33 · Marga
Trescientas personas bajan un paso de dos metros y ochenta en veinticuatro minutos si van de dos en dos y nadie se para, y se paran, porque un pueblo no baja una cuesta sin pararse aunque le hayan dicho que baje.
Se para la Encarna, que tiene el bastón y no tiene prisa porque no la ha tenido nunca.
Se para un niño que ha perdido una zapatilla.
Se para un hombre de fuera, el del coche gris, que quiere saber quién le ha movido el coche y a quién le reclama, y a ese lo mueve el sargento con dos palabras que no tienen línea de abajo.
Y se para mi madre, en la boca del paso, con la silla plegada bajo el brazo y Andrés detrás con la linterna, delante de mí, y me mira la muñeca, donde está la cuerda enrollada con el lazo vacío al final, y no dice nada, y sigue bajando, porque una mujer que ha vivido en once casas-cuartel sabe que a una guardia civil en una boca de paso no se le habla.
Lo hago constar con los números porque los números eran lo único que yo podía hacer.
Trescientos. Doscientos ochenta. Doscientos.
Ciento veinte. El paso libre, con el camión cruzado en la boca y el cabrestante recogido, y él de pie junto al camión, con la chaqueta del traje manchada de hollín en un hombro, mirándome, a dos metros, sin decir nada por la emisora ni fuera de ella, y la ladera detrás con su línea naranja a cien metros del borde de la era y la cuadrilla delante, sombras con batefuegos, y el capataz diciendo por radio cada dos minutos una cosa corta que sonaba a que aquello estaba donde tenía que estar y no más abajo.
—Voy a por la galga.
Lo dijo por la emisora. A la una y cuatro. Con la voz baja, para la frecuencia, y para mí, que estaba a dos metros y lo oí dos veces, por el aire y por el cinto.
—No.
Lo dije por la emisora también, porque las cosas que se dicen en una frecuencia se contestan en la frecuencia, y era una orden, y la di como se dan las órdenes, plana, y él me miró desde el camión con la cara puesta, y yo miré el paso, que tenía todavía ochenta personas bajando, y la ladera, y la cuerda en mi muñeca, y las dos cosas que yo era en aquel momento, una guardia civil en una boca de paso con ochenta personas y una mujer con un lazo vacío, y la primera mandaba, y la segunda no constaba, y lo sabía él, y lo sabía yo, y lo sabía la frecuencia entera.
—No —repetí—. Nadie sube. Lo ha dicho el capataz.
No contestó. Ni a tiempo ni tarde. Se dio la vuelta, cogió del camión la linterna grande, la de la caja, y una cuerda, la de la lona, y echó a andar por el borde de la era hacia el pinar, hacia el lado contrario a la luz naranja, hacia el llano verde, sin correr, con el paso con que va a mirar una cosa que se ha movido, y con la chaqueta del traje puesta, y detrás de él, saliendo de debajo del camión, donde llevaba desde la traca con las orejas pegadas, cuarenta kilos color garrafa.
Butano. No lo había visto en toda la noche.
Había subido en el Milagro con la cuadrilla, de retén, y con la traca se había metido debajo del camión, que es el sitio más parecido a un hangar que hay en una era, y ahora salía y se ponía delante de él, no detrás, con el hocico bajo, y se paraba, y lo miraba, y seguía, tres metros por delante, como va un perro cuando sabe adónde va y quiere que el otro lo siga.
—Ginés. —Por la emisora. Con la voz que no sube—. Ginés, es una orden.
La linterna se encendió en el borde de la era. La vi entrar en el pinar por el lado del llano verde, detrás de un perro que iba delante, y apagarse entre los troncos, y encenderse otra vez más lejos, y apagarse.
—Déjalo.
El capataz. Por la emisora, desde la ladera, con la voz de las cosas decididas que no son suyas, y la frecuencia entera lo oyó, y yo también.
—Déjalo, Marga. Ese sabe esperar. Y va con Butano, y Butano no se mete donde hay fuego, que ya lo ha visto. —Una pausa, corta, de capataz—. Tú tienes ochenta personas. Bájalas.
Las bajé. Lo hago constar como lo que fue: ochenta personas bajando por un paso de dos metros y ochenta, de dos en dos, con una guardia civil en la boca contando en voz alta para que se oyera, y Higinio subiendo desde la báscula con su gorra a coger el último grupo, y el sargento con la tablet detrás, y las tres sillas de mi madre y la Encarna y la Puri bajando en el brazo de tres mujeres que no miraron atrás porque a las mujeres de este pueblo se les ha enseñado que en una evacuación no se mira atrás, y a la última, la Puri, que sí miró, la Encarna le dio con el abanico en el brazo.
El sargento subió a la boca del paso a la una y cuarto con la tablet apagada, la primera vez que se la veía apagada, y se puso a mi lado, y miró el pinar por donde se había ido la linterna, y preguntó quién era el que había subido contra la orden del capataz.
—El mecánico de la base.
—Eso es una imprudencia. Y una desobediencia. —Miró el camión cruzado en la boca, el cabrestante recogido, los seis coches en la era—. Lo tengo que hacer constar.
—Ya consta. Lo he dicho yo por la frecuencia, dos veces.
—No lo miré—. Y también consta que ha sacado seis coches de un pretil con un cabrestante en veintiséis minutos para que pasara su autobomba, sargento.
Si lo va a apuntar, apunte las dos cosas, que la tablet no tiene línea de abajo y hay que aprovechar las de arriba.
No contestó. Se quedó un rato más mirando el pinar con la tablet apagada, y después bajó hacia el cruce, despacio, y me pareció que un hombre que baja un paso a la una y cuarto de la madrugada con la tablet apagada es un hombre al que se le ha estropeado una estadística, y no lo apunté, porque eso tampoco consta.
A la una y veinte no quedaba nadie en el paso.
Higinio se quedó en la boca con el sargento, y yo me quedé donde estaba, con las dos emisoras y la cuerda, y con el camión cruzado, y con la ladera, que ya no bajaba: la línea naranja se había quedado a cien metros del borde y ahora iba de lado, hacia el este, hacia el cortafuegos viejo, empujada por el cierzo, con la cuadrilla detrás, y el capataz dijo por radio que estaba controlado por abajo y que por la mañana el aparato haría el resto, y que nadie se moviera de donde estaba, y que él tampoco.
No dijo nada de la linterna. Yo tampoco.
El pinar del lado del llano verde era negro entero, del negro que tiene un pinar cuando el fuego está en el otro lado y toda la luz se la lleva él, y el humo bajaba de la ladera en escalón con el cierzo, blanco por debajo y naranja por arriba, y pasaba por encima de la era y del camión y de mí, y olía a lo que huele un pinar cuando arde, que no describo porque no es lo mío, y se metía en el uniforme.
La ermita estaba entera. Con los banderines, con la puerta abierta y la luz de dentro, y el cura de fuera de pie en la puerta con el micrófono apagado en la mano mirando la ladera como se mira una cosa que no está en el libro.
Conté, que es lo que hago cuando no puedo hacer otra cosa, y aquella noche no podía hacer otra cosa.
Lo hago constar con exactitud porque es lo que hice, y porque no hice otra cosa, y porque en un atestado lo que no se hace también consta.
La linterna se había apagado en el pinar a la una y seis.
A la una y siete miré el reloj del coche patrulla, que estaba en el cruce, a doscientos metros, y no lo veía, así que miré el mío, el de la muñeca, el que va debajo de la cuerda.
Treinta segundos. Que eran los suyos, los de siempre, los que yo llevaba un año contando detrás de una iglesia, y esta vez los conté en una boca de paso con una ladera naranja y no llegó nada al final de ellos.
Sesenta. Ciento veinte. Trescientos.
A los trescientos cogí la emisora del puesto, la mía, y no la de la brigada, y no llamé a nadie, porque en la del puesto solo está Higinio, que estaba a diez metros, y en la de la brigada estaba el capataz, que había dicho que lo dejara, y una guardia civil que llama por radio a un hombre al que se le ha dicho que no suba y ha subido está reconociendo una cosa que en una frecuencia no se reconoce.
Me quedé con la emisora en la mano. Apagada. Mirando el pinar.
Higinio vino a las dos menos veinte. Se puso a mi lado, en la boca, con la gorra en la mano, y miró el pinar conmigo, y no dijo nada durante un rato que en Higinio es más largo que en nadie, y después dijo, sin mirarme:
—Ese hombre lleva catorce meses y una semana aparcando en un paso de peatones para que alguien vaya a decirle una cosa. Sabe esperar. Lo que no sabe es que tú también, porque no te ha visto detrás de la iglesia.
—Ya lo sé que sabe esperar.
—Pues espera tú ahora, que te toca.
Se fue con el sargento hacia el cruce. Antes, en la boca, se paró, se puso la gorra, se la quitó, y me dijo que la cerveza de la peña no constaba y que la patrulla nocturna del camino viejo tampoco, y que él ya tenía sesenta y ocho años de puesto entre su mujer y él, y que en sesenta y ocho años había visto a dos personas esperarse en una plaza, y que las dos eran su mujer y él, y que habían tardado tres, y que a él le parecía que un año era una cosa razonable, y se fue.
Yo me quedé sola en la boca del paso, con el camión cruzado, con la cuerda, con las dos emisoras, con el reloj de la muñeca, y con la ladera naranja yendo hacia el este, despacio, con las sombras de la cuadrilla delante, y con el pinar del lado del llano verde, negro, sin linterna.
A las dos de la mañana me senté en el estribo del camión.
Es ancho para uno y justo para dos. Me senté en la mitad de dentro, con la espalda contra la puerta de la cabina, en el sitio donde se sienta él, y saqué del bolsillo de la camisa las cinco hojas del bloc y la multa de la agente que se ha encariñado, dobladas en cuatro, y no las leí, porque las sabía, y las volví a guardar, y puse la mano encima, en el bolsillo, como se comprueba que una cosa sigue ahí.
Y esperé. No los treinta segundos: lo otro.
Lo que se espera cuando ya se ha hablado primero y lo que falta no es de una.
La radio de la brigada dio a las dos y diez la voz del capataz diciendo que la línea estaba en el cortafuegos, que allí se paraba, que la cuadrilla se quedaba en el borde hasta la luz, y que la piloto subiera a las seis y media.
Y después la frecuencia se quedó callada, con su estática, como se queda una radio de puesto a las dos de la mañana, diciendo nada.
A las dos y doce, en la estática, sin llamar, sin indicativo, sin nada, con la voz que tiene cuando dice una cosa que ha decidido decir, entró él.
Y yo cogí la emisora antes de que terminara la primera palabra.