Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 34 · Ginés
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34 · Ginés

Un pinar de noche con un fuego a doscientos metros no está oscuro.

Está naranja por un lado y negro por el otro, y en medio hay un sitio donde las dos cosas se mezclan y no se ve nada, y ahí es donde va un perro que corre con miedo, porque un perro con miedo no busca la luz: busca donde no hay ruido, y el ruido estaba en la era, detrás, con la traca todavía en el aire y ochocientas personas y un cabrestante, y delante no había nada, y por eso fue hacia delante.

Yo no la habría encontrado. Ni con la linterna ni sin ella.

Lo digo para que conste, porque Butano no consta en ningún sitio y tiene que constar en este: un hombre con una linterna en un pinar de noche encuentra troncos.

Butano encontró lo otro. Iba tres metros delante, con el hocico bajo, parándose cada veinte pasos a levantar la cabeza y a mirarme, y yo apagaba la linterna cada vez que se paraba, porque con la linterna encendida no se oye, y con ella apagada se oye el pinar entero: el fuego a doscientos metros haciendo el ruido que hace un fuego cuando come pino, un ruido de cosa que mastica; la cuadrilla detrás de él, con las batefuegos, en golpes; el cierzo arriba, en las copas, empujándolo todo hacia el este; y por debajo de todo, nada, lo que hace una galga escondida.

Fuimos hacia el llano verde. Lo supe cuando el suelo cambió bajo los zapatos del traje, que no son zapatos para un pinar, y el suelo pasó de aguja seca a hierba, y la hierba era la del llano verde de al lado de la era, el que no sirve para aparcar porque el suelo cede, y en el que hay una vagoneta hundida desde los años sesenta con la mitad fuera, como un barco a medio irse, y que se ve desde debajo de mi camión cuando estoy en la era, y que yo había mirado cien tardes sin saber que servía para algo.

Butano se paró delante de la vagoneta. No se acercó.

Se sentó a tres metros, en la hierba, con la cabeza alta, mirando la mitad de la vagoneta que está fuera, una caja de hierro oxidado inclinada con un hueco negro debajo, donde el suelo se la tragó y no terminó de tragársela, y me miró, y volvió a mirar el hueco, y no ladró, porque Butano no ladra a lo que ya ha encontrado.

Me agaché en la hierba mojada, que a las dos de la mañana en agosto está mojada aunque no haya llovido, con las rodillas del traje, y encendí la linterna, baja, hacia el suelo, y la subí despacio hacia el hueco, y en el hueco había dos ojos, y debajo de los ojos una oreja caída pegada a la cabeza y otra levantada, y debajo de las dos un animal de dos años hecho un ovillo del tamaño de una rueda de repuesto, temblando entero, con las patas delanteras juntas como si estuviera sentado en un sitio donde no le habían dado permiso.

—Multa.

Lo dije bajo. Como se le dice a un motor que se está calando para que no se cale.

No se movió. Un galgo con miedo no se mueve porque le digan su nombre; se mueve cuando el miedo se le pasa, y el miedo no se le había pasado, porque a doscientos metros había una cosa naranja masticando y en el aire todavía había traca.

Me senté en la hierba. Delante del hueco, a un metro, con la linterna apagada en la mano y la chaqueta del traje, y Butano a mi lado, sentado, y me quedé.

Esperar sí sé. Lo he hecho debajo de un camión trescientas tardes con las rodillas de un pueblo entero delante, y aquello era más fácil, porque no había nadie mirando y porque lo que esperaba estaba a un metro y tenía dos apellidos.

No sé cuánto fue. Sé que el fuego se fue moviendo hacia el este con el cierzo, y que el ruido de masticar se fue haciendo más lejano y más bajo, y que en algún momento la cuadrilla dejó de dar golpes con las batefuegos y empezó a hablar, que es lo que hace una cuadrilla cuando una línea se ha parado, y que el capataz dijo por la emisora, que yo llevaba en el bolsillo de la chaqueta apagada porque en un pinar de noche una emisora encendida asusta a una galga, una cosa que no oí y que era buena, porque lo sabía por la voz.

Sé que el cierzo aflojó. Se nota en las copas: dejan de decir lo mismo todas a la vez y empiezan a decir cada una lo suyo.

Sé que la galga salió.

Salió como come, que ya se lo conozco, con la mitad delantera fuera y la trasera dentro, primero el hocico, después la cabeza con la oreja caída, después las patas, y se quedó así, medio fuera del hueco, mirándome, y yo no me moví, y Butano no se movió, y la galga salió del todo, despacio, con el cuerpo pegado al suelo como salió de debajo del camión el primer domingo para beber del cuenco, y vino hasta mí, y me puso la cabeza en la rodilla, en el pantalón del traje, y se quedó.

Le pasé la mano por el lomo, despacio, como se pasa por un capó para ver si está a temperatura.

Estaba entera. Con el pelo lleno de hierba y aguja seca, con las patas mojadas del llano verde, con el número entre los hombros, sin un rasguño, temblando cada vez menos, y le pasé la mano por donde pasa ella la suya, en el sitio donde el pelo cambia de dirección, y la galga cerró los ojos.

Butano se levantó, la olió de lejos, sin tocarla, y se sentó otra vez con la cara de quien ha comprobado una cosa y la ha dado por buena.

Saqué la cuerda de la lona. Le hice el lazo, el que no aprieta, el mismo que le hace ella, que me lo sé de verla, y se lo pasé por el cuello, y la galga dejó que se lo pasara, y me levanté con el traje mojado de hierba y la chaqueta con hollín en el hombro, y saqué la emisora del bolsillo, y la encendí.

Estática. La de siempre, la que dice nada. En la estática, la voz del capataz diciendo que la línea estaba en el cortafuegos y que la cuadrilla se quedaba hasta la luz y que la piloto a las seis y media, y después nada, y yo miré el reloj con la linterna: las dos y doce.

No llamé. No dije el indicativo, ni base, ni nada de lo que se dice por una frecuencia antes de decir lo que uno va a decir, porque lo que iba a decir no tenía indicativo. Pulsé, y con la galga contra la rodilla y Butano a un metro y el pinar ya negro por los dos lados, dije su nombre.

—Marga.

No me dejó terminarlo. Lo tengo contado con exactitud porque es lo único que he contado en la vida que valiera la pena: entré en la frecuencia con la primera sílaba y la segunda no la oyó nadie, porque su voz estaba ya encima, pulsando, desde un estribo de camión en una boca de paso a cuatrocientos metros, con la voz que no era la de la multa ni la de la caja, con una que no le había oído nunca.

—¿Ginés?

—Aquí.

A tiempo. Sin el hueco. Sin las piezas, sin montar nada, sin revisar la palabra antes de soltarla, porque no había nada que revisar: era una palabra sola, y era verdad, y estaba en el sitio donde tenía que estar, en la frecuencia, delante de quien tenía que oírla, con cuatrocientos metros de pinar y una noche entera en medio, y salió como sale el freno de mano, como salen las buenas noches, como salen las cosas que uno tiene hechas, y yo no la tenía hecha. Salió igual.

—¿Y la galga?

—También.

—No vuelvas a tardar.

—No.

Eso fue todo. Cuatro palabras mías y tres suyas, en una frecuencia en la que estaba la brigada entera en el borde de un cortafuegos con las batefuegos en el suelo, y el capataz, y la piloto, y en la boca del paso Higinio con la emisora de la báscula, y en el cruce el sargento con la suya, y en Casa Fina, que había abierto a la una para el pueblo que bajaba y tenía la radio de la brigada puesta encima del mostrador porque se la había dejado Samu «para que dé fe», Fina, con el lápiz en la oreja, y las dieciséis sillas, y la madre, y la Encarna, y la Puri, y Andrés, y el pueblo entero que había bajado por un paso de dos metros y ochenta y estaba en un bar a las dos de la mañana oyendo una radio decir nada, y de repente decir aquí.

Lo supe después, por Samu, que da fe, y por Fina, que apunta, y por la madre, que lo escribió en el cuaderno con la hora.

Entonces no sabía nada de eso. Entonces sabía que había una galga contra mi rodilla y una voz en la emisora que había dicho que no volviera a tardar, y que yo había dicho que no, a tiempo, y que era la primera vez en ocho años que una frase mía llegaba a alguien antes de que se fuera.

Salimos del pinar por el llano verde, con Butano delante otra vez y la galga a mi lado con la cuerda floja, porque ya no tiraba, y el traje mojado hasta la rodilla y los zapatos que no eran para eso, y entramos en la era por el borde de tierra, donde estaban las rodadas, y donde el camión ya no estaba porque estaba en la boca del paso, cruzado, con el cabrestante recogido, y en el estribo del camión, en la mitad de dentro, en mi sitio, había una guardia civil con dos emisoras en el cinto y una cuerda vacía en la muñeca, y no estaba sentada.

Estaba de pie. Se había levantado al oír el aquí, calculo, y llevaba de pie el tiempo que se tarda en cruzar cuatrocientos metros de pinar con una galga y un perro de cuarenta kilos, y no había venido a nuestro encuentro, porque una guardia civil en una boca de paso no deja la boca del paso, y eso ya lo sabíamos todos.

La galga la vio. Tiró de la cuerda una vez, corto, y la solté, y cruzó la era en línea recta, de la manera en que ese animal cruzó una plaza el primer domingo para sentarse en la cola del veterinario, y llegó a la bota, y se sentó, con la cabeza alta y la oreja caída, contra el uniforme, como se sienta a escribir la multa.

Ella se agachó. No se había agachado nunca en la plaza a la galga, porque de uniforme no se agacha, y se agachó, con las dos rodillas en el polvo de la era, y le pasó las manos por la cabeza, por las orejas, por el lomo, por el número, comprobando, como comprueba ella, cada cosa, y la galga se dejó, y cuando terminó de comprobar se quedó con las manos en el cuello de la galga y la cara contra la oreja caída, y no se movió.

Yo llegué después. Lo que tardan doscientos metros de era a paso de zapato de traje mojado, con Butano al lado, y me paré a dos metros, en el sitio de la regla cuatro, que ya no existía, y no dije nada, porque lo que había que decir ya lo había dicho por una frecuencia, y lo que quedaba por decir no era para las dos de la mañana en una boca de paso con el sargento en el cruce.

Ella levantó la cara de la galga. Me miró. Miró el traje, la chaqueta con el hollín, los zapatos, la cuerda de la lona, a Butano, y a mí, y dijo, con la voz de la multa, porque estaba de uniforme:

—Se hace constar que el vehículo ha vuelto al lugar de estacionamiento habitual.

La galga, entre los dos, movió el rabo contra el polvo de la era, dos veces, y se quedó donde estaba, que era el sitio.