31 · Marga
La romería de Valdecierzo sube a las ocho de la tarde del sábado de fiestas y baja cuando quiere.
Sube por el camino viejo, a pie, con las sillas plegables y las cestas y la imagen en unas andas que llevan los quintos, y sube también por la carretera de la ermita, en coche, la gente que no puede andar y la gente que no quiere, y los coches se aparcan en la era y en los bordes del paso, donde caben, y donde no caben también, y por eso hay una guardia civil en el cruce de la carretera desde las siete con el coche cruzado y un sargento de la cabecera que ha venido de refuerzo con la tablet y el coche gris.
El sargento me dijo a las siete y diez que la máquina le había dado en agosto veintiséis denuncias registradas desde este puesto, y que la estadística estaba salvada, y que el puesto también, de momento, y me lo dijo como se dice un resultado, sin mirarme, y yo le dije que sí, que de momento, y no le dije que veintiséis eran las de los demás y que las del paso de peatones seguían en un talonario con copia azul.
Higinio estaba en la báscula. Mi madre había subido a las siete y media con la Encarna y la Puri, las tres con abanico y silla, y detrás de ellas, a diez metros, con las manos a la espalda y la linterna en el bolsillo aunque era de día, Andrés.
A las siete y cuarenta y cinco pasó el camión, que es una hora que llevo un año conociendo por otro motivo.
Lo vi venir por la carretera de la cabecera con la cara de la multa puesta, porque a las siete y cuarenta y cinco tengo esa cara aunque esté en un cruce y no en un paso, y era el camión, con su ralentí de tres tiempos, y lo conducía él, con un traje azul marino y una camisa que yo conocía de tres cenas, y no paró.
Redujo. Me miró desde la cabina, un segundo, al pasar, sin soltar el volante, y yo lo miré desde el cruce con el sargento a mi lado y el coche cruzado, y ninguno de los dos hizo nada que constara, y el camión cogió el desvío de la ermita y subió hacia la era, y el sargento preguntó quién era.
—El mecánico de la base. —Sin apartar la vista del cruce—.
—¿Con traje?
—Es la romería. —Miré el desvío, por donde ya no se veía el camión, solo el polvo—. Y no ha aparcado en el paso, sargento. Eso también lo puede apuntar.
El sargento lo apuntó en la tablet. No sé qué apuntó.
La tablet no tiene línea de abajo, así que sería la matrícula, que ya la tiene veintiséis veces.
Yo apunté, en el sitio donde apunto, que el camión había vuelto, que había vuelto por la carretera de la cabecera y no por la del camino viejo, que había subido a la era y no a la plaza, que llevaba el traje puesto un día y medio después de haber salido con él, y que había una piedra en la era con un papel debajo desde el viernes, y que si había aparcado sobre las rodadas, el papel estaba ahora en otro sitio.
No podía dejar el cruce. Lo hago constar como lo que era: una agente en un cruce con un sargento y ochocientas personas subiendo no deja el cruce porque un camión haya cogido un desvío.
La imagen pasó por el cruce a las ocho y cuarto, en las andas, a hombros de los quintos, que van cambiándose cada cien metros porque las andas pesan lo que pesan y los quintos son los que son, y detrás la cuadrilla en el Milagro, despacio, con el capataz al volante y Andrés en el estribo, de retén, y detrás de la cuadrilla el pueblo.
El sargento se descubrió al pasar la imagen, con la gorra en la mano, como se hace, y yo también, y por un momento la carretera de la ermita fue una carretera con dos guardias civiles con la gorra en la mano y ochocientas personas subiendo, y la tablet apagada en el asiento del coche gris, y me pareció que en la cabecera eso tampoco se permitiría.
Subí al paso de la ermita a las nueve, a pie, con la galga en la cuerda y el talonario, dejando el coche patrulla en el cruce con el del sargento, cuando el último coche pasó el cruce y el sargento se quedó abajo con el suyo.
El paso de la ermita en romería es dos metros y ochenta de ancho con coches aparcados en los dos bordes, en los sitios donde caben, y en agosto, con fiestas, en los sitios donde no, y mi trabajo es que quede paso para una autobomba, porque la brigada está de retén en la era con el Milagro y una traca a las doce en un pinar es una cosa que se vigila.
Recorrí el paso entero con el talonario.
Puse tres multas a mano, a tres coches de fuera que habían aparcado con las ruedas en el pretil, con Observaciones técnicas y verdaderas, y las dejé debajo de los limpiaparabrisas como se dejan.
Miré, al llegar arriba, el borde de tierra de la era, donde hay dos rodadas, y el camión estaba encima de ellas, con la caja cerrada, sin nadie, y no estaba en el paso, y no estaba en ningún sitio donde no debiera, y aquello, que era exactamente lo que le había pedido tres veces, me dolió como duele una cosa que se ha pedido y se ha cumplido tarde.
La piedra estaba en su sitio. La chica, la del camino, en el suelo, a un lado, donde se deja una piedra cuando ya no sujeta nada.
No me acerqué. Una guardia civil de uniforme en una romería no cruza una era hacia un camión para mirar si hay un papel debajo de una piedra, y menos con la galga en la cuerda tirando hacia allí, que tiraba, porque la galga había olido el camión desde el paso y sabía de quién era, y tuve que decirle «quieta» con la voz de mi madre, y se quedó quieta, y me miró con la oreja caída como se mira a alguien que ha dicho una cosa injusta con autoridad.
La ermita en romería es lo que se ve una vez al año y se recuerda las otras cincuenta y una semanas: la puerta abierta con los banderines, la imagen en su sitio dentro, las ochenta rezadoras en sus sillas y los ochocientos de fuera en el llano con las cestas, el cura de fuera con el micrófono que trae él, y la brigada en el borde, con el Milagro y las mangueras, de retén, con la cara de gente que ha venido a una fiesta a trabajar y no le parece mal.
Mi madre estaba en el banco de piedra de la pared norte, en su punta, con la Encarna y la Puri en las sillas delante, y en la otra punta del banco, con las manos en las rodillas, Andrés.
No se hablaban. No se hablaban con una naturalidad que en una romería, con ochocientas personas alrededor, era una declaración.
Mi madre no tenía el cuaderno. Tenía las manos encima del bolso, una sobre otra, y la cara de una mujer que ha vendido un piso, tiene las llaves en el bolso, se va mañana en el autobús de las cuatro y ha decidido no pensar en eso hasta las cuatro.
Me vio. Levantó la mano, la abierta, sin moverse del banco, y Andrés hizo lo mismo, medio segundo después, sin mirarme, y las dos manos se quedaron un momento en el aire, a dos metros una de otra, en la misma altura.
Nico estaba de pie junto al Milagro con el uniforme de la brigada, que es amarillo y naranja y no tiene bolsillos de atrás, y con la mano en el sitio donde el pantalón de la brigada sí tiene un bolsillo, el de la pernera, y en el bolsillo un papel doblado en cuatro que se le veía.
Leti estaba a tres metros, sentada en el estribo del Milagro con la motosierra entre las botas, porque Leti va a una romería con la motosierra si está de retén, y no lo miraba.
Lo vi desde el paso, con la galga. Vi a Nico sacar el papel.
Vi a Nico guardarlo. Vi a Nico sacarlo otra vez, y esta vez vi a Samu, detrás, ponerle una mano en la espalda y empujarlo, no mucho, lo justo, como se empuja a alguien para que baje de un estribo, y Nico dio tres pasos con el papel en la mano y se paró delante de Leti.
No oí lo que dijo. Se lo dijo tan bajo que ni Leti lo oyó, seguramente, y le tendió el papel, doblado en cuatro, con la mano que le temblaba, y Leti lo miró. A él. Al papel. Al pinar. Y cogió el papel.
No lo abrió. Lo dobló otra vez, por la mitad, sobre los cuatro dobleces, y se lo metió en el bolsillo de la pernera, el suyo, y le dijo una cosa corta, y Nico dijo que sí con la cabeza tres veces, y Leti volvió a mirar la motosierra, y Nico volvió al Milagro andando como se anda cuando no se sabe si el suelo va a estar, y Samu, detrás, miró al cielo, que ya se estaba poniendo oscuro, y no le contestó.
Lo supe después, por la Puri, que estaba a dos sillas y lo oye todo: «un café, el lunes».
Con la voz de Leti, que sentencia. Lo apunté en la lista, donde ya estaban dos manos en una galga y una cuerda que no cuenta y un año y medio de papeles, y me pareció que era, de todo lo que había en la lista, lo único que había salido a tiempo.
Él estaba con la brigada. Lo vi al pasar la vista del Milagro a la era, en el borde de tierra, de pie junto al camión con la chaqueta del traje puesta y la caja abierta, con el capataz, mirando el pinar, y tenía la mano en el pecho, en el lado izquierdo de la chaqueta, donde una chaqueta tiene un bolsillo por dentro, y la tenía puesta como se pone la mano en un sitio donde hay una cosa que uno no quiere que se mueva.
No se acercó. No podía: la brigada está de retén y el mecánico está con el aparato, que había subido la piloto a la era a las nueve para tenerlo a mano, y yo estaba en el paso, y entre el paso y la era había ochocientas personas, y el cura con el micrófono, y mi madre en un banco, y una cosa que ninguno de los dos podía cruzar de uniforme.
Nos miramos. A doscientos metros, con la galga tirando de la cuerda hacia él y yo diciéndole quieta.
Él levantó la mano del pecho, un poco, y la volvió a poner. Yo no hice nada. Yo estaba de servicio.
A las once y media el cura terminó y las ochenta rezadoras plegaron las sillas, y el llano se fue poniendo en la posición que tiene un llano antes de una traca: la gente hacia atrás, los quintos hacia delante, con las cajas de cartón y las mechas, y el capataz de pie con la emisora mirando no la traca sino el pinar, porque el capataz mira lo que arde y no lo que brilla.
A las once y cuarenta el sargento subió por el paso con la tablet y se puso a mi lado, y miró la traca, y dijo que en la cabecera esto no se permitiría, y yo le dije que sí, que ya lo sabía, y que aquí se permitía porque llevaba cincuenta años permitiéndose y porque el capataz estaba mirando el pinar.
A las once y cincuenta se movió el aire.
Lo noté en la cuerda antes que en la cara.
La galga giró la cabeza hacia el norte, hacia la Loma del Aire, con la oreja buena levantada, y después me llegó a mí, en el cuello, un aire que no era el del pinar: era más frío, y venía de arriba, y bajaba en escalón.
El cierzo. Lo hago constar con la hora exacta porque la miré: las once y cincuenta, con los banderines de la ermita girándose todos hacia el sur a la vez, y las cajas de cartón de la traca en el suelo del llano, y el capataz levantando la cabeza del pinar hacia la loma con la cara que pone cuando el monte opina.
Miré hacia la era. Él ya no miraba al pinar. Me miraba a mí, a doscientos metros, con la mano en el pecho y la otra en la puerta del camión, y en su cara pasó la cosa que le pasa cuando ha entendido algo y está decidiendo, y esta vez no era sobre una frase.
Diez minutos. Y un pueblo entero delante de una traca con el cierzo rolando.