Aquí no hay nada que ver (La Brigada 2) 32 · Ginés
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32 · Ginés

La traca de Valdecierzo son cuatrocientos metros de mecha con petardos cada palmo, tendida en el suelo del llano de la ermita desde la puerta hasta el borde de la era, y al final, en cajas de cartón, los cohetes, los que suben, comprados por los quintos en la cabecera con el dinero de la peña, y esa es la parte de la traca que el capataz mira con la emisora en la mano.

A las doce en punto de la iglesia, que son las doce y cuarto de verdad, el quinto mayor enciende la mecha con un cigarro, y el pueblo entero retrocede un paso, y el ruido empieza en la puerta de la ermita y viene hacia la era como viene una cosa que no se puede parar, y dura tres minutos, y en los tres minutos no se oye nada más, ni la radio, ni el viento, ni lo que uno tenía que decir.

Yo estaba en el borde de tierra, junto al camión, con la chaqueta puesta y la mano en el pecho, mirándola a ella a doscientos metros en el paso con la galga en la cuerda y el sargento al lado, y el cierzo ya bajaba en escalón por la loma, y la piloto estaba a mi lado con el casco en la mano, que en una traca a las doce de la noche no sirve para nada, porque de noche no se vuela, y ella lo sabía y yo lo sabía y el capataz lo sabía, y por eso el capataz miraba el pinar.

La mecha llegó al final a las doce y dieciocho. Subieron los cohetes. Once, seguidos, cada uno con su silbido y su golpe arriba, abriendo en verde y en rojo encima del llano con el pueblo entero mirando hacia arriba con la boca abierta, y el duodécimo subió torcido.

Lo vi subir torcido. Lo vio la piloto, que dijo «ese no», con la voz de cabina.

Lo vio el capataz, que ya tenía la emisora en la boca antes de que el cohete llegara arriba.

Salió del cartón con un silbido distinto, más largo, se inclinó con el cierzo como se inclina una cosa a la que el aire empuja de lado, y en vez de abrir encima del llano abrió detrás de la ermita, bajo, en la ladera del pinar que da al norte, la que no es la umbría, y cayó, y lo que cayó era una luz verde que se apagó, y a los cuatro segundos, donde había caído, una luz naranja que no se apagaba.

—Conato —dijo el capataz por la emisora—. Ladera norte de la ermita. Con cierzo. Nadie sube. Todo el mundo abajo.

Lo dijo sin levantar la voz, como lo dice él, y el ruido de la traca todavía estaba en los oídos de ochocientas personas, y durante diez segundos nadie se movió, porque una luz naranja en un pinar a las doce y veinte de la noche con el pueblo entero mirando es una cosa que tarda diez segundos en dejar de parecer parte de la fiesta. Después se movieron todos a la vez.

No se vuela de noche. Lo digo para que conste, porque hubo quien lo preguntó, a gritos, y la piloto se lo contestó a uno con una palabra que no repito.

No se vuela de noche, ni con luna, ni con un pueblo en la era: el aparato se queda con la lona puesta, y el mecánico se queda con el aparato, y el fuego se corta a pie, con la cuadrilla, con las batefuegos y las mangueras del Milagro, en la ladera, en la parte baja, para que no baje, y el resto se hace por la mañana con la primera luz.

Y lo otro. Lo otro era el paso de la ermita: dos metros y ochenta de ancho, un solo camino de bajada para ochocientas personas con sillas plegables y cestas y niños y abuelas con bastón, con coches aparcados en los dos bordes, en los sitios donde caben y en los donde no, y con una autobomba de la cabecera que el capataz había pedido por radio en la misma frase que el conato y que iba a subir por la carretera de la ermita y a meterse en el paso con sus quince centímetros por lado, contra ochocientas personas bajando.

Ella lo vio antes que yo. La oí por la emisora antes de verla, porque el capataz le había dado a Higinio una emisora de la brigada en la báscula, a las siete, por si acaso, y Higinio se la había subido a ella a las nueve sin decir nada, y ella la llevaba en el cinto junto a la del puesto, y a las doce y veintidós la voz de la multa entró en la frecuencia de la brigada como entra un dato en un parte.

—Paso de la ermita. Hay seis coches en el borde del pretil. No cabe la autobomba y no cabe la gente a la vez. Necesito sacarlos.

—No hay grúa —dijo el capataz.

—Hay un cabrestante.

Lo dijo ella. Por la emisora, con la voz plana, para el capataz y para la frecuencia entera, y yo ya estaba en la cabina del camión con la chaqueta puesta y el contacto dado, porque un cabrestante de segunda mano que ha sacado de la cuneta a medio pueblo sabe perfectamente lo que es un coche mal aparcado en un pretil.

Bajé el camión por el borde de la era hasta la boca del paso, marcha atrás, con la gente apartándose a los lados y la piloto delante con el casco en alto haciendo de guía, y lo dejé cruzado en la boca, con el morro hacia el paso y el cabrestante delante, y bajé, y ella estaba allí, en la boca, a dos metros, con el uniforme y el chaleco con los cinco dedos y las dos emisoras en el cinto y la cuerda de la galga en la mano, y la galga al final de la cuerda tirando hacia el pueblo con las patas clavadas y la oreja caída pegada a la cabeza, con el miedo entero de un animal al que acaban de explotarle cuatrocientos metros de mecha en las orejas.

—El gris primero —dijo ella. Por la emisora, no a mí, aunque yo estaba a dos metros—. El de las ruedas en el pretil. Después el rojo.

—Voy.

Lo dije por la emisora. A tiempo. Sin nada delante, sin nada detrás, dos sílabas en la frecuencia de la brigada, con el capataz oyéndolo desde la ladera y la piloto desde la boca del paso y el sargento desde donde estuviera con la tablet, y saqué el gancho del cabrestante, tiré del cable con las dos manos hasta el gris, que era un coche de fuera con una multa debajo del limpiaparabrisas, lo enganché por el eje delantero, por donde se engancha, volví al camión, y le di al motor del cabrestante.

El cabrestante hace un ruido de cadena y un olor a motor eléctrico forzado que se queda en la ropa, y el traje azul marino lo cogió entero, y el sastre de la cabecera no lo va a entender cuando lo vea.

Hace un ruido de cadena que en una era vacía se oye a un kilómetro y en una era con ochocientas personas bajando no lo oye nadie.

El gris se movió. Se movió arrastrando las ruedas del pretil hacia el centro, con el freno de mano puesto, porque los de fuera dejan el freno de mano puesto, y lo saqué del borde y lo dejé en la era, en un sitio donde no estorbaba, y solté el gancho.

—Gris fuera —dije.

—Rojo.

—Voy.

Así fueron los seis. Ella diciendo el color y yo diciendo voy, y ella diciendo el siguiente cuando yo decía fuera, con dos palabras cada uno, por una frecuencia en la que estaba la brigada entera cortando un fuego a pie en la ladera y un capataz que no dijo nada, ni una vez, porque un capataz que oye a dos personas hacer una cosa bien por radio no se mete, y en la boca del paso la gente pasaba entre el camión y el pretil, de dos en dos, con las sillas plegables, mirándonos, y no mirándonos, porque cuando una cosa funciona la gente deja de mirar y pasa.

El cuarto no tenía freno de mano. Se fue solo, hacia el centro del paso, cuando lo desenganché, y ella lo paró con el cuerpo, con las dos manos en el capó, con la cuerda de la galga enrollada en la muñeca, y lo empujó de vuelta hasta que yo llegué con el gancho, y no dijo nada por la emisora, y yo tampoco, porque eso no era de la frecuencia.

El quinto era el del cura. El sexto era el del sargento, gris, aparcado en el pretil con las ruedas fuera, y ella dijo «el gris del sargento» por la emisora con la voz de la multa, y en la frecuencia se oyó al capataz respirar, que fue lo más parecido a una risa que hizo aquella noche.

—Sexto fuera.

—Paso libre.

Lo dijo ella a las doce y cincuenta y uno.

Lo miré en el reloj del camión, y lo miró ella en el suyo, y en la ladera la luz naranja era una línea de cuarenta metros que la cuadrilla estaba cerrando por abajo, con la brigada de sombras moviéndose delante y el capataz diciendo por radio dónde, y por el paso bajaba el pueblo entero, despacio, de dos en dos, con la Encarna del brazo de la Puri y la madre detrás con la silla plegada y Andrés detrás de la madre con la linterna encendida, ahora sí, y al final la autobomba de la cabecera subiendo con las luces, con sus quince centímetros por lado, y cabía.

Lo supe cuando ella miró la mano.

Estaba en la boca del paso, con la emisora en una mano, y en la otra, enrollada en la muñeca, la cuerda de tender, y la miró, y la cuerda terminaba en un lazo corredizo vacío, de los que no aprietan, de los que se enseñan en los cuartelillos para otras cosas, y no había galga.

La cuerda entera, dos metros de cuerda de tender, colgando de una muñeca hasta el suelo con el lazo abierto en el polvo, y ella mirándola como se mira una herramienta que ha fallado en el momento en que no podía.

—¿Cuándo? —dijo. A mí. No por la emisora.

—El cuarto.

Cuando el coche se fue solo y ella lo paró con las dos manos en el capó.

La cuerda enrollada en la muñeca y las manos en el capó, y una galga con el miedo entero de una traca en las orejas, y un lazo que no aprieta, que es su virtud y era su defecto.

Miré el paso. Miré la era, con los seis coches sacados y la gente bajando y los banderines.

Miré la ladera, donde la luz naranja estaba a cien metros del borde de la era y bajando despacio con el cierzo, con la brigada delante.

—Multa.

Lo dijo ella. No con la voz de la multa: con la otra, la de la caja del camión, la que no consta.

Lo dijo hacia la era vacía, hacia el pinar, una vez, y no contestó nadie, porque un galgo con miedo no contesta, corre, y corre hacia donde no hay ruido, y aquella noche el único sitio de Valdecierzo donde no había ruido era el pinar.

Ella no se movió del paso. No podía. Por el paso bajaban todavía trescientas personas y una autobomba subía, y en su cinto había dos emisoras, y una guardia civil con dos emisoras en una boca de paso con trescientas personas es una guardia civil que no se mueve de la boca del paso, y lo sabía yo, y lo sabía ella, y lo sabía la cuerda vacía, y las tres cosas se quedaron en la boca del paso, y yo me quedé mirándola, a dos metros, con el gancho del cabrestante en la mano.

Se le movió la cara. Lo vi. Medio segundo, como el día del hangar cuando la galga se sentó en la lona, y después la cara volvió a su sitio, y dijo por la emisora, con la voz plana, para el capataz:

—Paso libre. Bajan trescientos. La autobomba sube. Sin novedad.

Sin novedad. Con un lazo vacío en la muñeca.