era una respuesta. Era una pregunta.

—¿Y qué me vas a hacer?

A tiempo, sin nada delante, con ochocientas personas oyéndola y la galga entre los dos, y era la única pregunta que en un año de multas nadie había hecho, porque una multa no admite preguntas, y yo la tenía contestada desde un escalón de un cuartelillo de la costa, con nueve años, y no la había contestado nunca en voz alta, y la contesté.

—Quedarme. —Lo dije con la voz de la multa, porque estaba de uniforme, y no cambió nada, porque era la misma palabra con cualquier voz.

La palabra se quedó en la era, entre él y yo, en los dos metros, con ochocientas personas alrededor sin decir nada, y la galga levantó la cabeza y nos miró a los dos, y él bajó la vista a la llave que tenía en la mano, y la miró como se mira una herramienta que ya no hace falta, y la dejó en el estribo del camión, y se quedó con las manos vacías, y dio un paso.

No lo di yo, y lo hago constar con exactitud porque en este pueblo se va a discutir durante años quién lo dio: lo dio él.

Un paso, de los dos metros a uno, y después el otro, y me cogió la cara con las dos manos, las negras, las de la raya, como coge las multas, y me besó en una era, de uniforme, con el chaleco de los cinco dedos, delante de mi madre y de Fina y de Andrés y de un sargento que ya no estaba, delante de ochocientas personas que habían subido a ver una ermita y se llevaron otra cosa, y yo lo dejé, y le puse las manos en la chaqueta, en el bolsillo interior, donde estaba mi multa del viernes contra la camisa, y la noté a través de la tela, doblada por la mitad, con las Observaciones por dentro.

Aplaudieron, después de un silencio de un segundo, el que tarda un pueblo en decidir que una cosa se aplaude, como se aplaude en los pueblos, con ganas, sin ironía, sin saber muy bien por qué, que es la mejor manera, y el aplauso fue subiendo por la era hasta la ermita y volvió, y la galga se levantó con el ruido y volvió a sentarse cuando vio que nadie se movía.

La Encarna levantó el bastón. Samu silbó.

Andrés no aplaudió: levantó la mano, la abierta, y la dejó en el aire, y mi madre, desde la silla, con el cuaderno cerrado en el regazo, no aplaudió tampoco.

Miró. Como se mira una redacción que ha terminado bien, y se quitó las gafas, y se las volvió a poner, y escribió una cosa en el cuaderno, corta, y lo cerró.

Desde el paso, cuesta abajo, a cuarenta metros, con los brazos cruzados y el trapo al hombro, Fina habló. Lo dijo, en voz alta, para la era entera, sin moverse de donde estaba:

—Aquí hay mucho que ver.

Bajó a la boca del paso con el trapo. Se sacó del bolsillo del delantal, que lleva hasta en una era, la libreta de tapas de hule, que la había subido, y se mojó el índice, y la abrió por la página, con la era mirándola, porque en Valdecierzo cuando Fina abre la libreta se mira, y cogió el lápiz de la oreja, y escribió.

Escribió despacio, de pie, con la libreta apoyada en el capó del camión, en el mismo sitio donde yo apoyo el talonario, y cuando terminó no la cerró de golpe.

La dejó abierta un momento, encima del capó, para que la viera quien quisiera, y quien quiso fue mi madre, que se levantó de la silla y fue a mirar, con las gafas, y la leyó, y asintió, con la cabeza, una vez, como se asiente a una redacción corregida.

—¿Qué has puesto? —preguntó la Encarna, desde su silla, con el bastón.

—Lo que ha pasado —dijo Fina, y cerró la libreta—. Que ha hablado ella primero. Y que él ha contestado a tiempo. Y que esta página no pagaba, que se abrió para que alguien se diera cuenta de una vez, y que ya se han dado cuenta.

Se guardó la libreta en el delantal. Me miró a mí, que seguía con las manos en la chaqueta de él y la galga entre los dos, y le dijo a él, no a mí, con el trapo:

—Y el café de la mañana lo pagas tú, hijo, que has hablado el segundo.